Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 27 · ABRIL
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CAPÍTULO 27 · ABRIL

Abrí Lola y Sal antes que Biel.

Abrir Lola y Sal antes que Biel debería haber venido con música y una gaviota respetuosa. En la práctica vino con la llave resbalando dos veces, mi hombro empujando la puerta y una caja de cervezas vacías juzgándome desde la barra.

La cerradura giró a la tercera.

A la tercera también cuenta, salvo para la gente insoportable y para Biel Ferrer Sintes.

Entré sola.

Lola y Sal olía a noche cerrada, a suelo fregado con desgana, a sal pegada, a hielo viejo y a esa humedad del baño que nadie nombraba por si se hacía más grande.

En la pizarra de turnos seguía escrito:

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

Domingo.

Domingo seguía allí, torcido en tiza blanca. Su ausencia ocupaba más que su nombre.

Cogí la tiza para borrar “temporal”.

Me quedé con la mano levantada.

—Qué adulta —murmuré.

La tiza me manchó los dedos. No borré nada. Si empezaba la mañana maquillando la pizarra, acabaría aceptando una oferta miserable, llamando al comprador o subiendo a la habitación de arriba a oler una camiseta que ya ni siquiera tenía.

Me apoyé en la barra para no seguir hablando sola.

A las ocho y cuarto llegó Tina con pan del Forn Nuri, la cara cerrada y una bolsa de basura en la mano.

—¿Has abierto tú?

—Sí.

Miró la puerta, luego a mí.

—¿Cuántas veces?

—Las necesarias.

—Tres.

—Tu intuición es una enfermedad.

Dejó el pan sobre la barra.

—¿Biel?

—No ha llegado.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no preguntes.

Tina me observó con esa calma suya que no tenía nada de dulce.

—Hoy acaba su apoyo temporal —dijo.

—Lo sé.

—Tu boca no.

—Mi boca está cerrada.

—Por eso se nota más.

Me puse a colocar vasos. Mal. Los altos debajo de la cafetera, los bajos donde tocaba. Que lo recordara no significaba nada. Una puede recordar dónde están las pajitas y seguir sin saber qué hacer con su vida.

Tina abrió la bolsa.

—He traído hielo.

—¿De dónde?

—De Roc.

Levanté la cabeza.

—¿Roc tiene hielo?

—Roc tiene muchas cosas que no necesito.

—Qué sospechoso.

—Qué mañana más larga para empezar con interrogatorios.

Se metió en la cocina antes de que pudiera decir nada más.

A las ocho y cuarenta apareció Vega con gafas de sol, una carpeta azul y el pelo recogido con una perfección ofensiva para el calor que hacía.

—Abril.

—No.

—No sabes qué voy a decir.

—Vienes con carpeta. Nunca es una felicitación.

—Tenemos respuesta del Ayuntamiento.

Se me encogió el estómago.

—¿Mala?

—No inmediata.

—Eso no es buena.

—Tampoco es cierre.

—Vega.

Se quitó las gafas.

—La ratificación como responsable única está admitida de forma provisional. Eso es bueno.

—Hasta ahí me gusta.

—Piden completar memoria y acreditar que la actividad no depende de una persona no titular.

Miré la pizarra.

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

La tiza blanca acababa de convertirse en una bofetada con letra de chiringuito.

—Qué oportuno —dije.

—No quiero que contestes ahora.

—No iba a hacerlo.

—Quiero decir que no contestes emocionalmente.

—Vega, si vuelves a hablar como un manual de supervivencia, te meto la carpeta en la nevera.

—La nevera pierde agua.

—Entonces sufriremos todas.

Tina salió de la cocina con dos cafés.

—Traducido sin carpeta: si el Ayuntamiento cree que todo funciona porque Biel está, te pueden apretar.

—Gracias, Tina. Me faltaba el cuchillo sin mango.

—De nada.

Cogí el café. Me quemé la lengua. Bien. Una parte de mi cuerpo al menos tenía prioridades sencillas.

A las nueve, Jana entró con Nil Borràs Vidal detrás.

—Antes de que nadie diga nada —dijo Jana—, Nil venía hacia aquí y yo también. Las calles, por ahora, son de uso público.

Nil dejó el hielo en el suelo.

—También he traído hielo.

Tina asomó la cabeza.

