CAPÍTULO 26 · BIEL
La oferta retirada no cerró nada.
Solo quitó una excusa de en medio.
Durante diez minutos, Abril trabajó con la rigidez de quien acaba de ganar algo y no sabe dónde ponerlo. Sirvió dos claras, cobró una cuenta, corrigió un ticket de Jana y escribió en la pizarra:
NO HAY OFERTA.
HAY brAVAS.
NO CONFUNDIR PRIORIDADES.
Tina la leyó, asintió y dijo:
—Por una vez, la comunicación institucional mejora.
Jana quiso añadir un dibujo de una patata con corona.
Abril le quitó el rotulador sin mirarla.
—Hoy no.
—Hoy estáis todos muy contra mi arte.
Nil, que seguía allí con una caja vacía en la mano y pocas razones verificables para no irse, le quitó el rotulador a Jana antes de que intentara recuperarlo.
—Tu arte necesita supervisión.
—Tú necesitas aflojar esa mano si quieres conservarla.
—Estoy temblando.
—Eso espero.
Yo los oí desde la cocina y pensé que, por lo menos, había desastres que venían con relevo generacional.
Luego miré a Abril.
Y se me pasó la gracia.
Abril había dicho no.
Ahora tocaba vivir encima de ese no.
Yo estaba de apoyo temporal hasta domingo.
Lo había escrito yo mismo.
Aun así, cada vez que pasaba junto a la pizarra de turnos, me daban ganas de borrarlo con la camiseta.
—Mesa cinco quiere pan —dijo Abril al pasar por mi lado.
—Está saliendo.
—Mesa siete quiere saber si hay almejas.
—No quedan.
—Mesa siete insiste.
—Entonces mesa siete puede rezar.
Abril casi sonrió.
Casi.
Me lo guardé donde no debía.
Abril no se fue a esconder al Hostal.
Abril no abrió el cajón de la caja de galletas cada vez que el móvil vibró.
Abril no me pidió que arreglara nada.
Lo hizo todo bien.
Me jodió mucho.
A las ocho y media, una señora de Port Saurí le preguntó si seguía vendiendo.
Abril estaba sirviendo una caña. Se le quedó la espuma alta, blanca, fea. Cortó el grifo, dejó el vaso en la barra y miró a la mujer.
—Hoy sirvo.
—No he preguntado eso, guapa.
—Ya.
La señora esperó más. La cola de la barra también. Yo estaba a dos pasos con una caja de botellas, preparado para saltar con una estupidez.
Abril no me dejó.
—Cuando venda, si vendo, se sabrá por mí. No por la mesa seis ni por el primo de alguien en L’Estaca.
La mujer levantó las cejas.
—Qué carácter.
—Hoy está rebajado.
Jana, desde la cafetera, susurró:
—Estoy orgullosa y un poco excitada.
—Jana —dijo Tina.
—Laboralmente.
Abril cobró la caña y siguió.
Acabé con la caja en las manos, inútil de una forma nueva.
Tina apareció a mi lado.
—Se te va a caer.
—La tengo.
—La caja sí.
No la miré.
—Déjalo.
—Me pagáis poco para callarme y nada para ser sutil.
—No te pagamos.
—Por eso hablo tanto.
La caja pesaba. La dejé en el suelo.
—Ha rechazado la oferta.
—Sí.
—Sin meterme.
—Eso intentaba.
—Y ahora qué.
Tina se limpió las manos en el delantal. Tenía una quemadura cerca de la muñeca y la cara cansada de quien llevaba años siendo fuerte por defecto.
—Ahora no le cobres el rechazo como si fuera deuda contigo.
—No estoy haciendo eso.
—Biel.
Lo jodido de que te dijeran tu nombre así era que sobraba la explicación.
Cogí la caja otra vez.
—Tengo mesas.
—Todos tenemos excusas.
Salí a la terraza.
