CAPÍTULO 12 · BIEL #2
La cama crujió cuando caímos sobre ella. La sábana se arrugó bajo su espalda. Abril se rio porque mi rodilla chocó con una caja de papeles y un bolígrafo cayó al suelo.
—Sexy —dijo.
—Muy fino.
—No te pega.
—Por eso.
—Cállate.
Me callé con la boca en su cuerpo.
El sujetador salió mal, enganchado de un tirante.
Abril se impacientó, yo también, y al final ella lo tiró hacia algún lugar del cuarto con poca precisión.
Su pantalón acabó en el suelo, encima de una carpeta.
Mis manos no sabían dónde empezar porque había más de ella que tiempo antes de que alguno pensara.
Pensar habría sido una falta de respeto a todo el cansancio acumulado.
Aun así, paré.
Con la mano en el borde de su ropa interior, con la boca en su estómago, con ella mirándome desde arriba con el pelo deshecho y los labios hinchados.
—Abril.
—Si preguntas otra vez, me bajo.
—Dime sí.
Su cara cambió.
El enfado ya no me cabía en el cuerpo.
Por entender.
—Sí —dijo—. Sí, Biel.
El segundo sí me quitó años de rencor y me dio otros nuevos para preocuparme.
Me moví con ella despacio al principio. No por delicadeza de catálogo. Por miedo a romper el poco sitio que acabábamos de abrir. Abril se agarró a mi espalda, me mordió el hombro cuando entré en ella y soltó un sonido que me dejó quieto.
—¿Bien?
—Muévete.
—Dame un segundo.
—¿Tú?
—Sí.
Sus ojos se abrieron.
Ahí entendió que ella no estaba sola en el desorden.
Me tocó la cara.
Ese gesto casi me partió.
No tuve respuesta. Mejor.
Empecé a moverme. El somier protestó una vez y abajo el congelador siguió con su respiración vieja.
Abril se mordió el labio para no hacer ruido y luego dejó de hacerlo porque no podía.
Yo le sujeté una pierna contra mi cadera, ella me clavó los dedos en el pelo, y por un rato el mundo se quedó abajo.
Solo hubo piel, calor y una respiración que no sabía mentir.
Lo demás esperó en la escalera.
En cómo me decía que no parara con rabia.
En cómo yo obedecía y a la vez intentaba no perderla de vista.
En cómo se tensó cuando la besé en el cuello justo debajo de la oreja, en ese sitio que recordaba mejor que muchas fechas.
—Te acuerdas —susurró.
—De más cosas de las que me conviene.
—Mala suerte.
—Pésima.
Me empujó hasta quedar encima. El movimiento fue torpe, con la sábana enredada y mi codo golpeando la pared.
—Joder.
—¿Te has hecho daño?
—Solo dignidad.
—Te queda poca.
—Te la estás quedando tú.
Me miró desde arriba.
No pude fingir que no la había oído.
Abril no la devolvió con una broma. Se inclinó, me besó y empezó a moverse, lento, con el pelo cayéndole sobre un lado de la cara y una concentración que no tenía nada que ver con controlar caja ni negociar con proveedores.
Se sostuvo en mi pecho. La vi bajar la guardia por partes: primero la boca, luego los hombros, luego esa forma suya de apretar los ojos para que no le leyera la cara.
Le puse las manos en las caderas.
—Mírame.
—Pesado.
—Sí.
Ahí se rompió algo que quizá llevaba años roto y seguíamos moviendo de sitio.
Abril llegó primero, con la boca abierta y mi nombre en un susurro que no parecía suyo porque no venía con defensa. La seguí poco después, agarrándola contra mí, con la frente en su pecho y el cuerpo entero rindiéndose sin la menor elegancia.
Durante unos segundos no nos movimos.
La habitación olía a sexo, calor, madera vieja y papeles que nadie había ordenado. Abril tenía una rodilla contra mi muslo, la mano en mi nuca y el pelo pegado al cuello. Yo no sabía dónde poner todo lo que acababa de pasar.
