Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 19 · ABRIL
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CAPÍTULO 19 · ABRIL

La deuda de Marblava no esperó a que amaneciera.

A las siete y cuarenta y dos ya estaba en la pantalla de mi móvil, abierta encima de la colcha del Hostal Mar de Fora, con el asunto en mayúsculas, el importe en negrita y una educación que olía a amenaza seca.

REGULARIZACIÓN EN TRÁMITE. SUMINISTRO TEMPORADA.

Mi primer pensamiento fue cerrar el correo.

El segundo, mirar el techo.

El tercero era peor: si me quedaba quieta el tiempo suficiente, quizá el hostal se derrumbaba solo y me ahorraba tomar decisiones.

No se derrumbó.

El ventilador del techo giró con un ruido de aparato barato haciendo lo que podía.

Mis zapatillas seguían tiradas junto a la puerta, con arena en las suelas y una mancha de cerveza en la lengüeta.

En la silla había una camiseta de Lola y Sal, limpia de milagro, doblada con muy poca convicción. El móvil volvió a iluminarse.

Marblava no tenía paciencia.

Tampoco la tenía yo, pero ellos facturaban mejor.

Me vestí sin pensar: pantalón corto, camiseta vieja, pelo recogido con una goma que encontré en el fondo del bolso y que probablemente llevaba allí desde antes de que mi vida se convirtiera en una sucesión de tuberías, hombres con camisa clara y besos no terminados en almacenes con olor a cartón mojado.

Bajé andando hacia Lola y Sal con el correo abierto.

Cala Saurina estaba despierta a medias. Las persianas de Ultramarinos Pepa subían con un traqueteo metálico, el Forn Nuri olía a pan caliente y a sueño ajeno, una señora regaba la acera con una manguera como si la calle le perteneciera por antigüedad y dos turistas de chanclas nuevas discutían delante de un mapa que no les estaba ayudando nada.

Yo tenía la boca seca.

El calor no explicaba todo.

En la puerta, Biel levantaba solo el toldo derecho con la camiseta pegada y la cuerda enrollada en la mano. Mal hecho: aquel toldo necesitaba dos personas o un pacto con la paciencia.

—Te vas a dejar el hombro —dije.

No se giró.

—Buenos días también a ti.

—Buenos días funcional, entonces.

—Era una crítica con calzado cómodo.

Me acerqué, cogí la cuerda izquierda y tiré. El toldo se movió dos centímetros, se atascó, hizo un ruido de lona vieja a punto de insultarnos y luego cedió de golpe.

Biel dio un paso atrás.

El toldo quedó torcido.

—Perfecto —dije.

—Mucho lenguaje antes del café.

—Marblava ha escrito.

Ahí sí alzó la mirada.

No preguntó si era malo. Biel tenía una relación realista con las mañanas de Lola y Sal.

—¿Cuánto?

—Suficiente para que Vega quiera una silla antes de leerlo.

—Entonces entra.

—No me abras paso con esa voz.

—Entra, por favor, mujer que trae un correo con pinta de lunes, aunque sea sábado.

—Así mejor.

Me sostuvo la puerta con el pie porque las manos las tenía llenas de cuerda y polvo. Pasé rozándolo sin querer. O queriendo un poco. No lo suficiente para confesarlo ni para negarlo.

—Si Marblava ha mandado otro correo, no me lo enseñes hasta que haya terminado esto —dijo, levantando la taza.

—Ha mandado otro correo.

—Abril.

—No te lo estoy enseñando. Estoy respetando tus límites por primera vez en mi vida.

Tina bebió.

—Me inquieta que aprendas.

—¿Dónde está?

—En el bolso.

—¿Apagado?

—No exageres.

—Ona.

—En modo avión. Casi he tenido una experiencia religiosa.

—Eso es abstinencia —dijo Jana.

—Eso es progreso —contestó Vega, ya sentada en la mesa de siempre—. Correo.

Le pasé el móvil.

Vega leyó sin cambiar la cara. Mal asunto. Cuando Vega no cambiaba la cara era porque por dentro estaba desmontando un edificio.

Tina se sentó a mi lado con el café.

Jana apoyó la bolsa de patatas en medio de la mesa.

—Comida emocional colectiva.

—Son las ocho y media —dije.

—El capitalismo empezó antes.

Vega dejó el móvil sobre la mesa.

