CAPÍTULO 14 · BIEL
Abril contestó al comprador a las diez y cuarenta y nueve.
A las diez y cincuenta y dos, Marblava nos recordó que el reparto no venía gratis.
A las doce abrimos con el menú recortado, dos toldos mal bajados y una tensión en la barra que hasta el TPV respetó durante los primeros veinte minutos.
—Me gusta que conserve personalidad —dijo Jana, arrancando el papel.
—Tú también la conservas y nadie te felicita cada vez —dijo Abril.
—Porque os falta cultura.
Abril estaba junto a la barra, con el pelo recogido, los hombros tensos y un bolígrafo metido detrás de la oreja.
Yo podía.
Parte del problema venía de ahí.
Podía adelantar dinero.
Podía hacer muchas cosas que Abril no me había pedido.
El esfuerzo estaba en no hacerlas.
—Mesa cinco quiere saber si hoy hay almejas —dijo Ona desde la terraza.
—Hoy no hay almejas —contestó Tina desde cocina.
—La mesa cinco dice que ayer sí.
—Ayer la mesa cinco no pagó a Marblava.
Ona asomó la cabeza.
—¿Lo digo así?
—No —dijimos Abril y yo a la vez.
Mal momento.
Yo tenía la noche anterior todavía dentro: la habitación, su mano en mi nuca, la última línea del correo, el ENTENDIDO del comprador, ella bajando las escaleras con la cara de mujer que no quería fingir y tampoco sabía quedarse. Luego la mañana: Abril escribiendo que no me vendía como condición.
No soy un hombre fácil de agradecer.
Me sale mejor cargar una caja que recibir algo sin buscarle factura.
—Tenemos bravas, sardinas, ensalada sin alegría y pan con tomate si Nuri no nos denuncia por llamarlo menú —dijo Jana a la mesa cinco.
Tina gritó:
—La ensalada tiene alegría justa.
—La ensalada está pasando un duelo —contestó Jana.
Abril se llevó una mano a la boca para esconder una sonrisa.
La vi.
Me vio verla.
Apartamos la mirada con una coordinación lamentable.
Abril funcionaba.
No perfecta. Mejor.
Se equivocó con dos cañas y mandó platos a la mesa equivocada. Pero funcionaba: volvía, corregía, pedía perdón sin hundirse y no se iba.
Eso me estaba desmontando más que el sexo.
A las dos y diez, el comprador contestó.
No a mí.
Al correo del local.
Vega lo abrió porque Abril estaba sirviendo una mesa. La vi leer. Vi cómo se le quedaba la cara.
—Abril.
Abril dejó una bandeja en la barra.
—Dime que ha aceptado hablar como persona normal.
—Ha retirado la mejora.
—Qué sorpresa —dijo Jana.
Vega siguió:
—Mantiene la oferta baja. Dice que sin Biel todo vale menos. Y, como guinda, se ofrece a adelantar dinero a proveedores para cobrárselo luego.
Abril dejó las manos sobre la barra.
—Nos compra la deuda.
—Nos compra la prisa —dije.
—Lo sé.
No me discutió.
Tampoco me gustó. Uno se acostumbra a pelear y luego no sabe qué hacer con el espacio libre.
Tina salió de la cocina con una espátula en la mano.
—Eso es de rata con máster.
—Máster no —dijo Jana—. Instinto de rata con plan de pensiones.
Vega leyó el final.
—Da plazo hasta las seis.
Seis.
Abril cogió la bandeja.
—Sigo sirviendo.
—Abril —dije.
—Sigo sirviendo, Biel. Si me siento ahora, igual contesto. Y si contesto ahora, contesto desde el miedo.
Se fue a la terraza.
Vega alzó la vista hacia mí.
—Eso lo ha aprendido rápido.
—No sé si me tranquiliza.
—No debería.
Jana se apoyó en la barra a mi lado.
—Mira, Ferrer, pregunta sin veneno.
—Eso en ti es imposible.
—Me esfuerzo por amor al caos.
—Jana.
—¿Qué vas a hacer si ella dice que no a esa oferta y el viernes no hay entrega?
Miré la terraza. Abril estaba agachada junto a una mesa, explicando algo a un niño. El pelo se le había soltado y tenía una marca roja en el antebrazo.
—Abrir igual.
—Respuesta de señor trágico. Te sale sola.
—¿Qué respuesta te sirve?
—La verdad que no venga con caja de cerveza encima.
Jana, por una vez, no rellenó el hueco enseguida.
—Te gusta que haya dicho que no te vende —dijo al final.
—No soy suyo para vender.
—Has esquivado la pregunta.
—No me pongas palabras con ese escote.
—No pongo palabras. Te las saco.
