CAPÍTULO 12 · BIEL
Cerré la puerta lateral con la mano temblando, y eso me enfadó.
Tenía miedo.
El cuerpo lo mezclaba con cansancio, deseo, rencor, olor a lejía, noches sin dormir y Abril diciendo sí junto a un toldo viejo, con una caja abierta que nadie sabía cerrar.
La llave giró mal a la primera.
—Hay que levantar la puerta —dijo ella detrás de mí.
Abril estaba en mitad de la terraza, con una mano apoyada en una silla, el pelo medio suelto, la camiseta pegada al vientre y la satisfacción contenida de quien acaba de devolverme lo mío.
—Aprendes rápido —dije.
—Te he avisado.
—Sí.
—Guárdate el bien.
—No iba a decirlo.
—Mentiroso.
—Mucho.
Levanté la puerta al girar.
Entré otra vez por la terraza.
—Podemos parar —dije.
Ella soltó aire.
—Tu insistencia en ser decente es muy poco práctica.
—Lo sé.
—Me molesta.
—También lo sé.
—Y me pone de peor humor.
—Eso venía de serie.
Me tiró una servilleta. Se quedó a medio camino y cayó al suelo.
—Hasta lanzando cosas estoy agotada.
—Ven.
No lo dije como orden. Lo intenté. Ella lo notó igual, porque torció la boca.
—No decidas por mí.
—Ven si quieres.
Esa versión nos dejó a los dos más quietos.
Abril vino.
Despacio. Sin dramatismo. Con los pies arrastrando un poco por el cansancio y la mirada fija en mí. Llevaba todo el día buscando una excusa decente y la había perdido detrás del baño.
Cuando llegó, no la toqué enseguida.
—¿Así mejor? —preguntó.
—No.
—Qué exigente.
—Así puedo pensar.
—Ese es el problema.
Me agarró de la camiseta y tiró de mí.
La besé sin chocar con nada esta vez. Mejor organizado. Mala idea, porque sin silla, toldo ni TPV de por medio, mi cuerpo tuvo menos excusas para saber exactamente cuánto la quería cerca.
Abril abrió la boca contra la mía con un sonido impaciente. Olía a menta de chicle, sudor, jabón barato y Lola y Sal. Le metí una mano en el pelo, deshaciéndole lo poco que quedaba del recogido. Ella protestó sin separar la boca.
—Me ha costado ponerlo así.
—Eso no estaba puesto. Estaba rendido.
—Imbécil.
—Sí.
Se rio una vez, contra mi cuello. La risa me bajó por el pecho, por el estómago, por todas las partes donde yo había estado intentando mantener orden.
—Tu silla casi me mata.
—Mi silla te salvó la noche.
—No se lo digas. Se vendrá arriba.
—Ya está coja. Tiene poco margen.
Me empujó hasta la madera de la barra. La sentí reír otra vez, y después dejó de reír porque mis manos llegaron a su cintura, no por accidente, no por equilibrio, no por evitar que resbalara. Por deseo. Claro, vulgar, adulto y atrasado.
—Dime si quieres parar —murmuré.
—Biel.
—Dímelo.
Se apartó para mirarme. Tenía los labios hinchados, una mancha de tiza en la mandíbula y los ojos brillantes de cansancio y ganas. Ganas de mí. Me costó sostenerlo sin volverme idiota.
—No quiero parar —dijo.
—Vale.
—¿Y si lo pregunto yo?
—Tampoco.
—Eso ha sonado muy rápido.
—Llevo días yendo lento.
A veces dos palabras hacen más que una mano.
Esa lo hizo.
Me besó con más fuerza. Las monedas de la caja tintinearon cuando me moví.
El TPV, apagado, siguió mudo por una vez, probablemente rendido ante la evidencia.
Abril metió las manos bajo mi camiseta. Sus dedos estaban fríos al principio, luego no.
Me arañó apenas al subir, sin querer o queriendo poco.
Yo la levanté por la cintura y la senté en el borde interior de la barra, donde no había vasos.
Donde habíamos contado caja una hora antes.
—Esto es antihigiénico —dijo.
—Mañana Tina nos mata.
—Tina nos mataría por menos.
—Entonces que merezca la pena.
La vista le cayó a mi boca.
—Qué peligroso para un hombre que todavía tiene olor a bomba de baño en las manos.
—Me las he lavado.
—Dos veces no bastan para algunas decisiones.
—Abril.
—Bésame antes de que siga hablando.
La obedecí.
Ella me rodeó con las piernas. El movimiento nos dejó pegados, con la madera entre su cuerpo y mi hambre de ir más deprisa. Me obligué a no hacerlo. A no cogerla como se coge algo que se te ha escapado muchas veces. A no convertir su sí en mi prisa.
Le subí la camiseta despacio.
—¿Puedo?
—Sí.
—Mírame.
—Estoy mirándote.
—No con pinta de enfadarte por pedir permiso.
—Es mi cara normal cuando me piden cosas bien.
—Pues acostúmbrate.
—No prometo tanto.
La camiseta salió por encima de su cabeza y cayó sobre la caja de servilletas grandes.
La logística de siempre. Abril llevaba un sujetador negro, sencillo, con un tirante doblado.
La marca roja bajo el pecho decía más del día que cualquier confesión.
Tenía la piel irritada en la cintura, donde el pantalón le había rozado.
Una gota de sudor le bajó por las costillas.
La toqué allí.
Solo con los dedos.
Se le tensó el abdomen.
—¿Bien? —pregunté.
—Si preguntas mucho, te contesto con algo que no mereces.
—Eso puede ir en varias direcciones.
—Todas malas.
—Me arriesgo.