El sol bajaba naranja sobre los toldos. Platja Gran seguía llena de toallas, niños con arena y adultos felices de no tener que cerrar caja. Lola y Sal olía a cerveza, aceite y platos calientes.
—Mañana presento la firma digital —dijo Vega.
—Ya hemos presentado copia —contestó Abril.
—Sí. Y mañana aseguramos copia digital. Doble cinturón.
—Qué sexy todo.
—El expediente no está para seducción.
—Nadie aquí lo está —dijo Jana.
Nil, que pasaba detrás con hielo, soltó:
—Discrepo.
Jana se giró tan rápido que casi tiró una silla.
—Tú no discrepes con cosas que no puedes defender.
—Puedo defenderlas bien.
—Fuera de mi camino con esa confianza barata.
—No estoy en tu camino.
—Estás en el local, por tanto, en mi sistema nervioso.
Abril apoyó la frente en la mano un segundo.
—Cuando acabéis la temporada de apareamiento, hay mesa ocho.
—No hay temporada —dijo Jana.
Nil bajó la cabeza con una sonrisa.
—Qué pena.
Jana le tiró una servilleta. Él la cogió.
Ona murmuró:
—Contenido, entonces.
Todos la miramos.
—No lo he grabado —dijo enseguida—. Solo lo he sufrido como espectadora.
Algo en la mesa respiró.
No mucho.
A las diez, la terraza empezó a vaciarse. El comprador no escribió. No llamó. La falta de notificación hizo más ruido que sus mensajes. Abril miraba el móvil cada veinte minutos sin tocarlo. Cada vez, su boca se apretaba un poco más.
Yo la miraba mirar.
Una exhibición de madurez.
A las once y cuarto, mientras Tina apagaba la plancha, Roc Sallarès Montoliu apareció en la barra a pedir hielo.
—¿Para qué? —preguntó Tina.
—Para casa.
—¿Casa se ha caído?
—No. Hay gente.
—Qué tragedia.
Roc sonrió. Poco. Miró la bolsa de hielo, luego la muñeca de Tina, la que todavía llevaba vendaje.
—¿Te duele?
Tina metió la bolsa en la pila con más fuerza.
—Me duele todo el mundo.
—Eso no contesta.
—Contesta muy bien si escuchas.
Tina le puso el hielo a Roc en la mano.
—Dos euros.
—¿Por una bolsa?
—Tres por preguntar.
Roc pagó tres.
Abril lo vio desde la mesa que nunca callaba.
—Aquí todos tenéis problemas —dijo.
—Bienvenida a tu saga —contestó Ona.
—Ona.
—No he dicho ni media publicable.
Cerramos cocina a medianoche. El último cliente se fue a las doce y treinta y ocho, después de preguntar si mañana abríamos “normal”. Abril contestó:
—Abrimos.
No añadió normal.
Normal no estaba en carta.
Cuando bajamos el toldo, esta vez no le dije qué cuerda coger.
—Comentario cero —dijo.
—No he dicho una palabra.
—La tienes de manual de instrucciones.
—No estamos en un manual.
Volvió la cara hacia mí.
Ese golpe sí había sido mío.
—Ya lo sé —dijo.
Se nos quedó entre los dos el resumen de todos los días: lo sabíamos y aun así repetíamos.
Quedamos Abril y yo.
Lola y Sal de noche parecía más pequeño cuando no había servicio tapando las esquinas.
Abril cerró la caja.
—Cuadra —dijo.
—Milagro.
—Lo he cuadrado yo.
—Por eso.
Me lanzó un boli. Lo esquivé.
—No sabía que la responsable única agredía al apoyo temporal.
—La responsable única necesita incentivos.
Fue una tontería.
Casi amable.
Y por eso acabó mal.
Porque me reí.
Porque ella también.
Porque, durante dos segundos, el domingo, el comprador, la oferta retirada y el Ayuntamiento quedaron en algún sitio donde no llegaba la luz amarilla de la barra.
Abril dejó de reírse primero.