Jana llevaba ojeras, pintalabios corrido y una mancha de tomate en la muñeca. Lo de daño útil le quedaba mejor de lo recomendable.
—Sí —dije.
—Me vale.
—Celebración, cero.
—No. Tranquilo. Te queda fatal recibir cosas.
—Ya.
—Pues aprende un poco antes de que Abril tenga que elegir entre un comprador rata, una deuda y un hombre que solo sabe agradecer estando serio.
—¿Has terminado?
—No, pero hay un señor de la mesa tres mirando mi culo con poco respeto y necesito cobrarle con suplemento moral.
Se fue.
Yo no sabía qué hacer con las manos.
Eso me pasa cuando no puedo arreglar algo.
Cargar cajas es fácil. Callarse, no.
A las cuatro menos cuarto, Noguera apareció por la puerta lateral con expresión de mercado cerrado y malas noticias.
—Mañana puedo traer menos —dijo—. Si no hay hielo suficiente y Marblava no os entrega, no me metáis en fiesta.
Abril salió desde la barra.
—¿Cuánto menos?
Noguera se lo dijo.
Ella hizo cuentas de pie. Lo de morderse el interior de la mejilla. Otra vez.
—Vale. Menú corto.
—Menú corto en temporada alta es perder mesa.
—Mesa sin género es perder al cliente.
—Y el cliente no paga por nuestras excusas.
Abril sonrió sin alegría.
—En eso estamos de acuerdo.
Noguera me miró a mí.
No sé por qué. Costumbre, quizá. Hombres buscando al hombre que decide detrás de la mujer que habla.
—Habla con Abril —dije.
Abril mantuvo la vista lejos de mí.
Pero lo notó.
Noguera negoció con ella. Mal. Luego mejor. Al final quedaron en una entrega corta y un precio menos malo. Cuando se fue, Abril apoyó la espalda contra la barra, cansada.
—No mires orgulloso —dijo.
—Estoy mirando funcional.
—Tu funcional tiene hoy mucha cara.
—Tengo cara para todo.
—Qué tragedia local.
Se bebió medio vaso de agua de golpe. Una gota le bajó por la garganta. Miré el TPV. El TPV no tenía garganta. Mejor.
—Gracias por lo de Noguera —dijo.
—¿Por callarme?
—Por decirle que hablara conmigo.
—Era lo correcto.
—Tú y lo correcto tenéis una relación irregular.
—Nos vemos en verano.
Esta vez sonrió.
Un poco.
Me dio más sed que el calor.
A las cinco, Abril se encerró en el baño.
No para llorar, dijo Jana.
—Eso nunca lo sabes —contesté.
—Si llora, sale enfadada. Si no llora, sale más enfadada. La diferencia la marca el rímel.
No llevaba rímel.
Salió a los cuatro minutos con el pelo recogido otra vez, la camiseta mojada en el cuello y la decisión escrita en la boca.
—No acepto.
Todos giramos la cabeza.
Vega dejó la calculadora.
—¿La oferta?
—No acepto que asuma deuda para bajarme precio. No acepto a Biel como transición. Le diré que seguimos cuando tengamos el expediente completo, la deuda clara y la valoración hecha. Si no quiere, que se vaya.
Jana alzó una mano.
—Yo votaría con música, pero estamos pobres.
Tina se apoyó en la puerta de la cocina.
—Eso nos deja con Marblava.
—Lo sé de sobra.
—Y el viernes.
—Lo tengo presente.
—Y sin café si sale mal.
—Tina.
—Estoy priorizando.
Abril miró a Vega.
—Ayúdame a redactarlo.
—Sí.
Luego volvió a mí.
—No opines todavía.
—De acuerdo.
—Qué raro.
—Estoy creciendo.
—Me asusta.
Seguí en la barra, haciendo lo que tocaba: cobrar, servir, no invadir.
A las cinco y media, enviaron el correo.
A las cinco y treinta y dos, Abril dejó el teléfono girado en la mesa.
A las cinco y treinta y tres, se levantó y volvió a trabajar.
El comprador llamó a las cinco y cuarenta.
A las cinco y cincuenta, entró mensaje.
EL COMPRADOR: Lo pensarás mejor cuando tengas que pagar. Mi oferta caduca hoy.
Abril lo leyó. Esta vez no se sentó.
Me enseñó la pantalla desde donde estaba.
—Mira. Ya no disimula.
—Eso también ayuda.
—¿A qué?
—A odiarlo con administración.
A Jana se le escapó una carcajada desde la terraza.
—Eso va a taza.
—No —dijimos todos.
Abril guardó el móvil en la caja de galletas otra vez, encima de la libreta de Lola. Lo hizo despacio, con los dedos manchados de bolígrafo.
