CAPÍTULO 29 · ABRIL
A las ocho y treinta y ocho de la mañana yo ya estaba en la puerta del Ayuntamiento de Cala Saurina con una carpeta bajo el brazo, una mancha de café en la camiseta y la sensación física de que Lola y Sal se había venido conmigo pegado a la nuca.
No llevaba olor a trámite. Llevaba olor a fritanga vieja, a toldo húmedo, a jabón barato de baño amenazado y a noche corta.
El trámite me sentaba de maravilla.
Vega llegó con gafas de sol, carpeta limpia y cara de preferir defender a un asesino fiscal. Jana apareció con dos cafés. Ona miraba el móvil sin desbloquearlo. Tina traía pan del Forn Nuri porque, según ella, ir al Ayuntamiento con hambre era pedir desgracias.
Biel no estaba.
Lo acordado.
Justo lo que yo había insinuado, provocado, exigido y luego lamentado desde las seis y media, cuando me desperté mirando el techo del Hostal Mar de Fora con el cuerpo más cansado que la cabeza y la cabeza mucho más sucia que el cuerpo.
—¿Ha venido? —preguntó Jana, dándome el café menos derramado.
—No.
—Vale.
—Ese vale lleva opinión dentro.
—No me queda otra cara. Nací así.
Vega miró la puerta del Ayuntamiento.
—Entramos, escuchamos, no aceptamos nada en caliente y no usamos la palabra “trampa” delante de una funcionaria.
—¿Puedo pensarla? —preguntó Tina.
—Puedes bordarla en una servilleta, pero no decirla.
Ona se guardó el móvil en el bolsillo trasero.
—¿Y si hay que enseñar algo?
—Lo enseño yo —dijo Vega.
—¿Y si tengo que grabar por seguridad?
—No vas a grabar nada —dijimos cuatro voces a la vez.
Ona levantó las manos.
—Ya está. Muy sanas no somos, pero coordinamos.
Entramos.
—Amenazar con paciencia a estas horas debería ser delito.
—Jana.
—Solo lectura crítica de espacios públicos.
Nos recibió la misma técnica de días atrás: pelo corto, carpeta fina y una mirada que no juzgaba personas, pero sí papeles mal ordenados. Nos hizo pasar a una sala pequeña con dos sillas de menos.
—Pueden sentarse.
Nadie se sentó al principio.
Nos reconocí en esa resistencia absurda.
—Hemos recibido la respuesta inicial sobre actividad —dijo la técnica, abriendo una carpeta—. Consta que Lola y Sal está abierto, con actividad real y titularidad en actualización.
—Correcto —dijo Vega.
—También consta lo del baño y la consulta sobre la terraza.
—Estamos resolviendo lo del baño —dije.
—Eso no preocupa tanto.
Jana, desde la pared:
—Qué optimismo raro.
La técnica levantó la cabeza. Vega entornó los ojos. Tina fingió buscar algo en la bolsa.
—Perdón —dijo Jana—. Soy una persona de apoyo moral con poca formación.
La técnica volvió a los papeles. Agradecí que no sonriera. Las personas serias con sentido del humor escondido eran menos peligrosas que las sonrientes de ventanilla.
—La segunda consulta es distinta. No la ha presentado usted, Abril Rovira Mas.
—Ya.
—Pregunta por la disponibilidad futura del espacio si la actividad queda interrumpida o si no se acredita continuidad suficiente.
Eso me entró tarde.
Complicada no. Fea.
—¿Disponibilidad futura? —preguntó Vega.
La técnica asintió.
—Se ha pedido informe sobre qué ocurre con la ocupación si Lola y Sal no consolida actividad o si el actual expediente queda en revisión.
—Traducción para propietaria con café encima —dije.
La técnica me observó.
—Si ustedes no acreditan continuidad y capacidad de explotación, otro interesado podría intentar posicionarse sobre el espacio. No sobre la marca, ni sobre sus bienes. Sobre el lugar.
El lugar.
No la nevera.
Otra persona no quería comprar la ruina.
Quería esperar a que se quedara sin sitio.
—¿Es el comprador? —pregunté.
—No consta aquí el nombre visible en la consulta preliminar.
—Qué cómodo —murmuró Tina.
Vega se inclinó hacia delante.
—¿Qué plazo tenemos para responder?
—Necesitamos una declaración clara de actividad, responsables actualizados y una previsión mínima hasta la resolución.
Responsables.
Al leer responsables pensé en Biel antes de que nadie lo nombrara.
—Yo soy la titular —dije.
—Usted figura en la titularidad heredada, sí. Pero durante los últimos años, el contacto operativo recurrente ha sido Biel Ferrer Sintes.
Ona dejó caer la mirada.
Jana dejó de mover el vaso de café.
Tina apretó la bolsa de pan.
Vega no miró hacia mí. Esa fue su forma de avisarme de que no hiciera una estupidez.
La hice igual, pero con voz baja.
—Biel no forma parte de ninguna garantía.
—No le estoy pidiendo una garantía personal —dijo la técnica—. Le estoy pidiendo claridad.
