CAPÍTULO 10 · BIEL
A las doce menos cuarto, Abril había tocado el móvil diecisiete veces sin desbloquearlo.
No las conté por obsesivo.
Las conté porque cortaba pan en la barra y ella tenía el teléfono a veinte centímetros de mi mano. Cada vez que lo rozaba, yo apretaba el cuchillo contra la tabla.
Tina me quitó el cuchillo.
—Así no se corta pan. Así se declara una guerra contra el gluten.
—Dámelo.
—No.
—Tina.
—Tú hoy no tienes permiso para objetos largos.
Me dejó una bandeja de vasos en su lugar. Me remató. Los vasos se rompían con más facilidad y hacían más ruido, justo lo que yo intentaba evitar sin éxito.
Abril estaba en la mesa de las cinco con Vega.
El grupo entero había ocupado Lola y Sal.
Abril decía que no quería público.
El local contestaba con sillas llenas.
—Once cincuenta y uno —dijo Vega.
—Sé leer la hora —contestó Abril.
—Lo digo por si la ansiedad ha afectado funciones básicas.
Jana levantó la mano.
—A mí me afecta. A veces pierdo la capacidad de respetar límites ajenos.
—¿A veces? —dijo Nil.
Jana giró la cabeza despacio.
—¿Perdón?
—Nada.
—No, no. Ya que vienes con hielo y opiniones, desarrolla.
Nil miró la caja que había dejado junto al almacén.
—Yo solo decía…
—Los hombres que empiezan con “yo solo decía” deberían pagar suplemento.
—Te lo ingreso en limones.
—No me provoques con cítricos, Borràs.
Abril apretó los párpados un segundo.
—Por favor. Intento vivir una crisis.
—La estás viviendo fatal —dijo Jana.
—Gracias.
—Pero con buen pelo. No todo está perdido.
Abril se tocó el moño. Se le había escapado un mechón en la nuca y tenía una mancha de tiza en el pulgar.
Había llegado a las ocho cuarenta y nueve, un minuto antes de su propia rebeldía anunciada, con dos cafés, camiseta gris de Lola y Sal y zapatillas cerradas.
Había abierto caja sin que yo se lo pidiera.
Había discutido con Noguera por unas sardinas enanas.
Había metido los pies en la ducha exterior para quitarse arena y había insultado al grifo antes de que el grifo la insultara a ella.
Parecía menos de paso.
Eso no debía gustarme tanto.
A las once cincuenta y nueve, el teléfono vibró.
Nadie habló.
Ni el TPV. Por una vez tuvo respeto.
Abril no tocó el móvil.
—Ábrelo —dijo Vega.
—No.
—Abril.
—Aquí no, con todos mirando.
Jana amagó con hablar.
Tina le puso un trapo encima desde atrás.
—Hoy no.
Jana mordió el trapo.
Abril cogió el móvil y se levantó.
No subió a la habitación de arriba. Tampoco salió al Camí de les Figueres. Se metió tras la barra, pasó junto a mí y señaló con la barbilla hacia el almacén.
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
—Me han ascendido de tercero a tú.
—No lo estropees.
La seguí.
No obedecí sin rabia.
Porque me lo pidió con un tú que tenía más miedo que orgullo.
El almacén olía a servilletas, cerveza, humedad y detergente. Menos terrible que días atrás. Eso en Lola y Sal contaba como reforma integral. Abril cerró la puerta sin echar pestillo. Buena señal. O señal de que, si algo explotaba, quería salida rápida.
—Quédate ahí —dijo.
Me quedé junto a las cajas de cerveza.
—Estoy ahí.
—No mires mi cara.
—Eso va a complicar interpretar tu reacción.
—Biel.
Me giré hacia una estantería con pajitas, bolsas de basura y un paquete de vasos de plástico abierto a mordiscos por el tiempo.
La oí respirar.
Luego desbloqueó el móvil.
Pasaron unos segundos.
—Abril.
—No mires.
—No estoy mirando.
—Tu espalda mira.
—Mi espalda tiene mala fama injusta.
El silencio cambió de peso.
Me giré antes de pensarlo.
Abril estaba leyendo la pantalla con la boca apretada. No lloraba. Abril no lloraba en los momentos que invitaban a hacerlo. Se ponía quieta. Y la quietud dolía más. Le dejaba toda la pelea por dentro.
—Dime —dije.
