Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 21 · ABRIL
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CAPÍTULO 21 · ABRIL

La pizarra amaneció mal borrada.

No entera. Solo un fantasma de tiza blanca, pegado a la madera como la sal a los tobillos.

QUÉDATE HASTA QUE CIERRE.

Ona la había limpiado a las dos de la madrugada con un trapo húmedo, mucha culpa estética y cero fe.

MEDIA CARTA.

SIN ALMEJAS.

brAVAS SI EL TPV SE PORTA.

Esa última línea no la había escrito yo.

—Jana —dije.

Ella levantó la mano desde la cafetera sin girarse.

—Presente y con poca vergüenza.

—No puedes escribir amenazas al TPV en la pizarra de clientes.

—No es amenaza. Es transparencia comercial.

Tina salió de la cocina con una caja de pan bajo el brazo y pinta de haber dormido dentro de una freidora apagada.

—La transparencia comercial de este sitio debería llevar bata de laboratorio.

—Laboratorio antes del café no —dijo Jana.

—El café no justifica tu existencia.

—Intento no usar a hombres para eso. Avanzo.

Nil, que estaba en la puerta lateral con dos bolsas de hielo, tosió justo en el momento equivocado.

Jana no lo miró.

Mirar así era mirar muchísimo.

Yo dejé mi móvil sobre la barra, boca abajo.

No lo había encendido todavía. Había dormido con él dentro de la caja metálica, encima de la libreta de Lola y debajo de una factura de reparación de frío que olía a amenaza vieja.

A las seis y media me había despertado pensando en el comprador.

A las seis treinta y uno, en Biel. A las seis treinta y dos, en el ruido que hice contra la puerta de arriba cuando Biel me subió la camiseta la noche anterior y me preguntó, con la boca pegada a mi cuello, si seguía siendo un error.

No contesté entonces.

O contesté con las manos.

La solemnidad se nos daba regular.

Ahora el chiringuito tenía media carta, el pago de Marblava pendiente, un comprador bajando precio por vergüenza y a Biel en el almacén, haciendo ruido con cajas porque los hombres que no quieren hablar siempre encuentran algo que apilar.

—¿Has desayunado? —preguntó Tina.

—Sí.

—Eso es mentira con legañas.

—He bebido agua.

—El agua no es desayuno. Es una promesa incumplida.

Jana dejó un café delante de mí.

—Toma. Antes de que vuelvas a convertir una factura en personalidad.

—Estoy muy cerca de echaros a todas.

—No puedes —dijo Ona desde la mesa de siempre, con el móvil apagado y los dedos encima, sujetándolo igual que a un animal pequeño—. Nos debes turnos, café y daños morales.

Vega llegó a las ocho y media con carpeta, portátil y una expresión que dejó la temperatura del local tres grados más baja.

—Tenemos que responder al comprador.

El café me supo de golpe a cartón.

—Buenos días a ti también.

—Los buenos días son un concepto de gente sin correo pendiente.

—Te estás volviendo Tina.

—Tina llega tarde a su propia mala leche —dijo Tina desde la cocina—. Yo nací cansada.

Biel apareció entonces con una caja de vasos.

Se tragó la respuesta.

El silencio me subió por la nuca.

—Ni una palabra —le advertí.

—Estoy callado.

—La tienes colocada de comentario.

Dejó la caja sobre la barra.

—Tienes la etiqueta fuera.

—Eso son cuatro.

—Son cuatro otra vez.

Jana se llevó una mano al pecho.

—Dios, los bucles románticos. Me dan gases.

—Mesa seis en diez minutos —dijo Tina—. Si quieres opinar, opina pelando patatas.

—Soy mejor con observación emocional.

—Todos sufrimos tus talentos.

Biel pasó a mi lado para coger la pizarra. No me rozó. Eso, después de la noche anterior, resultó más íntimo que una mano. La levantó por los bordes y miró la tiza mal borrada.

—Esto no se va.

—Qué oportuno —murmuré.

