CAPÍTULO 11 · ABRIL
La bomba del Taller Marí pesaba más de lo que prometía el hombre que nos la había alquilado.
—Es manejable —había dicho, dejándola en la furgoneta de Biel con una alegría muy de no cargarla él.
Manejable, para alguna especie superior con ocho brazos y una espalda nueva.
Para mí, era una caja negra con manguera, olor a goma vieja y la capacidad inmediata de convertirme en una señora de treinta y seis años discutiendo con fontanería antes del segundo café.
—No la arrastres —dijo Biel.
—No la estoy arrastrando.
La bomba hizo un ruido seco contra el suelo de la furgoneta.
—Eso ha sido una declaración de guerra.
—La bomba está conociendo el terreno.
—El terreno es mi furgoneta.
—Entonces la bomba te acompaña emocionalmente.
Biel me miraba desde el otro lado de la puerta lateral.
Llevaba la camiseta pegada al pecho, las manos manchadas de polvo del taller y una sombra bajo los ojos que debería haberme dado pena.
Me dio otra cosa. Una más molesta. Una que venía con ganas de tocarle el cuello y pedirle que se sentara cinco minutos, y con rabia porque yo no tenía derecho a pedirle descansos.
—Esa palabra no —dijo.
—¿Bomba?
—La otra.
—¿Acompaña?
—Abril.
—Vale. Está claro que la mañana no está para vocabulario sensible.
Empujamos la bomba entre los dos. Cuando cerré la puerta lateral, no encajó.
Le di con la cadera.
Nada.
Biel calló.
Aquello fue violencia.
—No mires —dije.
—Estoy mirando la calle.
—Tu nuca se está riendo.
—Mi nuca es muy discreta.
Le di otra vez. La puerta cerró de golpe.
Me giré con la satisfacción de una idiota que acaba de vencer a una chapa.
—Aprendo rápido.
—Guárdate el bien —añadí antes de que él abriera la boca.
—Hoy te iba a decir que cuidado con la cadera.
—Eso tampoco.
—Vamos —dije.
—Sí.
No fue un «vamos».
Fue lo otro.
Lola y Sal nos recibió con el baño acordonado por una cinta improvisada con dos paños de cocina y un cartel escrito por Tina en rotulador negro:
BAÑO EN PROCESO DE REPLANTEARSE.
Debajo, Jana había añadido:
NO INSISTAS. ÉL TAMBIÉN HA TENIDO UNA NOCHE DURA.
Vega lo estaba leyendo con gesto de delito.
—Esto no puede estar puesto al público —dijo.
Jana apareció detrás de ella, con gafas de sol en la cabeza y una botella de agua en la mano.
—Es comunicación honesta.
—Es una invitación a una reseña.
—Las reseñas también necesitan literatura.
—La palabra literatura está muy grande para un baño que gotea —dije.
Tina salió del pasillo con la camiseta húmeda por el bajo, dos mechones pegados a la frente y una fregona en la mano.
—Si alguien hace una broma con agua turbia, le meto la cabeza en el cubo.
—Buenos días —dijo Biel.
—Los buenos días se han ido por la tubería.
Ona estaba sentada en la mesa que nunca callaba, con el móvil girado dentro de un vaso vacío.
—He decidido no tocarlo hasta las doce.
Jana la miró.
—Eso es antinatural. Si empiezas a levitar, avisa.
—No quiero más vídeos raros.
—Bienvenida al siglo anterior. Huele a lejía, pero tiene paz.
El local todavía no estaba abierto y ya parecía haber vivido dos servicios.
—¿Dónde va la bomba? —pregunté.
—En el baño.
—No me respondas con geografía obvia.
—Si te respondo con fontanería real, Jana se excita.
—Yo me excito con menos —dijo Jana—, pero gracias por reconocer mi rango.
Vega entornó los ojos.
—Por favor. Hoy necesito que nadie diga cosas que luego no pueda olvidar.
