Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 21 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 21 · ABRIL #2

—No tenías que ponerme.

—Sí.

—No.

—El comprador ya te ha puesto. Yo solo no te he escondido.

Jana dejó de pelear con Nil durante tres segundos.

Tina murmuró:

—Eso ha estado bien.

—No me felicites —dije—. Me desoriento.

Biel aguantó mi mirada. Tenía harina o sal seca en la camiseta, una raya de tiza en el pulgar y esa forma de quedarse quieto hecha de esfuerzo, no de calma.

—Abril.

—No lo conviertas en algo grande.

—No iba.

—Sí ibas.

—Puede.

—No te debo eso —dijo.

—¿Qué?

—Que me defiendas.

—Lo tengo claro.

—¿Entonces?

—Necesitaba hacerlo yo.

Usé lo que había dicho.

Se la devolví sucia, mía, con los dedos pegados de tiza y olor a tortilla fría.

Biel tragó saliva.

—No ayudas.

—No todo lo que hago gira alrededor de ayudarte.

Esta vez sí sonrió.

Apenas, pero me fastidió.

—Vale.

La tarde se llenó antes de que pudiéramos ordenarla. Vinieron menos clientes que en San Juan, pero más de los que merecía nuestra media carta. Servimos lo que teníamos y mentimos lo imprescindible.

—Hoy los calamares han pedido día libre —contesté.

—¿Mañana?

—Mañana hablaremos con su representante.

Biel soltó una risa desde cocina.

—No alimentes expectativas marinas —gritó.

—El mar no te salva eso.

—He dicho marinas.

—Peligroso.

A las cinco, Marblava entregó la mitad de lo pedido y un albarán escrito por alguien muy cómodo con nuestro sufrimiento.

—Estás contando mal —dijo.

—Estoy contando con resentimiento.

—El resentimiento no suma.

—Pero sostiene.

—No siempre.

Lo dijo sin mirarme.

Ahí me entró.

No por lo que dijo. Por la forma. Por el cansancio. Por lo mucho que los dos intentábamos que el deseo no se notara en cada caja, en cada trapo, en cada «pásame eso» dicho casi en un susurro.

Abrí una caja de vasos y se rompió una esquina del cartón. Los vasos rodaron por el suelo.

—Mierda.

Biel se agachó conmigo.

Nuestras rodillas chocaron.

—Cuidado.

—No me…

Me callé.

Él también.

Nos quedamos agachados junto a la barra, con cuatro vasos alrededor, el olor a cerveza vieja y limón de friegasuelos, la terraza rugiendo fuera y su mano a dos centímetros de la mía.

—No me mandes —dijo él, imitando mi tono.

Fue una pulla leve.

Se torció más.

Porque me salió de un sitio blando.

Biel cogió un vaso y lo dejó en la caja.

—Esta noche no subas a la habitación de arriba si no quieres que suba.

No fue una amenaza ni una invitación bonita. Fue un límite torpe, puesto con las manos llenas de vasos.

—¿Y si quiero que subas?

Su mano se cerró en el borde de la caja.

—Entonces no lo llames error mañana.

La terraza gritó algo sobre una cuenta.

Jana apareció por encima de la barra.

—No sé qué hacéis ahí abajo, pero mesa dos quiere pagar y yo no me responsabilizo de lo que se pierda por cobrar tarde.

Me levanté tan rápido que me golpeé el hombro contra la madera.

—Joder.

—Bien —dijo Jana—. Seguís vivos y torpes. Me voy tranquila.

A las siete y media, el comprador respondió.

EL COMPRADOR: Entonces retiro la señal por ahora. Si cambia la situación antes de cerrar documentación, avísame. Pero sin continuidad clara de Biel, el precio tendrá que revisarse más.

No me senté.

No lloré.

Le enseñé el mensaje a Vega.

Vega lo leyó. Luego miró a Biel.

—Ya está usando tu nombre como palanca directa.

Biel cogió el móvil, leyó y me lo devolvió enseguida.

—No contestes.

—No es por ti.

—No. Porque ya lo has contestado antes.

Esa fue la no orden más útil del día.

Guardé el móvil en el cajón de la caja de galletas. Esta vez sin teatro. Caja, libreta, teléfono, cerrar. La llave giró mal. Le di un golpe con la palma y cerró.

Pepa, que acababa de entrar con una bolsa de café y la autoridad moral de una vecina que lo sabe todo y aun así trae cambio, miró el cajón.

—Ese cajón se está volviendo importante.

—Ese cajón necesita privacidad —dije.

—En Cala Saurina eso no se vende.

—Tampoco se regala.

Pepa sonrió un poco.

—Ahí está la niña de Lola.

Me enfadé.

Me gustó.

Me dio rabia que me gustara.

La noche cayó con menos clientes, más humedad y muchas puertas abiertas. Después de recoger mesas, el cartel de media carta seguía manchado y la tiza vieja asomaba debajo.

Quédate hasta que cierre.

Biel pasó a mi lado.

—Voy a bajar toldos.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—No he preguntado si hace falta.

—Déjala.

—No.

—Te vas a quemar la palma.

—Tengo manos.

—Eso ya lo he notado.

Se me escapó una risa indecente para una lona vieja.

La cuerda cedió de golpe.

El toldo bajó a medias y nos dejó muy cerca, con la lona encima, la terraza vacía delante y el ruido del local apagándose detrás.

—No subas si no quieres que suba —repetí.

—Mis avisos no son herramientas tuyas.

—Los dejas encima de la barra.

Su boca se movió. No llegó a sonrisa.

—Abril.

—¿Qué?

—Hoy no estoy para fingir que no me importa.

Lo dijo sin adornos, con la mano todavía en la cuerda.

Yo apoyé la mano en el nudo de la cuerda. La palma me ardía un poco.

—Yo tampoco.

No nos besamos allí.

Ganas había. De sobra.

La terraza estaba abierta, el pueblo pegado a nosotros y mi boca, por una vez, sin ganas de hacer de escudo. Eso fue lo que me asustó: quedarme sin truco.

Volvimos dentro.

La caja seguía cerrada.

La pizarra seguía manchada.

Biel subió a la habitación media hora después.

Yo dejé la puerta en ese punto indecente.