CAPÍTULO 28 · BIEL #2
—No puedo ir a discutir al local.
—No te he pedido que vengas a discutir.
Detrás, Jana gritó algo sobre pan. Abril tapó el auricular y contestó lejos. Luego volvió.
—Necesito que vengas.
Me dio de lleno.
Me apoyé en la pared de Taller Marí.
—Abril.
—No para salvarme.
No dije nada.
—Para escuchar esto conmigo —añadió.
Salvar permitía orgullo. Escuchar exigía quedarse sin herramienta.
—Voy —dije.
—No tardes.
Colgó.
Llegué a Lola y Sal en siete minutos. No corrí. Casi.
La palabra se quedó entre los dos.
El alivio en público habría sido otra deuda.
Vega estaba en la mesa que nunca callaba con el portátil abierto, la carpeta azul y una hoja nueva. Mal asunto multiplicado.
—He hablado con el Ayuntamiento —dijo.
Nos sentamos.
No todos. Abril, Vega y yo. Tina se quedó cerca. Jana fingió estar lejos. Nil fingió no escuchar a Jana. Ona se acercó con el móvil girado y pinta de haber dejado de respirar por voluntad propia.
Vega giró el portátil.
—No hay cierre inmediato. Eso primero.
Abril apoyó las manos en la mesa.
—Cuando empiezas así, me pones mala.
—Hay revisión de ocupación y continuidad por cambio de titularidad. Ya estaba pendiente. El problema es que ahora hay una consulta externa registrada.
—El comprador.
—No puedo asegurar que sea él.
—Vega.
—Sí. Huele a él.
Jana soltó desde detrás:
—Lo olemos todas y no precisamente a perfume discreto.
Vega siguió.
—Tendrás que demostrar ya que Lola y Sal funciona y que no depende de vender a Biel como garantía personal.
Todos miraron a Biel al oír depender.
—No lo mires a él —dijo Vega—. Esto va de papeles, sí. Pero también de cómo respondemos. Si contestamos mal, se abre revisión más seria.
—¿Qué significa más seria? —preguntó Abril.
Vega se quitó las gafas.
—Que podría afectar a la terraza y al derecho a abrir tal como está ahora.
El chiringuito siguió sonando alrededor, indecente. Un cliente pidió agua. El TPV protestó. Tina gritó que no quedaban bravas si nadie pelaba patatas. La vida tenía muy poca educación para las amenazas importantes.
Abril no se sentó.
Se quedó de pie, con las manos sobre la mesa, la camiseta manchada, la mandíbula apretada.
—O sea —dijo—, que ya no es vender barato.
Vega negó despacio.
—Ahora hay que defender que Lola y Sal puede seguir abierto.
No hizo falta añadir más.
La mesa del lateral pareció hundirse un poco.
Abril dejó los ojos cerrados un segundo.
Los abrió enseguida.
—De acuerdo.
—Ese de acuerdo me suena a caída —dije.
—No empieces.
—Ese de acuerdo es una muleta.
—Estoy de pie.
—Te conozco.
—A ratos.
La puñalada entró. Me la merecía un poco. Quizá más de lo que quería admitir.
Tina intervino antes de que nos fuéramos al barro de siempre.
—Hay que abrir esta noche, aunque nos estén mirando.
—Nos están mirando —dijo Ona.
—Entonces que vean trabajo, no drama —contestó Tina.
Jana levantó la mano.
—Yo solo sé hacer drama trabajando.
—Hoy haces de camarera y te callas cuando venga alguien del pueblo a olisquear —dijo Vega.
—Eso contradice mi esencia.
—Tu esencia puede cobrar mesas.
Nil, desde la terraza:
—Yo puedo ayudar.
Jana giró la cabeza.
—Tú puedes irte.
—También puedo quedarme.
—Qué pesado con las opciones.
—Te gustan.
—Me irritan.
—También.
La discusión de ellos alivió dos segundos. Dos. Luego Abril cogió la hoja de Vega.
—Hago lo que haya que hacer.
—Abril —dije.
—No.
—No he respirado fuerte.
—Vas a decir que no tengo que demostrar nada con cajas, licencias, toldos o patatas.
—No iba a mencionar patatas.
—Pero sí todo lo demás.
Me quedé callado.
—Hoy cierro yo —dijo—. Hoy abro, sirvo, cobro, contesto con Vega, firmo lo que haya que firmar y cierro. Si te quedas, te quedas porque quieres. No porque yo me esté cayendo.
Eso me dio justo donde ella quería.
Y donde no quería.
—Yo quiero quedarme —dije.
El silencio fue inmediato.
Abril alzó la mirada.
Se me había escapado.
No completo. Suficiente. La dosis exacta para hacer daño.
—Pero no así —añadí.
Su cara se cerró con una rapidez aprendida.
—Claro.
—No uses ese claro para cerrar la puerta.
—Lo estás usando tú con condiciones.
—Estoy intentando no volver a ser una pieza que se deja encima de la barra hasta que haga falta.
—Y yo estoy intentando no necesitarte para cada cosa que me da miedo.
—Pues lo estamos haciendo fatal.
—Sí.
Jana, muy bajo:
—Al menos coinciden en algo.
Vega la fulminó.
—Perdón —susurró Jana—. Ha sido involuntario y exacto.
Abril dobló la hoja de Vega.
—El local abre en veinte minutos.
—Abril.
—No ahora.
—Tenemos que hablar.
—Siempre tenemos que hablar cuando hay clientes, goteras o amenazas. Es una habilidad nuestra.
—Pues luego.
—Luego cierro.
—Luego cierras.
