Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 23 · ABRIL
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CAPÍTULO 23 · ABRIL

Siempre imaginaba los plazos como señoras pequeñas con bolso duro.

Plazo corto.

Vega la repitió mirando el correo del Ayuntamiento en el portátil, y el local entero acabó con esa postura de animal que escucha un ruido detrás de la puerta.

—Define corto —dije.

Vega no alzó la mirada.

—Mañana antes del cierre de registro.

—Qué maja la administración, dándonos margen para respirar.

—Respirar no consta en el expediente.

Jana apareció detrás de mí con una bandeja vacía apoyada contra la cadera.

—Propongo contestar: “Estamos vivas por poco, adjuntamos foto de Tina con fregona”.

—No —dijimos Vega y yo a la vez.

Tina alzó la sartén desde la cocina.

—Mi imagen tiene derechos.

Ona no se rio. Sentada en la mesa cinco, con el móvil con la pantalla hacia abajo, parecía vigilar un animal capaz de levantarse solo. Desde lo del vídeo, lo tocaba con culpa.

Biel seguía de pie junto a la puerta del almacén.

No decía nada.

Había algo nuevo y antiguo a la vez. Biel callado podía significar cansancio, rabia, concentración o que estaba guardando algo para clavarlo mejor.

Llevaba la camiseta gris manchada de grasa en un costado, los brazos cruzados y una marca roja en el cuello donde se había pasado el trapo mil veces durante el cierre.

No miraba al portátil. Me miraba a mí. O, mejor dicho, miraba el hueco entre mi cara y la pantalla, ese sitio donde yo intentaba decidir qué versión de adulta iba a fingir.

—Lee entero —dijo Tina.

—Ya lo estoy leyendo —contestó Vega.

—En voz alta. Para que Abril no elija solo las palabras que le convienen.

—Gracias, Tina.

—De nada. Hoy estoy de apoyo emocional agresivo.

Vega agrandó el documento. La pantalla iluminó su cara y le dejó las ojeras más visibles. Mala señal. Vega con ojeras parecía capaz de montar una asociación vecinal y destruirla por dentro en el mismo día.

—Quieren saber si esto respira de verdad —leyó—. Quién abre, quién cierra, qué se ha roto, qué se vende y quién se queda cuando aprietan.

Al leer traspaso, todos miramos donde no tocaba.

Al móvil.

Al cajón donde yo lo había tenido escondido.

A Biel.

Él no se movió. Me dejó hacerme la valiente sola.

—Si existe —repetí.

—Existe una oferta —dijo Vega—. No un traspaso cerrado.

—Entonces se contesta eso.

—También preguntan por responsables.

—Yo.

Vega levantó la cabeza.

—Abril.

—Yo soy la titular.

—Sí.

—Pues yo.

Biel se movió por fin. Solo bajó los brazos. Pareció poco. En él, esa clase de gesto era un mueble arrastrándose por dentro.

—No abras esa puerta si no vas a estar detrás todos los días.

—No decidas por mí.

—No estoy mandando. Estoy señalando el agujero.

—El agujero ya lo veo.

—Qué bien. Entonces no lo tapes con tu nombre en mayúsculas.

La mesa quedó quieta. Ni Jana metió baza. Eso me irritó porque cuando Jana se callaba, una empezaba a oírse sin escapatoria.

—Soy responsable legal —dije.

—Y yo abro cuando llegas tarde, cierro cuando te vas al Hostal, cargo cuando te tiemblan los brazos y contesto al teléfono cuando suena antes de que hayas decidido si lo odias.

—No he negado que trabajes.

—Has negado todo lo que significa.

Me subió calor a la cara. No de vergüenza dulce, ni de esa tensión que acababa en almacenes o duchas rotas. Calor feo. Del que te pone torpe.

—No voy a regalar tu nombre en un papel para que luego ese tío lo mastique.

—Ya lo mastica.

—Por eso.

—Y tú también.

Ahí sí no me moví.

Tina dejó la sartén. El golpe contra la encimera sonó más de la cuenta claro.

—Biel —dijo Vega, muy bajo.

—¿Qué?

