CAPÍTULO 30 · BIEL
El cartel aguantó toda la noche.
La ese final no se movió con el toldo bajando mal, ni con Jana empujando mesas, ni con una ráfaga que tiró dos servilletas. Aun así, la miré una y otra vez.
Una persona adulta tampoco se queda hasta el cierre de un lugar del que acaban de borrarle el nombre.
Pero allí estaba yo.
En la barra, con la camiseta pegada, lejía en la muñeca, un corte en el dedo y Abril revisando caja con Vega a tres metros.
No me había puesto en la relación de responsables.
No fue descuido ni prisa.
Me había dejado fuera porque había querido.
Para protegerme, decía.
Protegerme era la palabra limpia. A mí me dolía igual.
Abril contaba monedas.
Contó una pila.
Luego otra.
En la tercera ya había perdido la cuenta.
Se equivocó en la cuarta pila.
—Son cincuenta —dije.
No quería decirlo.
Me salió.
Ella no se movió.
—Gracias.
La palabra se quedó entre los dos.
Costó poco. Dolió igual.
Me fui al almacén antes de contestar.
Saqué dos cajas vacías, revisé el candado viejo y miré la llave que todavía llevaba en el bolsillo.
La llave mala seguía en mi bolsillo:
una emergencia a mano,
una excusa,
la cuerda que Abril no terminaba de cortar. En Lola y Sal siempre podía romperse algo y yo llevaba años apareciendo cuando ocurría.
La dejé sobre una caja.
Luego la cogí otra vez.
La mano y la cabeza llevaban un rato sin hablarse.
—¿Te estás peleando con una llave? —preguntó Tina desde la puerta.
—Estoy valorando opciones.
—Eso es una pelea con vocabulario de Vega.
No me giré.
Tina entró y apoyó la espalda contra la pared, junto a las cajas de cerveza.
—Está cagada.
—Abril está muchas cosas.
—Y tú estás herido.
—No abras esa caja.
—Ya está abierta. Huele peor que el baño.
Me salió una risa sin ganas.
Tina miró la llave.
—No la dejes para castigarla.
—No pensaba hacerlo.
—Sí pensabas.
—Qué manía tenéis todas con verme venir.
—Te mueves poco y te crees misterioso. Facilita el trabajo.
Guardé la llave en el bolsillo.
—No sé qué quiere de mí.
—Sí lo sabes.
—Pues explícamelo, ya que estás en turno de iluminación.
—Quiere que estés. Y le da una rabia de muerte necesitarlo. El resto se lo preguntas tú, que yo no cobro por traduciros.
Miré la pared.
—Un plan comodísimo.
—Nadie ha dicho que sea cómoda. He dicho que está cagada.
—No soy su prueba de valentía.
—No.
—Ni su garantía.
—Tampoco.
—Ni su casa temporal hasta que firme otra salida.
Tina guardó silencio.
Esa falta de respuesta me dio más razón de la que quería.
Desde fuera llegó la voz de Abril.
—¿Alguien ha visto el correo de Vega impreso?
Jana contestó:
—Yo he visto muchas cosas hoy y ninguna me ha gustado.
Tina se apartó de la pared.
—No os rompáis del todo antes de la próxima desgracia.
—¿Qué?
—Nada. Estoy muy cansada. Digo cosas raras.
Se fue.
Salí detrás con las cajas.
—Ha retirado la oferta —dijo.
Nadie hizo ruido.
El local tampoco. Hasta el TPV tuvo la decencia de callarse dos segundos.
—Léelo —dijo Vega.
Abril giró el móvil hacia mí.
EL COMPRADOR: Retiro la propuesta de compra. Seguiré la vía de disponibilidad del espacio si procede. Suerte con la temporada.
Suerte.
Leí suerte. La había escrito alguien que nunca había sacado una bolsa de basura goteando por la puerta trasera.
Jana fue la primera en hablar.
—Le deseo una diarrea discreta, pero larga.
—Jana —dijo Vega.
—He dicho discreta. Estoy creciendo.
Abril bajó el móvil.
No lloró ni gritó. Se quedó de pie, con el móvil en la mano y la cara un segundo por detrás del golpe.
—Vale —dijo.
—No vale —dije.
—No digo que esté bien. He dicho vale.
—Eso tampoco.
—Biel, ahora no.
Ahora no.
—¿Cuándo? —pregunté.
—¿Qué?
—¿Cuándo sí?
Vega guardó el boli. Tina dejó el trapo. Jana abrió la boca y, por una vez, guardó silencio. Ona miró hacia la terraza, huyendo con los ojos.
Abril tragó.
—No hagamos esto delante de todas.
—Claro. Aquí solo lo hacemos todo delante de todas cuando te conviene tener testigos.
Le dio.
Me daba igual y no me daba igual.
—Eso es injusto —dijo.
—Sí. Estoy teniendo un día muy poco ejemplar.
—Lo estás haciendo para herirme.
—No. Lo hago porque me he cansado de que me dejes en el marco de la puerta.
Lo dije más bajo de lo que esperaba.
Ahí sí se movió algo en su cara.
—Biel.
—No me pongas voz de ahora sí.