En el suelo, el bolígrafo caído siguió ahí, inútil.
El cuerpo tenía un sentido del momento miserable.
—Ni una palabra —murmuró ella.
—No iba a.
—Vas a pensar fuerte.
—Eso no puedo apagarlo.
—Inténtalo.
Le pasé una mano por la espalda. Tenía sudor en la columna y una marca roja donde el sujetador había estado más tiempo del prudente. Ella no se apartó.
—Esto cambia algo —dije.
—No empieces.
—No estoy pidiendo nombre, ni plan, ni promesa.
—Hecho.
—Pero no voy a salir de aquí mañana y fingir que solo somos dos personas agotadas con un baño sensible.
Abril levantó la cabeza.
—¿Baño sensible?
—Está en cartel.
Se rio. Me besó el hombro. Luego no se movió.
—No sé hacerlo bien.
—Ya.
—Guárdate ese ya.
—No lo digo como reproche.
—Lo oigo igual.
—Entonces lo digo de otra forma: yo tampoco.
Esa sí entró.
Nos quedamos así hasta que el calor de la habitación empezó a volverse insoportable y la realidad se coló por los sitios menos románticos: la sábana pegada a la espalda, mi pantalón en el suelo, una etiqueta de botella bajo la cama, el ruido del grupo fuera, Jana riéndose con Nil en la terraza, lejos pero no tanto.
Abril se incorporó y buscó su ropa interior con la mirada.
—Está debajo de la carpeta —dije.
—No mires.
—Acabo de…
—Biel.
Levanté las manos.
—No miro.
Miré la pared. La pared tenía una mancha de humedad con forma de nada. Mucho mejor.
Se vistió a medias. Yo hice lo mismo. Ella se puso la camiseta del revés y se dio cuenta cuando ya tenía la cabeza fuera.
—Perfecto.
—Es un estilo.
—Si Jana me ve, me jubilo.
—Jana ya te ha visto sobrevivir a peores cosas.
—No esto.
—No estés tan segura.
Me lanzó la sábana.
El móvil vibró sobre la silla peligrosa.
El suyo no.
El mío.
Los dos miramos al mismo tiempo.
Número desconocido.
Luego entró un mensaje.
Lo cogí antes de pensar, porque uno siempre cree que puede interceptar el golpe antes de que llegue. Abril lo vio igual.
Soy la persona interesada en Lola y Sal. Sigo dispuesto a hablar si garantizas tú tres meses de apertura tras la venta. La cifra puede mejorar. Abril no tiene por qué decidirlo ahora.
El cuarto perdió todo el calor bueno.
Abril se bajó de la cama.
—No.
—Abril.
—No.
—Acaba de entrar.
—Ha escrito a tu móvil.
—Lo tengo presente.
—¿Cómo tiene tu número?
—De la tarjeta del local. De facturas viejas. De cualquiera. No lo sé.
—Te está buscando por detrás.
—Lo estoy viendo.
—Y tú qué vas a hacer.
La pregunta salió afilada. No injusta. Afilada.
Yo me puse de pie. Todavía tenía la camiseta mal bajada y el cinturón sin cerrar. Gran momento para tomar posición moral.
—Enseñártelo.
—Eso ya lo has hecho porque estaba delante.
—No. Porque no pienso esconderlo.
Abril respiró sin disimular el aire. Le tembló la mano cuando se apartó el pelo de la cara. Sexo, calor, miedo y la venta esperando abajo. Todo mezclado antes de tiempo. Muy nuestro.
—Después de esto —dijo.
—Sí.
—Qué asco.
—Sí.
—No me contestes con esa cara de estar igual de perdido que yo.
—Estoy peor vestido, si te sirve.
No se rio.
Bien. El momento no daba para risa.
—No voy a hablar con él por detrás de ti.
—No eres mío para decidir por mí ni contra mí.
—Lo sé.
