CAPÍTULO 18 · BIEL
La visita de seguimiento del Ayuntamiento cayó sobre la cena del Club Aleta con la puntería de una gaviota sobre una mesa recién servida.
A las seis de la tarde, Lola y Sal ya estaba sudando por todas partes.
No hablo de gente.
Tina había pegado en el baño: USO SUAVE. ESTO NO ES UNA PRUEBA DE FUERZA. Nil llegó con hielo y Jana lo mandó al único rincón donde, según ella, no estorbaba. Él sonrió. Ella lo trató peor.
Abril revisaba con Vega la lista del Club Aleta, la copia sellada y el calendario. Llevaba tinta en la muñeca y cara de no haber comido. Le ofrecí agua. Protestó por la orden, bebió igual.
El comprador había mandado tres mensajes desde la mañana.
Yo no los había visto en su móvil.
Los había visto en su cara.
Cada vez que vibraba, Abril apretaba la boca y seguía con otra cosa. Bandejas. Copias. Barriles. Confirmación de mesas. Todo servía para no contestar y para no pensar.
A las seis y veinte, mi móvil vibró.
Lo miré sin pensar.
Número desconocido.
Mensaje.
Soy quien está negociando Lola y Sal con Abril. Conviene hablar sin ruido. Su continuidad puede resolver la operación y protegerle a usted también.
Me quedé quieto junto al almacén.
La pantalla pesaba más que el teléfono.
Protegerle a usted también.
Qué manera tan educada de ensuciar.
Guardé el móvil.
Abril ya había levantado la vista desde la mesa de siempre.
Abril había levantado la vista desde la mesa de siempre.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Abril dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Es él?
No preguntó quién.
Tampoco hacía falta.
Metí la mano en el bolsillo.
—Sí.
—¿Te ha escrito?
—Sí.
—¿Y pensabas decirlo antes o después de la cena del Club Aleta?
—Me acaba de llegar —dije.
—No has respondido.
—No iba a contestar.
—Tampoco responde.
Me fastidió porque era una razón muy parecida a la mía cuando ella escondía llamadas del comprador. La hipocresía, en temporada alta, debería venir con descuento.
Le tendí el móvil.
Abril no lo cogió.
—Léelo tú.
Lo leí en voz alta.
El mensaje quedó encima de la mesa.
Jana lo resumió sin delicadeza: —Quiere comprarte por separado.
Abril seguía mirándome.
No enfadada del todo.
Dolida con motivo.
—Tenías que decírmelo al segundo.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué has dicho nada?
—Porque durante un momento he querido que no existiera.
—Eso es muy cómodo.
—Sí.
—No me des la razón así.
—Ya me lo has dicho antes.
—Pues aprende.
Porque entraron tres miembros del Club Aleta por la terraza con camisetas iguales, hambre temprana y una alegría que podía arruinar cualquier pelea privada.
—¡Buenas! ¿Somos los primeros?
Jana giró con una sonrisa tan falsa que casi pidió propina por existir.
—Los primeros y los más guapos hasta que llegue alguien más.
—Eso no es difícil —murmuró Tina.
La cena empezó a ocuparlo todo.
El Ayuntamiento llegó a las siete y cinco.
Dos personas.
La mujer de la mañana y un técnico con carpeta gris, polo institucional y cara de haber nacido midiendo aforos.
Abril los vio entrar y no se movió durante un segundo.
Luego sí.
Se secó las manos en el pantalón, cogió la carpeta y salió a recibirlos.
—Buenas tardes. Abril Rovira Mas.
La escuché desde la barra.
Voz firme.
Un poco ronca.
El cuerpo cansado y la cara plantada.
La mujer saludó.
El técnico miró alrededor.
—Servicio real, veo.
Jana pasó con una bandeja de claras.
—Más real imposible. Cuidado con la pata de la mesa dos, tiene personalidad.
Vega apareció detrás de Abril.
—La mesa dos está señalada para sustituir.
—Qué pena —dijo Jana—. Había conectado con ella.
Abril me buscó con la mirada.
No para pedirme ayuda.
Para ubicarme.
Yo estaba en la barra, con la camisa remangada, el móvil del comprador en el bolsillo y su nombre encima del mío en una copia sellada.
Fui.
—Biel Ferrer Sintes —dije.
El técnico revisó la relación de personal.
—Apertura y cierre.
—Sí.
—¿Está presente durante el servicio?
—Sí.
—¿Y la titular?
Abril levantó la carpeta.