—No hagamos esto con el correo abierto.

—El correo solo ha puesto título.

Apoyé las manos en la mesa pegajosa y me concentré en una miguita de pan bajo la uña. Mirar a Biel me abría salidas malas por todas partes.

—No te estoy usando.

—Me llamas cuando el local se cae, me escondes cuando él pregunta y me sacas cuando un sello necesita verme. No soy un tornillo de la barra, Abril.

—Eso no es justo.

—Ya. Bienvenida.

Jana se levantó.

—Voy a fingir que hay una mesa esperando porque esto tiene cuchillos, aunque nadie los enseñe.

—Siéntate —dije.

—Ni de coña.

—Traigo esto de Pepa —dijo.

Jana lo miró.

—¿Pepa te ha adoptado o tú has entrado en su casa por una ventana?

—Me ha visto pasar.

—Pepa no ve pasar. Pepa recluta.

Nil enseñó apenas los dientes.

—También ha dicho que dejes de contestar a turistas con preguntas filosóficas sobre almejas.

—Pepa no manda en mi pensamiento crítico.

—Nadie manda ahí. Se nota.

—Deja eso en la barra —dijo Tina desde la cocina.

Nil obedeció. Jana puso los ojos en blanco, pero no se apartó hasta que él tuvo que rozarle la cadera con la caja para pasar.

—Uy —dijo Ona, por costumbre.

—Tú no tienes derecho al uy esta semana —le dijo Jana sin mirar.

Ona bajó la cabeza.

—Merecido.

Yo volví al correo. La pantalla seguía allí, obscena: nombres, averías, traspaso. Una forma muy seca de preguntar quién iba a aguantar el golpe.

Mi móvil vibró dentro del cajón.

Todos lo oímos.

Porque Cala Saurina podía no oír un generador a punto de morir, pero un móvil escondido en una caja de Lola llegaba a toda la costa.

No lo abrí.

Biel dejó escapar una risa mínima.

—¿Responsable de apertura y cierre también del cajón?

—No sigas.

—Llego tarde para eso.

Vega puso una mano sobre el portátil.

—Abril, necesito una respuesta práctica. Si firmas sola, abres y cierras tú. Si Biel aparece, se declara. Si el traspaso no existe formalmente, no lo inventamos. Mentir en una memoria es una mala idea y tú hoy no tienes margen para ideas malas.

—No voy a mentir.

—Entonces decide qué verdad puedes sostener.

Qué manía tenía todo el mundo con dejarme decisiones delante para que yo tropezara con ellas.

—Voy a atender mesa.

—No hay mesa —dijo Tina.

—Pues invento una.

Salí a la terraza.

El sol ya se colaba por debajo de los toldos y molestaba por donde podía.

Había tres mesas ocupadas: una pareja que compartía una ración de bravas con gesto de llevar dos días discutiendo por algo distinto a la ración; una familia con dos niños quemados de playa y un padre mirando el móvil con ganas de mudarse dentro; y dos mujeres mayores que bebían claras y nos vigilaban con la experiencia de quien había nacido antes de que existiera el secreto.

—Cariño —dijo una de ellas cuando pasé—, el baño sigue raro.

—El baño está pasando una etapa.

—Pues que madure.

—Estamos en ello.

Me reí porque la alternativa era volver dentro y abrirme en canal sobre un teclado.

Eso debería haber sido un descanso.

No descansó nada.

En la mesa de las mujeres mayores, una bajó la voz sin bajarla.

—Ese chico se ha dejado media vida aquí.

La otra contestó:

—Y ahora la niña de Lola decide.

La niña de Lola.

A los treinta y seis, con facturas, una oferta de compra, un Ayuntamiento respirándome en la nuca y una camiseta con olor a fritanga, seguía siendo la niña de alguien. La que volvió tarde. La que decide sobre un hombre sin ser suyo y sobre un local que no acababa de ser solo paredes.

Golpeé los vasos contra la barra.

—¿Todo bien? —preguntó Tina.

—Las señoras hacen análisis político.

—Las señoras llevan haciendo análisis desde que Sal puso la primera mesa torcida. Ignóralas.

