Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 25 · ABRIL
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CAPÍTULO 25 · ABRIL

El primer día con Biel escrito hasta domingo empezó con el toldo derecho atrapado a media altura.

Empezó sin ninguna grandeza.

Yo llevaba veinte minutos abierta.

Sola.

Sola del todo no: el congelador resollaba, el TPV pitó, el baño amenazaba y la mesa de siempre seguía cubierta de papeles, cuentas y una pinza de Jana extraviada.

Pero sin Biel.

Eso se notaba más que el calor.

Tiré otra vez de la cuerda.

El toldo bajó un centímetro y no se movió.

—Perfecto —dije—. Tú también tienes límites.

La cuerda me quemó la palma. Nada poético. Quemar de verdad, de fibra áspera sobre piel sudada. Me miré la mano y vi una línea roja atravesándome los dedos.

Responsable hasta dar rabia. Titular. Señora que abre, cierra y no sabe dónde ponerse las manos.

Volví a tirar.

El toldo dio un golpe y bajó de golpe medio metro.

Yo di un salto hacia atrás, tropecé con una silla y casi acabé sentada encima de una caja de agua.

—Bien —dije, mirando al toldo—. Negociación cerrada.

En la pizarra seguía escrito lo de ayer. BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

Lo había leído tantas veces que ya podía verlo con los ojos cerrados. Hasta domingo. Apoyo temporal. Como si se pudiera meter siete años en una línea de rotulador y fingir que aquello ordenaba algo.

La llave buena me pesaba en el bolsillo del pantalón corto.

No pesaba mucho. Claro. Era una llave. Pero mi cuerpo tenía una creatividad enorme para exagerar objetos cuando convenía sentirse acorralada.

Saqué las sillas de la terraza una por una.

A las ocho y siete, Pepa se asomó desde la calle con dos cajas de agua pequeñas y una cara de satisfacción muy poco disimulada.

—Has abierto.

—Parece que sí.

—Y no has muerto aplastada por el toldo.

—Ha estado cerca.

Dejó las cajas junto a la barra.

Pepa miró la pizarra. Leyó el nombre de Biel, el domingo, todo. Guardó silencio al principio. Eso en Pepa era grave, porque Pepa podía comentar una baldosa si se le ponía delante con actitud.

—¿Esto qué es? —preguntó al fin.

—Abril.

—Un límite.

—Ya. Los límites escritos con rotulador en un chiringuito suelen acabar mojados.

—Qué optimismo.

Pepa colocó una caja mejor con el pie.

—No digo que esté mal. He dicho que se moja.

No contesté porque el móvil vibró dentro del cajón de la caja de Lola.

El cajón estaba cerrado.

El sonido llegó igual.

Pepa miró hacia la barra.

—Ese cajón tiene más vida que algunos matrimonios.

—No voy a cogerlo.

—No he preguntado.

—Pero ibas.

—Yo no pregunto cuando ya sé.

Se fue antes de que pudiera pedirle que se quedara o que dejara de mirarme con expresión de conocer a mi madre más que yo. En Cala Saurina, ambas cosas eran posibles y ninguna ayudaba.

Abrí el cajón.

EL COMPRADOR: Recuerdo plazo 18:00. Sin garantía personal o equivalente, la propuesta baja a la última cifra enviada.

Garantía personal.

Equivalente.

La pantalla no llevaba una sola mancha. Eso daba más asco. Las cosas feas deberían venir con grasa de barra o arena pegada en una esquina, para avisarte antes de entrar.

Cerré el cajón.

El TPV pitó.

—Tú tampoco —le dije.

—¿Dónde está Biel? —preguntó nada más entrar.

—Según cuadrante, a las once.

Tina dejó el pan sobre la barra.

—Te preguntaba dónde está, no qué pone el cartel de guerra fría.

—No lo sé.

—Eso te ha salido a toda prisa.

—Porque no lo sé.

—Y porque sí lo sabes en partes.

Me agaché para guardar el pan. Había migas de ayer en la balda. Las aparté con el dorso de la mano.