—Pues has elegido mal grupo —dijo Tina.
Movimos la bomba hasta el pasillo. Biel se agachó, colocó la manguera y revisó la toma.
Yo sujeté el cable y una parte inútil de mi paciencia.
El baño olía a lejía barata, humedad vieja y fracaso reciente.
La puerta azul desportillada rozaba mi hombro cada vez que alguien pasaba por detrás.
El espacio era tan estrecho que Biel y yo acabamos de rodillas en el suelo, con las cabezas casi juntas y las manos metidas en el mismo charco sin glamour posible.
—No metas el cable en el agua —dijo.
—Gracias. Iba a electrocutarme por iniciativa propia.
—Con tu expediente, no descarto nada.
—Expediente no. Me salen sarpullidos municipales.
—Suena a ti esta semana.
Le di con el codo. Sin fuerza. Él sonrió sin mirar.
Aquello fue un problema.
No la sonrisa. La normalidad. Que estuviéramos de rodillas en un baño con olor a desastre, discutiendo por un cable y aun así hubiera una parte de mí que quería quedarse ahí solo porque su brazo rozaba el mío cada vez que se movía.
La bomba arrancó con un ruido feo.
Jana gritó desde la barra:
—¡Ha nacido!
—¡Cállate! —contestó Tina.
El aparato empezó a tragar agua con una eficacia menos solemne que la victoria que yo necesitaba. Biel pasó un trapo por el borde del lavabo. Tenía la mano cerca de mi rodilla. No me tocó.
Me enfadó.
Todo me enfadaba cuando él acertaba.
—Ayer no me contaste algo —dije.
—Ayer pasaron bastantes cosas.
—El comprador vino antes de que yo llegara.
Su mandíbula se tensó. Mínimo. Suficiente.
—Sí.
—Y me lo soltó Tina.
—Había agua saliendo del baño.
—Siempre hay algo saliendo de algún sitio cuando te conviene no hablar.
Biel dejó el trapo en el suelo.
—Me ofreció quedarme si compra.
El ruido de la bomba llenó el pasillo. Bien. Así nadie oyó el golpe que me dio aquello en el pecho.
—¿Cómo que te ofreció quedarte?
—Tres meses. Seis si le cuadraba. Para que el negocio no se le cayera encima cuando tú te fueras.
Tú te fueras.
No lo dijo con reproche. Eso lo dejó más crudo.
—¿Y?
—Le dije que no.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque entró el baño en escena.
—Biel.
—Porque sabía que te ibas a poner así.
—¿Así cómo?
—Con pinta de querer morderme y salvarme al mismo tiempo.
Me quedé callada.
Maldita sea.
—No quiero que te use —dije.
—Entonces no dejes que me metas ahí cuando hables de vender.
—No lo hago.
No hizo falta que hablara.
La bomba tragó un resto de agua con un sonido obsceno.
—Vale —dije—. A veces.
—Progreso.
—No te emociones. Solo he cedido.
—Ceder sin fiebre ya es mucho.
Le habría contestado, pero Tina apareció en la puerta del pasillo con los brazos cruzados.
—¿El baño vive?
—Temporalmente —dijo Biel.
—Odio esa palabra.
—Todos.
—Pues levantad el campamento, que a las doce abre cocina y no quiero clientes pisando esta obra de arte bacteriana.
—No es bacteriana —dije.
Tina me miró sin ceder.
—No quieras saberlo.
Me levanté tan rápido que se me dobló una rodilla. Biel me cogió del codo. Solo un segundo.
—Estoy bien.
—Lo sé.
—Ese ya viene con cara de velatorio.
—Solo dos.
Tina nos miró.
—Luego os peleáis. Ahora fregad.
Fregamos.
Yo no miré.
Casi nada.
A la una, abrimos con el baño medio operativo y una cola inmediata de gente que parecía haber esperado justo a que la fontanería tuviera autoestima baja.
—El baño está disponible, pero con respeto —dijo Jana a una señora.
