Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 25 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 25 · ABRIL #2

—Qué bonito historial.

—Tiene coherencia.

Volvimos a Lola y Sal a las doce y diez.

Biel trabajaba junto a la barra.

Correcto.

A distancia.

Lo había pedido yo durante días: que no decidiera por mí, que no se pusiera delante, que no me salvara.

Lo estaba haciendo.

Me sentó fatal.

—Presentado —dije al dejar la copia en la carpeta azul.

Tina, desde la cocina, gritó:

—¿Sigue vivo el chiringuito?

—De momento.

—No me hables en administrativo mientras pelo patatas.

Biel sirvió dos cañas. No levantó la vista hasta acabar.

—Bien.

—Sí.

—Eres responsable única.

—Sí.

—Entonces a las cinco y media no lo traigas aquí.

Vega dejó de escribir detrás de mí.

—¿Has leído mi móvil?

—No.

—¿Entonces?

—Te llama siempre antes de apretar. Hoy aprieta a las seis.

Me enfadó que acertara. Otra vez.

—No va a venir.

—Vale.

—Voy a responder por escrito.

—Mejor.

—Y voy a rechazar cualquier condición que te incluya.

Biel dejó el vaso bajo la caña. La espuma subió, se derramó por el borde y cayó sobre sus dedos.

—No lo hagas por mí.

—No lo hago por ti.

—No me mientas tan temprano.

—No estoy mintiendo.

—Abril.

La caña seguía desbordándose. Tina apareció, cerró el grifo de cerveza y nos miró a los dos.

—Está bien que las emociones sean líquidas, pero esto se cobra.

Biel apartó el vaso.

—No quiero ser la razón por la que rechazas una venta que quizá necesitas.

—No eres la razón.

—Soy una parte.

—Eres la parte que no se vende.

Lo dije sin adornarlo. Sin pensarlo suficiente.

Biel me miraba.

—Eso suena bien —dijo.

—No lo hagas.

—¿Qué?

—Coger algo mío y buscarle grietas.

—Las grietas vienen solas.

Me mordí la parte interna de la mejilla. Con más fuerza de la necesaria.

—No firmaré una propuesta que te convierte en garantía. Punto.

—Punto es peligroso en tu boca.

—¿Qué quieres de mí?

La pregunta no cabía en una barra con cerveza derramada.

Más grande de la cuenta para una barra con cerveza derramada.

Biel cogió un trapo y limpió el grifo.

—¿Hoy? Que contestes a las seis porque tú lo decides, no porque quieras demostrarme algo.

—Te estoy demostrando que no te uso.

—Eso ya es usarme un poco.

Quise gritar. Quise besarlo. Quise meter el móvil en la freidora. En lugar de eso, hice lo que se suponía que hacía una responsable única.

Serví mesas.

A las dos, Lola y Sal estaba lleno y yo no sabía si sudaba por el calor, por la cocina o por el correo que llevaba escrito a medias en borradores.

Al final quedó esto:

No acepto la propuesta condicionada a garantía personal de Biel Ferrer Sintes ni equivalentes.

Lo leí tantas veces que dejó de parecer mío.

A las cinco y cincuenta y dos, me encerré en la cocina pequeña con el móvil.

Grave error. La cocina olía a aceite, calor y cebolla cortada. El extractor hacía un ruido de tractor cansado. Allí dentro todo se pegaba: la camiseta, el pelo, las decisiones.

Biel entró sin llamar.

—Fuera.

—No.

—Estoy contestando.

—Lo sé.

—Entonces fuera.

Se quedó junto a la puerta, sin acercarse.

—No voy a decirte qué poner.

—Qué generoso.

—Voy a verte enviarlo.

—Eso suena a vigilancia.

—Suena a que luego no puedas decir que lo hiciste sola y que por eso duele.

Levanté la cabeza.

—Siempre encuentras una forma nueva de molestar.

—Es una vocación.

Tenía una mancha de tomate en el antebrazo, el pelo húmedo y una línea blanca de sal en el cuello de la camiseta.

—Si lo envío —dije—, se puede retirar.

—Sí.

—Si se retira, seguimos sin salida fácil.

—Sí.

—Si no hay salida fácil, igual acabo aquí más tiempo.

—Sí.

—Podrías mostrar menos alegría.

—No tengo alegría ahora mismo.

Eso me atravesó con más mala idea que cualquier reproche.

Miré el texto. El pulgar me sudaba sobre la pantalla.

—No lo hago por ti.

Biel respiró hondo.

—Entonces envíalo.

Lo envié.

Sin más.

Sin música.

Sin épica.

Un toque de pulgar y una oferta con salida cómoda se fue a la basura, o a una mesa de negociación peor, o a alguna carpeta con mi nombre.

Miré la pantalla.

Biel no dijo bien.

A las seis y tres, entró la respuesta.

EL COMPRADOR: Oferta retirada en esas condiciones. Si cambia la situación o acepta garantizar continuidad real, podemos retomar con otra cifra.

Otra cifra.

Más baja. No hacía falta que lo escribiera.

Solo una vez.

—Retirada —dije.

Biel miró la pantalla.

—Ya.

—Ahórrate el ya.

—No sé qué decir.

—Di que me crees.

No contestó enseguida.

Ese segundo fue un agujero entero.

—Te creo ahora —dijo.

Otra vez: ahora.

Ahora.

Siempre ahora. Nunca mañana. Nunca suficiente.

Me guardé el móvil en el bolsillo.

—Entonces trabaja hasta domingo.

Se me escapó antes de que pudiera limarla.

Biel cerró la cara.

—Eso hago.

—Perfecto.

—No.

—¿Qué?

—Ese perfecto me acaba de cortar por debajo.

Me acerqué apenas. La cocina era pequeña y la puerta estaba detrás de su cuerpo. Podría haber pasado por su lado sin tocarlo. Podría haber pedido permiso. Podría haber hecho muchas cosas adultas.

Ni una.

—No sé cómo hablarte ahora —dije.

—Con menos cuchillo.

—No sé.

—Ya.

—Para.

Paró. No dijo nada más.

Y eso, otra vez, me enfadó tanto que tuve que salir de allí antes de pedirle que hiciera lo contrario.

Volví a la barra con el móvil en el bolsillo, la oferta retirada y la copia sellada del Ayuntamiento dentro de la carpeta azul.

Jana me miró desde la mesa del centro.

—¿Ha muerto alguien?

—La oferta.

—Ah.

Nil dejó una caja en el suelo.

—¿Eso se bebe?

—Eso se trabaja —dijo Tina.

Vega cerró el portátil despacio.

—Entonces seguimos.

Ona preguntó:

—¿Seguimos cómo?

Miré la pizarra de turnos.

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

Debajo, el lunes estaba vacío.

—Con lo que hay —dije.

Me salió cansado, no fuerte.

Quizá por eso nadie me corrigió. O quizá estaban igual de cansadas de tener razón.