—Marblava mantiene suministro completo hasta el lunes si regularizamos parte de la deuda antes de cierre bancario. Si no, entrega reducida: bebidas básicas, hielo justo, nada de reposición extra.

—Qué amables —dijo Jana.

—No son una ONG —contestó Tina.

—Yo tampoco y aquí estoy.

—Tú vienes por el drama y las patatas.

—Y por la amistad, que es una patata con más autoestima.

Vega no apartó los ojos de mí.

—Con la caja de ayer no llegamos.

Ya lo sabía.

Me lo dijo igual.

La diferencia entre intuir una ruina y oírla en voz de Vega a las ocho y media me entró con el suelo todavía pegajoso bajo los pies y Biel detrás de una silla sin tocarla.

—¿Cuánto falta?

Me lo dijo.

La cantidad no parecía imposible.

Era una cantidad casi posible. Por eso podía arruinarte el día entero.

—Podemos hacer menú reducido hasta el lunes —dijo Tina—. Menos carta, más rotación, menos tonterías.

—Podemos abrir hasta cierre largo esta noche —añadió Ona.

—¿Hasta cierre largo?

—Es una línea. Sin subir caras. Sin vosotros. Solo pizarra: «Quédate hasta que cierre».

El título quedó encima de la mesa.

Jana abrió mucho los ojos.

—Uy.

—No hay uy —dije.

—Hay un uy con título.

Vega apuntó algo.

—Comercialmente funciona.

—No metas comercialmente en un sábado con deuda —dije.

—Comercialmente funciona más cuando hay deuda.

Ona levantó las manos.

—Solo pizarra, luces, terraza. Nada de cañizos, nada de duchas, nada de camisetas ajenas, nada de piel humana reconocible.

—La lista de cosas que no se pueden enseñar en este sitio empieza a ser preocupante —dijo Jana.

Tina bebió café.

—No se enseña nada personal. Se enseña que abrimos, que damos cena y que no nos hemos muerto.

—Qué campaña tan aspiracional —murmuré.

Biel se apoyó por fin en el respaldo de la silla.

—Puede llenar terraza.

Yo lo miré.

—¿Tú también?

—Yo también sé sumar cuando Marblava aprieta.

—No quiero convertir esto en espectáculo.

—Abril —dijo Ona—. El espectáculo ya lo hizo el pueblo. Esto sería trabajar con lo que sí controlamos.

Eso me gustó poco porque era sensata.

Me gustó menos porque venía de Ona, que llevaba días mirando el móvil como si tuviera culpa metida bajo la funda.

—Sin caras —dije.

—Sin caras.

—Sin vídeos raros.

—Una foto de la pizarra.

—Sin cosas bonitas.

Jana levantó la mano.

—Puedo aportar cosas feas.

—Eso no lo dudo.

Yo tardé un segundo sentada en la mesa de siempre.

Mi móvil, sobre la madera, vibró.

El remitente no venía de Marblava.

EL COMPRADOR.

El nombre iluminó la pantalla con la mala educación de siempre.

Jana lo vio.

—Ese hombre tiene olfato de rata para los momentos vulnerables.

—No insultes a las ratas —dijo Tina desde la barra.

Abrí el mensaje.

Puedo cubrir la deuda urgente de proveedores como señal, siempre que haya exclusividad hasta el lunes y se eliminen dependencias personales de la transición. Sin Biel Ferrer Sintes como condición operativa. Hablemos hoy.

Leí una vez.

Luego otra.

Lo entendía.

Porque entenderlo a la primera me dejaba sin excusa.

Biel volvió del almacén con una caja de vasos. Notó el silencio antes que el mensaje.

—¿Qué pasa?

Puse el móvil con la pantalla hacia abajo.

Puse el móvil con la pantalla hacia abajo antes de que nadie preguntara.

—Nada.

Jana apretó los párpados un segundo.

—Ay, cariño.

—Por ahí no.

Biel dejó la caja sobre la barra.

El golpe fue suave. Mucho. Esa suavidad suya cuando estaba empezando a cabrearse.

—Abril.

—Luego.

—¿Es él?

—He dicho luego.

—No lo has negado.

—Tampoco estoy declarando ante nadie.

Vega miró el teléfono girado. Luego a mí.

—¿Tiene que ver con Marblava?

Yo debería haber dicho que sí.

Debería haber enseñado el mensaje.

Debería haber hecho muchas cosas adultas y sensatas.

