Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 15 · ABRIL
52%

CAPÍTULO 15 · ABRIL

La relación de personal sonaba a cosa pequeña hasta que puse un boli encima de la mesa del lateral y nadie quiso tocarlo.

Relación. Personal. Calendario. Responsable. Actividad. Todo parecía inofensivo hasta dejarlo sobre una mesa pegajosa.

Luego las dejabas sobre una mesa pegajosa, entre vasos con marcas de labios, una libreta vieja de Lola y una caja metálica vacía, y empezaban a enseñar dientes.

—No podemos mandarlo en blanco —dijo Vega.

—Gracias —contesté—. Sin ti habría intentado presentar una servilleta con un dibujo de Jana llorando.

Jana levantó la mano desde la barra.

—Yo lloro muy bien en servilleta. Tengo trazo dramático.

Tina estaba apoyada en la puerta de la cocina con los brazos cruzados y la camiseta manchada de algo que quizá era tomate, quizá era óxido del alma del chiringuito.

Biel estaba en la terraza.

No lejos. Eso habría sido más amable.

Estaba cerca para oírlo todo y fuera de la mesa para fingir que no iba con él.

—Hay que poner a quien trabaja de verdad —dijo Vega.

—Qué concepto tan agresivo antes del café —murmuró Jana.

—Jana.

—Estoy aquí desde las nueve. Tengo derecho a sindicalizarme emocionalmente.

—No existe eso.

—Por eso hace falta.

Miré el papel.

El Ayuntamiento no pedía discursos. Pedía nombres: quién abría, quién cerraba, quién daba la cara si Lola y Sal se caía a media tarde.

Mi firma.

La de siempre últimamente.

La que convertía una mala noche en obligación, una discusión en trámite y un deseo en algo que empezaba a dejar rastro fuera de mi cuerpo.

—Pongo mi nombre —dije.

—Eso no cubre el horario real —respondió Vega.

—Pongo el tuyo.

—No trabajo aquí.

—Mandas bastante.

—Mandar a mis amigas no cotiza.

—Debería —dijo Tina—. Algunas merecéis plus de toxicidad.

Jana se inclinó sobre la mesa y cogió el boli. Lo hizo con solemnidad ridícula.

—Ponedme como camarera de apoyo, agitadora de mesas, especialista en des escalar clientes pesados y romper tensión sexual no solicitada.

—Lo de tensión sexual no va en el impreso —dijo Vega.

—Entonces el impreso está incompleto.

Tina le quitó el boli.

—A mí ponme cocina y barra cuando Biel no está mirando.

—Yo miro, aunque no esté —dijo Biel desde fuera.

Tina no giró la cabeza.

—Por eso no te queremos en cocina.

Ona se acercó con el móvil guardado. —¿Mi nombre tiene que aparecer? —Solo si trabajas como personal —dijo Vega—. Si ayudas con redes, no. Ona apretó la boca. —No estoy subiendo nada. —No es lo mismo —dijo Jana. —Entonces no aparece —cortó Tina—. Ayudas igual. Ona asintió sin mirar a nadie.

El boli volvió al centro de la mesa.

Y Biel.

Biel, que no había entrado.

Biel, que estaba limpiando una mesa ya limpia con el trapo de quien prefería arrancar barniz antes que sentarse a hablar de sí mismo.

—No finjáis que su nombre no está encima de todo —dijo Vega.

—Qué delicada.

—Estoy siendo práctica.

—La practicidad también puede hacer sangre.

—Por eso me cae bien —dijo Jana.

Tina cogió el papel y lo leyó otra vez.

—Si ponemos a Biel, lo ponemos por lo que hace. No como garantía de nadie.

Desde la terraza, el trapo dejó de moverse.

No hizo falta más.

—No lo voy a usar como garantía —dije.

Biel entró por fin. No con dramatismo. Con una caja de vasos en la mano, que era su forma preferida de aparecer en una conversación emocional: cargando algo para tener excusa si necesitaba huir.

—No tienes que ponerme.

—Claro que tengo que ponerte —dije.

—Entonces no digas que no me usas.

—Déjalo.

—Ya habéis empezado todas alrededor de un papel.

Dejó la caja sobre la barra.

—El Ayuntamiento pide relación real —dijo Vega.

—Pues real es que yo no soy propietario, no soy socio y no soy parte de ninguna venta.

—Nadie ha dicho socio —contesté.

—El comprador sí lo piensa.

—El comprador puede pensar lo que le quepa en la camisa.

Jana dejó el café.

—Bonita unidad de medida.

Biel no sonrió.

—Si mi nombre aparece ahí, él lo usará. Si no aparece, dirá que el local se cae sin mí. Haga lo que haga, soy el hueco donde mete la rebaja.

Cierto.

Lo odié por ser cierto.

—Entonces dime qué quieres que ponga —dije.

—Nada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que no me convierte en herramienta.

Tina se apartó de la puerta.

—Biel.

—No, Tina.

—No era una orden.

—No me ayudes. Me estás mirando como cuando se te cae una estantería y decides que igual todavía se puede salvar.

Tina cerró la boca.