—Está enfadado.

—Todos estamos enfadados. Es verano y tenemos baño.

—Conmigo.

—También eso.

Me incorporé.

—Gracias por poner azúcar.

—El azúcar se lo he dado a Jana en la otra bolsa. Me queda poco para los demás.

Tina sacó dos vasos, llenó agua de la nevera pequeña y me dio uno.

—Bebe.

—No me des agua como si fuera una orden.

—Soy Tina. Mando porque luego recojo cuerpos.

Bebí.

El agua estaba helada y me dolió en los dientes. Mejor. Los dolores concretos tienen la decencia de terminar en algún sitio.

—Hoy tienes que ir al Ayuntamiento —dijo.

—Lo tengo presente.

—Y a las seis lo del comprador.

—También.

—Y entre una cosa y otra hay que abrir, servir, pagar y no matarnos.

—Me encanta la agenda.

Tina bebió de su vaso.

—No lo firmes.

—¿Qué?

—Lo de Biel. Lo de la garantía. Lo de poner un cuerpo donde tiene que ir una cifra.

—No pensaba hacerlo.

—Ya.

—¿Ya?

—Te creo ahora.

Lo mismo que Biel, con menos herida y más fregona.

Dejé el peso contra la madera.

—¿Os habéis coordinado para humillarme?

—No hace falta. Das material.

Quise reírme. Salió raro. Tina no me abrazó. Tina no abrazaba cuando una podía necesitarlo de verdad. Me puso una mano en el hombro, apretó dos segundos y la quitó.

—Abre caja —dijo—. Antes de que venga Jana y convierta esto en teatro.

Jana llegó a las nueve y cuarto con Nil detrás.

Por supuesto.

Ella entró primero con gafas de sol, pañuelo rojo y una bolsa del Ultramarinos Pepa. Nil traía otra caja de limones, esta vez con una nota: NO ROMPER. PEPA.

—Antes de que alguien diga nada —soltó Jana—, no venimos juntos.

Nil dejó la caja sobre la barra.

—Hemos venido por la misma calle.

—Cala Saurina tiene pocas calles. No saquemos conclusiones.

—Me has esperado en la esquina del Forn Nuri.

—Te he observado desde una distancia segura.

—Me has dicho “carga esto, brazos”.

—Era una evaluación de capacidades.

Tina cogió la bolsa de Pepa.

—Si vais a follar de aquí a dos libros, hacedlo fuera de la cocina.

Jana acabó con la boca abierta.

Nil sonrió con una tranquilidad insultante.

—¿Dos libros? —preguntó.

—No te vengas arriba —le dije.

—No me he movido.

Jana le señaló con un limón.

—Ni se te ocurra disfrutar de esto.

—Tarde.

Ona llegó justo entonces, mirando el móvil con la expresión de quien lleva dos días negociando con culpa y algoritmo.

—La historia está borrada de todos los sitios donde puedo verla —dijo antes de saludar—. La chica me ha pedido perdón otra vez. No le he contestado con emojis porque he madurado en veinticuatro horas.

—Preocupante —dijo Jana.

Ona aguantó mi mirada.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Ese sí está de mentira normal o de mentira grave?

—De mentira con Ayuntamiento.

—Ah. Grave, pero con carpeta.

Vega apareció a las diez menos cinco con el portátil dentro de una bolsa de tela, el pelo recogido, las gafas de sol en la cabeza y una cara que anunciaba problemas sin necesidad de abrir la boca.

—Tenemos cita a las once y veinte —dijo.

—¿Cita?

—Registro presencial. Si presentamos la copia firmada, quedamos cubiertas hasta revisión. No perfecto. Cubierto.

—Cubierto suena a mantel encima de mancha.

—Es exactamente eso.

—Me vale.

Biel no había llegado.

Miré la puerta a las diez y cincuenta y ocho.

No apareció.

A las once y seis, Biel cruzó la terraza.

No entró desde el almacén. Entró por delante, como cualquier persona que llega a trabajar a un sitio donde ya no tiene llave encima de la barra.

