Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 17 · ABRIL
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CAPÍTULO 17 · ABRIL

A las nueve y diecisiete, mientras Vega grapaba el calendario y yo buscaba dos copias del DNI, el TPV imprimió metro y medio de papel en blanco. Nadie lo había tocado.

Biel estaba junto a la puerta del almacén, con una camisa azul oscuro arremangada y el pelo todavía húmedo.

No llevaba la camiseta negra de siempre.

Tampoco la blanca de San Juan. Aquella camisa parecía elegida para parecer formal sin dejar de ser él.

Le quedaba mal al contexto y muy bien a mi sistema nervioso.

Lo odié un poco por abrocharse botones.

También por no besarme la noche anterior.

También por haber tenido razón al no hacerlo.

La vida era una lista de pequeñas injusticias con olor a lejía.

—¿Tienes el DNI? —preguntó Vega.

Abrí la carpeta.

—Sí.

—¿Original?

—Sí.

—¿Copia?

—Sí.

—¿Relación de personal?

Miré el papel.

Mi nombre arriba.

Abril Rovira Mas. Titular responsable.

Debajo, el suyo.

Biel Ferrer Sintes. Barra. Apertura y cierre durante regularización de temporada.

Dos líneas para siete años de daño.

—Sí —dije.

Biel miró el cartel de Lola y Sal, la ese sujeta con bridas y la madera marcada. Hacía eso cuando algo le importaba y no quería regalar la cara.

Jana examinó la camisa de Biel y declaró que parecía legalmente sospechoso. Nil llegó con hielo, ella le dio una indicación imposible y él sonrió. Guardé los papeles antes de que encontraran otra pareja con la que distraerse.

Tina se acercó a mí y me quitó una pelusa del hombro.

—Tienes cara de ir a pedir perdón.

—Voy a ratificar documentación.

—Eso es pedir perdón con sello.

—Gracias por el apoyo.

—Te apoyo. Por eso te aviso de que llevas la boca apretada desde que has llegado.

Me pasé la lengua por el labio. Error. Biel lo vio. Bajó la cabeza un segundo y volvió a mirar hacia otro lado con una disciplina que me enfadó por motivos poco presentables.

Vega me alcanzó la carpeta.

—Abril. Antes de entrar, una cosa.

—No me digas que falta algo.

—No falta nada. Ese es el problema.

—Explícate en idioma de gente que no duerme con formularios.

—Si hoy metes a Biel y mañana lo borras para contentar al comprador, el papel no se hunde, pero empieza a oler raro. Y los técnicos huelen el miedo casi tan bien como Pepa.

Biel sí miró entonces.

—¿Retirarme?

—El comprador lo pidió anoche —dije.

Su cara no cambió. Poco. La mandíbula, nada más.

—No me lo dijiste.

—Te lo estoy diciendo.

—Qué generosa la franja horaria.

Biel no le contestó. Seguía mirándome a mí.

—¿Qué pidió exactamente?

—Que no figuraras como cierre formal. Que no hubiera dependencia personal. Que la operación quedara limpia.

Biel miró el papel del TPV en el suelo y luego el baño, que seguía amenazando independencia.

Biel se pasó una mano por la nuca.

—Y aun así vamos al Ayuntamiento.

—Sí.

—Porque lo necesitas para la licencia.

—También.

—Abril.

—Porque no voy a quitarte.

Lo dije en voz baja.

No tanto como creía.

—No soy un mueble.

—Lo tengo claro.

—Ni un gesto contra él.

—También lo sé.

—Entonces qué soy en ese papel.

La pregunta no cabía en el formulario.

Abrí la carpeta. El papel tembló apenas. Suficiente para que yo lo odiara.

—Eres quien abre cuando nadie quiere abrir —dije—. Y quien cierra cuando yo ya estoy contando huidas. Y quien no debería pagar otra vez porque alguien necesita que el comprador esté cómodo.

Nadie dijo nada bonito.

Biel bajó los ojos al papel.

—Vale —dijo, sin apartar los ojos del papel.

Vega cerró la carpeta antes de que la sonrisa mutara en alguna tontería con consecuencias.

—Nos vamos.

—Voy contigo —dijo Biel.

—Eso ya estaba claro.

—Lo digo para mí.

Eso me cayó más sucio que una declaración bien escrita.

Porque Biel no hacía declaraciones.

Hacía eso: ponerse al lado con las manos en los bolsillos y cara de no saber si aquello era una decisión sensata u otra forma de perder.

Caminamos hasta el Ayuntamiento sin tocarnos. Una vecina nos paró con una bolsa de tomates. —Abril, ¿ya te quedas? —Estoy arreglando papeles. La mujer miró la carpeta, luego a Biel. —Eso dicen todos cuando vuelven.

Entramos al Ayuntamiento a las diez menos tres.

El aire acondicionado me erizó la piel de los brazos. Biel lo vio y tuvo la decencia de mirar al mostrador.

La mujer que nos atendió tenía delante una carpeta amarilla con LOLA Y SAL escrito en rotulador negro.

