Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 20 · BIEL #2
68%

CAPÍTULO 20 · BIEL #2

La senté en el borde del colchón y me arrodillé frente a ella. Abril clavó los ojos en mí desde arriba, con el pecho moviéndose rápido, una marca roja en el hombro donde la camiseta le había rozado y las rodillas separadas. El aire cambió entre los dos.

—Biel.

—Dime.

—No pongas cara de perdonarme.

Le puse una mano en el muslo.

—No estoy en ese sitio.

—¿Dónde estás?

Besé la parte interior de su rodilla.

—Aquí.

Se le escapó el aire en una risa rota.

—Respuesta práctica.

—Es lo que tengo.

La besé donde temblaba. Despacio al principio, con la mano firme en su cadera, notando cómo se tensaba, cómo buscaba el colchón con los dedos, cómo intentaba no hacer ruido y perdía en cuanto mi boca encontró el punto exacto donde se le acababa el control.

Abril dijo mi nombre una vez. Luego otra, más bajo, con una vergüenza que me subió por la espalda.

—No te calles —le dije.

—Abajo se oye todo.

—Abajo el congelador grita más.

—Qué romántico.

—Concéntrate.

Se rio y luego dejó de hacerlo porque mi lengua volvió a moverse y su cuerpo decidió que la ironía podía esperar. Me agarró del pelo. Primero con cuidado. Luego no. Yo apreté los párpados y la escuché respirar mal, morderse el labio, soltar un gemido ahogado que intentó tapar con la mano.

Le aparté la mano.

—No.

—Biel.

—No estás en una visita privada.

Abril apretó la boca. Le había dado rabia; también le había gustado.

Las dos cosas le pasaron por la cara antes de que pudiera elegir una.

—Eres muy imbécil.

—Ahora no pares para insultarme bien.

—No pienso parar.

Me empujó hacia arriba y me besó con su propio sabor en la boca.

Me temblaron las manos. Eso me cabreó. A los treinta y ocho uno debería tener más control o, como mínimo, más mentira.

Abril me tocó con una seguridad sucia, lenta, aprendida y nueva a la vez.

Me abrió el cinturón con torpeza porque le sudaban los dedos.

—Esto está diseñado por alguien sin urgencia —murmuró.

—¿El cinturón?

—La masculinidad entera.

Me reí contra su boca.

—Tengo preservativo.

—Menos mal. Mi vida ya tiene suficientes retrasos.

—Comentario precioso.

—No te acostumbres.

No hubo delicadeza en la forma de encontrarnos.

La cama hizo ruido. Una caja cayó al suelo. Abril me arañó la espalda al entrar yo en ella, no por dolor sino por ese segundo en que los dos entendimos que habíamos dejado de usar el casi. Me quedé quieto, respirando contra su cuello.

—Mírame —dije.

—No me des órdenes.

—Abril.

No había salida allí. Ni comprador, ni cartel, ni pizarra útil. Solo ella, yo, el calor pegado a la piel, una carpeta bajo mi rodilla y los años entrando tarde en un cuerpo que todavía reconocía el mío.

Me moví despacio.

Ella parpadeó despacio otra vez.

—No —dije.

Los abrió, enfadada.

—Qué pesado.

—Sí.

—Bésame entonces.

Eso sí supe hacerlo.

La besé mientras la habitación crujía, mientras ella me rodeaba con las piernas, mientras su mano buscaba mi nuca y tiraba de mí cuando intentaba no perderme.

Abril no fue suave. Yo tampoco. Nos reímos una vez porque el colchón amenazó con matarnos.

Luego dejó de haber risa y hubo sudor, piel, su boca en mi hombro para no gritar, mi mano entre los dos, su espalda arqueándose y una cosa mía contra su oído que no voy a repetir porque no todo lo que se dice encima de una cama vieja merece salir de allí.

Terminó con la cara escondida en mi cuello y los dedos clavados en mi espalda.

Yo tardé más en volver.

Abril me acarició la nuca mientras respirábamos mal.

Lo peligroso vino después.

Cuando me tocó la nuca sin prisa.

Cuando no pareció una despedida.

Cuando ninguno de los dos encontró una broma rápida ni una puerta abierta.

Porque no iba acompañado de una broma rápida ni de una puerta abierta.

—Como digas algo bonito, te muerdo —murmuró.

—No tengo fuerzas.

—Está bien.

La cama volvió a crujir.

—Tampoco te muevas mucho. Igual morimos.

—Hay formas peores.

—Eso cuenta como bonito y cutre.

—La retiro.

Se rio contra mi cuello.

Durante cinco minutos, quizá menos, la deuda se quedó sin voz.

Ese fue el problema.

El primer móvil vibró abajo.

Luego el segundo.

Luego el mío, en el bolsillo del pantalón tirado junto a la puerta, empezó a sonar.

Abril levantó la cabeza.

—No.

—Puede ser Tina.

—Tina sabe subir escaleras si hay emergencias graves.

—O Marblava.

Ahí sí se movió.

A toda prisa.

La realidad entró sin llamar, con ropa en el suelo y un preservativo anudado en mi mano.

Nos vestimos mal. Abril se puso la camiseta del revés. Yo se lo dije porque no había aprendido tanto.

