CAPÍTULO 11 · ABRIL #2
—Tu madre era muy poco sutil —dijo Jana.
—Mi madre era una terrorista de servilleta —contesté.
Tina soltó una risa baja.
—Y acertaba mucho.
—No empieces tú.
—No empiezo. Continúo a Lola, que da más miedo.
Vega señaló la página.
—Esto no decide nada.
—Menos mal.
—Pero dice algo.
—Vega.
—Dice que Lola sabía que, si te pedía todo, saldrías corriendo. Así que pidió una cosa concreta.
—Un turno.
—Un cierre.
—Una trampa.
—Una forma suya de no suplicar.
Me levanté de golpe.
La silla chirrió.
—Voy a barra.
—Abril —dijo Tina.
—Hay clientes.
—Hay cinco —dijo Jana—. Y uno es Nil, que no cuenta porque viene en concepto hielo.
Fui.
Biel estaba allí.
Por supuesto.
—Quieto ahí —le avisé.
—No he leído la página.
—La has oído.
—Sí.
Cogí un trapo y empecé a limpiar una parte de la barra que ya estaba limpia de una forma muy relativa.
—No voy a convertirme en una nota de Lola.
—Nadie te lo ha pedido.
—Biel.
—Yo no he escrito la libreta.
—Pero te viene bien.
Su cara se cerró.
—No me viene bien que una muerta nos siga organizando porque en vida tampoco supimos hablar.
Bonita, nada. Cruel, tampoco. Salió cansada, con mugre en los bordes.
—Perdón —dije.
—Hoy vas fuerte.
—Estoy probando cosas nuevas. No vender, disculparme, usar zapatillas.
—Las zapatillas son lo más arriesgado.
Casi sonreí.
El TPV eligió ese momento para imprimir un ticket en blanco.
—Él también quiere participar —dije.
—Dile que se quede hasta cierre.
Me salió tan rápido que no pude esconderlo. Biel la vio, la guardó en la cara un segundo y luego se giró para coger vasos.
Esa risa dolió más que el beso del almacén.
El beso podía archivarse como error, tensión, calor, una oferta apretando más de la cuenta y dos cuerpos con memoria mala. La risa no. La risa se metía entre comandas. Se repetía sola.
A las nueve, una mujer de la mesa tres le preguntó a Biel si él era “el chico del vídeo”.
Yo estaba a dos pasos.
Biel sonrió sin enseñar los dientes.
—Soy el de las bravas.
—Ah, perdona.
—No pasa nada. Las bravas también salen poco favorecidas en redes.
La mujer se rio.
Yo no.
Me dolió. No por celos. Por cansancio. Por verlo desviar con humor algo que el comprador había querido convertir en descuento y el pueblo en entretenimiento.
Al pasar junto a mí, Biel dejó la bandeja sobre la barra.
—Esa cara no.
—Es mi cara.
—Hoy es tu cara de querer matar por mí y fingir que solo buscas pan.
—Necesito pan.
—Está detrás de ti.
Me giré. El pan estaba a un palmo de mi codo.
—Lo sabía.
—Está bien.
—El claro te lo guardas.
—No he dicho claro como insulto.
—Lo has dicho con sonrisa de saber dónde está el pan.
—Es una sonrisa humilde.
—Tienes la humildad de un toldo que se cree techo.
Biel soltó una carcajada corta.
Me entró en el cuerpo de una manera vergonzosa.
Jana, desde la cafetera, gritó:
—¡He oído eso y quiero derechos!
—¡Sirve la mesa seis! —contesté.
—¡La mesa seis no merece servicio ni derechos civiles!
La noche bajó con calor pegado a las piernas, camisetas húmedas, vasos con marcas de dedos y una tensión que ya nadie confundía con logística.
Biel y yo trabajamos cerca sin tocarnos.
La peor forma de tocar: pasar detrás de la barra apretando el cuerpo para no rozarnos, apartar una bandeja antes de que chocara con su cadera, coger el mismo trapo a la vez y soltarlo como dos idiotas.
A las once y media, cerramos cocina.
A medianoche, la terraza quedó con cuatro mesas.
A las doce y veinte, Vega se fue con la libreta metida en una bolsa de tela y la amenaza de devolverla al día siguiente “ordenada y sin teatralidad, si alguien no la prende antes”.
—No la pierdas —le dije.
—Abril, no soy tú con un ticket.
—Te ha salido gratis.
—Te lo has ganado.
—Para la ampolla —dijo, dejándolo junto a ella.
Tina lo miró.
—No tengo ampolla.
—Para cuando la tengas.
—Qué optimismo más feo.