Me oyó.

Le pasó el pulgar por encima. La tiza le manchó la piel.

—Puedo lijarla.

—No hace falta.

—Va a leerse.

—Entonces que lean. Total, ya han visto peores cosas detrás del cañizo.

Lo dije con dientes. No iba contra él. Tampoco era inocente.

Biel dejó de frotar.

—Abril.

—No.

—No he dicho nada.

—Ya lo ibas a decir con cuidado y estoy hasta arriba de cuidados con filo.

Vega cerró el portátil con calma peligrosa.

—Lo del vídeo no puede seguir marcando decisiones. El comprador lo usa porque sabe que te avergüenza. Lo práctico es contestar por escrito, retirar la urgencia y exigir que cualquier propuesta excluya referencias personales.

—Qué bonito dicho.

—Qué feo vivido —añadió Ona.

Me senté en la silla coja tras la barra. No por cansancio. Por no llamar al comprador de pie y acabar usando palabras que no convenían.

—¿Cuánto hay en caja? —pregunté.

Vega miró sus apuntes.

Dijo la cifra.

El local entero pareció hacer una cuenta conmigo.

Tina apoyó una bandeja sobre la barra.

—Con eso pagamos parte a Marblava, algo a Noguera y fingimos que el congelador no nos odia.

—El congelador nos odia con documentación —dijo Jana.

Biel cruzó los brazos.

—Marblava quiere transferencia antes de las once si esperamos entrega completa.

—No hay completa —dije.

—No.

—Entonces pagamos parcial.

—Nos traerán parcial.

—Media carta ya estaba en la pizarra.

—Media carta no aguanta todo el fin de semana.

—¿Y la señal del comprador sí?

Nadie contestó.

La señal quedó encima de la barra, más sucia que la bolsa del almacén.

—No.

—Abril —dijo Vega.

—No voy a usar su señal para pagar lo que luego me descontará con mi propia vergüenza.

Biel volvió la cara hacia mí.

La mirada me tocó debajo de la camiseta, donde todavía tenía una marca de su boca cerca del hombro. La había visto al vestirme. Había intentado odiarla. Luego me había puesto la camiseta del revés.

—Adultísimo.

—Entonces hay que decidir a quién se paga hoy —dijo Vega.

—Marblava parcial. Noguera lo imprescindible. Taller Marí espera hasta lunes.

—Taller Marí no espera feliz —dijo Tina.

—Aquí nadie espera feliz.

—Yo sí —dijo Nil desde la puerta.

Jana lo miró por fin.

—Tú esperas con hielo. Es peor. Parece virtud.

—Puedo irme.

—No dramatices. Deja las bolsas.

Nil obedeció. Jana lo insultó con la boca cerrada. Él sonrió. Yo estuve a punto de decirles que buscaran un almacén propio para tensionar su desastre, pero recordé que mi desastre ocupaba el local entero, la pizarra y posiblemente la mitad de las conversaciones de Cala Saurina.

A las nueve y cincuenta hice la transferencia parcial a Marblava.

No con dinero del comprador.

Con caja, con una parte de mi cuenta y con una cantidad que Vega apuntó en rojo porque Vega tenía pocos placeres y sufría con colores.

El justificante salió en la pantalla.

Lo miré más tiempo del necesario.

Biel también.

—Ya está —dije.

—Eso no cubre todo.

—Ya lo sé.

—Y te deja justa.

—También sé eso.

—Abril.

Me giré hacia él.

—Si vas a decir que puedo aceptar tu dinero, ahórratelo.

Miró al suelo un segundo.

—No iba a decir eso.

—Mentira.

—Vale. Iba a pensarlo con educación.

—Tu educación tiene muy mala letra.

—La tuya acaba de pagar a Marblava con rabia.

—La rabia paga si tiene saldo.

Jana levantó una servilleta.

—Eso lo bordo y lo vendo.

—Borda primero tu turno de mesas —dijo Tina.