Yo después.
—Aparta esa cara —dijo.
—No estoy haciendo nada.
—Eso ya no cuela.
Yo la estaba mirando como un hombre que todavía sabe dónde tiene una mujer una marca detrás de la rodilla, cómo se le cambia la respiración cuando está a punto de mentir y qué ruido hace cuando deja de pelear contra su propio cuerpo.
La estaba mirando con años encima. Con hambre.
Con miedo. Con rabia. Todo mezclado y poco honorable.
—Vete arriba —dije.
—No decidas por dónde me quedo.
—Entonces quédate abajo.
—No me hagas elegir así.
—¿Qué?
—Darme opciones cuando sabes que todas duelen.
La barra me sostuvo.
—Bienvenida.
Abril cruzó el espacio despacio.
—He dicho que no —murmuró.
—Lo he visto.
—No por ti.
—También lo he oído.
—Biel.
—Abril.
Se quedó a un palmo.
Tan cerca que fingir servicio ya no servía; aún lejos para que mi cuerpo se resignara.
—No sé qué quieres que haga —dijo.
—Yo tampoco sé qué quiero que hagas.
—Mientes.
—Sí.
Su mano subió hasta mi camiseta. No me tocó la piel. Agarró la tela a la altura del pecho, dos dedos cerrados en algodón barato. El gesto fue ridículo para lo que me hizo.
—Si me dices que pare, paro —dijo.
Casi me reí. No de burla. De desastre.
—Eso debería decirlo yo.
—Dilo.
No lo dije.
Abril tiró de la camiseta y me besó.
Salió torpe por cansancio, seco por rabia, húmedo por la boca de ella, por mi respuesta inmediata, por el día entero pegado a los dos.
La sujeté por la cintura antes de poder hacerme el íntegro.
Ella entró contra mí con un sonido bajo, casi enfadado, y el local entero pareció volverse más de la cuenta estrecho para dos cuerpos que ya se sabían el camino y aun así llegaban tarde a todas partes.
La subí contra la barra.
Fatal.
Perfectamente.
Ella abrió las piernas y me hizo sitio. Me agarró por la nuca con una fuerza que no tenía nada de duda. La barra estaba fría bajo sus muslos. Mi mano encontró piel donde la camiseta se le había subido: sudor, sal, una marca de elástico, el temblor rápido de su barriga cuando mis dedos apretaron.
—Esto no arregla nada —dije contra su boca.
—No he pedido reformas.
Me mordió el labio.
Apenas.
Suficiente para que se me fuera la razón a un sitio barato.
Le metí la mano bajo la camiseta. Ella entornó los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
No había luz bonita. Había fluorescente cansado, vasos apilados, olor a lejía mala y el congelador haciendo ruido detrás.
Y aun así mi cuerpo insistió en que aquello era lo único claro del día: su piel caliente bajo mi mano, su respiración rompiéndose en mi cuello, sus dedos peleando con mi cinturón sin paciencia.
—Abril.
—¿Qué?
—Mírame.
Ahí estuvo el problema.
El deseo no daba miedo por sí mismo. Era fácil. Sucio, adulto, concreto. Mi mano en su cintura. Sus muslos alrededor de mis caderas. La boca hinchada. La camiseta torcida. La barra clavándose donde no tocaba.
El problema eran sus ojos.
No estaban huyendo.
Tampoco sabían quedarse.
Le agarré las muñecas y las aparté de mi cinturón.
—No.
—¿No?
—No así.
El ruido se apagó entre los dos.
Abril parpadeó. Tenía la boca roja, el pelo medio suelto, la camiseta subida por un lado y una marca de mis dedos empezando a salirle en la cintura. La vi entender en seguida y ponerse ropa por dentro antes de colocársela de verdad.
—Cómo no.
—No conviertas ese claro en absolución.
—Lo estás usando tú con las manos.
—No.
—Me has apartado.
