CAPÍTULO 10 · BIEL #2
Salimos del almacén con las servilletas grandes en la mano para justificar parte del tiempo perdido.
Jana estaba en la barra, esperándonos con una bandeja, una sonrisa y ganas de respirar por todos.
—Qué servilletas más trabajadas.
—Mesa tres —dijo Abril.
—Mesa tres se ha ido.
—Entonces mesa cuatro.
—Mesa cuatro solo quiere pagar.
—Perfecto. Que pague y no opine.
Jana nos miró a los dos.
—Qué ambiente de almacén tan raro tenéis.
—Jana —dije.
—No he movido un dedo.
—Tu cara ha escrito una denuncia.
—Y seguramente vendería más que vuestras conversaciones.
Abril le quitó la bandeja y salió a la terraza.
Yo tardé un segundo detrás de la barra, tragando el sabor de su boca y el ruido del TPV, que por supuesto eligió ese momento para fallar.
—No —dije al aparato.
El TPV volvió a quejarse.
Tina apareció desde cocina.
—¿Ahora le hablas a la máquina?
—Hoy todo el mundo contesta mal.
—La máquina tiene motivos.
—Todos los tenemos.
Nil ayudó con el hielo. Jana fingió que le molestaba y luego le enseñó cómo se cogían tres vasos sin que se cayeran.
—Así —dijo ella—. Mano firme y cara de que te da igual vivir.
—Eso lo dominas.
—Cuidado, Borràs. Te estás poniendo interesante y no tengo tiempo.
—No pretendía.
—Justo por eso. La gente que no pretende suele hacer más daño.
Nil no contestó.
Yo los miré dos segundos y pensé que algún día alguien tendría que pagar por esa conversación.
Por ahora nos tocaba a Abril y a mí.
A las cuatro, Vega consiguió que Abril no contestara una segunda llamada del comprador. A las cinco, él mandó otro mensaje.
EL COMPRADOR: Respuesta antes de las veinte. Último plazo.
Abril leyó el mensaje en la barra, con una bandeja apoyada contra la cadera y salsa en la muñeca.
Me buscó.
No me preguntó nada.
Aquello era nuevo.
Se limitó a enseñármelo.
—No aceptes por el beso —dije.
Jana, que pasaba por detrás, se paró tan de golpe que casi se le cayó una copa.
—¿Por el qué?
Abril parpadeó despacio.
—Biel.
—Mierda.
—¿Beso? —repitió Jana, iluminada por la desgracia ajena—. ¿Ha habido beso de almacén? ¿Sin mí? Qué falta de respeto a la continuidad.
—No ha habido nada —dijo Abril.
—Eso es mentira, pero entiendo la estrategia.
Tina asomó desde cocina.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijimos Abril y yo.
Jana sonrió como quien ya tenía delito.
—Ahora sí ha pasado algo.
Abril dejó la bandeja sobre la barra.
—Voy a contestar.
—Abril —dijo Vega desde la mesa.
—Voy a contestar que no hoy.
El local bajó de volumen. No mucho. Lo suficiente para que el cuerpo se enterara.
Abril cogió el móvil. Escribió de pie, junto a la barra, con una mancha de salsa en la muñeca, la camiseta arrugada y la espalda recta por una razón distinta a la vergüenza.
Me enseñó el texto.
No acepto esas condiciones. Si quiere continuar, revisaremos en cuarenta y ocho horas, con documentación y sin convertir a nadie en rebaja.
Ella no me pidió permiso.
Solo me dejó estar allí.
Lo envió.
El mensaje salió.
Jana silbó por lo bajo.
—Abril acaba de morder con educación.
—He mordido con agotamiento.
—Es un sabor muy nuestro.
Tina golpeó una sartén contra la encimera.
—Bien. Ahora alguien puede llevar la mesa cinco antes de que el pescado vuelva a desarrollar carácter.
Abril cogió la bandeja.
Pasó junto a mí.
Nuestros brazos se rozaron.
Nada de accidente.
Ese era el problema nuevo: ya no todos los roces podían hacerse pasar por logística.
A las ocho y doce, el comprador respondió.
EL COMPRADOR: Retiro la oferta actual. Hablamos si cambia de postura.
Abril leyó el mensaje en silencio.
La terraza estaba llena a medias. Había ruido para tapar un golpe, no para esconder una cara.
—Se ha retirado —dijo.
Vega cerró los ojos.
Ona se llevó la mano a la boca.
Jana no hizo broma.
Aquello fue raro.
Tina salió de cocina con las manos mojadas.
—¿Se ha ido?
—Ha retirado la oferta.
Abril no se sentó.
Eso me preocupó más.
Me acerqué un paso.
—Mírame.
—No.
—Abril.
—No me des órdenes.