Ver el nombre del local allí le quitó toda la gracia.

Comprobó nuestros documentos y ordenó las copias.

—Ratificamos titular responsable, calendario y personal operativo de apertura y cierre.

—Quiero saber qué implica mi nombre —dijo Biel.

—Que figura como personal habitual durante la regularización. No sustituye a la titular, no le convierte en propietario y no le da derechos sobre el establecimiento.

—¿Y si Abril vende?

—El cambio se comunica. Su nombre no puede usarse para maquillar la actividad ni borrarse sin explicar quién cubre el horario.

Mi móvil vibró dentro del bolso.

No lo saqué.

La mujer me miró.

—¿Mantiene a Biel Ferrer Sintes como personal de apertura y cierre durante este periodo?

Pensé en el comprador, en la oferta baja y en el mensaje donde pedía que Biel desapareciera del papel.

—Sí.

—¿Y usted acepta figurar?

Biel apoyó la lengua en la mejilla por dentro.

—Sí.

Firmamos. El bolígrafo me resbaló un poco por el sudor; Biel firmó después, con una letra firme y nada bonita.

La funcionaria selló las dos copias.

—Pueden seguir abiertos. Habrá una visita durante un servicio real para comprobar ocupación, personal y condiciones básicas.

—¿Cuándo? —preguntó Vega.

—Avisaremos con poco margen.

Antes de entregarme la carpeta, añadió:

—Si existe una venta inmediata, eviten mensajes contradictorios. La actividad se ha declarado viva.

Viva.

Guardé la copia con mi firma debajo.

Salimos a la calle en silencio.

Fuera, el aire caliente me cayó encima. Saqué el móvil: tres llamadas y un mensaje del comprador. Quería saber si Biel había ratificado. Se lo enseñé a Vega y a él.

—No estás obligada a sostenerme en ese papel para demostrar nada —dijo Biel. —Me ha pedido que te borre como si fueras una mancha. No voy a hacerlo. —Puede ser lo que te conviene. —También. Precisamente por eso me da asco.

Vega nos recordó que la respuesta al comprador debía quedar por escrito. Volvimos a Lola y Sal con la copia sellada.

Al entrar, Jana preguntó si volvíamos legalmente más sexys o más hundidos.

Tina contestó que ambas cosas podían coincidir.

Vega dejó la copia sellada sobre la mesa.

—Seguimos abiertos y Biel figura en apertura y cierre —dije.

Él añadió que el comprador retiraba la oferta vigente si seguía allí. La broma se acabó.

El tono me salió seco. Vega apretó los labios. Las amigas también tienen límites; a veces te los enseñan callándose.

Biel se acercó a mí.

—No escondas todas las respuestas detrás de esto.

—Tú no uses mi firma para pedirme que te quite.

—No te lo he pedido.

—Lo estabas rodeando.

—Porque no quiero ser otra razón para que digas que te atraparon.

Eso me pegó en mitad de la terraza, delante de todos, sin levantar la voz.

Jana apartó la mirada.

No podía enfadarme con ellos por mirar. Lola y Sal era eso: una barra sin intimidad, una mesa que oía de sobra, un pueblo que se sabía lo que ibas a decir antes de que terminaras.

—No me han atrapado —dije.

Biel aguantó mi mirada.

—Todavía lo dices como quien busca culpable.

Me dolió.

Le dolió a él haberlo dicho.

La tarde no esperaba a que nos lamiéramos las heridas.

Trabajé con la copia sellada metida en el cajón de la caja.

El móvil vibró cuatro veces.

No lo cogí.

Biel lo vio.

No abrió la boca.

A las tres llamó el Ayuntamiento. La visita de seguimiento sería al día siguiente, durante la cena del Club Aleta: servicio real, mesas llenas, personal declarado y el baño obligado a comportarse.

—Mañana vienen —dije.

Nadie se rio hasta que Jana dijo que al menos moriríamos con documentación.

Biel se acercó a la caja.

—Mañana no hay margen para escenas —dijo.

—No hacemos escenas.

Jana soltó otra carcajada.

—Perdón. Es que sois patrimonio escénico.

Le lancé una servilleta.

Biel no sonrió. Estaba mirando el papel.

—Mañana tiene que funcionar.

—Funcionará.

—No puedes decirlo solo con rabia.

—Puedo decir muchas cosas con rabia.

—Abril.

Él no alzó la mirada del papel.

—Mañana van a mirar si esto está vivo —dijo.

—Está vivo.

—Está cabreado, húmedo y lleno de grasa.

—Nadie ha dicho que vivo sea elegante.

Me miró entonces.

Con el teléfono fijo todavía caliente, el local oliendo a fritanga de mediodía y Biel al otro lado de todo, entendí algo que no quise decir en voz alta.

Si Lola y Sal pasaba el seguimiento, mi salida se complicaba.

Si no lo pasaba, quizá perdía el local.

Y en las dos opciones Biel seguía allí, con su nombre debajo del mío.

La trampa ya no tenía una sola puerta. Tenía terraza, baño, almacén y mi mala costumbre de quedarme mirando.