—Otro con hielo. ¿Hoy regaláis frío para compensar personalidad?

—Me preocupo por la comunidad —dijo Nil.

Jana bufó.

—Tú te preocupas por entrar donde no te llaman.

—Me llamaste anoche.

—Para que recogieras una silla.

—También cuenta.

—No cuenta nada que ocurra después de la una y con olor a fritanga.

A Nil se le escapó una sonrisa.

—Entonces tú y yo no existimos.

Jana perdió la respuesta medio segundo. Medio. Para Jana era un desmayo.

Ona entró justo a tiempo para verlo.

—Contenido, entonces.

—No empieces —dijo Jana.

—No estoy grabando. Estoy almacenando para mi paz mental.

—Tu paz mental tiene de sobra almacenamiento.

Ona dejó el teléfono girado sobre la barra. El gesto todavía le costaba. Lo hacía con la cara de una persona dejando tabaco sobre la mesa.

—Me ha escrito alguien del Club Aleta —dijo.

Vega levantó la cabeza de la carpeta.

—¿Quién?

—Uno del Club Aleta. Dice que, si necesitamos bajar el vídeo de algún grupo, puede ayudar.

—¿Y por qué te escribe a ti? —preguntó Jana con una alegría excesiva.

Ona tocó el móvil con un dedo, sin darle la vuelta.

—Porque tengo redes y vida social, dos conceptos que aquí tratáis como enfermedades venéreas.

—Yo trato todo con sospecha preventiva —dijo Tina.

Ona dejó el móvil boca abajo y el asunto murió allí. Nuestras averías ya ocupaban barra, almacén, ducha exterior y pizarra de turnos.

A las nueve y veinte apareció Biel.

No entró por el almacén ni por la puerta principal. Entró por la terraza, con dos cajas de agua, camiseta gris, barba de insomnio y cara de venir a cumplir algo.

No empezó por mí.

Miró la pizarra.

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

Luego a mí.

—Has abierto.

—A la tercera.

—No lo habría sabido si no lo dices.

—Necesitaba quitarte el placer de imaginarlo.

Dejó las cajas junto a la barra.

—Gracias.

Qué imbécil.

Qué seco.

Qué suyo.

—Hoy no hace falta que te quedes todo el día —dije.

Biel se secó las manos en el pantalón.

—Hoy estoy apuntado hasta cierre.

—Ya.

—Entonces no intentes echarme para que parezca decisión tuya.

—No intento echarte.

—Abril.

—Estoy intentando acostumbrarme.

Me salió sin permiso.

Me odié, por supuesto. Una tiene hobbies.

—¿A qué? —preguntó.

—A abrir sin ti.

La barra hizo de testigo. El congelador, también. Incluso el TPV encendió una luz verde que no le había pedido nadie.

Biel asintió, una sola vez.

—Hoy practicamos.

—No soy alumna.

—No digo que yo sepa enseñar.

—Te lo concedo.

La cara se le cerró. Yo tampoco. El humor nos rozó y se quedó sin sitio.

—Aquí garantizado solo tenemos el error humano —dije.

El hombre se rio.

Biel, desde la barra, también.

Lo oí.

Me dio rabia.

Me gustó.

Fatal.

Duré cuarenta y tres minutos.

El toldo derecho se atascó cuando el sol empezó a golpear la mesa cuatro.

—Tira de la cuerda desde abajo —dijo Biel.

—La tengo.

La cuerda me quemó la palma. El toldo ni se movió.

—Desde abajo, Abril.

—Estoy abajo.

—Estás peleándote con la cuerda.

—La cuerda empezó.

Jana pasó con una bandeja.

—Defensa válida en este local.

Biel vino hacia mí.

Di un paso atrás por pura estupidez preventiva.

Él siguió donde estaba.

—Puedo hacerlo —dijo—. O puedo decirte dónde enganchar. Tú eliges.

Eso me clavó más hondo que cualquier orden.

Elegir.

Maldito hombre de objetivos modestos.

—Dime dónde —contesté.

Me señaló la guía.

No tocó la cuerda ni mi mano. Solo siguió al lado, sudado y paciente de mala gana, mientras yo enganchaba el toldo y conseguía bajarlo hasta la mesa cuatro.

Una señora aplaudió.

—No hacía falta —dije.

—Sí hacía falta —contestó la señora.