En lugar de eso, cogí el móvil, lo metí en el bolsillo trasero y me levanté.

—Tenemos una noche que llenar.

Biel no cedió.

—Y un mensaje que estás escondiendo.

—También.

—También —admití, y me odié por lo fácil que salió.

Tarde de verdad.

Tina dejó una caja de servilletas sobre la barra con más fuerza de la necesaria.

—Pues escondedlo rápido, que a las doce entran clientes y el baño no ha firmado la paz.

Aquello nos salvó otra vez.

El chiringuito tenía una capacidad obscena para interrumpir conversaciones que podían cambiar algo.

A mediodía, la foto de la pizarra ya estaba circulando.

QUÉDATE HASTA QUE CIERRE.

Ona la había escrito con tiza blanca, sin adornos, sobre la pizarra vieja del menú. Debajo: bravas, sardinas, almejas, cañas frías si el congelador colabora.

Jana había añadido, en una esquina: SIN PROMETER MILAGROS.

No se lo borré.

A las dos, la terraza estaba llena.

No bonita. Llena. Que era mucho más útil.

—El pueblo huele cuando alguien intenta vivir.

—Pepa —dije—. No hoy.

—Vale. Entonces diré que traigo cambio.

Biel trabajaba en la barra, serio y sudado. No hablaba de más. Me dejaba el espacio justo: ni roce accidental, ni mano en la espalda, ni corrección salvo las imprescindibles.

Me estaba dejando manejar.

Me sentaba fatal.

A las cuatro, Marblava llamó.

Lo puse en altavoz sobre la mesa que nunca callaba porque Vega alzó la vista hacia mí con pinta de “ni se te ocurra hacerte la sola otra vez”.

La voz al otro lado fue seca, educada y con prisa. Preguntó si habría ingreso parcial antes del lunes. Preguntó si manteníamos pedido completo. Preguntó si la titular responsable podía garantizar continuidad de suministro.

La titular responsable tenía la camiseta manchada de alioli, una gota de sudor bajándole por la nuca y un mensaje del comprador en el bolsillo prometiendo tapar el agujero si borraba a Biel de la ecuación.

—Podemos hacer ingreso parcial —dije.

Biel levantó la cabeza desde la barra.

—Hoy no completo —añadí—. Parcial. Y el lunes completamos el resto con caja de fin de semana.

No me corrigió.

Marblava pidió justificante antes del lunes a primera hora y avisó de que, si no llegaba, el reparto se reduciría.

—Llegará —dije.

Nadie aplaudió. Gracias a Dios.

Jana cogió una patata de una bandeja.

—Me ha parecido muy titular responsable, pero con posibilidad de gastritis.

—Esa es mi marca.

Biel pasó por detrás de mí con una caja de cerveza. Esta vez no me rozó.

Me giré antes de poder evitarlo.

—Puedes respirar cerca, ¿sabes?

Se detuvo.

—Estoy trabajando.

—Antes también trabajabas y parecías menos inspector de distancias.

—Antes no escondías mensajes en el bolsillo.

No levantó la voz. Tampoco le hizo falta.

—No lo he contestado —dije.

—No te he preguntado eso.

—Pues pregúntalo.

—No quiero.

—Qué cómodo.

Biel dejó la caja en el suelo.

—No, Abril. Cómodo sería creer que si no lo miro no existe.

Acertó porque tenía razón.

Me apoyé en la mesa de siempre. La madera cojeó un poco bajo mi mano. Todo allí cojeaba cuando una se apoyaba mal.

—Me ha ofrecido cubrir Marblava.

Biel no cambió la cara.

Tina, desde la cocina, soltó un insulto muy bajo.

—¿A cambio de qué? —preguntó él.

—Exclusividad hasta el lunes.

—Y.

No preguntaba.

—Y quitarte de la transición.

La terraza siguió llena. Un niño pidió kétchup. La mesa dos llamó a Jana. Alguien se rio fuera. El congelador grande hizo ese ruido suyo de pulmón antiguo.

Biel asintió una vez.

Lo hizo despacio.

—Ya.

—No me cierres la conversación con un ya.

—Estoy ampliando vocabulario. No me pidas milagros.

—No digo que vaya a aceptar.

—Pero lo has guardado.

—Porque no quería soltarlo en mitad de una deuda y una pizarra.