—La claridad es que Lola y Sal no se vende con Biel dentro.
—Abril —dijo Vega.
—No.
Me salió rápida, demasiado mía. No miré a nadie porque si miraba a Tina igual me partía la bolsa de pan en la cabeza.
La técnica juntó los papeles.
—Entiendo la preocupación, pero conviene no mezclar planos.
—Eso intento.
—Necesitamos saber quién responde si mañana esto vuelve a torcerse.
—Yo.
—Y si usted no está.
—Yo estaré.
Ahí sí me miraron todas.
Dos palabras y un desastre administrativo dentro de la boca.
Yo estaré.
No todo el verano. No para siempre. No como promesa. Solo dos palabras dichas frente a una mesa municipal, con café en la camiseta y cuatro amigas conteniendo la respiración.
La técnica tomó nota.
—Entonces haremos constar que usted asume responsabilidad directa de continuidad provisional.
—Sí.
—Sin perjuicio de que pueda identificar personal de apoyo.
—No.
Vega se movió.
—Podemos presentar una relación funcional sin convertirla en garantía.
—No quiero su nombre ahí.
—Abril —dijo Tina, por primera vez.
No levantó la voz.
Eso dolió más.
—No quiero que después alguien pueda usarlo —dije.
La técnica me observó. No con ternura. Con cansancio público.
—La falta de relación de personal también puede usarse. Conviene que lo sepan.
Jana soltó el café sobre la mesa con un golpe torpe.
—Todo se usa, entonces.
—Casi todo —dijo la técnica.
—Maravilloso. Me encanta el Estado antes de almorzar.
Vega le tocó el brazo.
—Jana.
—Vale. Ya.
La técnica nos dio una hoja blanca, absurda para el calor que hacía: actividad, responsable, horarios, cuarenta y ocho horas y esa amenaza de posible revisión del espacio.
Aquello no venía en manual alguno.
Era una cuerda.
Y al otro lado alguien estaba tirando.
Salimos a la calle con el calor golpeando de frente.
Jana se bebió lo que quedaba de su café, aunque estaba templado y tenía pinta de haber sobrevivido a una guerra menor.
Ona encendió el móvil y lo volvió a apagar.
Tina abrió la bolsa del pan, sacó un trozo y se lo metió en la boca sin ofrecer.
Vega permaneció a mi lado, mirando la hoja.
—Hay que responder bien.
—Lo sé.
—Con la cabeza.
—También.
—Y con Biel.
—No.
Vega dobló la hoja.
—Montar un expediente sin nombrar a quien lleva años constando como contacto no te protege. Te debilita.
—No pienso ponerlo en una lista para que el comprador vuelva a usarlo.
—El comprador ya lo usa. La diferencia es si tú presentas una realidad ordenada o dejas que otro la escriba por ti.
—Qué cosa más odiosa.
—No la he hecho para gustarte.
Tina terminó el pan.
—Biel tiene que saberlo.
—Ya lo sabrá.
—Qué bonito. ¿Por rumor, por correo o por verte haciendo el burro detrás de una carpeta?
—Tina.
—No. Elige bien. Si quieres no meterlo en una garantía, se lo dices de frente. Si quieres borrarlo porque te asusta deberle algo, eso ya es otra mierda distinta.
Me quedé muy quieta.
Jana hizo una mueca.
—Ay.
—No ay —dijo Tina—. Ya toca.
Ona guardó el móvil.
—Está en Lola y Sal.
—¿Quién?
—Biel. Me acaba de mandar mensaje. Dice que ha arreglado el cartel antes de que se caiga. Y que la ese se ha defendido.
La ese.
El cartel.
Él arreglando lo que yo había dicho que arreglaría.
Qué cómodo odiarle así. Qué imposible.
En Lola y Sal, el cartel ya no colgaba.
Biel estaba fuera, en una silla, con un destornillador en la boca y la mano sujetando la ese final. El toldo le daba sombra a medias; la camiseta se le pegaba a la espalda.
—No hacía falta —dije.
Jana susurró detrás:
—Arranque potente, Abril. Muy seductor. Cero posibilidad de mejora.
Biel se quitó el destornillador de la boca y apartó la mirada hacia nosotras.
—Buenos días.
—Baja de ahí —dije.
—Estoy bajando.
—Con cuidado.
—Mira. Evolución.
Puso un pie en la silla, luego en el suelo. La silla cojeó al quedarse sin su peso, ofendida por el uso digno.
Biel miró la carpeta de Vega.
—¿Tan mal?
Nadie respondió rápido.
Eso bastó.
Biel la leyó de pie.
Yo miré sus manos.
No su cara.
Fue cobarde y práctico.
—Segunda consulta sobre disponibilidad —dijo.
—Sí.
—Si no acreditamos continuidad, pueden revisar el espacio.
—Eso han dicho.
—Y piden responsables.
—Sí.
Miró al frente.
—Pon mi nombre.
—No.
Ni siquiera tardé.
Biel soltó la hoja sobre la barra. Sin golpe. Con cuidado. Mucho más cruel.
—No has pensado ni medio segundo.