—No sé ignorar tan bien.

—Se nota.

Biel se acercó a la barra.

—El Ayuntamiento no espera a que aprendas.

—Gracias por el empujón suave.

—No tengo suaves a mano.

—Ya.

La barra quedaba entre los dos. Había visto besos viejos, discusiones nuevas, camisetas mojadas, cuentas mal hechas, llaves, deuda y mi mano quedándose cerca de la suya.

—No voy a poner tu nombre sin tu sí —dije.

Biel miró mis manos.

—Qué detalle.

—No lo digo para quedar bien.

—Entonces para qué.

—Porque no eres una garantía de transición.

—Eso ya lo sé.

—No. No lo sabes cuando estás tan ocupado pensando que te estoy vendiendo.

Su mandíbula se movió.

—No creo que me vendas.

—¿Entonces?

—Creo que me necesitas para no admitir que todavía quieres salir corriendo.

Me dolió porque encontró sitio.

—Puedo salir corriendo sin ti.

—Ya lo hiciste.

—Y tú puedes quedarte sin mí.

—También lo hice.

La conversación estaba llegando a ese punto donde cada respuesta traía una pala. Habría que parar. Nosotras, las personas adultas funcionales, paramos antes de cavar.

Yo no paré.

—Si no quieres figurar en el documento, dilo.

—No quiero figurar para que tu venta parezca más estable.

—Entonces no figuras.

—Y tampoco quiero abrir y cerrar para que luego digas que esto es tuyo cuando conviene y mío cuando pesa.

—¿Qué estás diciendo?

—Que mañana firmas tú. Abres tú. Cierras tú. Yo estoy de turno si me toca, no de columna vertebral del local.

Eso me atravesó con una limpieza indecente.

—Biel.

—¿Qué?

—Eso es castigarme.

—Puede.

—Gracias por reconocerlo.

—También puede ser que esté dejando de presentarme voluntario al golpe.

—Hoy todo el mundo habla y deja manchas —dijo.

—Jana —murmuró Tina.

—¿Qué? Si vamos a vivirlo, al menos que alguien lo subtitule.

Mi móvil vibró otra vez en el cajón.

Esta vez fui a por él.

Abrí el mensaje delante de todos porque todo empezaba a sonar a escondidas.

EL COMPRADOR: Si el Ayuntamiento pide continuidad, mi propuesta puede mejorar con acuerdo operativo de Biel por escrito. Sin eso, el riesgo cambia. Señal hoy si decides.

Lo leí dos veces.

Luego una tercera, porque mi cabeza decidió dañarse con precisión.

—¿Qué dice? —preguntó Vega desde la mesa.

Le tendí el móvil.

No a Biel.

A Vega.

Biel vio el gesto.

Claro que lo vio.

Vega leyó. Su cara se quedó igual, pero sus dedos apretaron el móvil.

—No aceptes señal hoy.

—No pensaba hacerlo.

—Y no contestes sin redactar.

—Tampoco pensaba hacerlo.

Jana se acercó por detrás de Vega, leyó por encima y soltó:

—Este señor necesita que alguien le meta una sombrilla por el concepto.

Nil tosió.

—Eso suena difícil.

—No si hay motivación.

Biel seguía callado.

Yo le miré por fin.

—No voy a usar tu nombre.

—Ya.

—Ese ya no me sirve.

—¿Qué necesitas oír?

—Que me crees.

Su cara cambió. Poquísimo.

—Te creo cuando haces una cosa. Todavía no la has hecho.

Abrí el chat del comprador. Escribí. Borré. Escribí otra vez.

No aceptaré señal atada a una persona. Del local hablamos con papeles, estado real y dinero. Biel Ferrer Sintes no es oferta ni garantía.

Se lo pasé a Vega.

Ella lo leyó.

—Quita lo último.

—No.

—Abril, suena personal.

—Lo es.

—Precisamente.

Biel dio un paso.

—Envíalo.

Le miré.

—¿Seguro?

—No me preguntes eso ahora.

—Biel.

—Envíalo si es lo que quieres decir.

Lo envié.

Biel no dijo gracias.

