CAPÍTULO 16 · BIEL
Mi nombre escrito debajo del de Abril ocupaba menos de una línea y pesaba como una caja mojada.
Biel Ferrer Sintes. Barra. Apertura y cierre durante regularización de temporada.
Lo leí tres veces sin tocar el papel.
La primera vez me pareció administrativo.
La segunda, una trampa.
La tercera, mi letra no estaba allí y aun así me reconocí de sobra.
Jana me encontró leyendo mi nombre por tercera vez. —Vas a hacerle un agujero al papel. —Estoy comprobando que no se mueva. —Es una crisis de identidad con consonantes, cariño.
Abril estaba en la cocina con Tina.
No había tocado el mensaje del comprador desde que se lo enseñó.
Tampoco lo había borrado.
Ese detalle me gustó de una forma que no pensaba admitir, aunque me interrogaran con cuchillos de cocina.
Vega revisaba la relación de personal en la mesa de siempre. Una botella sujetaba el papel contra el aire flojo del ventilador. El calor se quedaba igual, pegado a la nuca.
Ona servía con el móvil guardado en el delantal. Nil dejó otra bolsa de hielo junto al congelador y Jana le indicó el sitio con una hostilidad que a él le hizo sonreír. Ella miró sus patatas.
Abril salió de la cocina en ese momento con una tabla en la mano, el pelo sujeto con una pinza torcida y una mancha de harina en el antebrazo. No sé por qué había harina. En Lola y Sal la harina aparecía en sitios que no la necesitaban, igual que los familiares opinando.
Miró el papel.
Giró hacia mí.
—¿Sigues leyéndolo?
—Estoy comprobando que no se mueva.
—Es papel.
—En este sitio nada se queda donde lo dejas.
Eso le cerró la boca un segundo antes de seguir.
—Vega dice que, si lo mandamos esta noche, mañana solo tenemos que llevar originales si los piden.
—¿Quieres mandarlo esta noche?
—Quiero quitármelo de encima antes de que el comprador consiga que parezca una pregunta.
Buena respuesta.
Tan buena que desconfié.
—¿Y quieres que yo firme?
—No hace falta firma de personal. Solo mi firma como titular.
—Evidentemente.
Ahí se tensó.
—Ese claro no me lo vendas como si no pesara.
—No lo he usado contra ti.
—Lo has usado contra el aire.
—El aire está implicado.
Jana levantó una patata.
—Estoy a favor de culpar al aire. Llevo años.
Vega no levantó la cabeza.
—Si vais a discutir, hacedlo antes de que adjunte nada.
—Qué romántica eres —dijo Jana.
—Soy eficiente. Es peor.
Abril dejó la tabla sobre la barra.
—No quiero mandarlo sin que estés de acuerdo.
—Estoy de acuerdo.
—No suenas de acuerdo.
—Sueno a hombre que acaba de descubrir que puede figurar en la actividad de un lugar que no es suyo y de una mujer que quizá sigue queriendo irse antes de agosto.
Jana dejó de masticar.
Vega levantó la mirada.
Abril no se protegió rápido.
Aquello me desarmó.
—No sé si sigo queriendo irme antes de agosto —dijo.
Abril lo dijo sin levantar la voz.
Lo hicieron todos los demás.
La vi quedarse quieta mientras Lola y Sal hacía todo lo posible por pisar aquello.
—No me engrases la firma con eso.
—No lo he dicho por eso.
—Entonces no sé qué hacer con eso.
—Yo tampoco.
Aquello sonaba a verdad.
Y la verdad, a esas alturas, era mucho más peligrosa que cualquier mentira bien organizada.
El servicio de la tarde empezó pronto y mal. A media tarde llegó el hombre del Club Aleta a cerrar menú y señal; pidió alargar media hora la reserva. Cuando Abril explicó que el horario no daba, se encogió de hombros.
—Las cosas las tenemos todos —dijo.