—Mierda.

—Queda conceptual.

—Biel.

—Vale.

Bajamos con el pelo de ella deshecho y mi camisa abrochada mal. No hacía falta ser de Cala Saurina para entenderlo. Bastaba tener ojos y un mínimo de maldad.

Tina estaba en la barra con el móvil en la mano.

No hizo chiste.

Eso me preocupó.

Vega, sentada en la mesa de siempre, tenía el portátil abierto y la cara cerrada.

Jana estaba de pie. Sin patatas. Mal asunto.

Ona había encendido el móvil y lo tenía boca abajo, con miedo a existir.

—¿Qué pasa? —dijo Abril.

Vega miró primero su camiseta del revés.

Luego la pantalla.

Eligió no comentar.

—Marblava ha confirmado que, si no reciben justificante parcial antes de mañana a las nueve, el reparto sale reducido. He intentado llamarte.

Abril buscó su móvil en el bolsillo.

No estaba.

La vi recordar.

El cajón.

La caja de Lola.

La llave.

—Joder.

—He hecho una transferencia con lo que había en caja —dijo Vega—. Falta menos, pero falta. Y el banco no me deja justificar lo que no tenemos.

Tina clavó los codos en la madera.

—Traducción: mañana abrimos, pero con media carta, hielo justo y Marblava mirándonos como si fuéramos una apuesta mala.

Jana alzó una mano.

—Y sin comentarios de dormitorio porque por una vez incluso yo sé leer una habitación.

Abril se puso roja.

No de vergüenza bonita.

De golpe.

Yo di un paso hacia ella.

Ella me frenó con la mano, sin mirarme.

—No.

Aquello no funcionaba como rechazo.

Era un límite puesto frente al grupo, frente a la deuda, frente a mí. Lo entendí. Me quedé quieto.

Abril fue al cajón, levantó el lateral para que la llave girara, sacó el móvil de la caja vieja y lo encendió.

Tres llamadas perdidas de Vega.

Dos de Tina.

Un correo de Marblava.

Y un mensaje del comprador.

No lo abrió.

Todos lo vimos.

Lo dejó boca abajo sobre la barra.

—Mañana abrimos con media carta —dijo.

Vega soltó aire.

—Eso ya lo sabíamos.

—Y sin señal del comprador.

Nadie dijo nada.

El congelador grande hizo un golpe seco, como si alguien hubiera pateado desde dentro.

Tina cerró los ojos.

—Voy a quemarlo.

—No antes de sacar las croquetas —dijo Jana.

Abril dejó las dos manos sobre la barra.

Tenía los dedos marcados de tiza, la camiseta ya bien puesta y la boca hinchada por mí.

—Lo de arriba no arregla nada —dijo.

No me miró.

Si me miraba, quizá yo decía algo equivocado.

—No —dije.

Ella asintió.

—Pero tampoco lo escondo.

Jana se llevó una mano al pecho.

—Estoy siendo muy madura no haciendo ruido.

—Sigue —dijo Tina.

—No prometo duración.

Ona levantó el móvil, lo pensó y volvió a dejarlo.

—Mañana puedo hacer pizarra de media carta. Sin drama. Sin épica. Solo abierto.

Abril asintió.

—Solo abierto.

Vega cerró el portátil.

—Mañana a las ocho revisamos caja, carta y transferencia. Y tú —me miró a mí— no contestas a compradores, aunque te escriban.

—No pensaba.

—Tu pensamiento últimamente necesita supervisión.

—El de todos —dijo Jana.

Nil apareció en la puerta con una caja de hielo.

Era casi la una y media.

Nadie lo había llamado.

Jana lo miró.

—Tú ya eres una plaga.

—He oído que faltaba hielo.

—Tú oyes fatal y vienes muy bien.

Nil sonrió sin defensa.

Tina cogió la caja de hielo sin pedir explicaciones.

—Déjalo ahí. Mañana parece que seguimos vivos.

Roc apareció detrás, con otra botella de agua.

—También traigo esto.

Tina lo miró.

—¿Vosotros tenéis un grupo paralelo de suministros emocionales?

—Puede ser —dijo Roc.

—Lo odio.

—Ya.

Abril se rio.

No mucho.

La tensión cedió un poco.

Yo me apoyé en la barra, a su lado, sin tocarla.

Ella dejó la mano cerca de la mía.

No encima.

Cerca.

En otro momento me habría parecido poco.

Esa noche, con Marblava apretando, media carta por delante, el comprador fuera de la decisión y su camiseta todavía oliendo a mi piel, tenerla cerca era más de lo que sabía manejar.

—Mañana abrimos —dijo Abril.

—Con media carta —añadió Tina.

—Con hielo traído por hombres sospechosos —dijo Jana.

—Con pizarra seca —dijo Ona.

—Con números feos —dijo Vega.

Abril miró aquella mesa, los móviles boca abajo, la caja de galletas abierta, los vasos sucios, el cartel torcido al fondo y a mí.

—Pues eso —dijo—. Hasta que cierre.

Nadie lo convirtió en lema.

El cierre, esa noche, nos miraba desde todos lados: la puerta, la libreta, su nuca sudada.