—Entonces escúchame sin mirarme. No has perdido una salida. Has perdido una salida mala.
Dejó escapar una risa sin aire.
—Qué bien. Me quedo con las buenas invisibles.
—Te quedas con cuarenta y ocho horas de no vender por miedo.
—Y con deudas.
—Sí.
—Y con el baño.
—Por desgracia.
—Y contigo.
Ahí sí me callé.
La oí distinta. No venía envuelta en reproche ni en promesa: venía cansada, sucia, llena de cosas que no cabían en un correo.
—Hasta cierre —dije.
Abril levantó la mirada.
Jana, muy bajo, murmuró:
—Qué título tan indecente os ha salido.
Nadie la mandó callar.
La noche siguió. Porque las ofertas se retiran, las heridas se quedan y las mesas quieren pagar, aunque estés replanteándote la vida con olor a alioli.
A las once, cuando cerramos cocina, Abril subió a la habitación para buscar la libreta de Lola. No tardó mucho. Bajó con la caja en las manos y la dejó sobre la mesa de siempre.
—Mañana revisamos esto —dijo.
Vega asintió.
—Mañana.
—Sin comprador.
—Sin comprador —repitió Ona.
Jana tocó la caja con un dedo.
—Qué miedo da una caja sin galletas.
Tina se sentó por primera vez en todo el día.
Roc se acercó con una botella de agua.
—Bebe.
—No me mandes tú también —dijo ella.
—No te mando. Te la dejo.
La dejó.
Tina esperó a que se fuera para beber.
Abril lo vio.
Yo también.
El mundo tenía más grietas que las nuestras. Solo que las nuestras hacían más ruido.
Abril pasó un trapo por la barra.
—Se ha ido.
—Sí.
—Podría volver.
—Sí.
—Podría no volver.
—También.
—Podrías dejar de contestar monosílabos.
—Puedo intentarlo.
Se apoyó en la barra con las dos manos.
—Lo del almacén…
—No lo conviertas en explicación.
—No iba a.
—Bien.
—Pero tampoco en accidente.
Ella me miró sin ceder, cansada, con el pelo escapado del moño y la camiseta manchada de servicio. Nada de guerra elegante. Nada de venta ordenada.
—No lo hago —dije.
—Ya.
—No confundas esto con hacerte caso.
—Pesado.
Di un paso hacia ella.
No la toqué.
—Abril.
—¿Qué?
—No pienso pedirte que te quedes.
—Lo tengo claro.
—Pero si te quedas hasta cierre, no voy a hacer como que no me importa.
Su boca se movió apenas.
—Eso es incómodo.
—Sí.
—Y poco práctico.
—Mucho.
—Y Jana va a ser insoportable.
—Ya lo es.
—Más.
—Sobreviviremos.
El TPV sonó desde la barra, apagado, sin tarjeta, sin cuenta y sin ningún motivo razonable.
Abril cerró los ojos un instante.
—Hasta la máquina opina.
—La máquina está celosa.
—De qué.
—De que tomemos malas decisiones sin consultarla.
Abril rio.
Me acerqué otro paso.
Esta vez sí la toqué. Solo la mano. Ella tenía los dedos fríos de agua y trapo. Los cerró alrededor de los míos, fuerte, rápido, un segundo antes de soltar.
—Mañana abrimos —dijo.
—Mañana abrimos.
—Y revisamos la libreta.
—Sí.
—Y no contestamos compradores que no escriban con respeto.
—Eso lo pones tú en la pizarra.
—Lo pondré con letra fea para que no parezca un lema.
—Te sale natural con tiza.
Me empujó con el hombro.
No me moví.
Tampoco ella.
Fuera, Jana gritó:
—¡Nil, no me mires el hielo con pinta de sacrificio, que me pones nerviosa!
Abril apoyó la frente en mi hombro un segundo.
Solo uno.
Luego se apartó.
—Ni se te ocurra decirlo.
—Ni siquiera he respirado.
—Ni lo pongas en la pizarra.
—Eso ya sería contenido.
—Ona te mataría por invadir formato.
Salimos por la puerta lateral. Esta vez Abril no usó mi llave. Usó la suya, levantó la puerta al girar y cerró a la primera.
Me miró con una satisfacción contenida.
—Aprendo rápido.
—Guárdate el bien —me avisó.
—No iba a.
—Mentiroso.
—Un poco.
Caminó hacia el Hostal Mar de Fora con la caja de galletas bajo el brazo y el móvil dentro del bolso, callado por primera vez en horas.
Esperé en la puerta de Lola y Sal hasta que dobló la esquina.
El problema no era esperar.
Porque todavía estaba allí.
Aquella noche, después de una oferta retirada, un beso a medias, una respuesta enviada y una caja de Lola en la mesa, allí ya no significaba lo mismo. Se me quedó pegado en la lengua.