CAPÍTULO 24 · BIEL
Dejar una llave en una barra parece más sencillo de lo que es.
La llave no hizo ruido importante.
La vida tuvo la mala educación de continuar.
Esa noche cerré tarde.
Contradicción, sí.
Que me pusieran multa.
Abril no me pidió ayuda.
Eso terminó de ensuciarlo todo.
La vi moverse por el local con la llave buena metida en el bolsillo trasero, sin tocarla.
Sirvió dos mesas, limpió la barra, se equivocó al guardar los vasos altos y los corrigió antes de que yo abriera la boca.
Cuando el baño volvió a quejarse, cogió el cubo y fue ella.
Cuando Marblava llamó para confirmar pago, contestó ella.
Cuando una turista preguntó si Lola seguía siendo la dueña, Abril sonrió con esa cara que se le estaba volviendo habitual y dijo:
—Lola manda, aunque no esté. Yo hago el papeleo.
La señora se rio.
Yo no.
A las dos y media de la madrugada, cuando por fin apagamos la última luz, Abril estaba sentada en la mesa del centro con el portátil de Vega, el correo del Ayuntamiento abierto y una taza de café frío que no había bebido.
—Cierra —dije.
—Estoy revisando la memoria.
—La revisas mañana.
—Mañana hay que enviarla.
—Mañana existe.
—Qué concepto tan optimista.
—Abril.
—No me mandes dormir.
—No iba a decir dormir.
—Ibas a decir parar.
—Parecido.
—Tampoco.
No alzó la mirada. Por eso me acerqué.
Lo busqué sin querer.
No estaba.
No bien.
—Has hecho lo correcto —dije.
—Qué barato suena eso cuando nadie sabe qué es lo correcto.
—Barato no. Barato es aceptar al comprador.
Ahí levantó la cabeza.
—No he aceptado.
—Me he enterado.
—No me vigiles como si estuviera a punto.
—Estás siempre a punto de algo.
Bufó, sin ganas.
—Tú también.
Cierto.
Estuve a punto de tocarle el hombro, quitarle el lápiz del pelo y decirle que durmiera arriba, aunque fuera encima de una caja. El mismo error, con mejor vocabulario.
—Mañana abres tú —dije.
—Con la llave buena.
—Sí.
—¿Vas a venir?
La pregunta le salió baja, cabreada por necesitar respuesta.
—Estoy de turno a las once.
Abril miró la pantalla.
—Por supuesto.
Abril dijo por supuesto con el mismo tono que usaba conmigo, y me sentó fatal.
—No lo hagas.
—¿Qué?
—Usar claro como castigo.
—Lo he aprendido del mejor.
Me fui antes de contestar, porque cada minuto de más en aquel local me convertía en un hombre con ganas de volver a coger la llave.
No dormí.
Eso tampoco sorprendió a nadie.
A las seis y cuarenta estaba en Port Saurí con un café de máquina y tres barcas golpeando los amarres. Nada de postal: redes, cubos, gasoil, agua sucia y un hombre descargando cajas sin saludar.
El móvil vibró.
Marblava.
Lo cogí por reflejo.
—Biel.
La voz del encargado venía seca.
—He visto movimientos raros con Lola y Sal. Cambio de titular, oferta de traspaso, facturas pendientes. Desde hoy, entrega al contado hasta regularizar saldo.
—Habla con Abril.
—¿Cómo?
—Habla con Abril. Es la titular.
Me oí decirlo y me dieron ganas de escupir el café al suelo. No por mentira. Por lo fácil que sonó.
—Tú llevas esa cuenta hace años.
—Ya no.
El encargado soltó una risa corta.
—Bonito momento para soltarla.
Miré el agua del puerto.
—Mándale el detalle. Copia a Vega si tienes el correo.
—Sin pago antes de las dos, mañana no sale nada.
—Lo he entendido.
Aquella cuenta no me pertenecía, me dije.
Tampoco el local, ni la venta, ni la salida.
No conseguí creerme ninguna de las tres cosas.
Escribí a Abril solo una línea.
