Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 16 · BIEL #2
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CAPÍTULO 16 · BIEL #2

Nos fuimos al suelo con poca elegancia y mucha prisa mal administrada. La manta acabó debajo de su espalda. Una caja se volcó y soltó menús plastificados de hacía años. Abril metió la mano bajo mi camiseta y me arañó un costado al subir. El sonido que se me escapó no era para una ventana abierta.

—Baja la voz —dijo.

—Eso intenta explicárselo a tu mano.

—Mi mano tiene relación de personal propia.

Ahí sí me reí.

Ella también, contra mi cuello, y esa risa me dejó con menos aire que la ropa desordenada.

Le quité la camiseta despacio solo al final, cuando la impaciencia ya nos había hecho torpes.

Abril levantó los brazos y el pelo se le soltó de la pinza.

La pinza cayó al suelo, rebotó y se perdió bajo la silla peligrosa.

Tenía marcas de sol en los hombros, una línea roja donde el delantal le había rozado y una mancha de tinta cerca del pecho.

Todo real. Todo de ese día. Todo metido en mi boca antes de que pudiera convertirlo en recuerdo viejo.

—Mírame —dijo. La valentía se le movió en la boca.

—Estoy aquí.

—Ya lo sé.

Me atrajo de nuevo.

Esta vez la besé yo. Más lento. Mala idea para los dos. Le abrí el botón del pantalón con una mano que no fue fina. Ella se rio porque se me enganchó el dedo.

—Muy experto, Ferrer.

—Estoy bajo presión documental.

—Excusa aceptable.

La risa se le cortó cuando metí la mano bajo la tela.

No hubo nada limpio ni coreografiado. Hubo calor, rodillas chocando, una factura pegada a mi codo, la manta arrugada, su boca buscando mi hombro para no hacer ruido y mi mano parándose cuando su cuerpo se tensó de golpe.

—¿Sí? —pregunté.

—Sí.

—Abril.

Me agarró la nuca.

—Sí, joder. Sigue.

Obedecí.

Eso también era peligroso: descubrir que algunas órdenes suyas no me daban ganas de discutir.

Cuando se corrió, me clavó los dedos en la espalda y dijo mi nombre con rabia. Sin fuerza. Bajo. Contra mi boca. Queriendo que no lo oyera nadie y necesitándolo igual.

Me quedé quieto encima de ella, respirando mal, con la frente apoyada en su hombro.

—No te vayas —dije.

Se me escapó antes de poder cerrarla.

Abril quedó inmóvil.

Mierda.

Me aparté para verle la cara.

—No era una condición.

—Pues no la conviertas en una ahora.

No supe qué hacer con las manos. Abril me tocó la cara con los dedos manchados de tinta, sal y día entero, y me besó antes de que yo intentara explicarlo peor.

Terminamos despacio y mal, porque el suelo no ayudaba, porque nos dolían las rodillas, porque se nos había pasado la primera prisa y porque entonces apareció otra cosa más difícil: estar.

Abril se rio contra mi pecho cuando mi cinturón se enganchó en una esquina de la manta.

Yo le dije que el mobiliario conspiraba contra nosotros.

Ella dijo que Lola habría cobrado suplemento por uso indebido de archivo.

Luego nos quedamos tirados en el suelo, con la ventana abierta, el ventilador inútil y la piel húmeda de calor.

Paz, desde luego, no.

No sabíamos hacer paz.

Fue un rato sin defendernos con objetos.

Abajo arrastraron una silla. El local seguía esperando el cierre, indiferente a que nosotros estuviéramos desnudos en el suelo. Nos vestimos con arena pegada a las rodillas, la manta torcida y cero prisa heroica.

Bajamos separados por tres escalones. No engañaba a nadie, pero esta vez nadie hizo un chiste.

Vega seguía en la mesa de siempre, con el portátil abierto.

—Registro ha respondido.

Abril cogió su móvil sin desbloquearlo.

—¿Ya?

—Automático primero. Luego esto.

En la pantalla del portátil había un correo de dos líneas. Los peores casi siempre lo eran.

Registro recibido. Se requiere ratificación presencial de titular responsable y personal declarado con función de apertura/cierre en comparecencia de mañana. Aportar DNI y calendario definitivo.

Personal declarado con función de apertura/cierre.

Yo.

Abril leyó el correo dos veces.

No me miró.

Eso me dijo suficiente.

—Mañana —dijo.

Vega asintió.

—A las diez.

Jana bajó las manos.

—Bueno. Romántico no sé, pero puntual sí.

Nadie se rio.

El móvil de Abril vibró otra vez.

Esta vez lo tenía en la mano.

Miró la pantalla.

Comprador.

Ya no ponía el comprador. Ella le había cambiado el nombre.

O quizá el teléfono lo mostraba de otra forma.