—También.
El técnico asintió.
Apuntó.
Qué poco ruido hacen las cosas que luego pesan.
Recorrieron la terraza, comprobaron extintor y miraron el baño. Abril explicó la reparación de Taller Marí sin fingir que el cartel de uso suave era lenguaje administrativo. El técnico apuntó. Durante veinte minutos no ocurrió ninguna desgracia.
Hasta que el TPV decidió cobrar una mesa del Club Aleta tres veces en preautorización y bloquear la pantalla con un mensaje que parecía escrito por alguien borracho.
ERROR. OPERACIÓN EN COLA.
La mujer del Ayuntamiento estaba a dos metros.
El técnico también.
Abril llegó a la barra antes que yo.
—No lo toques —dije.
—No me organices.
—Te estoy salvando de secuestrar el cable de la cafetera otra vez.
—Era una identificación de opciones.
—Era terrorismo eléctrico.
Abril y yo nos agachamos bajo la barra a la vez.
Más cerca de lo prudente.
El hueco bajo la barra seguía oliendo a cerveza vieja, madera húmeda y cable caliente. Los dos metimos la mano a la vez. Nuestros dedos chocaron.
—El de la cinta roja.
Sus hombros rozaron mi pecho al inclinarse. No a propósito. Ese era el problema con nosotros: casi nada empezaba a propósito y todo acababa teniendo memoria.
Di un paso atrás para no quedar pegado a ella.
Ella lo notó.
—No tienes que hacerte invisible —murmuró.
—Hoy sí.
—Hoy menos.
Ahí abajo, entre cables, con dos técnicos esperando, treinta personas del Club Aleta pidiendo pan y el comprador intentando hablar conmigo por separado, Abril Rovira Mas me acababa de dar un sitio en voz baja.
Encontró el cable, lo desconectó y contó diez segundos con la boca cerca de mi hombro.
El TPV volvió a encenderse.
Desde arriba, el técnico preguntó si todo estaba correcto.
Nos levantamos. El TPV imprimió el ticket.
Los del Ayuntamiento no parecían contentos, pero tampoco parecían a punto de clausurarnos con una cinta y un sermón. En un chiringuito, eso ya era aprobación moral.
A las ocho menos cuarto, la mujer cerró la carpeta.
—La actividad queda constatada. Hay deficiencias menores que deberán subsanarse. Enviaremos requerimiento de mejora, pero no proponemos suspensión de actividad.
Abril no respiró de forma visible.
Yo tampoco.
Vega sí. Fuerte.
Jana levantó una jarra de sangría al aire desde la mesa larga.
—¡Lola y Sal no muere hoy!
Treinta personas del Club Aleta aplaudieron sin entender del todo.
La mujer del Ayuntamiento miró a Jana.
—Eso no constará en acta.
—Qué pena. Era muy épico.
Abril acompañó a los técnicos hasta la salida.
Cuando se fueron, mi móvil vibró. El comprador ofrecía mejorar condiciones si hablaba conmigo antes de que Abril respondiera. Decía que podía «cuidar mi posición» sin exponerla.
Busqué a Abril y le enseñé el mensaje antes de que pudiera pensar que volvía a esconderlo.
Lo leyó sin hacerle el favor de sorprenderse.
La cena siguió: platos, risas, Jana mandando a Nil a por servilletas, Tina avisando de que la plancha funcionaba por obligación y Ona mirando todo con las manos quietas.
Abril me devolvió el móvil.
—Contesta.
—¿Qué?
—Contesta tú.
—Abril.
—No por mí. Por ti.
Tenía la voz baja.
Rota, no.
Más peligrosa.
—Dile que no quieres que te cuide así.
Me quedé mirándola.
—¿Y tú?
—Yo ya se lo diré con mi dinero, si me queda.
Me gustó menos que si hubiera hecho una broma.
Escribí que no me hablara a espaldas de Abril y que mi nombre estaba donde debía. Ella leyó el texto y borró mi «mientras ella decida». —Parece que esperas que te quite. Contesta recto.
Envié.
Yo volví a la cocina.
El resto de la cena salió torcido, pero salió. Al cerrar, el comprador retiró la oferta vigente: actividad demostrada, «dependencia operativa», nueva valoración después de temporada.
—Abril —dije.
—No.
—No he dicho ni una palabra.
—Lo ibas a hacer.
—Iba a decir tu nombre.
—Pues tampoco.
Vale.
Normal.
Callé.