—Porque si seguimos, mañana vas a culpar a la oferta, al correo, al domingo o a cualquier cosa que no sea que me quieres tocar, aunque te reviente.
Le tembló la mandíbula.
—No sabes qué voy a decir mañana.
—No. Pero sé lo que dices cuando tienes miedo.
—No me hagas eso ahora.
—No me hagas tú otra despedida encima de una barra.
Ahí sí se bajó.
De golpe.
Se colocó la camiseta con manos torpes. No porque estuviera avergonzada de su cuerpo. Porque le había tocado algo más feo.
—No iba a despedirme.
—Tienes domingo escrito detrás de mí.
—Lo escribiste tú.
—Porque si no lo escribía yo, lo ibas a escribir tú de alguna forma peor.
—Qué fácil es hacerme responsable también de tus gestos.
—No. Fácil es dejar que me beses, acostarme contigo aquí, cerrar caja tarde y fingir mañana que todo eso no tiene precio.
—Pues no lo finjas.
—No sé hacerlo contigo.
Eso me salió más bajo. Más real. Una mierda.
Abril se pasó una mano por la boca. Tenía los ojos brillantes, pero no lloró. Claro que no. Abril prefería desangrarse por dentro y luego discutir por bandejas.
—No soy el comprador —dijo.
—No he dicho eso.
—Me estás tratando como si todo lo que hago escondiera una cláusula.
—Y tú me has tratado como si todo lo que hago fuera una garantía hasta que decidí dejar de serlo.
Dio un paso atrás.
La distancia volvió a caber entre los dos, fea y necesaria.
El TPV se quejó.
Los dos miramos hacia la máquina.
—No puede ser —murmuró Abril.
El aparato escupió un ticket en blanco, larguísimo, justo cuando nadie lo había tocado.
Abril dejó escapar una risa rota.
—Hasta la máquina se pone nerviosa cuando dejamos de follar.
Me salió una risa seca.
Inapropiada.
Perfecta.
Ella arrancó el ticket, lo arrugó y se lo guardó en el bolsillo.
—Prueba documental de nada.
—Responsabilidad ejemplar.
—Soy responsable única, por desgracia administrativa.
El humor no arregló nada. Solo evitó que la escena se hundiera del todo, que ya era mucho para nuestro nivel de excelencia.
Abril miró la pizarra de turnos.
—Domingo —dijo.
—Sí.
—¿Y después?
—Después abres tú.
—Eso lo tengo claro.
—Entonces no preguntes lo que no puedo contestar sin mentir.
Guardó silencio.
Abril cogió la caja de galletas del cajón.
—Voy a guardar el móvil arriba.
—De acuerdo.
—No me he salvado de nada.
—De acuerdo.
—Eso tampoco salva.
Se le movió la boca. Casi una sonrisa. Casi una herida.
Subió a la habitación de arriba.
No la seguí.
BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.
Leí temporal y sentí que me quedaba sin sitio.
Cinco minutos después, Abril bajó sin la caja vieja.
—Cierra conmigo —dijo.
No fue una orden.
Tampoco una súplica.
Era lo único que podía conceder, y por eso escocía.
Bajamos el último toldo juntos. Ella cogió la cuerda derecha. Yo la izquierda. Esta vez no corregí su punto de vista. El toldo bajó torcido, pero bajó.
—Mañana lo arreglo —dije.
—Mañana estás de apoyo temporal.
—Entonces lo miro temporalmente.
A Abril se le escapó una risa mínima.
Después sacó la llave buena del bolsillo.
Me la enseñó en la palma.
—Cierro yo.
—Lo tengo claro.
Metió la llave en la cerradura. Levantó la puerta con la cadera, como había aprendido, y giró.
A la primera.
No me miró.
Yo tampoco dije nada.
La puerta quedó cerrada entre Lola y Sal y la calle.
Nos quedamos fuera, a medio paso y sin sitio donde poner las manos. Lo normal: dos adultos incapaces de decidir dónde ponerlas.