CAPÍTULO 22 · BIEL
Abril no cerró la puerta.
Fue lo primero que vi al subir.
La habitación de arriba tenía la luz encendida, una bombilla pobre colgando del techo, cajas contra la pared, el ventilador pequeño en el suelo y la ventana abierta hacia la parte trasera.
Nada allí invitaba a cometer errores bonitos.
De ahí el peligro.
Abril estaba de pie junto a la cama, de espaldas, quitándose la goma del pelo.
La camiseta de Lola y Sal le caía torcida, manchada de tiza en un costado y de salsa cerca del bajo.
Llevaba los pantalones cortos abiertos un botón, no por intención, sino porque la noche, el calor y la falta de aire habían ganado la batalla.
Me vio en el reflejo oscuro de la ventana.
—Has subido.
—La puerta estaba abierta.
—Podías no entrar.
—Sí.
No dije nada más.
La habitación no necesitaba discursos. Tenía cajas de sobra escuchando.
Abril se giró.
Tenía la cara lavada a medias, una raya de rímel bajo un ojo y la marca roja de la cuerda en la palma. Me la enseñó sin querer al cruzar los brazos.
—Te has quemado —dije.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Vas a decir que te lo advertiste.
—Iba a decir que tengo pomada en el almacén.
—Eso es peor. Es útil.
Me apoyé en el marco de la puerta.
No entré del todo.
Ella miró mis pies. Luego mi cara.
—¿Vas a quedarte ahí haciendo de adorno sufrido?
—No soy adorno.
—Sufrido sí.
—Trabajo un personaje muy limitado.
Se le escapó una sonrisa.
No debería haberme afectado tanto.
—No voy a aceptar esa oferta —dijo.
—No tienes que decírmelo ahora.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no lo digo, mañana igual lo convierto en una puerta abierta.
Entré.
Cerré la puerta con el pie, solo hasta dejarla entornada. Ni abierta ni cerrada. Una cobardía decente.
—No aceptarla no significa quedarte.
—Lo sé.
—Te lo digo porque luego me acusas de poner muebles delante de tus salidas.
—Tú eres un mueble muy pesado.
—Y con llave Allen perdida.
Abril dejó escapar una risa cansada.
Se le rompió enseguida.
—Me ha dado miedo escribir tu nombre.
—Lo he visto.
—Por ti también. Pero sobre todo porque al escribirlo admito que esto no es una venta normal. No puedo vender ignorando lo que has sostenido ni dejar tu nombre como otra deuda en una servilleta.
—No quiero ser una deuda.
—Ya lo sé.
—Tampoco un motivo.
Abril miró al suelo.
La bombilla zumbó una vez. El ventilador, apagado, tenía aspecto de animal rendido.
—Eso lo llevo peor —dijo.
—¿Qué?
—No convertirte en motivo.
Ahí tendría que haber sido mejor persona.
Una mejor persona habría dado un paso atrás, habría abierto la puerta, habría dicho mañana hablamos, duerme. Una mejor persona no habría mirado la boca de Abril justo cuando ella acababa de poner algo blando encima de una cama de muelles malos.
Yo no llegaba a tanto.
—No quiero que te quedes por mí —dije.
—No digo que vaya a quedarme.
—Lo sé de sobra.
—¿Entonces?
—Entonces deja de mirarme con esa cara de que marcharte será más fácil si primero me arrancas algo.
No le gustó.
A mí tampoco.
Abril dio un paso hacia mí.
—¿Y tú? ¿Qué haces cada vez que me tocas y luego te apartas con esa cara de que obedecerme te hace mejor?
—Te respeto cuando dices no.
—No hablo de eso.
—Entonces habla claro.
—No sé.
La respuesta salió cruda.
Se le notó en la cara que odiaba haberla soltado. Abril prefería quedarse sin dinero antes que sin una réplica con esquinas.
—Yo tampoco sé.
—Tú siempre pareces saber.
—Eso es cara de cansado.
—Funciona mal.
—Mucho.
La distancia entre nosotros quedó en medio brazo. Olía a jabón barato, tiza y piel sudada. Yo olía a cajas y cerveza. Ninguno de los dos podía presumir.
