Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 13 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 13 · ABRIL #2

—No. Bien. Ya que lo hemos puesto encima de la mesa, justo al lado de Marblava y la oferta revisada, vamos a ordenarlo por columnas.

Vega se levantó.

—Creo que mejor no.

—No, mejor sí. Columna uno: me acosté con Biel porque quise. Columna dos: el comprador paga más si Biel se queda. Columna tres: no voy a vender a nadie para salir sin mancharme. Columna cuatro: Biel acaba de convertir eso en culpa sexual delante de mis amigas y de Nil.

Nil alzó una mano mínima.

—Puedo irme.

—Tú te quedas —dijo Jana.

—De acuerdo.

—No contestes tan obediente.

—Vale.

—Nil.

—Perdón.

—Madre mía.

—He hablado mal.

—Has hablado donde dolía.

—Sí.

—Y encima lo sabes.

—Sí.

Eso me dejó sin el segundo golpe.

Le odié un poco por no defenderse.

—Me voy al almacén —dije.

—Abril.

—No me sigas.

—No pensaba.

—Mentira.

—Sí.

Me fui igual.

El almacén olía a cajas húmedas, lejía, cerveza y esa humedad vieja con permiso para quedarse. Cerré la puerta, pero no del todo. En Lola y Sal ni retirarse salía digno.

Apoyé las manos en una caja de cerveza y respiré con un resoplido bajo.

La habitación de arriba todavía estaba en mi cuerpo. Su mensaje al comprador también. Lo que acababa de soltar delante de todos también. Me acosté con Biel porque quise.

Quise.

Qué verbo más problemático.

Detrás de la puerta, Jana dijo:

—No voy a entrar.

—Ya estás hablando desde fuera.

—Es mi versión de la privacidad.

—Vete.

—No.

—Jana.

—Solo una cosa.

—No.

—No vuelvas a hacerte la fría cuando lo que estás es herida. Se te da fatal y encima manchas a los de alrededor.

—Qué útil.

—Soy muy útil. Deberías valorarme con nómina.

La puerta se abrió un poco.

—He dicho que no entraras.

—Solo es la nariz.

—Saca la nariz.

Metió la cabeza entera.

—Biel ha sido gilipollas.

—Gracias.

—Tú también, pero con mejor sintaxis.

—Vete.

—No vendas el chiringuito para salir de esa mesa.

Jana no sonreía.

Eso daba miedo.

—No iba a hacerlo.

—No ahora. Dentro de una hora, con una factura en la mano y ganas de que el cuerpo te deje en paz, quizá sí.

El estómago se me cerró.

—¿Desde cuándo sabes decir cosas tan incómodas?

—Desde siempre. Lo disimulo con tetas y mal gusto.

No pude evitar reírme.

—Ahora sí me voy —dijo—. Nil está fuera con expresión de haber entrado en una conversación sin permiso.

—No lo nombres así.

—Se lo ha ganado.

Se fue.

Me quedé en el almacén tres minutos más, hasta que la puerta se abrió otra vez.

Biel.

Claro.

—Te dije que no me siguieras.

—No he venido pronto.

—¿Has contado tres minutos?

—Dos y medio.

—Controlador.

—Impaciente.

Se quedó junto a la puerta, sin entrar del todo. Esa distancia suya. Ese maldito respeto tardío que me descolocaba más que la invasión.

—He hablado mal —dijo.

—Eso ya lo has dicho.

—Lo repito porque no sabía si había entrado.

—Ha entrado. Con botas, Tina tenía razón.

Biel miró el suelo.

—No quería decir que estuvieras contestando por lo de anoche.

—Sí querías.

Le costó.

—Una parte de mí sí.

Bien.

Verdad.

—Porque si contesto que no, puedes pensar que te debo algo.

—Porque si contestas que no, voy a pensar que estoy afectando una decisión que tendría que ser tuya.

—Ya la afectas.

Biel levantó la cabeza.

—Lo tengo claro.

—La afectabas antes de acostarnos. Cuando abriste, cuando sabías lo de la licencia, cuando no me dejaste aceptar la rebaja, cuando te callas y me miras así. No finjas que el sexo inauguró el problema.

El almacén se quedó sin aire útil.

Él tragó saliva.

—No sé dónde ponerme contigo.

—Yo tampoco sé dónde ponerte.

—No soy una caja.

—Ya. Las cajas obedecen más.

No debía.

Me acerqué un paso. No para tocarle. Para hablar más bajo.

—No voy a venderte.

—No soy tuyo.

—Por eso.

Se le tensó la mandíbula.

Biel dio un paso dentro del almacén.

—Y tú no tienes que quedarte para demostrarlo.

—No estoy hablando de quedarme.

—Abril.

—Estoy hablando de contestar a una propuesta sucia.

—Entonces contesta eso.

—Lo haré.

—¿Ahora?

—Ahora.

Volví a aquella mesa con la cara recompuesta por piezas. Nadie preguntó. Buen avance del grupo o agotamiento colectivo, daba igual.

Cogí el móvil.

Vega se puso a mi lado.

—Te ayudo.

—No. Léelo cuando acabe.

Escribí al comprador desde el correo del local.

Lola y Sal no se vende con Biel Ferrer Sintes dentro de ninguna condición.

Se lo pasé a Vega.

Leyó.

—Quitaría «personas». Abarca a medio pueblo.

—No.

—Vale.

Tina alzó una mano.

—Yo pondría “y no vuelva a tocar los cojones antes del café”.

—Lo guardamos para versión dos —dijo Jana.

Biel guardó silencio.

—¿Qué?

—Nada.

—No existe nada aquí.

—Gracias.

Fue lo único que dijo.

Dos sílabas.

Me dejaron peor que una declaración larga.

Envié el correo.

La pantalla confirmó salida.

Y, casi al mismo tiempo, entró una llamada de Marblava.

Porque Lola y Sal sabía elegir el momento exacto para bajar a tierra cualquier gesto.

Contesté.

—Lola y Sal, Abril.

La voz del otro lado fue breve.

Todos me miraban.

—¿Marblava? —preguntó Vega.

—Viernes mediodía. Si no, nos cortan entrega.

Tina dejó el vaso.

—Pues que se siente el comprador en una silla y le vendemos una fregona.

Jana entornó los ojos.

—No me hagas reír con miedo, por favor.

Biel dejó las manos sobre la barra.

—Abril.

—No.

—Ni he abierto la boca.

—Ibas a ofrecer pagar, adelantar, arreglar o hipotecar un riñón.

—Tengo dos.

—Qué detalle.

—También tengo una furgoneta que no vale mucho.

—Biel.

—Vale.

Se calló.

Otra obediencia difícil.

Miré el correo enviado.

Había salvado a Biel de una oferta indecente.

Y acababa de quedarme sin la forma fácil de pagar la semana.

—Abrimos —dije.

Tina dejó escapar una risa seca.

—Claro. Solución clásica ante el hundimiento.

—Abrimos, vendemos todo lo que podamos, reducimos pedido, llamamos a Pepa, revisamos caja y esta tarde veo qué puedo pagar.

Vega asintió.

—Eso es plan.

Biel me miraba desde la barra.

No feliz.

No orgulloso.

Con algo más difícil de esquivar: entendiendo el coste.

A las doce abrimos.

El cartel seguía torcido. Al menos alguien mantenía la coherencia.