Biel se pasó una mano por la nuca. Tenía la camiseta pegada en la espalda, una mancha de café cerca del bolsillo y ojeras de hombre que llevaba muchos días abriendo sitios que no eran suyos. O que sí eran suyos de una forma que no cabía en papeles.

—Si no te pongo —dije—, el calendario no se sostiene.

—Pues pon que no se sostiene.

—Biel.

—No firmaré que soy responsable de cierre para que dentro de dos semanas me digas que eso no significa nada.

La mesa ya no alcanzaba.

Yo noté calor en la cara. No vergüenza. Reconocimiento, que era mucho más incómodo.

—No iba a decir eso.

—No lo sabes.

—No decidas lo que voy a decir antes de que lo diga.

—Tú decides salidas antes de tenerlas y nadie te quita el boli.

—Ven.

—No.

—Biel.

—No me saques a discutir detrás del cañizo. Ya sabemos cómo acaba.

Jana soltó un ruido.

—Me ahogo.

—Jana —dijo Vega.

—Me ahogo jurídicamente.

Yo miré a Biel.

Él mantuvo los ojos en mí.

Si no quería detrás del cañizo, discutiríamos delante de todos. El pueblo ya tenía hambre de nosotras. Que desayunara caliente.

—No pienso borrarte para que estés cómodo —dije.

—No me borres. Tampoco me escribas donde luego puedas decir que era provisional.

—Todo aquí es provisional.

—Eso lo digo yo.

—Y a mí me lo has contagiado.

—Qué honor tan triste.

—Quieres que te ponga y quieres que no te ponga. Quieres que cuente contigo y que no te use. Quieres estar dentro y tener razón si me voy.

Sus ojos cambiaron.

—Y tú quieres que entre hasta que esto funcione y salga antes de que parezca que me has elegido.

Ahí sí me dolió.

La injusticia no era el punto.

Por puntería.

La mesa de siempre no parecía grande para tanta gente intentando no mirar.

Nil entró por la terraza con dos bolsas de hielo y una caja de limones.

—Traigo hielo y ausencia de contexto. —Llegas tarde —dijo Jana—.

Aquí el contexto se ha reproducido. Vega le explicó que, si ayudaba en la cena del Club Aleta, tenía que figurar.

—Ponme donde Jana no pueda clavarme nada.

—Entonces fuera del municipio. Nil sonrió; Jana miró las patatas.

Roc apareció a pedir agua para Tina y acabó subiendo dos cajas. Ella le dio las gracias sin mirarlo. Lola y Sal estaba lleno de nombres que querían entrar mal en los papeles.

Cogí el papel.

—Voy a verles la cara.

Vega se incorporó.

—Voy contigo.

—Bien.

Biel cogió las llaves de la barra.

—Yo también.

—No hace falta.

—Hace falta si vais a hablar de mi nombre.

—Tú acabas de decir que no quieres entrar.

—Quiero saber quién abre la puerta.

Jana levantó las manos.

—Por favor, que alguien escriba eso en una servilleta y lo meta en la caja de galletas.

No contesté. Reírme con Biel enfadado en mitad de un papel oficial podía ser otro problema.

Fuimos los tres al Ayuntamiento de Cala Saurina.

Nos atendió una mujer de uñas cortas que reconoció el nombre de Lola y Sal antes de mirar la notificación.

—La relación tiene que reflejar quién trabaja de verdad —dijo—. Nombre, función y horario aproximado.

—¿Y el cierre? —preguntó Vega.

—Quien tenga llaves y cierre de verdad, figura. Si todo recae en la titular, también. Lo que no sirve es presentar un horario que el pueblo entero sabe que no existe.

Biel miró el panel de atención al público con un interés excesivo.

—¿Puedo ponerlo como apoyo temporal? —pregunté.

Él giró la cabeza.

Apoyo temporal.

Me oí tarde.

—Puede poner la función real —respondió la mujer—. Barra, apertura, cierre, apoyo puntual. Lo que sea verdad.

La verdad era que Biel abría cuando yo aún aprendía a quedarme y cerraba cuando mi cabeza ya estaba contando carreteras.

No cabía en una casilla.

—Gracias —dijo Vega.

Salimos sin entregar nada.

En la calle, el calor pegó más fuerte. Me quedé junto a la pared del Ayuntamiento, con la libreta abierta y el papel doblado dentro. Biel bajó el primer escalón y luego se detuvo.

—Apoyo temporal —dijo.

—No he pensado.

—Eso no suele impedirte hablar.

—Biel.

—¿Eso soy para que duela menos al escribirlo?

Nos dejó solos en la sombra estrecha del Ayuntamiento, que no alcanzaba para dos, pero allí estábamos, ocupándola mal.

—No quería reducirte a eso —dije.

—Ya.

—Ese ya no me cree.

—Te creo. Ese es el problema.

—¿Entonces?

—Entonces lo has dicho para protegerme de una venta y para protegerte de mí al mismo tiempo.

—Si pongo lo que haces de verdad, el comprador lo usa. Si no, el Ayuntamiento no se cree el horario. Y si te pongo como apoyo, te convierto en un favor.