—No voy a decirlo bonito —dijo.
—Mejor.
Me agarró la camiseta y tiró.
El beso empezó torcido. Mi boca chocó con sus dientes; ella soltó aire por la nariz y volvió a intentarlo con más rabia. No esperó a que yo la colocara contra nada. Me hizo retroceder hasta el borde de la cama.
—Siéntate.
—Eso ha sonado a orden.
—Lo era.
Me senté.
Abril se quedó entre mis piernas, mirándome desde arriba con el pelo medio suelto y la palma quemada escondida contra el muslo.
Le cogí la muñeca sana.
—¿Sí?
—Sí. Y deja de examinarme como si fueras a devolverme con ticket.
Me besó otra vez antes de que pudiera contestar.
Esta vez fui yo quien tuvo que agarrarse a la colcha. Abril me abrió las rodillas con las suyas y se sentó encima, aún vestida, el botón del pantalón abierto clavándoseme en el vientre. El somier protestó.
—Que se acostumbre —murmuró.
—Tiene más años que nosotros.
—Entonces ya ha sobrevivido a cosas peores.
Me quitó la camiseta. No con elegancia. La tela se me enganchó en la nariz y ella se rio un segundo, con la frente apoyada en la mía.
—No digas nada.
—No iba a.
—Mentira.
La risa se nos acabó cuando metió la mano entre los dos.
Tuve que cerrar los ojos.
—Mírame —dijo.
Los abrí.
Abril me tocó sin prisa y sin delicadeza de catálogo. Tenía la respiración rota, la boca hinchada y esa concentración suya que siempre parecía enfado. Me besó cuando se me escapó un sonido.
—Ahora sí puedes callarte.
Le puse una mano en la cadera. La otra se quedó quieta, abierta sobre la cama.
Ella la miró.
—Puedes tocarme.
—Lo sé.
—Pues parece que no.
Le desabroché el pantalón. Abril levantó apenas el cuerpo para que pudiera bajárselo. Una pernera se quedó atrapada en el tobillo y la otra cayó al suelo. No nos reímos. Ya no.
Se quedó a horcajadas sobre mí, en ropa interior, con marcas de sol en los hombros, tiza en la clavícula y la quemadura de la cuerda roja contra mi pecho.
Le besé la muñeca sin apartar los ojos de ella.
—No hagas de eso un gesto bonito.
—Me estaba molestando.
—Mentiroso.
—Un poco.
Le metí la mano por debajo de la ropa interior.
Abril apretó los dedos en mi hombro.
Me detuve.
—Sigue —dijo.
—¿Seguro?
—Biel.
—Eso no responde.
Me agarró la nuca y juntó la frente con la mía.
—Sí. Sigue.
Lo hice.
No hubo postura pensada. Hubo su rodilla chocando contra una caja, el ventilador inútil, la cama que se quejaba y Abril moviéndose sobre mi mano con la boca pegada a mi oído para no regalarle nada a la calle.
Cuando empezó a perder el ritmo, me clavó las uñas en el hombro.
—No pares.
No paré.
Se corrió sentada encima de mí, con la cara escondida un segundo en mi cuello y la palma quemada abierta sobre mi pecho. El cuerpo le tembló sin ninguna educación.
Después no se apartó.
Respiró contra mi piel. Yo tampoco sabía dónde poner la boca sin estropear algo.
—No me mires con pena —dijo.
—Te estoy mirando sudar.
—Mucho mejor.
Le besé la mandíbula. Abril volvió a tocarme y me dejó sin réplica.
Busqué el preservativo en el bolsillo del pantalón. Ella me lo quitó de la mano.
—Yo.
—¿Tú qué?
—Yo hago algo sin que me lo administres.
Rasgó el envoltorio con los dientes, lo miró mal porque no se abrió y acabó rompiéndolo con los dedos.
—Muy autónomo todo —dije.
—Cállate.
Se lo puso ella, con una concentración que habría servido para cuadrar caja y una mano que le tembló al final.
La sujeté por la cintura.
—Abril.
—Estoy aquí.
No añadió nada más. Tampoco hacía falta.
Se levantó un poco y me guio dentro.
Los dos soltamos el aire a la vez.
