CAPÍTULO 28 · BIEL
No abrí Lola y Sal el lunes.
Me desperté a las seis y cuarenta y dos, sin que nadie me pidiera nada, sin mi nombre en la pizarra y con la llave buena sobre la barra.
Yo no tenía tanto mínimo.
A las siete y diez ya estaba vestido.
A las siete y veinte había hecho café.
A las siete y treinta y cinco estaba de pie en la cocina de mi casa, mirando el mosquetón con la llave vieja del candado del almacén y odiando a un objeto pequeño con una intensidad poco productiva.
No abrí.
Eso cuenta.
No significa que no pasara por delante.
También hay que ser justos.
A las ocho menos cinco bajé hacia Platja Gran con la excusa de comprar pan. En el Forn Nuri compré una barra innecesaria y dos cocas pequeñas. Nuri me miró por encima del mostrador.
—¿Para Lola y Sal?
—Para mí.
—Ah.
Ese ah llevaba más pueblo que harina.
—¿Qué?
—Nada.
—Nuri.
—Digo que ayer cerrasteis tarde.
—Sanidad debería regular las cortinas de Cala Saurina. Se ve todo.
—No hace falta ver. Se oye.
Pagué. Me dio la bolsa y una mirada que olía a madre ajena.
—La chica está intentando.
—No he preguntado.
—Por eso te lo digo.
Salí antes de que la panadera decidiera ejercer de tribunal.
Abril no había llegado.
O quizá estaba dentro y no había encendido luces.
No saqué el móvil.
No la llamé.
Caminé hasta Port Saurí con una bolsa de pan inútil en la mano y esa sensación idiota de haber dejado a alguien solo en una habitación donde yo había aprendido a encontrar los interruptores a oscuras.
El puerto estaba en ese tramo de mañana donde todo parece menos dramático porque los barcos pequeños hacen ruido, los viejos discuten sobre redes y el agua golpea las defensas de goma con una paciencia que daban ganas de insultar.
Me senté en un banco. No el mismo de aquella mañana de hace años.
Otro. Tampoco hacía falta recrear la humillación con precisión turística.
A las ocho y doce, mi móvil vibró.
TINA: Ha abierto.
A los veinte segundos, otro mensaje.
TINA: A la segunda. No lo celebres mucho por dentro.
Sonreí.
A las nueve, tenía cinco mensajes más.
JANA: Abril ha abierto y no se ha amputado nada. De momento.
ONA: No he grabado. Pero ha sido muy grabable.
VEGA: Necesito que no vengas antes de que Abril lo pida.
TINA: No vengas.
JANA: Bueno, si vienes trae hielo.
Ahí sí me reí.
La risa se me quedó a medias.
Porque el cuerpo, el muy imbécil, se levantó antes de que yo decidiera nada.
Compré hielo en Ultramarinos Pepa.
No para Lola y Sal. Para mí. Para una vida imaginaria donde yo necesitaba tres bolsas de hielo un lunes por la mañana.
Pepa me cobró sin preguntar y luego apoyó los codos en el mostrador.
—¿Vas a aprender a estarte quieto?
—Hoy no me apetece formación.
—Te vendría bien.
—A mucha gente.
—A Abril también.
—Por ahí no.
—Yo empecé mucho antes de que tú tuvieras barba.
Me tendió el cambio.
—Tu madre era igual —dijo.
—No metas a mi madre en el congelador.
—No la meto. Digo que también confundía cuidar con ponerse delante. Y luego se quejaba de que nadie veía detrás.
—Pepa.
—¿Qué? Si querías hielo sin opinión, haber ido a Marblava.
Cogí las bolsas.
—Me voy.
—Eso hacéis todos fatal.
Cala Saurina estaba llena de mujeres con puntería.
A las diez y media llegué a Lola y Sal por la parte de atrás, con tres bolsas de hielo, dos cocas y el cuello todavía tenso de la noche.
No entré.
Dejé el hielo junto a la puerta del almacén.
Ayudar sin entrar.
Ayudar sin entrar. Una solución adulta, si uno tenía estándares bajos.