Abril le pisó el pie por debajo de la barra.
Tina ni se movió.
—Podemos ajustar media hora —dijo Abril.
—¿Podemos? —pregunté.
—Podemos.
—Luego no digas que te mando.
—Ahora me estás llevando la contraria, que también es una forma de mandarme.
—Interesante teoría.
—La desarrollo después si sobrevivo.
El hombre del Club Aleta, que tenía camisa de lino, gafas colgadas y una sonrisa de quien cree que la flexibilidad es gratis, nos miró a los dos.
—Veo que lo tenéis controlado.
Jana, desde atrás, soltó una carcajada que casi pareció caída de un balcón.
—Perdón. Se me ha resbalado la fe.
Abril sonrió al cliente con una cara que prometía calma y escondía ganas de clavarle el boli en el mantel.
—Lo tenemos trabajado —dijo.
Trabajado.
Mejor. Menos mentira.
—No tires del router —dije.
—No estaba tirando del router.
—Estás tocando todos los cables con pinta de venganza.
—Estoy seleccionando víctima.
Me agaché a su lado.
Mala idea.
El hueco bajo la barra seguía sin haber crecido. Olía a polvo caliente, cerveza seca y electricidad vieja. Abril tenía un mechón pegado a la mejilla y la camiseta se le había subido por la espalda al inclinarse. No miré. Miré tarde. Lo normal.
—Ese —dije.
—Lo tengo claro.
—¿Entonces por qué tienes la mano en el otro?
—Porque mi mano tiene criterio propio.
Por encima de la barra, Jana dijo:
—¿Habéis vuelto a reiniciar la relación con el banco o esta vez ya es otra entidad?
Abril se golpeó el hombro al incorporarse.
—Jana.
—Pregunto por contabilidad.
El TPV volvió a encenderse.
Abril quedó de rodillas un segundo más, con las manos apoyadas en el suelo y el pelo suelto de la pinza. Me miró desde abajo con una mezcla de cansancio, rabia y deseo tan mal disimulada que tuve que apartar la vista primero.
Aparté la vista tarde.
—Aparta esa mirada —dije.
—Pues aparta.
Ella también.
No nos tocamos.
El día entero fue eso: no tocarnos con una precisión agotadora.
Pasarle un vaso a dos centímetros de los dedos.
Rodear la barra por el lado largo para no rozarle la cadera.
Coger la caja que ella iba a coger y arrepentirme antes de que me llamara controlador.
A las siete, Roc volvió, vio la quemadura de Tina y dejó una botella de agua en la encimera sin tocarla. Ella esperó a que se fuera para mirarla. Abril lo vio desde la barra.
—Este local está llenándose de problemas futuros —dije.
—No mires solo los ajenos.
—Estoy intentando ahorrar energía.
—Mentira.
—Sí.
El móvil de Abril vibró en la mesa de siempre.
Los dos miramos.
No venía del comprador.
Vega levantó la cabeza.
—Podemos enviarlo ya.
Abril no fue hacia ella.
—¿Sí?
Qué pregunta tan corta para tanto ruido.
También era la primera vez que me preguntaba antes de empujarme al sitio.
—Sí —dije.
Abril apretó los ojos y volvió a abrirlos.
Vega tecleó.
Adjuntó.
Envió.
El papel dejó de ser papel.
Entró en algún sitio con paredes blancas, registro, sellos y personas que no habían olido el baño aquella mañana.
—Mandado —dijo Vega.
Nadie aplaudió.
Jana levantó un vaso de agua.
—Por la relación de personal. Que suene frío no significa que no nos vaya a joder igual.
—Jana —dijo Ona.
—¿Qué? Estoy bendiciendo.
La noche se coló.
Abril y yo funcionamos.
Que funcionáramos era lo más peligroso.