Si lo hubiera dicho, igual me habría roto en un sitio muy visible.

La respuesta del comprador tardó seis minutos.

EL COMPRADOR: Entonces mi oferta baja y queda condicionada a revisión de licencia. Última propuesta: mañana 18:00.

Jana leyó por encima y murmuró:

—El de la sombrilla insiste.

Vega cerró el portátil.

—Vale. Primero el Ayuntamiento. Luego este señor.

—Primero abrir —dijo Tina—. Hay clientes y el baño sigue con carácter.

El servicio de mediodía entró torpe: mesas impacientes, turistas con hambre de foto, una mujer preguntando por “cosas verdes” y dos adolescentes intentando quedarse una hora con vasos de agua.

Yo trabajé.

—No tienes que quedarte —le dijo ella.

—Lo tengo claro.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

—Porque te molesta.

—Eso es una razón muy mediocre.

—Y funciona.

Ona los miró con una sonrisa mínima.

—El uy te lo tragas —le advertí.

—Estoy en proceso de rehabilitación.

—Responsable de apertura y cierre —dijo Vega.

—Abril Rovira Mas.

—¿Apoyo operativo?

Miré la ventana. Abajo se veía la parte trasera, la ducha exterior, el borde del almacén. Biel estaba cargando una caja de cerveza. Se movía con precisión, sin prisa. Sin mirar arriba.

—Puntual —dije.

—Abril.

—Pon: apoyo operativo puntual de personal de temporada según cuadrante interno.

—Eso es frío.

—Es justo.

—A veces confundes justo con dejar a todos fuera para que nadie pueda reclamarte nada.

—No empieces tú también.

—Alguien tiene que seguir cuando Biel se canse.

—Ya se ha cansado.

—No. Se está defendiendo. Hay diferencia.

Mi nombre solo.

Al verlo escrito, sentí dos cosas incompatibles: orgullo y miedo.

Bajé con las hojas impresas.

Biel estaba en la barra, revisando la pizarra de turnos. Le tendí el documento.

—No estás.

Cogió las hojas.

Las leyó de pie, con el cuerpo quieto y las cejas ligeramente juntas. En su cara no apareció alivio. Tampoco rabia clara. Algo más feo: hueco.

—De acuerdo.

—Eso querías.

—Sí.

—Entonces no pongas esa cara.

—Qué cara.

—La de que te he borrado.

Miró al frente.

—Me has hecho caso.

—Exacto.

—No estoy acostumbrado.

Quise reír. No salió.

—Biel.

—¿Qué?

—No sé hacerlo mejor.

Sus dedos apretaron el borde del papel.

—Yo tampoco.

Durante un segundo estuvimos cerca de decir algo útil. Dos palabras, sucias, sin envoltorio. Algo que quizá nos habría dado una tarde menos dañada.

El baño eligió ese momento para soltar otro gorgoteo.

Jana gritó:

—¡El váter está haciendo discurso!

Biel parpadeó despacio.

—Voy.

—Ya voy yo —dije.

—Eres la responsable, ¿verdad?

Lo dije bajo. No cruel del todo. Tampoco justo.

—Sí.

Pasé por delante de él y fui al baño.

El agua había vuelto a aparecer en el suelo. Menos que por la mañana. Lo suficiente para dejarme claro que firmar responsable no arreglaba tuberías, ni hombres, ni madres muertas, ni verano acumulado.

Cuando volví, Biel estaba junto a la barra con el mosquetón de llaves en la mano.

Sacó una.

La dejó sobre la madera.

—La puerta abre mejor con esta.

Mi garganta hizo algo inútil.

—Lo tengo claro.

—Entonces úsala mañana.

—Biel.

—Hasta que presentes la memoria, abriré contigo si hace falta. Después, según cuadrante.

Según cuadrante.

La expresión sonó a pared recién subida.

La llave quedó entre los dos.

No la cogí.

Biel tampoco.

La barra siguió pegajosa bajo la llave.

Lola y Sal acababa de quedarse un poco más mío.

Y mucho menos a salvo. A salvo quedaba lejos, en otro pueblo con mejores tuberías.