CAPÍTULO 13 · ABRIL
Llegué a Lola y Sal con dos horas de sueño, una marca en la cadera y la sensación de que todo el pueblo me había visto la ropa interior, aunque nadie hubiera subido al cuarto de arriba.
La sensación duró poco.
La verdad no ayudaba nada.
Dormí en el Hostal Mar de Fora con el móvil con la pantalla hacia abajo y el cuerpo despierto. Cada vez que apretaba los párpados volvía arriba: la sábana pegada, la mano de Biel en mi cadera y el mensaje del comprador entrando como una cucaracha en una tarta.
A las siete y media me duché con un gel del hostal que olía a limpio barato y no consiguió quitarme de la piel la noche anterior.
A las ocho y diez me miré el cuello en el espejo y encontré una marca bajo la oreja.
—Genial —le dije al espejo.
El espejo no se responsabilizó.
Me puse una camiseta cerrada, pantalón corto negro y zapatillas. Luego me cambié la camiseta porque la primera me hacía parecer culpable. Luego volví a ponérmela porque, a mis treinta y seis años, vestirme contra la memoria de la boca de un hombre me pareció una derrota demasiado específica.
Bajé al chiringuito con café, pan del Forn Nuri y la concentración necesaria para no saludar a una papelera.
Biel estaba en la terraza, subido a una silla, recolocando el toldo derecho. Camiseta gris, pelo húmedo, cuerda en los dedos y piel del costado al levantar los brazos.
La noche anterior había tenido la boca ahí.
La solemnidad duró hasta que el baño volvió a hacer ruido.
Me paré en seco.
Él me vio desde arriba.
—Llegas pronto.
—Tú estás encima de una silla coja.
—Buenos días también.
—Bájate.
—No uses esa voz conmigo.
—Te lo digo por tu seguro médico imaginario.
Biel tiró de la cuerda, el toldo se movió tres centímetros y una nube de polvo viejo cayó sobre él. No se movió, con los ojos cerrados.
—No te rías.
No me reí.
Se me escapó aire por la nariz.
—Eso cuenta —dijo.
—Cuenta como respiración.
—Tu respiración tiene mala leche.
Dejó la cuerda, bajó de la silla y sacudió la camiseta. El polvo se le pegó al pecho. Yo miré hacia la barra con mucha concentración, porque la barra también tenía pecho si una estaba muy cansada.
—¿Has dormido? —preguntó.
—Lo necesario para no cometer delitos antes de las diez.
—Bien.
—No me preguntes tú.
—No iba a.
—Sí ibas.
—No. Se te nota.
—Qué romántico.
—Tienes cara de haber peleado con la almohada y haber pactado un empate.
—La almohada empezó.
Se le movió la boca. No llegó a sonrisa. A esas horas, después de lo de arriba, cualquier sonrisa podía abrir una conversación que yo no pensaba pagar sin café.
Dejé el pan.
—¿Ha escrito el comprador?
Biel bajó de la terraza con el toldo torcido a medias.
—A mí no.
—Como quieras.
—¿A ti?
Saqué el móvil.
Tres llamadas perdidas.
Dos mensajes.
EL COMPRADOR: Espero respuesta a la propuesta revisada antes de las 12:00.
EL COMPRADOR: Si Biel no garantiza transición, hay que hablar de otra cifra. No puedo comprar incertidumbre.
Miré la pantalla hasta que las letras dejaron de parecer letras y empezaron a parecer dedos.
Biel no me la quitó de la mano.
Eso me molestó y me alivió con la misma mala educación.
—Lo está haciendo otra vez —dije.
—Sí.
—Ese sí tan tranquilo me está cabreando.
—Estoy intentando no decir otras cosas.
—Pues dilo.
—Quiere que tú me vendas sin decir vender.
Lo dijo mirando el ticket mojado junto a la caja, como si eso pudiera rebajarlo.
Guardé el móvil en el bolsillo.