—Buenos días.

—Buenos días.

Qué civilizados. Qué ganas de romper una silla.

Tina murmuró:

—Me está dando alergia esta educación.

Biel se puso junto a la barra y revisó la pizarra de turnos. Leyó su nombre. Leyó hasta domingo. No lo tocó.

—El toldo derecho está bajo —dijo.

—Lo he bajado yo.

—Ya.

—Ese ya suena a sentencia.

—He dicho ya, no he dictado una condena.

—En tu boca es difícil distinguir.

—Lo mismo digo.

Jana, desde la cafetera, levantó un dedo.

—Tengo subtítulos disponibles con coste adicional.

—Cobra al comprador —dijo Tina.

El móvil vibró otra vez en el cajón.

Biel lo oyó.

Claro que lo oyó.

No miró hacia allí.

Eso me hizo más daño que si hubiera mirado.

A las once y quince, Vega me puso delante la carpeta azul, el documento impreso y un boli.

—Firma aquí. Luego vamos.

—¿Ahora?

—Sí.

—Hay servicio.

Biel cogió una bandeja.

—Yo estoy de turno.

Lo dijo con precisión de trámite. Me hizo más daño que un grito.

Yo firmé.

No miré si él me veía firmar.

Mentira. Lo miré de reojo y estaba atendiendo la mesa de turistas ligeros, explicando que no había zumo natural porque la máquina y nosotros necesitábamos distancia.

Vega caminaba a mi lado con la carpeta contra el pecho.

—No hables de más —dijo.

—Qué confianza.

—Te conozco.

—Últimamente todo el mundo dice eso con una seguridad ofensiva.

—Últimamente tú estás muy ofendida por estar rodeada de gente que no te deja hacerte la sola con comodidad.

Me paré frente al mostrador.

—¿Hoy venís fuertes todas?

—Sí. Nos hemos turnado.

La funcionaria leyó mi nombre, miró el documento, comprobó la firma y preguntó si había previsión de traspaso cerrado.

Vega amagó con hablar.

Yo hablé antes.

—No.

La funcionaria miró al frente.

—¿No hay traspaso?

—Hay una oferta no aceptada. No hay traspaso cerrado. La actividad se mantiene bajo mi responsabilidad.

Vega guardó silencio.

Buen síntoma o infarto. Difícil saber.

—¿Responsable de apertura y cierre?

—Abril Rovira Mas.

La funcionaria leyó el documento.

—Solo usted.

—Sí.

—En caso de comprobación, debe coincidir con la actividad real.

—Coincidirá.

Contesté con una seriedad que no sentía. No por seguridad. Por miedo a que, si aflojaba la voz, alguien pudiera desmontarme.

La funcionaria selló la copia.

Un golpe de tampón, tinta azul, fecha del día.

Nada más.

Ninguna música, ningún alivio, ningún cierre. Solo un papel sellado y mis dedos húmedos sujetándolo.

Vega cogió la copia y la guardó.

—Está presentado.

—¿Ya está?

—De momento.

—Odio eso.

—Es la madre de todo expediente.

Al salir, el sol me pegó en la cara y me acordé de Biel diciendo que no me haría más fácil irme. Qué generoso. La administración tampoco.

Volvimos andando por la calle que bajaba hacia Platja Gran. El móvil volvió a vibrar.

Esta vez sí lo saqué.

EL COMPRADOR: Puedo estar en Lola y Sal a las 17:30. Cerramos antes de las 18:00 si hay respuesta.

Se lo enseñé a Vega.

—No —dijo.

—No he dicho que sí.

—Lo has pensado en una versión muy breve.

—Solo para quitármelo de encima.

—Lo sé. Por eso no.

—Voy a contestar por escrito.

—Como quieras.

—Sin verlo.

—Mejor.

—Sin comité.

—Eso ya veremos.

—Vega.

—Abril, cuando has decidido sola estos días, hemos acabado con un comprador intentando contratar a Biel, un vídeo de cañizo, una oferta rebajada y una pizarra de ruptura.