El somier dio un golpe contra la pared.
Abril se quedó quieta encima de mí, los ojos abiertos.
—La puerta —dije.
Miró hacia ella.
—Sigue entornada.
Algo se me tensó en la mandíbula.
Ella lo vio.
—No estoy mirando la salida. Estoy comprobando que sigue abierta.
—Eso no ayuda.
—No era para ayudarte.
Se movió.
Despacio al principio. Luego con el ritmo que necesitaba, agarrada a mis hombros, el pelo cayéndole por un lado de la cara. Yo le sujeté la cintura y la dejé mandar hasta que dejó de poder fingir que mandaba.
Cuando intenté cambiarla de postura, me empujó contra el colchón.
—Quieto.
—Estás abusando del cargo.
—No trabajas aquí ahora.
—Eso está por ver.
Me mordió el labio.
La risa se nos mezcló con el aire y desapareció. Después hubo piel, sudor y el sonido de la cama intentando delatarnos. Abril me miró cuando terminó. Yo no conseguí apartar los ojos.
Se quedó encima unos segundos más, respirando mal.
Luego apoyó la mano quemada y soltó un insulto.
La sujeté antes de que perdiera equilibrio.
—Déjame verla.
—No.
—Abril.
—Pomada. Has dicho que tenías.
Eso fue todo lo que concedió.
Se sentó a mi lado mientras yo buscaba el tubo en la caja del baño. Volví y le extendí una capa fina sobre la palma. Abril hizo una mueca, no de dolor del todo.
—No me hagas una revisión postcoital.
—Te has quemado.
—Y tú tienes la camiseta en la lámpara.
Miré.
Estaba en la lámpara.
—No preguntes.
—No pensaba hacerlo.
Nos vestimos sin ceremonia. Ella encontró el sujetador debajo de una factura; yo recuperé la camiseta de la lámpara con ayuda de una percha rota.
Cuando fui a por el pantalón, la pantalla del móvil se encendió en el suelo.
Abril ya estaba abrochándose.
—¿Quién es?
Número desconocido.
Pero el texto debajo no necesitaba nombre.
Si Abril no acepta, podemos hablar tú y yo. Hay formas de garantizar transición sin ponerla entre la espada y la pared. Te conviene escuchar.
El mensaje no venía firmado.
No hacía falta.
El comprador había encontrado mi número.
La habitación perdió calor de golpe, aunque seguíamos sudados.
Abril se levantó de la cama, se puso la camiseta sin buscar el sujetador y me quitó el móvil de la mano.
Leyó.
Una vez.
Luego otra.
—¿Desde cuándo te escribe?
—Desde ahora.
—¿Seguro?
Me dolió.
La injusticia no era el punto.
Porque entendí que hubiera tenido que preguntarlo.
—Seguro.
Abril alzó la mirada hacia mí. Tenía el pelo revuelto, la boca hinchada, una marca mía en el cuello y el móvil en la mano. Hacía un minuto me había pedido que aprendiera despacio. Ahora estaba calculando si yo ya había vuelto a dejarla fuera de una conversación que la tocaba.
—No he contestado —dije.
—Ya lo veo.
—Ni voy a hacerlo.
—No porque yo lo diga.
—No porque ese tío acaba de intentar comprarme para que no tengas que decidir.
Se le movió la cara.
No se rompió.
Abril no hacía eso de forma visible si podía evitarlo.
Me devolvió el móvil.
—Baja conmigo.
—Abril.
—No. No voy a esconder esto en una caja de Lola para abrirlo mañana con más miedo. Baja conmigo.
Me puse la camiseta. Mal. Del revés. Ella lo vio.
—Tienes la etiqueta fuera.
—Ni una palabra.
—Son cuatro.
Tampoco yo.
Bajamos. Las cuatro seguían alrededor de la mesa de las cinco. Tina vio mi cuello; Jana, la camisa de Abril; Vega, el móvil en su mano. Ona miró una vez y apartó los ojos.
—No voy a venderle a alguien que intenta hablar con Biel a escondidas.
El silencio nos dejó oír el zumbido de la nevera.
Vega fue la primera en moverse.
—¿Eso es una decisión?
—Es una de momento.
