Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 24 · BIEL #2
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CAPÍTULO 24 · BIEL #2

No apartó los ojos. Quiso decir algo. Se lo tragó.

Salió con la carpeta y la bolsa.

Yo no fui detrás.

Fue una de las cosas más difíciles que hice en años y, visto desde fuera, solo consistió en quedarme quieto con las manos sucias.

A los veinte minutos, mi cuerpo ya había inventado tres accidentes, dos discusiones con el comprador y una avería de la furgoneta que ni siquiera llevaba. Tina me puso un plato con pan delante.

—Come.

—No tengo hambre.

—No te he preguntado.

—Tina.

—Si vas a sufrir de pie, al menos mastica.

Jana apareció a mi lado.

—No ha llamado.

—Lo sé.

—Eso es bueno.

—Lo sé.

—Lo dices con gesto de estar cavando.

—Jana.

—Vale.

—Tú eres idiota —dijo Jana, mirando hacia la calle por donde Abril se había ido.

Nil alzó una ceja.

—¿Yo?

—No. Él.

—Bien. Por una vez.

—Tampoco te relajes.

A la una menos cuarto, Abril volvió.

Sola.

—Pagado. Entrega desbloqueada. El encargado dice que si volvemos a cambiar titularidad sin avisar nos cobra terapia de proveedor.

Tina cerró los ojos.

—Me cae bien.

—A mí me ha llamado intensa.

—También.

Abril no me miró hasta que hubo dejado cada moneda, cada ticket y cada papel delante de Vega.

Después sí.

—He vuelto entera.

—Lo veo.

—Ahórrate el bien.

—No pensaba.

—Di algo peor.

—Tienes polvo en la rodilla.

Bajó la cabeza.

—Me he peleado con una caja.

—¿La caja empezó?

Por fin sonrió.

Suficiente para que todo el esfuerzo de la mañana se me fuera al suelo.

El servicio de comida entró duro. Medio pueblo parecía haber decidido que después de San Juan convenía comer fuera para no cocinar con resaca. Abrimos con la carta reducida y una pizarra nueva:

HAY LO QUE HAY.

SI SE ACABA, SE ACABA.

NO INSISTA AL PERSONAL, ESTÁ CRIADO EN CALA SAURINA Y MUERDE.

Abril la escribió.

Tina la aprobó.

Vega dijo que podía matizarse.

Jana le añadió un corazón pequeño y luego lo borró cuando Abril la amenazó con quitarle las bravas.

A las tres, el Ayuntamiento respondió.

Correo recibido. Requerían firma digital o presentación presencial de copia firmada antes del día siguiente y advertían de revisión si durante los próximos días se detectaba incoherencia entre actividad declarada y funcionamiento real.

Funcionamiento real.

Miré a Abril.

Ella leyó el correo en el móvil de Vega, con la cara sucia de calor y la boca apretada.

—Pues funcionamiento real tendrán —dijo.

—Eso significa abrir y cerrar tú —dije.

—Sí.

—Y estar.

—Sí.

—Y no aceptar al comprador mañana a las seis si te pide salida inmediata.

—No lo sé.

La sinceridad, en mitad del servicio, podía ser una patada.

—Gracias por decorar el golpe —dije.

—No voy a mentirte.

—Has elegido un día curioso para empezar.

Le dolió. Me alegró durante medio segundo. Luego me dio asco a mí mismo.

—Perdón —dije.

—No.

—Abril.

—No me des perdones a plazos para seguir haciéndome daño.

Jana, desde la cafetera, apretó los párpados un segundo.

—Uf.

Nil murmuró:

—Eso ha sonado caro.

—Todo aquí suena caro —contestó Tina.

Abril volvió a servicio.

A las seis menos diez, el comprador mandó la última propuesta.

No a mí.

A Abril.

Ella lo leyó al otro lado de la barra. Vega a su lado. Yo a tres pasos, con una caja de botellas vacías y el cuerpo preparado para una mala noticia.

—¿Qué dice? —preguntó Jana.

Abril se tragó la respuesta.

Vega sí.

—Mantiene una parte del precio si hay garantía de actividad hasta el traspaso. Sin garantía personal de Biel o equivalente, baja otra vez. Plazo de aceptación: mañana a las dieciocho.

La caja se me hizo pesada de golpe.

Tina soltó:

—Ese hombre tiene alma de ticket mal cobrado.

Ona se tapó la boca.

Nil miró a Jana. Jana, por una vez, no contestó.

Abril me miró sin ceder.

—No firmaré eso.

—No te he preguntado.

—Te lo estoy diciendo.

—Vale.

—No me digas vale así.

—¿Cómo quieres que te lo diga?

—Como si me creyeras.

La caja de botellas me golpeó el muslo cuando la bajé al suelo.

—Te creo ahora. Mañana no lo sé.

Abril retrocedió medio paso. La barra pareció más ancha.

—Eso es injusto.

—Sí.

—Estás enfadado y quieres que lo pague.

—Estoy enfadado y estoy intentando no pagarlo yo entero otra vez.

El local se quedó más de la cuenta callado para seguir fingiendo intimidad.

—Entonces qué quieres.

La pregunta tenía trampa. También necesidad. La escuché en las dos capas y ninguna me ayudó.

Cogí la pizarra de turnos.

—Biel —dijo Vega.

No la miré.

Abril sí.

—¿Qué haces?

Borré mi nombre del lunes. Después del martes. Dejé sábado y domingo, porque no podía ser tan cabrón ni tan libre en un solo gesto.

Escribí:

BIEL — APOYO TEMPORAL HASTA DOMINGO.

El rotulador chirrió.

Nadie habló.

Me giré hacia Abril.

—Hasta domingo abro si hace falta. Después abre la responsable.

Su cara perdió color. Poco. Suficiente.

—Me estás dejando sola.

—No.

—Sí.

—Te estoy creyendo.

Lo dije más bajo de lo previsto.

Ella quedó inmóvil, con el correo del comprador en la mano y la llave buena marcada en el bolsillo del vestido. La dueña. La responsable. La mujer que había vuelto para cerrar y ahora tenía que abrir, aunque le temblaran las manos.

Jana dijo mi nombre.

Tina dijo el suyo.

Vega cerró el portátil.

Ona miró al suelo.

Lola y Sal siguió oliendo a aceite, sal, agua vieja y verano usado.

Abril miró la pizarra.

Leyó mi nombre.

Leyó hasta domingo.

Luego levantó la cabeza.

—Entonces trabaja hasta domingo —dijo.

No lloró. No gritó. No pidió.

Me dio lo que yo acababa de pedirle.

Dolió más porque fue concreto.