La besé en el cuello. No suave. Tampoco brusco. Con la boca abierta, con calor acumulado, con la respiración de ella metiéndoseme en el oído y sus manos en mi nuca tirando de mí. Al fin dejaba de fingir que quería distancia.
Cuando bajé hacia su pecho, Abril parpadeó despacio.
—No te escondas —le dije.
—Estoy encima de una barra con el pantalón desabrochado.
Aparté la mirada.
—Eso todavía no.
—Pues date prisa, que se me ha adelantado la intención.
Me reí contra su piel.
Ella también.
Esa risa, en mitad del deseo, me pegó más fuerte que cualquier discurso serio.
Porque allí no había una mujer que venía a cerrar una venta ni una niña de veinte años escondida en la habitación de arriba.
Había Abril, cansada, adulta, contradictoria, subida a la barra de un chiringuito que olía a alioli y lejía, haciendo humor porque tenía miedo y deseándome igual.
Le desabroché el pantalón.
Despacio.
Ella me agarró la muñeca.
Me paré.
—¿No?
—Sí. Solo… despacio no como castigo.
Se me cerró algo dentro.
—No te castigo.
—A veces sí.
—Ahora no.
—Ahora no —repitió.
Esa confianza mínima me desarmó que una súplica.
La besé otra vez. Le bajé el pantalón hasta las caderas, sin ceremonia, sin quitarle del todo esa ropa mal puesta que parecía resumir el día. Ella tiró de mi cinturón con torpeza. Se le escapó una risa nerviosa cuando la hebilla se atascó.
—Tu ropa también se opone.
—Mi ropa tiene más sensatez que nosotros.
—Pues dile que se aparte.
La ayudé. No porque no pudiera, sino porque me gustaba verla impaciente y porque mis manos llevaban días esperando no tener que inventar una tarea para tocarla.
Cuando mis dedos llegaron entre sus muslos, Abril dejó de hacer bromas.
Su respiración cambió.
Bajó la frente a mi hombro, apretó la tela de mi camiseta y dijo mi nombre sin usarlo para discutir.
Eso me hundió más que verla desnuda.
—Dime si… —empecé.
—Sigue.
Le hice caso. Con cuidado al principio, luego con el ritmo que ella buscó moviéndose contra mi mano, callándose mordida contra mi cuello porque Lola y Sal estaba cerrado, pero seguía en una calle que escuchaba de sobra.
Sentí sus uñas clavarse en mi espalda, su pierna apretar mi cadera, el golpe de un talón contra la madera de la barra.
—Biel.
—Estoy aquí.
—Eso no lo pongas encima.
—¿Por qué?
—Porque lo sé.
Lo dijo con rabia.
Con miedo.
Con placer.
Todo junto, mal colocado, muy Abril.
Me besó antes de que pudiera contestar. Su boca me dejó sin espacio para hacerme el hombre razonable. Yo tampoco tenía tanto talento.
La llevé hasta el límite con la mano entre sus piernas y la otra en su espalda, sujetándola cuando el cuerpo le tembló. Ella apoyó la boca en mi hombro para no hacer ruido. Apretó los dientes sobre la tela. El sonido que se le escapó me dio en la nuca.
No hubo elegancia.
Ni perfecto.
Solo Abril con los ojos cerrados, el pantalón a medio bajar, el sujetador torcido y mi mano todavía dentro de su calor, respirando contra mí con rabia por necesitar aire.
La abracé antes de pensar.
Ella no se apartó.
Lo peligroso fue que ella no se apartara.
—No hemos terminado —dijo, con la voz baja y la frente pegada a mi cuello.
Me reí, mal, sin poder evitarlo.
—¿Siempre mandando?
—Estoy aprendiendo de un hombre insoportable.
—Pésima referencia.
Me besó otra vez. Esta vez su mano bajó entre los dos y yo tuve que cerrar los ojos. No por delicadeza. Por supervivencia.
—Arriba —dije.
—¿Por qué?
—Porque si Tina encuentra una marca de tu culo en la barra, nos entierra debajo del congelador.
Abril soltó una carcajada contra mi boca.
—Has dicho culo.
—Estoy bajo presión.
—Y sigues siendo práctico.
—Sube.
—No me organices.
—Por favor.
—Así sí.
La ayudé a bajar de la barra.
—Cuidado.
—No arruines esto con prevención de riesgos.
—Te he tocado con la mano y casi te caes por una escalera. Hay estadísticas.
—Tus estadísticas no entran en la habitación.
La habitación de arriba estaba caliente.
Siempre estaba caliente. Olía a madera vieja, a papel, a detergente flojo y a la caja metálica que Vega había devuelto al final de la noche y que alguien había dejado sobre la silla peligrosa.
La cama tenía una sábana limpia doblada a medias y otra puesta con una arruga atravesándola.
Un ventilador viejo apuntaba a ninguna parte.
Abril cerró la puerta con el pie.
—Esta habitación debería cobrar daños morales —dijo.
—A nosotros ya nos tiene fichados.
—No empieces con memoria.
—No iba a.
—Mentira.
—Un poco.
Se quitó la camiseta. Esta vez sin esperar a que yo preguntara. Se quedó con el sujetador torcido, el pantalón abierto y una expresión que me quitó cualquier réplica.
—Tengo condón —dije.
Le cambió la cara.
—Más te vale.
—En la cartera.
—Presumes de prevención.
—No quiero convertir una mala decisión en otra peor.
—No lo llames mala decisión antes de hacerla.
—No la estoy llamando mala.
—Te he oído.
—Estoy intentando no ir más rápido que tú.
Abril se acercó, me quitó la cartera del bolsillo y la dejó sobre la cama.
—Pues no vayas sin mí.
A veces ella decía cosas así, sin envolver, y luego hacía como que solo eran instrucciones.
La besé.