Marblava bloquea entrega si no hay pago antes de las dos. Te mandan detalle.
No añadí “voy”.
No añadí “lo arreglo”.
No añadí “perdona”.
Duré nueve minutos.
A las ocho menos diez ya estaba entrando por la parte trasera de Lola y Sal.
La encontré abierta.
Eso me frenó más que un insulto.
HOY AbrIMOS CON LO QUE HAY.
SI NO HAY, NO HAY.
PREGUNTAR NO LO FAbrICA.
Me quedé mirándola un rato de más.
—La caligrafía ni tocarla —dijo Abril desde la barra.
Estaba sola. Sin Tina, Jana, Vega ni Ona. Llevaba vestido sobre bikini, zapatillas, pinza en la boca, el correo de Marblava abierto junto al TPV y dos cajas de vasos en el suelo.
La llave buena estaba en el bolsillo delantero del vestido.
Se veía la forma.
—Has abierto.
—Eso parece.
Me acerqué a la barra, pero dejé espacio.
—¿Marblava te ha escrito?
—Sí.
—¿Y?
—Y he reenviado a Vega. Tina llega en diez. Jana en teoría está viva. Ona no puede venir hasta mediodía porque tiene que arreglar una cosa de redes que, según ella, no implica llorar, pero el mensaje venía muy mojado.
—Marblava.
Abril cogió una servilleta llena de números.
—Se paga con la caja de San Juan y lo de ayer. Quedamos justos para el baño, pero Taller Marí acepta mitad hoy y mitad a final de semana si voy en persona.
—No vacíes la caja entera por orgullo.
—No me organices.
—Abril.
—Biel.
Me mostró la servilleta. Los números estaban hechos tres veces, con tachones, manchas de café y una gota de algo que podía ser agua o salsa.
—Mira antes de gruñir.
Miré.
Estaba bien.
No perfecto. Bien. Suficiente para que el día no se hundiera si nadie se ponía creativo con el baño.
—Falta margen para hielo —dije.
—Nil trae dos sacos a cambio de que Jana deje de llamarle “narrativa con piernas”.
—No va a dejarlo.
—Ya. Por eso he previsto pagar hielo mañana.
Me apoyé en la barra con una mano.
—Has previsto.
—No te emociones.
Ya era tarde.
Ella lo vio. Porque Abril podía estar rota, cansada, cabreada, pero seguía sabiendo leerme donde no debía.
—No pongas esa cara —dijo.
—Qué cara.
—La de profesor orgulloso con la asignatura suspensa.
—Mucho discurso para las ocho.
—He tomado café frío.
El momento habría podido quedarse allí, casi amable, con la pizarra insultando clientes, la llave en su bolsillo y una mañana que todavía no nos había mordido. Pero mi móvil vibró.
Comprador.
No lo tenía guardado con nombre. Su número apareció tan pulcro como sus zapatos.
Abril lo vio.
—¿Por qué te llama a ti?
—No lo sé.
Mentira parcial. Sabía de sobra.
Descolgué delante de ella.
—Sí.
—Biel. Solo un minuto. Ayer fuimos mal de tiempo. Quería aclarar la transición.
Miré a Abril.
Ella no se movió.
—No hay transición conmigo.
—Escúchame. Si Abril decide vender, puedo ofrecerte continuidad remunerada. Fuera de la operación principal, si prefieres. No tiene por qué mezclar vuestra situación personal.
Vuestra situación personal.
Casi me reí.
—No vuelvas a llamarme.
—Estás dejando pasar una oportunidad.
—Estoy dejando pasar otra cosa.
Abril tenía las manos apoyadas en la barra. La pinza seguía en su boca. Se la quitó despacio.
—Te ha llamado.
—Sí.
—Después de escribirle yo que no formabas parte de ninguna oferta.
—Sí.
—Qué asco.
Lo dijo con una sencillez que me aflojó algo en el pecho.
—Sí.
Abril cogió el móvil.
—Le voy a contestar.
—No desde el golpe.
—Esto no es golpe. Esto es puntería.