Me giré para irme y la puerta se abrió.
Abril estaba al otro lado.
Llevaba una camiseta vieja de Lola y Sal, pantalón corto, el pelo recogido con una pinza que ya estaba perdiendo piezas y una mancha de café en la parte baja de la camiseta. Tenía la cara cansada, pero no rota. Las manos sucias de tiza.
Me miró. Miró el hielo. Volvió a mirarme.
—¿Esto lo ha dejado un repartidor anónimo con problemas de apego?
—Pepa tenía oferta.
—Pepa jamás ha tenido una oferta en su vida. Pepa tiene criterio y amenazas.
—Pues amenazas frías.
—No he entrado —dije.
—Lo veo.
—No iba a entrar.
—También lo veo.
La distancia de la puerta era ridícula. Un marco viejo, una bolsa de hielo sudando en el suelo y siete años haciendo inventario entre los dos.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—Por el hielo, no por el numerito de no entrar.
—El numerito venía gratis.
—Entonces lo devuelvo.
—Sin ticket no.
Ahí sí se le movió la boca.
Apenas.
Me dolió igual.
Desde dentro, Jana gritó:
—¡Si es Biel, dile que entre o que se vaya, pero que no deje suspense en la puerta porque bastante tenemos con la caja!
Abril cerró los ojos.
—Jana.
—¡Qué! ¡El cliente de mesa dos pregunta si puede pedir tortilla y yo necesito descargar frustración!
—No tenemos tortilla.
—¡Por eso!
Abril abrió los ojos.
—Estamos bien.
—No he preguntado.
—Lo estabas haciendo con el hielo.
—Mi hielo no habla.
—Tu hielo se expresa muchísimo.
Se agachó de golpe para coger una bolsa. La bolsa resbaló. Entré por reflejo y la sujeté antes de que le cayera en el pie.
Nuestros dedos se tocaron en el plástico húmedo.
Dos adultos, una bolsa de hielo y una tensión que debería tener licencia propia.
—Perdón —dije.
—Por sujetar hielo no se pide perdón.
—Hoy sí.
Abril no soltó la bolsa.
—No puedo pedirte que entres —dijo.
—Me he enterado.
—Y me da rabia.
—También lo sé.
—No me hables desde esa calma de mentira.
—Estoy haciendo lo que puedo.
—Lo sé.
Soltó la bolsa primero.
Yo la dejé en el suelo.
—Si necesitas algo, llama —dije.
—Eso también me da rabia.
—La lista crece.
—Mucho.
No la besé.
No entré.
No le quité la caja de las manos, ni miré la pizarra, ni revisé el baño, ni pregunté por la caja. Hice una cantidad heroica de nadas y todas me costaron más que cargar un barril.
Me fui.
A los diez pasos, oí su voz.
—Biel.
Abril seguía en la puerta, con la mano en el marco.
—Hoy cierro yo.
—Ya lo sé.
—Si no puedo…
Yo esperé.
Fue lo más difícil de la mañana.
—Si no puedo —repitió—, te llamo.
—Vale.
—Ese vale suena a victoria barata.
—No he ganado nada.
—Ya.
—Eso tampoco gana.
Entró y cerró.
La puerta no encajó del todo. Tuve que meterme las manos en los bolsillos para no volver y empujarla con la cadera.
A las doce, estaba en Taller Marí con una excusa de una bisagra de mi casa que no tenía ninguna urgencia. El taller olía a grasa, hierro caliente y neumáticos. Marí me miró la bisagra, luego a mí.
—Esto está bien.
—Hace ruido.
—Tú haces más.
—Qué profesional.
—¿Quieres algo de Lola y Sal y no quieres decirlo?
—Quiero una bomba pequeña por si el baño vuelve a…
—Ya.
Ni siquiera me dejó terminar. Se fue a buscarla. En Cala Saurina una respuesta podía morir de vergüenza y aun así todo el mundo completaba los restos.
Cuando salí del taller, vi al comprador al otro lado de la calle.
Camisa clara. Gafas. Teléfono en la oreja.