—Lo he pensado desde que salimos.
—Entonces lo has pensado mal.
—No voy a dejar que te usen.
—No eres tú quien decide eso.
—Claro que sí, sí la que firma soy yo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Que firmas tú. Decides tú. Entras tú. Sales tú. Y los demás servimos de soporte hasta que te incomoda debernos algo.
Eso me dio en el estómago.
—No es eso.
—Sí.
—No quiero ponerte en una carpeta con mi firma.
—Ya soy una pieza. Llevo años siendo la pieza que abre, cierra, llama, carga, sabe dónde está el vermut y arregla la ese cuando se cae. Lo que no quieres es escribirlo porque entonces parece que me debes algo.
—Te debo mucho.
Lo dije sin querer.
—No quiero que me pagues —dijo él.
—No hablo de dinero.
—Lo tengo claro.
Su voz bajó.
Eso me quitó defensa.
—Biel.
—No.
—Déjame…
—No. Si vas a decir que lo haces para protegerme, ahórratelo. No me proteges. Me sacas.
—Porque si te dejo dentro, él…
—Ya está dentro. Lo metes cada vez que decides desde la herida.
Me faltó una respuesta rápida.
Mal asunto.
—No voy a vender con tu nombre en una condición —dije.
—Entonces no vendas.
Ahí todo se detuvo.
Aquello tenía poco de bonito.
Por peligroso.
Jana asomó desde la terraza.
—Voy a fingir que no he oído eso y a seguir colocando servilleteros, que parece una tarea menos explosiva.
Vega se acercó despacio.
—Necesitamos abrir en cuarenta minutos.
Biel no la miró.
—Que abran.
—Biel —dije.
Cogió la caja de bridas.
—Yo ya no estoy en la pizarra.
—No me castigues ordenándolo todo.
Se rio. Una vez. Sin gracia.
—Eso te toca a ti.
Salió hacia la terraza.
No se fue. No todavía. Recogió la silla, guardó el destornillador, tiró dos bridas cortadas a la basura y dejó el cartel recto. Porque incluso enfadado cerraba bien lo que había empezado.
Eso me dolió más que si hubiera dado un portazo.
A mediodía abrimos con la hoja municipal debajo de la caja, el comprador sin contestar y Biel trabajando lejos de mí con una precisión cruel.
Le había pedido que no fuera garantía.
Él decidió no ser refugio.
Justo hasta la irritación.
Y, aun así, insoportable.
A las cuatro, mientras Vega y yo redactábamos una respuesta que intentaba decir la verdad sin entregar más carne, llegó el mensaje del comprador.
EL COMPRADOR: Si no hay transición clara, retiro oferta. La vía del espacio será más sencilla.
Vega leyó por encima de mi hombro.
—Qué hijo de…
—Vega —dijo Ona, sorprendida.
—¿Qué?
—Nada. Me ha gustado.
Biel estaba en la puerta de la cocina. Lo había visto.
Guardé el móvil con la pantalla hacia abajo y seguí escribiendo.
La mano me temblaba un poco. Lo odié. No porque temblara, sino porque una parte de mí quería que Biel lo viera y viniera a sujetarla.
No vino.
Bien por él.
Mal por mí.
Biel salió a tirar vidrio.
Yo lo seguí.
Lo encontré junto al contenedor, con una caja vacía en una mano y el sol bajándole por la nuca.
—He enviado respuesta —dije.
—Lo tengo presente.
—No he puesto tu nombre.
—También lo sé.
—No porque no quiera que estés.
Dejó la caja dentro del contenedor. El golpe de las botellas viejas sonó más alto que mi orgullo.
—No puedes decir las dos cosas, Abril.
—Puedo si son verdad.
—No. Puedes querer que esté cuando te conviene y querer que no cuente cuando hay que asumirlo.
—Eso es injusto.
—Sí.
—Biel.
—También es exacto.
Me quedé con la boca abierta.
El callejón olía a vidrio caliente, basura de verano y sal vieja. Nada ayudaba a hablar bien.
—Lo hago porque no quiero que te quedes atado a mi desastre.
—Yo ya estaba atado a este desastre antes de que volvieras.
—Pero no a mí.
Esta vez no pude fingir que no.
—Eso intenta vendérselo a otro.
No levantó la voz.
Me bastó.
Aparté la mirada.
—No sé hacerlo mejor.
—Lo sé.
—No lo digas así.
—¿Cómo?
—Con gesto de estar cansado de mí.
—Estoy cansado de esto.
—Esto soy yo ahora mismo.
Biel parpadeó despacio un segundo.
—Pues eso.
Se fue antes de que yo pudiera contestar.
Y yo, que había vuelto para no perder el control, acabé en un callejón con olor a vidrio, sin una respuesta decente y con la primera grieta real del día metida debajo de las costillas.
Por la noche, al cerrar, el cartel de Lola y Sal seguía recto.
La que se torció fui yo.
El cartel seguía recto porque él lo había tocado.
Yo me quedé debajo, recogiendo vasos con algo abierto detrás de las costillas y ninguna forma digna de pedirle que volviera.