—A las seis no hay respuesta —dijo.
El local siguió respirando.
A las seis y cinco, no pasó nada.
Eso tuvo más fuerza que muchas escenas.
A las siete, empezó a llenarse la terraza.
Eso quedó para después.
Todo quedaba siempre para después.
A las once y media, cerramos la cocina. A las doce, bajamos el toldo izquierdo. El derecho se volvió a atascar. Abril subió a la silla antes de que yo pudiera decir nada.
—Bájate.
—No me trates como si no supiera bajar.
—La silla cojea.
—Yo también y sigo funcionando.
—Abril.
Tiró de la cuerda. El toldo cedió de golpe. La silla se movió.
La agarré por la cintura antes de que cayera.
Esta vez no quedó en casi.
Mi mano la sujetó firme, en el mismo sitio donde la noche anterior había tenido la boca. Ella acabó con una mano en mi hombro y la otra agarrada a la cuerda.
Abril bajó despacio de la silla.
No apartó mi mano enseguida.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—Ahora suelta.
Solté.
Solté antes de tiempo.
—Un día vas a tener que aprender una velocidad intermedia.
—No me sale.
—Ya.
—Ahórrate el ya.
—Lo he aprendido de alguien insoportable.
El toldo quedó a medio bajar. A nuestra espalda, el chiringuito olía a aceite apagado, lejía, cerveza y calor usado. Abril tenía arena en las piernas, una mancha de tinta en el brazo y la boca cansada.
Quise tocarla.
No para repetir lo de arriba.
Para otra cosa que no sabía dónde poner: saber si seguía allí después de haber dicho que no al comprador.
Ella lo leyó.
—No —dijo.
—Vale.
—No a hacerlo aquí para no pensar en Marblava.
—Está bien.
—No a usar esto como premio por haber contestado bien.
—Vale.
—Y deja de decir vale de esa manera, que me dan ganas de hacer justo lo contrario.
Respiré por la nariz.
—Entonces dime qué sí.
Abril se quedó sin respuesta.
Bien. Yo tampoco tenía muchas.
—Sí a que me acompañes mañana a Marblava —dijo al fin.
—Ya pensaba ir.
—Conmigo. No por mí. No antes. No detrás. Conmigo.
El matiz importaba. Era muy Abril: cambiarnos la vida entre una factura y un toldo torcido.
—Sí —dije.
—Y sí a que no me mires con pinta de que he hecho algo heroico.
—Eso va a costarme más.
—No soy heroica. Estoy atrapada.
—Hoy elegiste dónde no meterte.
—Qué raro.
—Estoy cansado.
—Se nota.
—Tú también.
—Se nota más.
Alzó una mano y me tocó la camiseta, en el pecho. No me agarró. No me empujó. Dejó los dedos ahí, sobre tela húmeda y piel acelerada debajo.
—El problema no estaba en querer —dijo.
Aquello volvió de la ducha exterior. De San Juan. De antes.
—No.
—Pues hoy no lo usamos para tapar nada.
—De acuerdo.
—Biel.
—Estoy buscando la velocidad intermedia.
Su boca se movió.
Un beso habría sido la salida fácil.
Nos quedamos a medio metro, rodeados de sillas calientes, vasos por fregar y deudas que no se habían ido porque nadie se deseara mucho.
Dentro, Jana dijo:
—No estoy mirando, pero si estáis madurando ahí fuera, hacedlo rápido, que tengo sueño.
Abril parpadeó despacio.
—La voy a matar.
—Hay testigos.
—Siempre hay testigos.
Volvimos dentro.
Vega estaba junto a la mesa de siempre, con un sobre del Ayuntamiento en la mano.
La cara que tenía apuntaba a algo peor que deuda.
Era más feo.
—Han dejado esto en registro esta tarde —dijo.
Abril cogió el sobre.
Yo le vi la mano antes que el papel. Le tembló un poco, muy poco.
Lo abrió.
Leyó.
Se mordió la respuesta.
Le quité la mirada al papel porque había prometido no meterme donde no me llamaban.
Luego ella me lo tendió.
Aquello me llamó.
Notificación del Ayuntamiento.
Relación de personal.
Ahí estábamos otra vez.
Todos.
El comprador nos había apretado, por un lado.
El Ayuntamiento acababa de abrir la puerta por el otro.
Abril se apoyó en la barra, despacio.
—Relación de personal —dijo.
Jana dejó de fregar.
Ona se puso blanca.
Tina soltó un insulto breve y preciso.
Yo miré a Abril.
Ella ya me estaba mirando a mí.
No había comprador en medio esta vez.
Había papel oficial.
El papel dejó mi nombre delante de Abril y ya no pude fingir que mi sitio era solo cargar cajas.