Escribió. Esta vez no me enseñó antes. Tampoco a Vega. Me lo enseñó después.
No vuelva a llamar a Biel Ferrer Sintes para negociar continuidad. Si quiere mantener una propuesta, envíela por escrito a mí y solo sobre el local. Cualquier contacto fuera de eso cancelará la conversación.
—Bien —dije.
—No te pongas la medalla.
—Hoy sí un poco.
Había cansancio, rabia y una grieta de humor. Peligroso. Siempre peligroso.
—Un poco —aceptó.
Envió el mensaje.
Entonces entró Tina con una bolsa de pan, miró nuestras caras y levantó las cejas.
—¿Qué habéis roto antes de las ocho?
—La paciencia del comprador —dijo Abril.
—Por fin una reparación útil.
—Ha venido porque pasaba —dijo Jana.
Nil dejó el hielo.
—He venido porque me lo has pedido por audio.
—Era un audio interpretativo.
—Decías literalmente: “Trae hielo o muere mi paciencia”.
—La literalidad está sobrevalorada.
Abril les señaló la nevera.
—Hielo ahí. Discusión, lejos del TPV.
Jana la miró.
—Mira la jefa.
—No me llames jefa si puedo oler mi propio miedo.
—Precisamente.
La mañana avanzó con números y ruido. Vega limpió la memoria municipal: quitó disculpas y dejó lo feo donde debía estar. “Actividad mantenida con carta reducida.” “Responsable presente: Abril Rovira Mas.”
Mi nombre seguía fuera.
Lo leí tres veces mientras fingía revisar la nevera.
Tenía lo que había pedido.
El cuerpo, como de costumbre, opinaba tarde y mal.
A las once menos diez, Abril sacó dos copias impresas. Una para enviar escaneada, otra para guardar en la carpeta azul. Firmó con el boli de Vega.
Abril Rovira Mas.
La firma salió un poco inclinada. No elegante. Real. Con tinta corrida al final porque la barra estaba húmeda y Lola y Sal seguía teniendo talento para manchar decisiones.
—Ya está —dijo Vega.
—No —contestó Abril—. Falta Marblava.
—Y servicio —añadió Tina.
—Y la mesa seis intentando fiar —dijo Jana desde la terraza—. Lola tenía razón en la libreta, este hombre es patrimonio del morro.
Abril se metió la copia en una carpeta de plástico, cogió la bolsa con dinero y tickets y fue hacia la puerta.
—Voy a Marblava.
—Voy contigo —dije.
Se paró.
—No.
—Abril.
—Has dicho según cuadrante.
Eso me volvió con dientes.
—Esto no es abrir o cerrar.
—Es pagar. Puedo hacerlo.
—No he dicho que no puedas.
—Entonces no vengas.
La terraza entera fingió trabajar. Fatal, como siempre.
—Te acompaña Vega —dije.
Vega levantó la cabeza.
—Tengo que enviar esto.
—Te acompaña Tina.
Tina sonrió sin humor.
—Yo acompaño si hay opción de pegar con bolso.
Abril apretó la carpeta contra el pecho.
—Voy sola. Está a media hora. Vuelvo antes de comida.
—Por la Carretera de la Cornisa, con el dinero de caja, después de que el comprador haya intentado llamar a todo el mundo menos a quien toca.
—Esto empieza a sonar a guardaespaldas otra vez.
—Empieza a sonar a sentido común.
—Tu sentido común siempre trae tu cuerpo pegado a mi puerta.
Ahí me callé.
Le hizo daño oírse. Lo vi en la cara. Pero ya estaba fuera. Viva. Horrible.
Jana murmuró:
—Ay.
Nil le quitó una botella de agua de la mano antes de que la lanzara a alguien.
Abril bajó la voz.
—Perdón.
—No.
—Biel.
—No pidas perdón si lo que quieres es que me aparte.
—Quiero poder ir a pagar una factura sin que parezca que no puedo cruzar una calle.
—Entonces ve.
—Eso es castigo otra vez.
—Puede que hoy sea cansancio.