Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 20 · BIEL
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CAPÍTULO 20 · BIEL

Abril cerró el móvil con llave.

No debería haberme importado tanto.

Era apenas un gesto: cajón, caja metálica, libreta de Lola encima de facturas viejas, teléfono boca abajo y una llave que se resistía porque en Lola y Sal hasta los muebles tenían opinión sobre las decisiones importantes.

Pero me importó.

Claro que me importó.

La había visto esconder mensajes y apretar la boca cuando una salida podía defenderse con números. Aquel día, en cambio, cerró el cajón.

No rompió nada.

No prometió. Menos mal. Las promesas, aquella semana, nos estaban saliendo carísimas.

No me eligió con una declaración.

Solo dejó al comprador dentro de una caja de Lola y volvió a limpiar vasos.

En Lola y Sal eso contaba como gesto íntimo. Ridículo, pero íntimo.

—Si sigues mirando el cajón, va a pedirte comisión —dijo Tina.

Estaba apoyada en la entrada de la cocina con una bolsa de basura en una mano y la expresión de quien ya no sabía si tenía pies o recuerdos de pies.

—Estoy mirando la barra.

—Tú no miras barras así.

—¿Así cómo?

—Como si pudieran romperte.

Cogí dos vasos y los metí en la caja de plástico.

—Duérmete, Tina.

—Cuando acabe de odiar la cocina.

—Eso no acaba nunca.

—Por eso estoy tan cansada.

Se fue arrastrando la bolsa hacia la salida trasera.

Abril estaba fuera, bajando la pizarra con Ona. La tiza de la noche se había corrido un poco por la humedad.

QUÉDATE HASTA QUE CIERRE.

La tiza le manchó los dedos al coger la pizarra. Ona gesticulaba, intentando convencerla de repetir sin llamarlo campaña.

Jana se había sentado en la mesa coja con Nil enfrente.

No sé cuándo había ocurrido eso.

Nil tenía una caja de limones entre los pies. Jana tenía una servilleta en la mano y cara de estar a punto de usarla como arma.

—No puedes venir cada noche con excusas cítricas —le dijo.

—Puedo venir con hielo.

—También está muy visto.

—Con servilletas.

—Eso ya es compromiso.

—Qué miedo te da una servilleta.

—A mí no me da miedo nada que no se quede a desayunar.

A Nil se le escapó una sonrisa.

Jana no.

Tarde de más.

La vi desviarse, coger una patata fría y metérsela en la boca solo para no contestar. Supe entonces que el siguiente incendio iba a tener más ruido que una bandeja cayendo en hora punta.

Pero aquella ruina no me tocaba todavía.

La mía estaba fuera con tiza en los dedos, el pelo escapado de la pinza y un comprador encerrado por decisión propia en un cajón que no cerraba bien.

A la una menos diez terminamos de recoger lo visible.

Lo invisible se quedó: aceite, sal bajo las sillas, tickets mal impresos, deuda, oferta y siete años. Nadie tenía fuerza para fregarlo.

Vega había hecho caja en la mesa de las cinco.

—Faltará poco si mañana repetimos —dijo.

Abril dejó la pizarra contra la pared.

—¿Cuánto es poco?

Vega dijo la cifra.

Abril no se sentó.

—Se puede llegar —dijo Ona.

—Se puede intentar —corrigió Tina.

—Qué alegre eres para trabajar con comida —dijo Jana.

—Por eso cocino. Las croquetas no me piden optimismo.

Abril miró el cajón cerrado.

Solo un segundo.

Lo vi porque últimamente me estaba volviendo especialista en sus segundos.

—No voy a usar su señal —dijo.

Nadie preguntó a quién se refería.

Vega asintió.

—Entonces mañana hay que abrir bien y cerrar tarde.

—Mañana abrimos bien y cerramos tarde —repitió Abril.

Lo dijo con la garganta seca, sin épica.

Me habría gustado besarla por eso.

No lo hice.