—No voy a contestar desde aquí.
—¿Desde dónde?
—Desde donde no huela a freidora muerta y a sexo mal guardado.
Biel no cedió espacio.
Perfecto, Abril. Suelta eso a las ocho y cuarto con el toldo lleno de polvo y la puerta abierta.
—Perdón —dije.
—No lo estropees.
—¿Qué?
—Pedir perdón por decir algo que es verdad.
Me apoyé en la barra con las dos manos.
—No sé separar las cosas.
—Ya.
—No uses el ya para acabar esto.
—Vale.
—Tampoco obedezcas tan rápido.
—Estás muy fácil esta mañana.
—¿Estoy fácil en el sentido de que si me tocas me desmonto o en el sentido de que si me hablas te tiro el pan?
Biel miró la bolsa del Forn Nuri.
—¿El pan es de Pepa?
—De Nuri.
—Entonces no lo tires. Es bueno.
Poco.
Lo suficiente para que los dos miráramos hacia otro lado.
Tina entró por la puerta lateral con el pelo mojado, una camiseta vieja y pinta de haber dormido peor que yo, cosa que me pareció una falta de respeto.
—He traído café de emergencia —dijo—. Y he visto al comprador bajando por la calle del Ayuntamiento. Si viene antes de las doce, alguien le tira un cubo. Por turnos.
—No va a venir —dije.
—La fe sin pruebas me da urticaria.
Jana apareció detrás con gafas de sol, un moño indecente y Nil Borràs Vidal cargando una caja de limones.
—No preguntéis —dijo Jana.
—No pensábamos —contestó Tina.
Nil dejó la caja en la barra.
—Buenos días.
—No —dijo Jana.
—Solo he dicho buenos días.
—Exacto. Eso ya es intimidad.
Nil me observó con gesto de no tener claro si debía pedir permiso para existir.
—Traigo limones. Pepa dijo que aquí siempre faltan.
—Pepa sabe cosas —dijo Biel.
Jana se quitó las gafas.
—Pepa no necesitaba mandarte a ti.
—No me ha mandado. He venido.
—Estupendo.
—Si molesto, me voy.
Jana cogió un limón y se lo puso en la mano.
—Ni de broma.
Nil miró el limón. Luego a ella.
—Tus respuestas deberían venir con instrucciones.
—No te las mereces.
—Me esfuerzo.
—Eso es lo que me preocupa.
Tina cogió la caja.
—Los futuros traumas sexuales al almacén. Aquí hay que abrir.
Jana le lanzó una mirada.
—Lo dices tú y suena a amenaza para todos.
—Es mi don.
Biel se apartó para dejar pasar la caja. La mano de Nil rozó la de Jana al ayudarla, y Jana tardó en retirarla lo suficiente para poder negarlo después.
Me habría hecho gracia si no tuviera mi propio desastre pegado a la nuca.
Vega llegó a las nueve y veinte con carpetas, el pelo recogido y la cara de quien ya había leído algo malo en el móvil antes del primer café.
—El comprador me ha escrito también.
—Qué bonito —dijo Jana—. Nos está haciendo grupo sin pedir consentimiento.
—Ha mandado una propuesta revisada.
Saqué el móvil otra vez.
—A mí me ha pedido respuesta antes de las doce.
—Lo sé. A mí me ha enviado copia de los puntos.
Biel guardó silencio.
Eso pesó.
Vega extendió las hojas en la mesa que nunca callaba. Lola y Sal todavía estaba vacío, pero el cartel torcido, el congelador, el baño y las cajas ya metían presión.
—Resume —dije.
—Baja la oferta base —contestó Vega—. Sube un poco si Biel firma una permanencia de tres meses después del traspaso.
Pide salida de Abril antes de agosto. Quiere visita técnica de frío, electricidad y baño.
Y deja constancia de que cualquier incidencia pública vinculada al local o al personal puede afectar a la valoración final.