No iba hacia Lola y Sal. Venía del Ayuntamiento de Cala Saurina.
El cuerpo se me quedó quieto antes que la cabeza.
Él me vio. Dudó medio segundo y luego sonrió.
—Biel.
—Qué pequeño es esto.
—¿Cala Saurina?
—Tu margen de decencia.
La sonrisa se tensó.
—Veo que sigues sensible.
—Veo que sigues entrando por puertas que no tocan.
—El Ayuntamiento tiene puerta pública.
—Y tú mucha prisa para alguien que retiró la oferta ayer.
Se guardó el móvil.
—Retiré una oferta a Abril. No significa que no me interese la ubicación.
Ubicación.
No dijo Lola y Sal.
No dijo local.
Ubicación.
Me dieron ganas de agarrarlo de la camisa y explicarle que un sitio no se reduce a donde cae una sombra, a cuánto mide una terraza o a qué valor tiene si el cartel se cae.
—No vas a quedarte con esto esperando a que se caiga —dije.
—Yo no tiro nada.
—No hace falta tirar cuando ya sabes dónde empujar.
Él se acercó medio paso.
—Abril quiere vender. Tú no quieres que venda. El Ayuntamiento quiere papeles claros. Todo el mundo quiere algo. No conviertas esto en una épica de barra.
—No sabes nada de esa barra.
—Sé que sin ti funciona peor.
—Ayer te dije que no.
—Y hoy no te lo he pedido.
Ahí dolió más.
Porque era verdad. Porque el tablero había cambiado sin avisar.
—¿Qué has hecho en el Ayuntamiento?
—Preguntar.
—¿Qué?
—Por los plazos, por la ocupación y por la alternativa que aparece cuando alguien huele que el titular puede caer.
Alternativa.
La gracia no tenía nada que ver. Era eso o ponerle la mano en el pecho y empujarlo contra la pared del taller.
—Muy pulcro para ser tan sucio.
—Y tú muy emocional para ser tan práctico.
Me miró sin ceder con esa calma de hombre que cree que la vida siempre acaba entrando por formulario.
—Dile a Abril que mi puerta sigue abierta si quiere resolver sin perder tiempo.
—Díselo tú.
—Lo haré.
—No te acerques por el almacén.
—Biel, esto no es tuyo.
Era lo que todos decían cuando querían hacer daño rápido.
Me entró. Claro que me entró. Mi defecto tenía nombre y dirección.
—No —dije—. Pero tampoco es tuyo.
Pasé de largo antes de contestar con el cuerpo.
A las doce y media llamé a Vega.
Contestó al tercer tono.
—Dime que nadie ha muerto.
—El comprador sale del Ayuntamiento.
—¿Qué?
—Ha preguntado por plazos, ocupación, alternativa si Abril no cumple o renuncia. Eso ha dicho.
Vega soltó una palabrota bajísima. En Vega, eso equivalía a sirena.
—Voy a llamar.
—No quiero asustar a Abril en servicio.
—Biel, esto ya la va a asustar.
Miré hacia la calle de Lola y Sal. No veía el cartel, pero podía imaginar la ese mal sujeta, los toldos viejos y a Abril intentando cerrar sola lo que todos habíamos dejado abierto.
—Díselo tú —pedí.
—No soy tu mensajera emocional.
—Esto no es emocional.
—Mentira. Pero también es urgente.
Colgó.
A la una y cuarto recibí una llamada de Abril.
Miré la pantalla tanto rato que casi se cortó.
Contesté.
—Dime.
—¿Dónde estás?
Ruido detrás: platos, Jana, una voz de cliente, el TPV pitando, una silla arrastrándose. Lola y Sal vivo hasta molestar.
—Cerca.
—Vega me ha llamado.
—Sí.
—El comprador ha ido al Ayuntamiento.
—Sí.
—Y tú lo has visto.
—Sí.
—Y no me has llamado tú.
Otra forma de hacerlo mal.
—Estabas en servicio.
—No decidas lo que puedo saber usando el servicio de excusa.
—Tienes razón.
—No me lo hagas tan fácil.