—Y tampoco eres una garantía.
—También eso.
—Pues escríbele.
Cogí el móvil.
—¿Qué quieres que ponga?
—No me preguntes con esa cara de esperar dictado.
—Abril.
—Pon lo que tú tengas que poner.
Aquello sí era una prueba.
De las buenas no.
De las que dejan mancha.
Escribí despacio, con ella mirando, con la habitación todavía oliendo a nosotros y la caja vieja sobre la silla, muy seria, tremendamente Lola.
No hable conmigo para comprar a Abril por detrás. Yo no garantizo ninguna venta ni ninguna apertura. Si quiere escribir, hágalo por el canal del local y con respeto. Si no, no vuelva a usar mi número.
Se lo enseñé.
Abril lo leyó.
Tampoco me corrigió.
—Envía —dijo.
Envié.
Abajo, sonó el TPV.
Abril cerró los ojos.
—La máquina ha votado.
—La máquina nos odia.
—La máquina tiene información.
El desconocido no contestó enseguida.
—Esto lo complica —dijo ella.
—Sí.
—Ni se te ocurra decir que mereció la pena.
—No iba a.
—¿Por qué no?
—Porque sí la mereció, y decirlo ahora sería usarlo contra ti.
Abril apartó la mirada.
Abril apartó la mirada, pero no discutió.
Desde abajo, Jana gritó:
—¡Si estáis vivos, necesitamos saber si cerramos la puerta o dejamos que el pueblo entre a cobrar entrada!
Abril se llevó una mano a la cara.
—La mato.
—Hay testigos.
—Me da igual.
—Tina no va a fregar más sangre.
—Tina friega cosas peores.
Le abrí la puerta.
Abril salió primero, con el pelo mal recogido, la camiseta torcida y la cara de una mujer que acababa de tomar decisiones seguidas sin acertar a ordenar ninguna.
En la escalera se detuvo.
—Biel.
—¿Qué?
—No me ocultes el siguiente mensaje por protegerme.
—No lo haré.
—Ni por castigarme.
Esa sí me dio.
—Tampoco.
Asintió una vez.
Bajó.
Yo miré el móvil antes de seguirla.
El comprador había contestado.
ENTENDIDO.
Solo eso.
No me fiaba ni un poco.
Guardé el móvil y bajé detrás de Abril. En la barra, Jana nos miró a los dos, abrió la boca y, por primera vez desde que la conocía, decidió cerrarla.
Nil, a su lado, pareció alarmado.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—No me hables en momentos de crecimiento personal, Borràs.
—Perdón.
—Tampoco pidas perdón tan rápido. Me descolocas.
Abril leyó la nota.
Luego volvió la cara.
No había vergüenza en su cara. No del todo. Había miedo, claro. Cansancio. Una raya de deseo todavía en la boca. Y esa forma suya de estar a punto de huir sin moverse.
—Mañana, entonces —dijo.
—Mañana.
—Licencia, deuda y baño.
—Programa completo.
—Y nada de compradores por detrás.
—Nada.
Jana levantó un dedo, tímida por primera vez en años.
—¿Puedo decir una cosa?
—No —dijimos Abril y yo a la vez.
Jana hizo esa mueca suya.
—Vale. Entonces mañana.
Cerramos Lola y Sal pasadas las dos.
La bomba del baño quedó guardada en el almacén.
Ella se fue hacia el Hostal Mar de Fora sin cogerme la mano.
Yo no sé la ofrecí.
Pero caminó más despacio hasta la esquina.
Y yo no entré de nuevo hasta que la vi doblar hacia la calle del hostal.
El mensaje del comprador seguía en mi bolsillo, corto y educado.
ENTENDIDO.
Lola y Sal, detrás de mí, olía a sexo escondido, lejía, pan duro y agua vieja.
La noche no había resuelto nada.
Nos dejó menos sitio para mentir. Y mira que en Lola y Sal sabíamos hacer hueco.