Me dio igual.

Leyó en silencio.

Su cara cambió de una forma que ya me sabía.

Me tendió el móvil.

Jana soltó un insulto.

Tina otro.

Ona ni pestañeó.

Vega cerró el portátil despacio.

Abril clavó los ojos en mí por fin.

Tenía el pelo mal colocado, la boca roja, quizá la marca de mi mano bajo la camiseta y el papel del Ayuntamiento entre los dedos. No parecía salvada. Parecía cobrada.

—No voy a quitarte —dijo.

Bajo.

Para mí.

Para el comprador.

Para todas.

—Abril.

—No voy a quitarte.

—Eso puede costarte la oferta.

—Ya lo sé.

—No lo decidas desde arriba.

Me salió mal.

Ella parpadeó.

Tarde.

Jana hizo un ruido. Tina miró al suelo. Vega parpadeó despacio.

Abril guardó el móvil en el bolsillo.

—No decido desde arriba —dijo.

No gritó.

Eso dolió más.

—Decido desde aquí. Desde la caja, el baño que huele fatal y mi firma debajo de tu nombre. No voy a borrarte para que un hombre con zapatos limpios compre más cómodo.

Mi huida.

No dijo venta.

No dijo salida.

Dijo lo que era.

Durante un segundo, nadie encontró qué hacer con las manos.

Luego sonó el TPV.

Porque Lola y Sal no soportaba que un silencio nos saliera bien.

Abril dejó escapar una risa corta, casi rota.

—Perfecto. La máquina también opina.

Fui a tocarla.

No llegué.

Ella levantó la mano.

—Ahora no.

Me paré.

—Vale.

—Y no lo digas como castigo.

Respiré.

—Vale normal.

Jana se tapó la boca.

No sabía si por risa o por llanto. Con Jana tampoco era necesario elegir siempre.

Vega abrió de nuevo el portátil.

—Tenemos que responder al comprador.

—No esta noche —dijo Abril.

—Y preparar DNI, calendario y originales para mañana.

—Sí, ahí sí.

Tina cogió el cubo de la fregona.

—Y cerrar antes de que el baño decida también figurar como personal.

Ona levantó la mano.

—Yo imprimo copias en el Hostal Mar de Fora.

—Sin grabar el drama documental —dijo Jana.

—Sin grabar nada.

Nil apareció desde la terraza con una bolsa de basura en la mano.

—¿Sigo aquí o esto ya es reunión íntima de gente con problemas antiguos?

Jana lo miró.

—Tú estás en personal puntual. Puntualmente te callas.

—Función clara. Me gusta.

Roc cruzó detrás con una caja vacía y la dejó junto a Tina sin hablar. Ella le dio las gracias. Esta vez lo miró. Dos segundos. Para Tina, una declaración.

El grupo se movió otra vez.

Vasos. Papeles. Cubos. Copias. Llaves. Calendario. Todo vulgar, urgente, útil.

Yo seguí junto a la mesa que nunca callaba, mirando mi nombre en la copia impresa que Vega había sacado antes de enviarla.

Abril volvió a mi lado un minuto después.

No me tocó.

—Mañana vienes conmigo —dijo.

—Sí.

—No por mí.

—Conmigo —dije.

El matiz importaba.

—Conmigo —repitió.

El comprador acababa de poner precio a mi nombre.

El Ayuntamiento acababa de citarme.

Abril acababa de perder otra salida rápida.

Y yo, que llevaba años creyendo que quedarse era lo único que sabía hacer, entendí que también podía dar miedo que alguien dejara de apartarte del papel.

La noche no cerró bonita.

Abril salió a la terraza cuando apagamos la última luz.

Yo salí detrás.

Esta vez no lo hice por costumbre.

Ella miró el cartel de Lola y Sal, la ese final sujeta con bridas, la madera marcada, la noche pegada a los toldos viejos.

—No sé si esto es quedarme —dijo.

—No tienes que saberlo hoy.

—Mañana el Ayuntamiento va a creer que sí.

—El Ayuntamiento cree muchas cosas si se las llevas en PDF.

Se rio.

La risa apenas salió.

Aun así, la puerta dejó de parecer el sitio donde íbamos a rompernos.

—Biel.

—¿Qué?

—Lo de arriba…

—No lo voy a llamar error.

—Todavía no sabes qué iba a decir.

—No. Pero eso quería decirlo yo.

Guardó silencio.

Luego asintió.

—Bien.

—Ahórrate el bien.

—Estoy buscando la velocidad intermedia.

Me sonreí sin poder evitarlo.

Ella también.

—Mañana a las diez.

—Mañana a las diez.

No nos besamos.

No hacía falta añadir otra prueba al papel.

Al menos esa noche. Mañana ya encontraríamos la forma de estropearlo con luz natural.