Roc no sonrió mucho. Solo lo suficiente para que Tina apartara la vista antes de tiempo.
Jana estaba fuera con Nil, discutiendo porque él había colocado las cajas de hielo «demasiado bien» y, según ella, aquello olía a sospechoso.
Biel y yo nos quedamos detrás de la barra con el TPV, las monedas y una pila de vasos.
—Hasta cierre —dijo él, bajo.
No me miraba. Ordenaba tickets.
—Ni lo intentes.
—Solo repetía instrucción de Lola.
—Mi madre también decía que no fiáramos al de la mesa seis y hoy le hemos cobrado mal.
—Eso ha sido Jana.
—Jana es un fenómeno climático sin seguro.
—Fenómeno no. Luego se compra chubasquero emocional.
Me apoyé en la barra por dentro. Me dolían los pies, el sujetador me molestaba y la camiseta olía a jabón, fritura y cuerpo: la marca real de la temporada.
—No sé si quedarme hasta cierre cuenta como avanzar o como caer en una trampa de mi madre.
Biel alzó la mirada.
—Hoy cuenta como cerrar caja sin venderte barata.
—Eso suena mejor.
—Es menos bonito.
—Perfecto.
Aguantó mi mirada. La barra entre los dos estaba llena de monedas, tickets, un trapo húmedo y una servilleta donde alguien había escrito “baño sensible”. Nada ayudaba a ser elegante.
—¿Te quedas a contar conmigo? —preguntó.
—Hasta cierre ya estoy.
Jana, desde fuera, gritó:
—¡Os recuerdo que los dobles sentidos pagan suplemento!
Biel bajó la cabeza.
—La mato mañana —dije.
—Hoy estamos cerrando.
—Qué lástima.
Contamos caja.
Volvimos a contar.
A la tercera, el número cuadró con una diferencia de tres euros y cuarenta céntimos que Tina declaró “ofrenda a Lola” antes de irse por la puerta lateral con Roc caminando dos pasos detrás y fingiendo que solo iban en la misma dirección.
A la una y diez, Lola y Sal quedó casi vacío.
No vacío del todo.
Biel bajó el toldo derecho.
Yo bajé el izquierdo.
Se atascó.
—Tira de la cuerda derecha —dijo.
—Esta sí es la derecha.
—¿Desde tu punto de vista o desde el mundo real?
—Desde mi paciencia.
Vino a mi lado. Puso la mano sobre la cuerda, justo encima de la mía. Esta vez no iba por espacio. No hizo falta fingirlo. Sus dedos cubrieron los míos y tiró despacio.
El toldo cedió.
Yo no solté la cuerda.
Él tampoco.
—Abril.
—¿Qué?
—Si te digo que paremos, te vas a enfadar.
—Sí.
—Si no lo digo, también.
—Probablemente.
—Qué fácil todo.
Me reí. Poco. Con la garganta seca.
—No debería tocarte detrás de un toldo con mentalidad de veinte años y menos cuentas pendientes.
—No tienes veinte.
—Lo noto en la espalda.
—Y en la paciencia.
—La paciencia me la quitó el baño.
Biel miró mi boca.
—No voy a decir que no —dije.
Permaneció ahí.
—Eso no es lo mismo que decir sí.
—Sí.
Biel soltó la cuerda.
—Entonces dímelo sin usar la puerta de salida.
Lo odié un poco por pedírmelo bien.
Di un paso hacia él.
—Quiero que me beses.
Eso estuvo bien.
Me besó allí, junto al toldo viejo, con la terraza por barrer y la puerta lateral sin echar la llave.
Bonito, poco. Cansado, torpe al principio, con mi mano enganchándose en la cuerda del toldo y la suya en mi cintura, apartándome de una silla antes de que me golpeara la rodilla. Me reí contra su boca.
—Romántico —murmuré.
—Seguridad laboral.
—Cállate.
—Sí.
Me besó otra vez. Mejor. Mala noticia para mí.
Y esta vez no vino Jana.
Vino el TPV, desde dentro, con un pitido largo.
Nos separamos apenas.
Biel apoyó la frente en la mía.
—La máquina está celosa otra vez.
—O avisando.
—De qué.
—De que esto, si seguimos, ya no va a parecer logística.
Volvió la cara hacia mí.
—Hace rato que no lo parece.
Yo podría haberme ido. Podría haber recogido el bolso, cruzado la calle hasta el Hostal Mar de Fora y dejar aquello flotando hasta el día siguiente, como hacíamos con todas las cosas que daban miedo.
En lugar de eso, cogí su mano.
—Cierra la puerta lateral.
Biel no preguntó nada. Su silencio contestó tarde y mal.