El correo de Marblava llegó once minutos después.

Recibido parcial. Entrega reducida. Resto pendiente antes del lunes.

Entrega reducida.

Otra cosa nada romántica que acababa de ponerse entre Biel y yo con un delantal sucio.

—¿Qué quitan? —pregunté.

Biel leyó por encima de mi hombro. Su pecho quedó a dos dedos de mi espalda. No me tocó. El cuerpo, mío y suyo, hizo memoria igual.

—Bebida de tarde. Limpieza. Parte de café. Algo de seco.

—Café no.

Jana se puso una mano en la garganta.

—Retiro todas mis bromas. Estamos ante terrorismo.

—Pepa puede cubrir café hasta mañana —dijo Biel.

—Pepa no es un ministerio —dije.

—Pepa opina lo contrario desde 1997.

Tuve que sonreír.

Me salió torcida.

Biel la vio y apartó la mirada rápido. Tarde. Siempre tarde, los dos.

A las once y veinte abrimos con media carta, media paciencia y una pizarra donde Ona había escrito ABIERTO CON LO QUE HAY porque, según ella, era “honesto sin dar pena”.

—Eso da pena —dijo Vega.

—Pero con tipografía firme —contestó Ona.

El primer cliente preguntó qué significaba media carta.

—Que la otra media tiene ansiedad —dijo Jana.

Tina salió de la cocina.

—Significa que hay bravas, sardinas, tortilla, ensalada y bocadillos. Si quiere poesía, en el faro hay vistas.

El hombre pidió bravas.

Funcionó.

A la una y media, el comprador escribió.

EL COMPRADOR: Si hoy aceptas señal, puedo cubrir urgencias y mantener interés. Necesito confirmación de salida y transición sin conflictos.

La pantalla estaba boca arriba en la barra.

Lo vio Vega.

Lo vio Ona.

Lo vio Biel.

Lo vi yo, que no ayudaba nada.

—Transición sin conflictos —leyó Jana en voz baja—. Qué forma tan fina de decir que quiere limpiar a la gente con lejía cara.

Biel dejó el vaso dentro de la caja sin hacerlo sonar.

—Contéstale por escrito —dijo Vega.

—Ahora no.

—Ahora sí. Si no, te va a llamar durante servicio y vas a querer tirarlo al mar. Metafóricamente —añadió rápido, mirándome.

—No metas el mar a limpiarle la cara a ese hombre.

—Bien visto.

Me llevé el móvil a la mesa del centro. Biel hizo ademán de venir. Se frenó solo.

Me odié por querer que viniera.

—No —dijo Jana al verlo.

—Ni he hablado.

—Tu presencia ya tiene subtítulos.

—Traigo limones.

—Eso ponlo en tu lápida.

—Qué romántica.

—Tú no sabes de qué soy capaz si sigues sonriendo así.

—Me hago una idea.

—Pues hazte otra más lejos.

Vega puso el cursor en la pantalla.

—Dicta.

—No voy a dictar tratándote de secretaria.

—Entonces escribe fingiendo que no estás cabreada.

—Imposible.

—Por eso dicto yo.

Al final escribí yo.

No acepto señal bajo esas condiciones. Lola y Sal no se vende con urgencia impuesta ni con referencias personales como rebaja. Si mantiene interés, envíe propuesta formal después de completar documentación municipal y sin condicionar la operación a la continuidad de terceros.

Terceros.

Qué forma tan pobre de meter a Biel.

Borré “terceros”.

Escribí: Biel Ferrer Sintes.

—Eso es más claro.

—Eso es más peligroso.

—A veces coincide.

Le di a enviar antes de llamar cobardía a la prudencia.

Biel estaba en la barra, de espaldas. No podía haber leído. Aun así, giró la cabeza justo cuando envié.

—Ya está —dije.

—¿Qué has puesto?

Le enseñé la pantalla.

Leyó. No cambió la cara hasta llegar a su nombre.

Aquello me alcanzó.