—Lo has guardado porque en algún sitio te parecía una salida.

—Sí.

Biel encajó la respuesta con la mandíbula tensa.

Le dolió que lo admitiera. Me dolió admitirlo. La honestidad, aquella semana, tenía la gracia de una quemadura de plancha.

—Claro que parecía una salida —seguí—. Dinero antes del lunes, proveedor tranquilo, oferta recuperada, menos ruido. Todo fácil. Todo rápido. Todo con un precio que se parece mucho a quitarte de en medio.

Biel tragó.

—Entonces entiende por qué no me hace gracia.

—Lo entiendo.

—No lo suficiente.

—Lo suficiente para no haber contestado.

La mesa dos volvió a llamar.

Jana apareció en la puerta de la cocina.

—Confírmame si interrumpo una pelea o una escena previa a una pelea peor.

—Mesa dos —dijimos Biel y yo a la vez.

—Qué bonito. Cooperación tóxica.

Biel cogió la caja y se fue hacia el almacén.

Yo salí a la terraza con la bandeja equivocada y casi sirvo almejas a una mesa que había pedido agua.

La tarde se hizo noche con una crueldad muy práctica.

La pizarra funcionó.

Ahí estuvo lo sucio.

La pizarra de Ona llenó mesas, movió cañas, trajo gente que preguntaba si de verdad cerrábamos tarde y clientes que querían participar en una resistencia absurda que no habíamos convocado.

Yo trabajé con la notificación del comprador sin contestar y con la mirada de Biel esquivándome cada vez que podía.

A las diez y media, Nil apareció otra vez con hielo.

—Me han dicho que faltaba.

Jana le bloqueó el paso con una bandeja.

—¿Quién?

—Pepa.

—Pepa no sabe cuándo falta hielo. Pepa sabe cuándo falta entretenimiento.

—Entonces me usa como suministro emocional.

—Qué tragedia más cómoda para ti.

Nil bajó la cabeza con una sonrisa.

—También he traído limones.

Jana miró la caja.

—Eso ya es provocación.

—Aprendo rápido.

—No tanto.

Yo pasé junto a ellos con dos platos de bravas y pensé, con una claridad incómoda, que Jana estaba intentando no sonreír.

Qué peligroso era un pueblo cuando todo el mundo empezaba a necesitar a alguien en mitad de un problema práctico.

A medianoche, cuando la terraza empezó a vaciarse, la caja había mejorado. Vega hizo números rápidos. Faltaba menos.

Faltaba igual.

Menos en euros.

Igual en miedo.

—Con mañana y el lunes por la mañana quizá llegamos —dijo.

—Quizá —repetí.

Tina se quitó el delantal.

—Quizá habría que freírla.

Ona miró la pizarra.

—Mañana repetimos.

—Mañana no sé si queda cuerpo —dijo Jana.

—Mañana queda deuda —contestó Vega.

Biel pasó por mi lado con la caja de vidrio.

—Cuidado.

—Sé caminar.

—Lo digo por la caja.

—Ah.

—También por ti. Pero ahora mismo prefiero discutir menos.

Me quedé mirándolo.

Tenía ojeras, sudor seco en el cuello y manos marcadas por cajas. Estaba enfadado conmigo, con el comprador, con el local y con que yo hubiera visto una salida donde él desaparecía del papel.

—No voy a contestar —dije.

—Eso ya lo has dicho.

—Te lo repito porque quiero que entre.

—Entra.

—No parece.

—Entra donde puede.

Dejó la caja en el suelo.

—Tengo que bajar vidrio —dijo.

—Lo sé.

—Ahórrate el ya.

—Estoy ampliando vocabulario.

No llegó.

Cuando cerré esa noche el cajón donde guardábamos la libreta de Lola, metí dentro el móvil.

Esta vez sí le di la vuelta a la llave.

La seguridad era una excusa pobre.

Por cansancio.

La llave se quedó dura a medio giro.

Tuve que levantar un poco el cajón para cerrarlo.

—Hasta los muebles te piden técnica —dijo Biel desde la barra.

No había notado que me miraba. O sí, y estaba fingiendo fatal.

—No tires de ahí.

—No he empezado.

—Estás mirando.

—Eso no siempre es empezar.

Porque a veces sí.

Aquella noche, con el comprador encerrado en un cajón y cierre escrito fuera en tiza, mirar ya era más de lo que mi boca sabía gestionar.