—De momento sirve —dijo Tina.
Nadie discutió. Vega acercó la carpeta y Tina apartó dos vasos para hacer sitio. Abril escribió con los codos sobre la mesa, todavía colorada, mientras yo leía por encima de su hombro.
Abril cogió el trapo de la barra y empezó a limpiar una zona que ya estaba limpia. Nadie se lo quitó. A veces una persona necesita una madera pegajosa para no ponerse a gritar.
Me acerqué a ella.
Despacio.
—Abril.
—¿Qué?
—No voy a hablar con él.
—Lo sé.
—No lo sabes cuando te conviene dudar.
Paró el trapo.
—No me cobres esto ahora. No sé hacerlo mejor.
Abril bajó la voz para que solo yo la oyera.
Me la merecía. También me tocó.
—Vale.
Ella siguió limpiando.
—Y no uses vale como castigo.
—No sé usarlo de otra forma todavía.
—Pues aprende despacio.
Me devolvió el golpe.
A las dos y cuarto, cuando por fin bajé el último cierre metálico, Abril estaba en la terraza con la pizarra en la mano.
Había borrado ABIERTO CON LO QUE HAY.
Debajo, con tiza seca, había escrito solo una línea.
NO HAY VISITAS PRIVADAS.
Me apoyé en el marco.
—Eso no es muy comercial.
—Es muy claro.
—Ona sufrirá.
—Ona sobrevivirá. Tiene borradores.
Me acerqué. La calle estaba quieta, pero no dormida. Cala Saurina nunca dormía del todo. Solo bajaba la persiana y escuchaba por la rendija.
—Lo de arriba —dije.
—No.
—Necesito decirlo.
—Entonces dilo sin arreglarme la vida.
—Lo de arriba ha sido más que deseo.
Abril apretó la tiza.
—Eso lo sé.
—Y no sé qué hacer con eso.
—Yo tampoco.
—Pero no quiero que mañana quede tapado por Marblava, el comprador o una lista de tareas.
Tenía la cara cansada, los ojos muy abiertos, la camiseta mal metida por un lado del pantalón. Una adulta hecha polvo en un chiringuito vivo. Nada que ver con una fantasía fácil.
—Entonces mañana no lo escondas —dijo.
—¿Del pueblo?
—Del pueblo sí. Que se compre un sudoku.
Casi me reí.
—De ti no —añadió.
Ahí ya no pude.
Le toqué la mano.
Nada más.
La quemada.
La de la cuerda.
La de la tiza.
Abril entrelazó un dedo con el mío. Uno solo.
Dentro, el congelador grande hizo otro golpe seco.
Los dos giramos la cabeza.
—Mañana muere —dijo Abril.
—Mañana lo resucitamos.
—Tenemos media carta, una pizarra antipática y gente de sobra empeñada en que abramos.
Abril soltó una risa baja.
Luego apretó mi dedo.
—Mañana va a ser peor.
—Sí.
—No me tranquilices tanto.
—No sé vender mentiras bonitas.
—Mejor.
El móvil de Abril vibró dentro del local.
Los dos lo oímos.
No nos movimos.
La vibración se cortó.
Después llegó otra.
Correo.
Vega gritó desde dentro, con la voz más despierta que cansada:
—Abril. Es del Ayuntamiento.
Abril entornó los ojos.
—Claro.
Solté su dedo.
Ella no se movió al instante.
Luego entramos juntos.
El correo estaba abierto en el portátil de Vega.
Asunto: REQUERIMIENTO COMPLEMENTARIO MEMORIA ACTIVIDAD Y OCUPACIÓN.
Vega leyó en silencio y dejó de parpadear.
—¿Qué pasa? —preguntó Abril.
Vega miró al frente.
—Piden que demostremos que esto sigue vivo, quién lo sostiene y qué pasa con el traspaso. Plazo corto.
—¿Cuánto de corto? —dijo Tina.
Vega dijo la fecha.
Abril no se sentó.
La pizarra de NO HAY VISITAS PRIVADAS seguía fuera, apoyada contra una silla.
El comprador había dejado de ser la única amenaza.
Ahora también teníamos que demostrar que el sitio aguantaba con nuestros nombres dentro.