Vega leyó, apretó la boca y dejó el móvil girado.
—No responderemos hoy.
—No hay nada que responder —dijo Abril.
—Siempre hay algo que responder. Pero no hoy.
—Guárdate el bien —dije.
El cansancio le había bajado a los ojos. Tenía la pinza a punto de caérsele, una mancha de aceite en el antebrazo y la boca sin defensa rápida preparada.
—Estoy buscando la velocidad intermedia —dijo.
Recordé la noche anterior, pero esta vez no tuvo nada de dulce.
Después de recoger, la encontré parada en el almacén bajo el fluorescente. —No he venido a hablar —dijo. —Yo tampoco. —Los vasos están en la barra. —Entonces he venido a mentir mal.
—He perdido la oferta.
—Sí.
Se pasó las manos por la cara. Cuando las bajó, tenía los ojos brillantes. —No sé cómo pagar todo si esto se alarga.
Dio un paso. —Quiero tocarte. No sé hacer nada útil con las manos ahora mismo, pero quiero tocarte. Cerré la mía contra la estantería. —Y yo.
Le cubrí la mano con la mía. —Dime que pare.
—No.
La besé.
Sin empujarla contra nada. Sin ganar. Sin demostrar. Solo boca, hambre cansada, manos torpes, una caja moviéndose con el golpe de mi cadera y Abril soltando una risa mínima contra mis labios porque en Lola y Sal hasta el deseo tropezaba con material de limpieza.
Me agarró la camisa y tiró de mí. No hacia abajo. Hacia ella. Como si por fin no estuviera comprobando si podía irse después.
La besé más despacio.
Eso dolió más.
Ella separó la boca apenas.
—Así no sé defenderme.
—No te estoy atacando.
—Genial.
Volví a besarla.
Esta vez la mano se me fue a su cintura.
Ella se tensó un segundo, luego entró en el gesto con una rendición muy mala para cualquiera de nuestras estrategias.
La camiseta se le había subido un poco. Toqué piel.
Caliente, sudada, real. Nada de la habitación de arriba, nada de huir por cansancio, nada de coger lo rápido antes de que la noche pasara factura.
Esto venía después de la factura.
Por eso daba más miedo.
Abril apoyó la frente en mi mandíbula.
—Para.
Paré.
Al segundo.
Me quedé con las manos abiertas, sin tocarla.
Ella respiró con la frente apoyada en una caja.
—Hoy no puedo.
—Vale.
—No pongas esa cara.
—Es la única que tengo.
Me salió lo peor. —Mañana no uses esto para decir que te arrepientes de haberme dejado en el papel.
—No me arrepiento. Me asusta. No es lo mismo.
La seguí con una bolsa de vidrio en la mano para que Jana no ganara del todo.
Vega dijo que al día siguiente haríamos cuentas reales. Ona ofreció un plan de redes sin caras ni intimidad; Abril pidió dejarlo para después. Tina prohibió hombres con camisa clara, técnicos y baños creativos. Nil preguntó si él contaba y Jana respondió que aún no había hecho méritos.
El móvil de Abril volvió a vibrar.
Todos lo miramos.
Ella lo cogió.
No venía del comprador.
Venía en forma de correo.
Marblava.
Abril lo abrió.
Su cara cambió.
—¿Qué pasa? —dije.
—Nos piden regularizar parte de la deuda antes del lunes para mantener suministro completo.
Vega cerró los ojos.
Tina apoyó la botella en la barra.
Jana dejó de mirar a Nil.
El local pareció callarse. O quizá fue el congelador. O quizá fuimos todos entendiendo que el comprador había dejado de ser la única salida cerrada.
Abril bajó el móvil.
—Sin oferta y sin suministro completo, la semana que viene no llegamos bien.
Nadie dijo nada durante un segundo.
Luego el TPV protestó.
Una vez.
Corto.
Estúpido.
Perfecto.
Abril se rio.
No mucho.
La risa le dobló un poco las rodillas.
—Claro —dijo.
—Ese claro venía con cuchillo —contesté.
—Entonces dime tú qué digo.
No tenía respuesta buena.
Solo la mala. La útil.
—Di que mañana abrimos.
Abril apretó el móvil entre los dedos.
Miró la terraza vacía, la copia sellada, la caja metálica, al grupo, a Nil, a Roc con otra caja y a mí.
—Mañana abrimos —dijo.
No fue una victoria.
Fue una condena provisional.
En Lola y Sal, últimamente, una cosa y la otra acababan en la misma barra.