—Pon barra y cierre. Es lo que hago.

—No quiero escribirte para luego vender el papel —dije.

—Entonces no vendas el papel.

—No es tan fácil.

—Nada de esto lo es.

—Lo dices con pinta de solución.

—No. Lo digo porque igual dejamos de buscar una.

Le miré la boca.

Fue un segundo.

Uno malo.

Uno de esos que el cuerpo cobra al instante.

Biel lo vio.

—No —dije, antes de que él dijera nada.

—Estoy quieto.

—Pues estate más.

—Estoy desarrollando habilidades absurdas.

Me salió una risa corta.

No resolvió nada. Pero me aflojó un dedo de la mano con la que sujetaba la libreta.

Vega volvió con tres botellas de agua y cara de no haber escuchado absolutamente nada, que era su manera más generosa de mentir.

—Tenemos hasta mañana a las diez —dijo.

—Me he enterado.

—Hay que volver. Hoy está la reserva previa del Club Aleta para cerrar menú y señal.

—Genial. Treinta personas y un documento que no sabe dónde poner a Biel.

—Podría ser peor —dijo Vega.

Biel y yo la miramos.

—No. Retiro eso.

Volvimos a Lola y Sal.

Todo seguía.

La vida tenía una educación pésima.

A las cuatro, el comprador escribió.

No a mí.

A Biel.

Lo vi porque el móvil de Biel estaba boca arriba en la barra mientras él servía una caña. La pantalla se iluminó justo al lado de mi mano.

EL COMPRADOR: Si cambias de opinión sobre la transición, aún podemos hablarlo. Puede beneficiaros a ambos.

Leer ambos me encogió el estómago.

Biel vio mi cara antes que el mensaje.

Luego miró la pantalla.

Apagó el móvil.

—No contestes —dije.

—No iba a hacerlo.

—No lo borres.

—¿Perdón?

—No lo borres. Vega tiene que verlo. Si está escribiéndote por detrás, también entra en mi decisión.

Biel me miró de una forma nueva.

No tierna. Ni tranquila.

Orgullosa, quizá, pero mal llevada.

—Eso ha sonado a dueña.

—No me lo estropees.

—No.

—Y no sonrías.

—Tampoco.

Pero se le movió la boca.

Jana pasó entre los dos con una bandeja. —Si estáis negociando límites, apartad el culo de la barra. Desde la terraza, Nil preguntó dónde dejar una caja. Jana contestó «donde yo diga» y él sonrió. Su tensión aún era nueva; la nuestra ya tenía demasiados años.

El comprador no llamó.

El silencio del comprador también apretaba.

A las nueve y media, cuando el servicio aflojó, me senté en la mesa de siempre con el papel del Ayuntamiento delante.

Escribí mi nombre.

Abril Rovira Mas. Titular responsable.

Debajo, Jana Prats Solé. Barra y terraza. Apoyo de servicio.

Tina Salvat Puig. Cocina y servicio.

Nil Borràs Vidal. Apoyo puntual cena Club Aleta.

No escribí a Ona.

No escribí a Vega.

El boli se quedó encima de la línea siguiente.

Biel Ferrer Sintes.

No añadí nada.

Él apareció a mi lado sin caja, sin trapo, sin excusa.

—Ponlo —dijo.

—No si luego vas a odiarme por ello.

—Voy a odiar partes igualmente. Somos así de productivos.

—No tiene gracia.

—No mucha.

Escribí.

Biel Ferrer Sintes. Barra. Apertura y cierre durante regularización de temporada.

La línea quedó negra, clara, indecente.

Biel no la tocó.

—No eres apoyo temporal —dije.

—No.

—Tampoco eres garantía.

—No.

—Ni descuento.

—Eso espero.

—Biel.

—Estoy buscando la velocidad intermedia.

Casi sonreí.

No llegué.

Porque en cuanto dejé el boli, el móvil del comprador volvió a iluminarse.

Esta vez el mío.

EL COMPRADOR: Respuesta antes de mañana. Si Ferrer figura en personal o cierre, la oferta cambia otra vez.

Le enseñé la pantalla a Biel.

El papel seguía entre los dos, con su nombre todavía fresco.

—Qué rápido huele la sangre —dijo.

—Esto no se lo he mandado a nadie.

—No hace falta. Aquí las paredes tienen grupo.

Miré el mensaje. Luego la línea donde había escrito su nombre.

—No voy a quitarte.

Biel se guardó la respuesta.

—No voy a quitarte —repetí.

—No lo digas con pinta de que es fácil.

—No lo es.

—Está bien.

—No me vendas el bien.

—Entonces no me hagas querer besarte encima de un impreso municipal.

El aire se movió raro.

O quizá fui yo.

Jana, desde la cocina, gritó:

—¡Como alguien manche el papel con babas, Vega nos cobra suplemento!

Biel cerró los ojos.

Yo apoyé la frente en la mano.

—Siempre hay testigos.

—Siempre —dijo él.

Y, aun así, por primera vez en todo el día, dejó su nombre al lado del mío. Yo miré el papel mucho rato.