Había gente de sobra, deuda de sobra y yo empezaba a aprender, tarde y mal, que querer tocar a Abril no me daba derecho a convertir cada decisión suya en una prueba.

A la una y media se fueron casi todos.

—No hacía falta —le dijo Tina.

—Ya.

—¿Entonces?

—Tenía agua.

—Qué argumento.

—Y manos.

Tina lo miró con una cara que no le había visto en días: cansada de otra forma.

—No empieces tú también.

Roc no sonrió.

—No he empezado.

Claro que había empezado.

Todo el mundo empezaba algo en Lola y Sal últimamente y luego fingía venir solo a dejar cajas.

Jana se fue la última, después de Nil. O eso quiso aparentar. Nil bajó por Platja Gran y ella esperó tres segundos antes de coger su bolso.

—No vas en esa dirección —dijo Abril.

—Voy en dirección a mi libertad.

—Tu libertad acaba de girar hacia Port Saurí.

—Mi libertad tiene piernas largas.

—Jana.

—No me esperéis despiertos, mamá uno y mamá dos.

Se fue.

Abril la observó, medio divertida, medio preocupada.

—Eso va a ser un problema.

—Todavía no.

—Ya está siendo un problema. Solo que Jana lo llama otra cosa.

—Su especialidad.

Abril cargó el peso sobre la barra.

La camiseta se le había salido por un lado del pantalón. Tenía una mancha de alioli en la cadera y otra de tiza en la mejilla. No sabía que la tenía. Me dieron ganas de limpiársela con el pulgar.

—¿Qué?

—Tienes tiza.

—¿Dónde?

Se frotó mal. Se manchó más.

—Lo que faltaba.

—Pues dilo bien.

Despacio. No como quien reclama; como quien pide sitio sin decirlo.

Ella no se apartó.

Le limpié la tiza de la mejilla con el pulgar.

El pulgar tardó un segundo en cruzarle la mejilla.

Mi cuerpo lo entendió de otra manera.

También el suyo.

Lo supe porque dejó de respirar por un segundo. Nada bonito. Tonto, pillado, humano. Luego miró mi boca y la subió enseguida, tarde para disimular.

—No me limpies la cara si luego vas a retroceder —dijo.

—No sé qué voy a hacer.

—Qué tranquilizador.

—Estoy intentando no tomar decisiones por dos.

—Entonces toma una por ti.

—Por mí —dije— ahora mismo te besaría hasta que se nos olvidara lo que falta por pagar.

Abril entornó los ojos.

—No ayudas.

—No he dicho que fuera ayuda.

Los abrió.

—El comprador ha ofrecido cubrir Marblava si te quito del papel.

—Ya.

—Y no voy a hacerlo.

—Ya lo has dicho.

—No. He dicho que no voy a usar su señal. No es lo mismo.

Me apoyé en la barra, frente a ella.

—Abril.

—No me ofrezcas desaparecer para salvarme dinero.

Eso me cerró la boca.

—No lo he dicho.

—Lo ibas a decir.

La putada de conocernos de antes era que a veces no hacía falta pronunciar la parte fea.

—Si quitar mi nombre os da margen…

—No.

—Escucha.

—No.

—No me conduzcas hasta una respuesta.

—Me da igual. No.

La voz se le quebró en el borde y dejé de apoyarme en la barra.

—No voy a comprar un día de proveedor borrándote de un papel que acabo de firmar. No voy a repetir esto con otra letra ni a fingir que Lola y Sal se sostiene solo cuando tú estorbas menos.

—Yo no quiero ser la razón por la que pierdas una salida.

—Y yo no quiero que vuelvas a ser el precio de una salida mía.

Nos quedamos quietos.

Fuera, la calle estaba casi vacía. Dentro, el congelador grande trabajaba con ese ruido de garganta mala. El TPV emitió un pitido flojo, sin llegar a encenderse. Una opinión mínima, absurda.

Abril bufó.