A las once y cuarto, la última mesa pidió la cuenta. Jana volvió del almacén con Nil detrás, los dos discutiendo por una caja que él había llevado porque ella le había dicho «ven aquí». —Era una orden ambiental —protestó Jana. Nil sonrió y ella se fue roja.
A medianoche, quedamos Abril y yo al otro lado de la barra.
La caja cuadraba.
Eso debería haber sido un momento histórico. No tuvimos energía para celebrarlo.
—Mañana tenemos que ir al Ayuntamiento si piden originales —dijo ella.
—Ya.
—Y el comprador no ha contestado.
—También lo sé.
—Y eso me inquieta.
—A mí me gusta que se calle.
—A ti te gusta cuando el peligro hace ruido y puedes ponerte delante.
—Mentira. A veces también me gusta cuando se va.
Abril plantó las dos manos sobre la madera. Tenía los nudillos manchados de tinta, una raya de sal seca en la muñeca y la camiseta torcida de tanto moverse. Debajo del cansancio había algo más. No sé si decisión. No sé si ganas. No sé si las dos cosas en pelea.
—Biel.
—¿Qué?
—Lo de mandarlo…
—No empieces a pedir perdón.
—No iba a pedir perdón.
—Mejor.
—Quería darte las gracias.
—Casi peor.
—Eres muy difícil.
—Tú me has escrito en un papel oficial. No sé qué esperabas, una persona ligera.
Soltó una risa baja.
La oí más en el cuerpo que en la barra.
—No sé qué estoy haciendo —dijo.
—Me consta.
—No lo conviertas en superioridad.
—No. Yo tampoco sé.
Abril rodeó la barra.
Despacio.
—No me sigas si subo —dijo.
—Vale.
—No lo digo para que digas vale.
—Lo sé.
—Lo digo porque no quiero que me sigas por costumbre.
—No tengo costumbre de seguirte. Tengo costumbre de quedarme mirando por dónde te vas.
Me salió fea.
Y era verdad.
—Entonces decide otra cosa.
Dejó el trapo sobre la barra y caminó hacia la escalera.
No corrió. No miró atrás en el primer escalón. Tampoco en el segundo.
Yo esperé.
Uno.
Luego otra.
Tres segundos que sonaron a nevera, a mar de fondo, a un vaso que se asentaba mal en la pila.
Luego subí.
La habitación de arriba estaba caliente, con la ventana abierta y el ventilador empujando aire usado. Olía a papel, madera y a nosotros desde antes. La cama estrecha seguía hecha a medias; la caja metálica, cerrada.
Abril estaba junto a la ventana.
No se había girado.
—He dicho que no me siguieras si era por costumbre.
—No ha sido por costumbre.
Se volvió.
Tenía la cara seria.
Eso me quitó cualquier resto de chiste.
—No quiero que mañana uses esto para quedarte.
—No lo haré.
—Ni yo para pedirte que me salves el turno.
—Abril.
—Quiero tocarte. Hoy. Sin convertirlo en otra cosa.
La miré. Tenía las manos tensas a los lados y el pulso visible en el cuello.
—Si cambias de idea, me lo dices.
—Si cambio de idea, te aparto. Ven.
Entonces me acerqué.
No la agarré al principio. No quería que mi cuerpo hiciera de atajo otra vez. Le toqué la mano, solo los dedos. Abril los cerró sobre los míos con fuerza, casi enfadada, y tiró.
Ahí se acabó la delicadeza útil.
Me besó ella.
Bonito no tuvo nada. Traía dientes, cansancio, rabia contenida y un día entero de no rozarnos acumulado en la lengua. Su espalda chocó con la pared junto a la ventana. La caja de facturas tembló. El ventilador siguió empujando aire pobre contra nuestras piernas.
—Aquí no —murmuró contra mi boca.
—¿Dónde?
Miró la cama estrecha.
—Ahí tampoco si hace el ruido de siempre.
—Lo hace.
—Suelo, entonces.
Casi me reí.
No llegué porque me mordió el labio.