Querida Srta. Santa Clausura
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0. El Espíritu de la Navidad
El Espíritu de la Navidad
Hay algo en diciembre que lo cambia todo. Y no, no es que de repente la gente se vuelva más simpática (aunque admitámoslo: los panetones tienen un poder diplomático que ya quisiera la ONU ). Es… otra cosa. Algo más tangible y bastante más molesto.
Lo veo en las calles: escaparates decorados con más entusiasmo que sentido común, luces que parpadean con una pasión casi febril, vecinos que cuelgan guirnaldas como si hubiera un premio en metálico para el balcón más hortera.
Lo siento en la piel: ese primer escalofrío que no provoca el frío, sino algo más raro, como si el aire viniera envuelto en papel de regalo con un lazo torcido.
Y lo huelo, incluso. Porque diciembre huele distinto.
Huele a canela, a galletas de jengibre, a propósitos que juraste cumplir el año pasado (y no cumpliste ninguno) y a abrazos que siguen esperando turno desde hace siglos.
Diciembre tiene un modo muy particular de colarse en la vida de la gente.
No pregunta. No pide permiso. No toca a la puerta.
Y, des de luego, no avisa. Simplemente aparece.
Se desliza por las rendijas de las ventanas, por debajo de las puertas que se quejan al abrirse y, sobre todo, por esas grietas microscópicas (pero peligrosamente vulnerables) de los corazones que juran, y perjuran, que están bien blindados.
Y entonces pasa lo inevitable: la memoria se pone creativa y empieza a hacer de las suyas.
A veces con olor a chocolate caliente, a veces con una canción sospechosamente inoportuna (sí, Mariah, te estoy mirando a ti) o incluso con una carta enviada a un seudónimo brillante y demasiado acertado.
No importa cuán racional se crea uno ni cuántas veces haya repetido, con la firmeza de quien está convencido de ser inmune, que la Navidad ya no le afecta.
Porque es mentira. Y una de las gordas, además.
Diciembre no entiende de discursos. Diciembre llega igual para todo el mundo.
Diciembre, queridos míos, tiene memoria.
Y, sí, también una agenda emocional propia.
Y yo… Bueno, yo soy el cómplice invisible.
El susurro disfrazado de casualidad que hace que tropieces con la persona exacta justo cuan do habías decidido dejar de creer en el azar.
Soy el que aparece cuando alguien se atreve a mirar hacia atrás sin tanto miedo y se permite, por un instante, la debilidad deliciosa de la esperanza.
Soy el que se cuela en canciones viejas que nadie puso, en cenas que no terminan porque ninguno quiere ser el primero en irse y en cartas que no se envían, pero que se escriben igual.
Soy el dueño de los reencuentros torpes con las manos en los bolsillos, de los deseos que se formulan cerrando bien los ojos y, sobre todo, de los finales que, por alguna travesura mía, tal vez no son tan finales después de todo.
Porque —y creedme, no lo digo a la ligera— soy el fan número uno de las segundas oportunidades.
Pero no hablo de esas que se piden llorando a las tres de la mañana por mensaje de voz, tartamudeando entre sollozos y una playlist titulada «Canciones tristes».
Yo hablo de las verdaderas. De las que no se mendigan, se construyen.
De las que llegan cuando ya habías hecho las paces con la idea de vivir sin esa persona, y de repente, ¡zas!
, aparece un «hola» que despierta a tu corazón del retiro espiritual al que lo habías mandado.
Y no, no tengo forma física. Aunque si la tuviera no podría pasar desapercibido ni aunque lo intentara.
Me materializaría con un abri go de pelo rojo, una bufanda tejida a mano por alguna abuela amorosa, pantalones de lentejuelas que reflejarían la luz de forma peligrosa para la retina humana, una sonrisa lo suficientemente traviesa para dar de qué hablar en redes sociales y, si la genética navideña me lo permitiera, los abdominales de Taylor Lautner en Luna nueva . Sí, exacto: pura pornografía festiva.
Pero, por el momento, no hace falta. No me necesitas en carne y hueso para saber que estoy.
Porque yo estoy en todas partes. En todos los «casi», los «quizá» y los «¿qué pasaría si…
?». En el primer adorno mal colgado , ese que se tambalea tanto como tus emociones cada vez que ves a cierta persona.
Y en el «por qué no», que probablemente sea la frase más valiente, más peligrosa y, definitivamente, más navideña del planeta.
En diciembre, yo me cuelo por todas partes. Y no, no soy ni el destino, ni la lógica, ni la prudencia. Soy lo que pasa cuando esos tres hacen las maletas, se van de vacaciones y dejan al corazón a cargo de la casa. O, dicho de forma más sencilla…
Soy el Espíritu de la Navidad.
(Hola, encantado. Sí, me dedico a esparcir brillantina en el aire y a hacer sonar campanitas cada vez que alguien se besa bajo el muérdago. De nada).
Y, ahora, voy a haceros una confesión:
A veces todo lo que se necesita para volver a empezar es un muérdago colgado de cualquier manera y dos personas que, sin saberlo, todavía siguen escribiendo la misma historia. Aunque hayan pasa do cinco años. Aunque se hayan prometido que no. Aunque el univer so entero grite que llegan tarde.
Porque no siempre es demasiado tarde.
No cuando estoy yo flotando en el aire. No cuando el corazón se acelera con solo una mirada.
Y, por supuesto, no en diciembre.