Biel se agachó para recoger la cuerda sobrante.

—Bien.

—Ni una palabra más.

—He dicho una.

—La has dicho con mucha cara.

—Imposible.

Yo volví a la barra antes de que el casi se nos fuera de las manos.

A las tres y cinco, Vega me sacó el móvil de la caja de galletas.

—Tenemos que contestar al comprador.

—No quiero.

—Lo sé. Por eso hay que hacerlo.

Nos sentamos en la mesa de siempre: Vega, Tina y yo. Jana discutía fuera con Nil por una pata coja y Ona vigilaba el móvil apagado desde la barra.

Biel mantuvo la distancia.

Más lejos de lo necesario.

Vega puso el dedo sobre la pantalla.

—Si rechazas, puede retirarse.

—Lo sé de sobra.

—Si aceptas, vendes mal y con una condición personal que no puedes controlar.

—También lo sé.

Tina cruzó los brazos.

—Yo lo mandaría a cagar.

—Tu asesoría siempre es refrescante —dijo Vega.

—Y gratis.

Miré a Biel. Estaba colocando vasos bajos. Lo hacía despacio, sin mirar hacia la mesa. Cuidadoso de más. Biel fingiendo no escuchar era casi más ruidoso que Jana hablando.

—No voy a convertirlo en garantía —dije.

Vega asintió.

—Entonces hay que contestar eso. Sin insultos.

Tina chasqueó la lengua.

—Aburrido.

No acepto condiciones que vinculen la operación a personas ajenas a la titularidad.

Lo leí tres veces.

No decía: Biel no está en venta.

Lo decía igual.

Pulsé enviar.

El correo salió.

—¿Tú patrullas heridas? —le preguntó Tina.

—Paso por aquí.

—Con tiritas.

—Soy previsor.

—Eres pesado.

—También.

Tina le quitó las tiritas de la mano sin darle las gracias.

Roc sonrió como un hombre que había recibido algo mejor.

Aquí todos tenéis problemas, había dicho yo.

Cada vez más.

A las siete y media llegó la respuesta del comprador.

El móvil vibró en la mesa de las cinco, donde lo había dejado boca abajo para no parecer una loca pendiente de una sentencia. La vibración movió una servilleta. Nadie habló.

Lo cogí.

EL COMPRADOR: Entonces retiro la oferta. Si cambias de opinión antes del cierre de temporada, hablamos. Si el Ayuntamiento revisa la ocupación, quizá haya otras vías.

Otras vías.

No lo entendí del todo.

Me bastó con odiarla.

Vega la leyó por encima de mi hombro.

—Eso suena mal.

—Todo él suena mal.

—No. Esto suena a que no solo quiere comprarte a ti.

Tina dejó una caja en el suelo.

—¿Qué significa eso?

Vega dejó respirar el silencio. Y cuando Vega no contestaba, el mundo se ponía más caro.

Biel se acercó.

—¿Qué ha dicho?

Le enseñé la pantalla.

Lo leyó.

Su cara se cerró.

—Hijo de puta.

—Biel —dijo Tina.

—No, Tina. Esto no es una oferta retirada. Esto es esperar a que se caiga.

—No sabemos eso —dijo Vega.

—Yo sí.

—No por intuición.

—Por cómo mira las esquinas.

Eso no servía para un informe. En el pueblo bastaba.

—Pues que espere.

Biel volvió la cara hacia mí.

—Abril.

—¿Qué?

—Si espera a que el Ayuntamiento toque la ocupación, no va a comprarte Lola y Sal. Va a esperar a que Lola y Sal pierda sitio.

Sitio.

Decir sitio era casi decir casa sin atreverse.

Miré la terraza: mesas llenas, toldos viejos, humedad junto al baño, bravas en la pizarra, Jana riéndose alto, Ona con la cara encendida y Tina con una tirita mal puesta.

—Abrimos mañana —dije.

—Eso no arregla el mensaje.

—No he dicho que lo arregle.

Biel miró la pizarra de turnos.

Domingo.

—Y tú —añadí— cierras hoy.

—Estoy apuntado hasta cierre.

—Exacto.

No dije “quédate”.

Tampoco él hizo como que no lo había oído.

Yo cobré tres mesas bien.

Una mal.

Arreglé una comanda.