La terraza seguía apagada, pero desde la playa llegaba algún ruido de gente tardía. Un perro ladró en la calle. El congelador dio un golpe seco, de aparato viejo sumándose a lo que podía.
—Voy a responder al Ayuntamiento —dijo Abril.
—Hecho.
—No me felicites todavía.
—¿Y qué digo entonces?
—Nada.
—Se me está dando fenomenal y aun así te molesta.
Vega dio un paso.
—Podemos seguir mañana.
—No —dijo Abril.
—Abril.
—No. Mañana no. Si han retirado oferta y van por el espacio, mañana ya vamos tarde.
Cogió la hoja. El gesto fue rápido, torpe. Una esquina del papel se dobló. La alisó con la palma.
—Voy a presentar continuidad completa.
—¿Con mi nombre?
Fue horrible.
—Evidentemente.
—No me uses claro como si fuera fregona.
—Entonces contesta.
—No quiero ponerte ahí por miedo.
—Yo no te he preguntado por tu miedo. Te he preguntado por mi nombre.
—No.
Abril no dudó.
—No vas a ponerlo.
—No.
—Aunque eso debilite el expediente.
—Buscaré otra forma.
—Aunque yo te diga que acepto estar.
—No quiero que aceptes por mí.
—Estoy delante, Abril.
—Y yo no quiero que mañana me mires con la cara de haberte quedado atado a la ruina que no supe querer bien.
Por fin la dijo.
La ruina que no había sabido querer.
Me llegó igual.
Vega cerró los ojos. Tina miró al suelo. Jana se tapó la boca. Ona frenó el gesto de coger el móvil.
Yo miré a Abril.
—Eso ya me hizo daño, Abril. No puedes envolverlo ahora y llamarlo protección.
—Puedo no repetirlo igual.
—Lo estás repitiendo mejor vestida.
Abril lo encajó sin pestañear.
Me odié un poco.
No lo suficiente para retirarla.
Abril dejó la hoja sobre la barra.
—Necesito que te vayas.
La frase me dejó quieto.
La barra, las sillas, incluso la luz pareció ponerse en contra.
Tina dio un paso.
—Abril.
—No. Necesito hablar con Vega, responder al Ayuntamiento, abrir mañana y no hacer esto ahora.
—Y necesito que te vayas antes de que use el miedo para pedirte que te quedes.
Ahí estaba Abril.
Tenía las manos sucias. Apretó la mandíbula antes de volver a hablar.
Me dejó sin una respuesta que no empeorara todo.
Cogí la llave vieja del bolsillo.
La puse sobre la barra.
Abril miró la llave.
Luego a mí.
—No.
—Es del candado.
—Lo tengo claro.
—Cámbialo mañana.
—Biel.
—No me dejes una emergencia para tenerme cerca.
Se le abrieron los dedos encima de la madera.
No tocó la llave.
Nadie se movió.
Jana tenía los ojos brillantes y un chiste atragantado. No pudo sacarlo. Me dolió casi igual.
Abril respiró por la boca.
—No quería echarte.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—Sí. Por eso jode más.
Salí a la terraza.
La noche estaba caliente y quieta. Las sillas apiladas esperaban otro verano. El cartel seguía recto. Las bridas brillaban con la luz pobre de dentro.
Abril salió detrás de mí.
—Biel.
Me detuve, pero no me giré.
—No vengas mañana —dijo.
Ahí sí me giré.
Tenía los brazos cruzados. La tiza seguía en su mejilla y el pelo se le había soltado. Estaba bajo el cartel de su madre pidiéndome que no entrara al día siguiente en el lugar que yo llevaba años abriendo.
—¿Por el expediente? —pregunté.
—Por nosotros.
Nosotros.
Qué tarde le salía a veces algo así.
—Vale.
No me gustó decirlo.
Por eso lo dije.
—Biel…
—No.
Alcé una mano. Poco. Sin tocarla.
—No me pidas que te lo ponga fácil.
Siguió en su sitio.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas.
No lo negó.
La llave se quedó sobre la barra, entre la hoja municipal y una servilleta con grasa.
Pepa tendría una teoría cuando se enterara.
Todo el pueblo tendría una teoría.
Salí por la puerta principal.
No miré atrás por el almacén.
Abril se frenó en la entrada, sin seguirme.
La calle olía a basura esperando recogida, a pan viejo y a calor que no se iba ni de madrugada. Caminé hacia Port Saurí sin prisa porque correr habría sido concederle al cuerpo una claridad que no tenía.
A mitad de la calle, mi móvil vibró.
Pensé que sería Abril.
No lo era.
VEGA: Ha entrado nueva notificación. Ya no preguntan de lejos: han pedido informe sobre el espacio. Cuarenta y ocho horas para alegar. Esto no se acaba aquí.
Miré hacia atrás.
Lola y Sal seguía allí, con el cartel recto y la luz encendida. Abril era una figura detrás de la barra. Se había quedado sola a propósito.
El comprador ya no quería comprar el chiringuito. Iba a esperar a que nos echaran.
Y Abril acababa de pedirme que no estuviera cuando lo hicieran.
FIN