—Personal —repitió Jana—. Qué forma tan correcta de decir cotilleo.
Ona, que acababa de entrar, aguantó en la puerta con el móvil en la mano y la cara cerrada.
—¿Otra vez el vídeo?
—No lo nombra —dijo Vega.
—Lo mete sin mancharse —dije.
Biel estaba tras la barra, con un trapo en la mano y la mirada fija en la mesa.
No miraba a la propuesta.
Me miraba a mí.
—No firmaré eso —dije.
—No puedes contestar solo con rabia —dijo Vega.
—No es rabia.
Jana levantó una ceja.
—Hay de sobra.
—Vale. Hay rabia. Pero debajo hay una cosa funcional.
—Eso suena peor —dijo Ona.
Tina se apoyó en la barra.
—¿La cosa funcional incluye pagar a Marblava?
Ahí me callé.
Porque la realidad siempre entraba por la cocina y sin limpiar los pies.
Tina dejó una factura doblada junto a la propuesta.
—Llamaron ayer a última hora. Si el viernes no hacemos ingreso parcial, el sábado no hay entrega. Y no hablo de servilletas. Hablo de aceite, café, bebida y limpieza.
Vega cogió la factura.
—¿Cuánto?
Tina se lo dijo.
Jana silbó.
—Eso ya no es una factura. Es una falta de cariño.
Ona se sentó despacio.
—¿Y con San Juan no entró caja suficiente?
Biel contestó:
—Entró caja. También entraron compras, devolución, reparación, bomba, hielo extra, horas, cambio y género. El dinero se mueve mucho cuando quiere irse.
—Qué deprimente para una taza —dijo Jana.
—Nuestra ruina no va en taza —dije.
—Todavía.
Viernes. Se me cerró el estómago.
Viernes. Marblava. Comprador. Biel como garantía. Yo saliendo antes de agosto. El local abierto. Mi cuerpo recordando la habitación de arriba con un descaro ofensivo.
—Abril —dijo Vega—. Si rechazas esto, hay que tener plan para la deuda.
—Ya lo sé.
—Y si aceptas alguna parte, hay que sacar a Biel de cualquier condición.
—No voy a aceptar que Biel sea condición.
Biel dejó el trapo.
—No hables de mí en tercera persona si estoy aquí.
—Perdón. No voy a aceptar que seas condición.
—Tampoco te lo he pedido.
—No he dicho que me lo pidieras.
—Pero lo estás convirtiendo en gesto.
—¿Gesto?
—En gesto bonito. En: mira qué noble soy, no vendo a Biel.
Eso me dio en la cara delante de todas.
Ona miró al suelo. Tina no. Jana abrió la boca y Vega levantó un dedo para callarla antes de que el local ardiera por intervención verbal.
—No lo conviertas tú en algo sucio porque no sabes recibirlo —dije.
Biel salió del otro lado de la barra.
—No necesito que me protejas del comprador.
—Ayer casi le rompes la cara en tu cabeza.
—Eso no es protección. Es higiene mental.
—Me ha escrito a mí. A Vega. A ti. Está metiéndose por cada rendija que encuentra.
—Y tú vas a contestar mejor si no pareces estar salvándome por culpa de haberte acostado conmigo.
El chiringuito entero se detuvo.
No de verdad. El congelador siguió. Una moto pasó fuera. La cafetera hizo un ruido flojo. Pero la mesa que nunca callaba dejó de respirar.
Jana bajó despacio el limón que tenía en la mano.
Nil abrió los ojos.
Ona se tapó la boca con dos dedos.
Tina dijo:
—Vale. Eso acaba de salir con botas.
Miré a Biel.
Mi cara se calentó. No por vergüenza. Por algo más feo: la sensación de que acababa de usar una verdad nuestra como arma antes de que yo pudiera decidir dónde guardarla.
—La elegancia nos persigue —dije.
Biel apretó los párpados un segundo.
—Abril.