—Hasta la máquina está incómoda.

—La máquina lleva días pidiendo baja.

—Nosotros también.

No supe si hablaba de Lola y Sal, de nosotros o del mundo entero.

No pregunté.

Le toqué la mano.

Los dedos encima de los suyos, sobre la madera pegajosa de la barra. Abril miró el gesto con más indecencia que todo lo que habíamos estado a punto de hacer en el almacén. Quizá la tenía. A veces una mano quieta dice más que una camiseta quitada con prisa.

—Dime que pare —dije.

—No.

—Abril.

—No quiero que pares. Quiero que no lo conviertas en rescate.

Aquello me entró.

Hondo.

La besé sin empujarla contra la barra.

Al principio, apenas. Boca contra boca, cansancio contra cansancio, sal en la piel, tiza en mi pulgar, su mano cerrándose sobre la mía con una fuerza que no venía del miedo. Abril soltó un sonido bajo, enfadado, casi una protesta contra su propio cuerpo. Yo me aparté un centímetro.

—¿Sí?

—Sí.

—Dilo bien.

Me clavó los dedos en la muñeca.

—Sí, Biel. Ahora sí. Pero no me uses mañana como prueba de nada.

—Tú tampoco.

—Trato sucio.

—El único disponible.

Me besó ella.

Con hambre. Con rabia. Con una torpeza que nos hizo golpear un vaso contra el fregadero. El vaso cayó dentro y no se rompió. Milagro. Abril se rio contra mi boca y esa risa me desarmó más que su lengua, que sus manos, que la forma en que se subió a la punta de los pies para morderme el labio.

—Arriba —dijo.

Me subió el pulso.

—¿Seguro?

—Si me preguntas muchas veces, voy a insultarte.

—Puedo vivir con eso.

—No presumas.

Apagué la luz de la barra y cogí las llaves.

Subimos sin encender la escalera. La madera crujió bajo nuestros pies. En el segundo escalón, Abril tropezó y me agarró la camisa.

—Ni un comentario.

—Estoy ocupado no recogiendo tus dientes.

—Biel.

—Está bien.

El cuarto de arriba estaba caliente, cerrada, llena de papel y de cosas que nadie había sabido tirar.

Nada ayudaba.

Todo ayudaba.

Abril cerró la puerta con el pie.

No se movió hacia la cama vieja.

—No quiero que esto sea porque estoy asustada.

—¿Lo es?

—Estoy asustada.

No adornó.

No explicó.

Solo lo dejó caer con la camiseta manchada y los dedos todavía blancos de tiza.

—Pero no es por eso —añadió.

—¿Entonces por qué?

—Porque te quiero tocar sin tener una salida preparada en el bolsillo.

Eso me hizo daño.

Del bueno no. Del que no sabes dónde poner.

Le levanté la camiseta despacio. Ella alzó los brazos, se detuvo un segundo con la tela enganchada en el moño y soltó un insulto contra la ropa, contra la gravedad y contra mí por reírme.

—No te rías.

—Es difícil.

—Mi desnudez no admite público burlón.

—No me estoy burlando.

Le saqué la camiseta con cuidado. El moño se deshizo. El pelo le cayó sobre los hombros, sudado, marcado por la pinza.

—Ahora sí —dije.

—¿Qué?

—Ahora no voy a reírme.

No me dio tiempo.

Me besó otra vez.

Nos quitamos la ropa sin elegancia. Mi camisa quedó en el suelo junto a una carpeta. Su pantalón se enganchó en una rodilla. Yo casi pisé un recibo viejo. Ella me empujó contra la puerta, luego tiró de mí hacia el colchón, luego no se movió de golpe porque la cama hizo un ruido horrible.

—Esa cama nos odia —dijo.

—Tiene memoria.

—Eso no lo pongas encima.

—De acuerdo.

—No, ahora no calles.

Me reí bajo.

Ella me mordió el cuello.

Se me fue el poco vocabulario que quedaba.