Tiré una cerveza sobre mis zapatillas.

El día, en resumen, decidió no respetar mi intento de convertirme en alguien solvente.

A medianoche cerramos cocina. A las doce y media, la terraza quedó vacía. A la una, las demás se fueron arrastrando cuerpos, bolsas y opiniones. Vega me abrazó de lado, raro en ella.

—No contestes nada más esta noche.

—No pensaba.

—Tu historial no ayuda.

—Buenas noches, Vega.

—Buenas noches. Y no subas sola a leer la libreta de Lola con dramatismo.

—Vete.

—¿Te acompaño? —le preguntó.

—No.

—Vale.

Tina caminó dos pasos.

—Puedes venir hasta la esquina. Sin hablar.

Roc asintió.

—Eso se me da regular.

—Pues práctica.

Se fueron.

Quedamos Biel y yo.

El domingo se había acabado a traición.

Biel cogió el trapo y limpió la barra. Yo cuadré caja. El TPV no pitó. Milagro. Casi inquietante.

La pizarra seguía allí.

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

Cogí la tiza para borrar la línea.

Biel me detuvo con una mano sobre la mía.

Tiza, sudor, dedos.

—Déjalo —dijo.

—Ya ha pasado.

—Por eso.

—Biel.

—Mañana no abriré yo.

—Lo tengo presente.

—Y no voy a entrar por el almacén.

—Lo sé.

—Y si necesitas algo, me llamas. No lo adivino.

—No me gusta llamar.

—Lo tengo claro.

—No enumeres mis defectos como si estuvieras fregando vasos.

—No tengo calma. Tengo sueño.

Bufé.

Él no.

—No puedo seguir entrando antes de que pidas ayuda —dijo.

No era abandono; por eso dolía más. Era un hombre cansado intentando no repetir una condena.

—¿Y si pido ayuda mal? —pregunté.

—Seguramente.

—Qué alentador.

—La pedirás enfadada, tarde y con pinta de que la culpa es mía.

—Conoces mi marca.

—La conozco demasiado.

La vista le cayó a mi boca.

La vista le cayó a mi boca apenas un segundo.

Yo bajé la mano. La tiza rodó por la barra y cayó al suelo. No la recogí.

—Quédate hasta que cierre —dije.

—Ya hemos cerrado.

—No seas literal.

Biel respiró hondo.

—Abril.

No me gustó mi nombre así. Tenía despedida dentro.

—Hoy sí —dije—. Solo hoy.

Sus ojos cambiaron.

—Eso es lo que no puedo hacer contigo.

—¿Qué?

—Solo hoy.

—Entonces vete —dije.

Se me escapó antes de que pudiera corregirla.

Biel parpadeó despacio un segundo.

Cuando los abrió, no había sorpresa. Ahí se torció todo.

—Vale.

—No me des un vale seco.

—No tengo nada mejor.

Cogió las llaves del mosquetón. Separó la llave buena, la de la puerta. La dejó sobre la barra.

—Esta es tuya.

—Biel.

—La otra abre el candado viejo del almacén. Me la quedo hasta que lo cambies, por si revienta algo y no estás.

—Claro. Emergencias.

—Sí.

—Siempre hay una emergencia para quedarse un poco.

Le dolió.

Todo a la vez.

—Y siempre encuentras cómo echarme sin parecer que me echas —dijo.

Se guardó el mosquetón.

Miré la llave buena sobre la barra. Ridícula. Pesaba más que una caja de cerveza.

Biel fue hasta la puerta.

La abrió.

Se quedó un segundo con la mano en el marco.

—Mañana abre a la primera —dijo.

—No sabes eso.

—Levanta con la cadera.

—No me des órdenes.

—Te estoy diciendo cómo no hacerte daño.

Por un momento pensé que iba a decir algo más. Algo que me permitiera odiarlo menos, o retenerlo peor, o romper la noche de una forma reconocible.

No añadió nada.

Salió.

La puerta se cerró detrás de él con un clic.

El local se quedó conmigo dentro.

Yo recogí la tiza del suelo, borré su línea de la pizarra y me manché la palma entera.

Después escribí:

LUNES — AbrIL AbrE.

La letra me salió torcida, como todo lo que no quería admitir.

Mía, sí. De la forma desastrosa en que algo se te parece cuando ya no puedes culpar a nadie.