La tarde se convirtió en una demostración fea de que Lola y Sal seguía vivo incluso cuando los que lo sostenían estaban hechos polvo.
Yo seguí allí.
Porque quise.
Y porque mentir tampoco era necesario.
Pero no entré antes de que me pidiera. Verla pelear con el toldo y no tocar la cuerda hasta que escupió:
—Biel, ahora.
Verla corregir una cuenta con las manos temblando y no cogerle el boli hasta que lo soltó sobre la mesa y dijo:
—Revísalo.
Cada petición venía con dientes.
Cada vez que la obedecía, algo se rompía menos.
Algo se rompía igual.
A las diez, apareció el comprador por la terraza.
No entró. Se quedó fuera, junto al cartel, mirando el servicio. Abril lo vio. Yo también. Vega también. Media Cala Saurina, probablemente, aunque fingiera mirar las patatas.
Abril dejó la bandeja sobre la barra.
—No voy a hablar con él.
—Bien —dijo Vega.
—No porque tú lo digas —dijo Abril, sin mirarla.
Vega suspiró.
—Hoy acepto la coletilla.
Sin decir nada.
Aquello dolió más que un grito.
A las once y media, cuando la terraza empezó a vaciarse, Abril entró en el almacén. Yo la seguí porque había aprendido algo, pero no tanto.
Estaba de espaldas, apoyada en una caja de cerveza, con la cabeza baja.
—He dicho que no ahora —dijo.
—No has dicho nada.
—Lo estaba pensando muy fuerte.
Me quedé en la puerta.
El almacén olía a cartón húmedo, cerveza y detergente. La nevera pequeña zumbaba. Una gota caía de algún sitio con paciencia de tortura barata.
—No quería que vinieras hoy —dijo.
—Ya.
—Y sí quería.
—También.
—No contestes como si fuera sencillo.
—No lo hago.
Se giró. Tenía los ojos brillantes de cansancio, la boca apretada, una raya de salsa en el antebrazo.
—Si esto se cae…
—No acabes aquí.
—¿Dónde quieres que la termine? ¿En la terraza, con señoras escuchando? ¿En el baño, con la bomba? ¿En la habitación, para que luego digas que uso el sexo como escondite?
Me merecía parte.
No toda.
—Quiero que la termines sin usarme de muro.
—No sé cómo se hace eso.
—Yo tampoco.
Nos quedamos mirándonos.
Allí estaba la verdad incómoda: ninguno sabía hacerlo bien.
Abril dio un paso.
—No me beses —dije.
Se paró.
—No iba.
—Sí.
—Vale. Sí.
La honestidad nos dejó más cerca.
Más lejos.
—Quiero hacerlo —dijo.
Se me cerraron las manos.
—Yo también.
—Y no puedo.
—Yo tampoco.
—Qué útil todo.
—Mucho.
Bufó. Luego se tapó la cara con una mano. La risa se le convirtió en algo que no llegó a llanto porque Abril prefería atragantarse antes que conceder el espectáculo.
Me acerqué solo lo suficiente para tocarle la muñeca.
—Eh.
—No me cuides.
—Te estoy tocando la muñeca. Si eso es cuidado, estamos peor de lo previsto.
No apartó la mano.
Durante tres segundos, la muñeca fue un acuerdo diminuto. Calor, pulso, sudor.
Luego Jana gritó desde fuera:
—¡Si estáis rompiendo defensas en el almacén, rompéis luego también las cajas, que hay que reciclar!
Abril soltó una carcajada seca contra su mano.
—Voy a matarla —murmuré.
—Pide turno.
Salimos.
—Mañana nos reciben a las nueve —dijo.
Abril permaneció ahí.
—¿Mañana?
—Mañana.
—Perfecto —dijo Jana—. Dormir es de gente sin expediente.
Nadie se rio.
Levantó la puerta con la cadera.
Giró la llave.
A la primera.
Yo miré el cartel.
La ese final volvió a moverse con una ráfaga pequeña.
—Mañana se caerá —dije.
—Pues mañana la arreglo yo.
—Está alta.
—Pondré una silla.
—Eso me ha provocado dos imágenes malas.
—Sobrevivirás.
—No prometas por mí.
Se guardó la llave.
—A las nueve en el Ayuntamiento.
—Sí.
—No tienes que venir.
—Ya empezamos.
—Es verdad.
—No.
—Biel.
—Si preguntan por mí, no voy a dejar que contestes con una mentira. Ni para salvarme ni para salvarte.
—¿Y qué vas a decir?
—Que Lola y Sal funciona porque hay mucha gente empeñada en que no se hunda. Y que tú estás aprendiendo a abrir.
Abril encajó el golpe.
—A la segunda —dijo.
—A la segunda.
Un mensaje le vibró en el móvil.
Los dos bajamos la vista.
La pantalla no traía el nombre del comprador.
Traía el de Vega.
VEGA: Me acaba de llegar copia de registro. Hay una segunda consulta sobre el espacio. Sin nombre visible aún. Mañana hay que ir preparadas.
Abril leyó.
Luego me pasó el móvil.
Segunda consulta.
El comprador no había esperado a que Lola y Sal se cayera.
Ya estaba midiendo dónde poner el pie.
Abril cerró la mano alrededor de la llave.
—Mañana —dijo.
La voz no le tembló.
Eso me preocupó más.
—Mañana —contesté.
Nos quedamos frente al cartel torcido, con la calle casi vacía, la basura esperando recogida y el local cerrado detrás.
El problema había dejado de caber en una venta mala.
Ahora venía a por el sitio. Con papeles, sonrisa y zapatos limpios, que era casi peor.