—¿Con respeto?
—Sí. Nada de entrar con expectativas altas.
La señora quedó tan desconcertada que obedeció.
A las dos, la terraza estaba llena.
—No —dije.
—Solo son dos sillas —dijo el hombre.
—Es una mesa ocupada.
—No hay nadie.
—Está llena.
El hombre resopló.
Biel pasó por detrás con una bandeja de vasos.
—Mesa ocho queda libre en cinco.
—Yo podía gestionarlo —dije cuando el cliente se fue.
—Lo estabas gestionando con la vena del cuello.
—Es mi vena de propietaria.
—La sutileza te desborda.
—No tires de ahí.
—No he empezado.
—Tu bandeja sí.
Sonrió y siguió hacia la barra.
Miré su espalda dos segundos más de lo prudente. Jana apareció a mi lado, por supuesto, porque su radar era un producto caro del demonio.
—Si vas a babear, usa servilleta grande. Ya sabemos dónde están.
—No estoy babeando.
—Estás evaluando continuidad operativa del culo de Biel.
—Jana.
—¿Qué? He dicho operativa. Soy casi Vega.
—Vega no diría culo.
—Por eso tiene migrañas.
Nil llegó con una caja de hielo justo entonces, invocado por cítricos y subtexto. Dejó la caja junto a la barra y miró a Jana.
—¿Dónde la pongo?
—Lejos de mí si vienes a opinar.
—Solo traigo hielo.
—Nadie trae solo hielo a este local.
Nil me miró.
—¿Está siempre así?
—No —dije—. A veces está peor y cobra propina.
Jana me señaló con una pinza.
—Traición entre mujeres. Bonito.
Nil sonrió. Jana lo vio. Se le cambió la cara medio segundo. Suficiente para que yo lo apuntara donde no debía.
El grupo también empezaba a hacer ruido por dentro.
—Hoy revisamos solo lo importante —dijo Vega.
—Define importante —dijo Jana.
—Lo que afecta a caja, licencia, deuda o decisiones.
—Entonces yo no entro.
—Tú afectas a todo por desgaste ambiental.
Jana se llevó la mano al pecho.
—Me ha dolido y me ha gustado.
Yo tenía la libreta delante. La caja metálica olía a metal viejo. Pasé páginas evitando las de mi nombre y encontré una lista de arreglos que terminaba con: “Biel dirá que ya lo hace él. No dejarle siempre.”
Me escoció.
Biel estaba de pie al otro lado de la barra, fingiendo que limpiaba vasos. Escuchaba. Claro que escuchaba.
—Hay una página marcada con una goma —dijo Ona.
—Gracias por mirar sin tocar —dije.
—Estoy creciendo en cautiverio.
Abrí la página.
San Juan.
Arriba, en rotulador azul y rodeado de manchas de aceite, ponía: San Juan.
Al final de la página, con letra más torcida, Lola había escrito:
Si Abril vuelve y dice que se va, no discutir en la puerta. Darle turno, darle agua y decirle: quédate hasta que cierre. Mañana ya veremos.
Lo leí dos veces.
A la tercera lectura me dio rabia.
Porque me pareció una trampa escrita con letra de mi madre y olor a freidora.
Jana dejó de masticar.
Casi histórico.
Vega miró la página por encima de mis dedos.
Tina apoyó los codos en la mesa y bajó la cabeza.
Ona susurró:
—La madre que la parió.
—Literalmente —dijo Jana, recuperando funciones.
No me reí.
Biel tampoco.
Desde la barra, preguntó:
—¿Qué pone?
Yo no quería leerlo en voz alta. En voz alta se convertía en cosa de todos. Pero callarlo, en Lola y Sal, siempre había salido caro.
—Pone que si vuelvo y digo que me voy, no hay que discutir en la puerta. Hay que darme turno, darme agua y decirme que me quede hasta cierre.
Biel dejó el vaso en la barra.
El vaso apenas sonó.
Lo que acababa de leer, no.