Me enseñó el móvil.
La cifra era más baja que la anterior.
No muchísimo.
Lo suficiente para insultar con cálculo.
Debajo, el comprador apretaba: esa noche, respuesta formal y silencio hasta la firma. Nada de mí por escrito; mucho de mí en el precio.
Discreción.
En Cala Saurina.
Con Jana viva.
—Es mala —dije.
—Es dinero.
—Muchas cosas malas lo son.
—No me hagas reír ahora.
—Lo intento poco.
Abril bajó el móvil.
—Podría cerrar esto.
—Sí.
—Pagar parte de lo urgente.
—Sí.
—Irme antes de que el pueblo convierta cualquier cosa en una sobremesa.
—Sí.
—Deja de decir sí.
—¿Qué quieres que diga?
—Que no sea tan tentador.
Abril entornó los ojos, como si quisiera tragarse lo que acababa de decir.
Yo me apoyé en la estantería. Una caja de vasos crujió bajo el codo.
—Claro que es tentador.
—Gracias. Ya puedo odiarme con acompañamiento.
—No te odies. Solo no te compres una salida que viene con precio de vergüenza.
—Hablas de vergüenza como si no la tuvieras.
—Tengo de sobra. La guardo peor.
Abrió los ojos.
—¿Te da vergüenza esto?
Movió el móvil entre los dos, pero no hablaba del móvil. No solo.
—Me da vergüenza querer estar en la habitación cuando decides una vida que dices que no me incluye.
—No digo que no te incluya.
—Has dicho muchas versiones.
—No sé hacer una versión presentable.
—Ya.
—Ahórrate el ya.
—Es que ahora sí lo sé.
Abril me lanzó una mirada rabiosa. De la buena. De la que le subía color al cuello y le ponía los ojos vivos.
—No quiero quedarme por ti.
—De acuerdo.
—Pero tampoco quiero irme para no mirarte.
Ahí se me cerró la mano alrededor de la balda.
—Eso ya es más honesto.
—Y horrible.
—Las nuestras suelen venir sin arreglar.
El móvil volvió a vibrar.
El comprador.
Abril lo miró.
La llamada se cortó.
La pantalla volvió a iluminarse con un audio.
No lo abrió.
—Estoy cansada de que me metan prisa —dijo.
—Entonces no corras.
—Y estoy cansada de que todo el mundo mire.
—Entonces cierra la puerta.
Miró la puerta del almacén.
—No he echado el pestillo.
—No hablaba de esa.
La temperatura del almacén subió sin cambiar de grados. Había cajas, servilletas, agua mineral, trapos doblados mal y la respiración de los dos llenando el hueco. Nada elegante. Nada que cupiera en una foto de venta.
Abril dejó el móvil apagado sobre una caja de cerveza.
—No voy a contestar ahora.
—De acuerdo.
—No lo hago por obedecerte.
—No.
—Porque si contesto ahora, acepto.
—Sí.
—Y si acepto ahora, no será por dinero.
No respondí.
Ella dio un paso hacia mí.
—Biel.
—¿Qué?
—Esta vez no me sueltes tan rápido.
De postal no tuvo nada.
Se torció más.
Fue concreto, incómodo, lleno de aristas.
Me llegó a las manos antes que a la cabeza.
—¿Estás segura?
—No de nada fuera de esta puerta.
—Abril.
—De esto sí.
La besé.
La besé sin paciencia. Le cogí la cara y ella entró contra mí con una rabia que nos golpeó contra la estantería. Una caja de vasos cayó al suelo. No se rompió. Lola y Sal sabía ahorrar pérdidas.
Abril soltó una risa contra mi boca.
—Profesionalísimo.
—Culpa de la logística.
—Cállate.
Me volvió a besar.
Esta vez me agarró de la camiseta con las dos manos, tirando hasta que la tela se me pegó al pecho.
Yo la cogí por la cintura, despacio al principio, esperando el no, el retroceso, la broma usada como puerta.
No llegó. Llegó su cuerpo inclinándose más, su muslo contra el mío, su respiración rota de mala manera.
—Puerta —dije.
—Está cerrada.
—Sin pestillo.
—Mejor.
—No es mejor.
—Para ti no.
—Para ti tampoco, si luego vas a usarlo para castigarte.
Se apartó para mirarme.
—No me hagas de conciencia con la mano en mi cintura.
Miré mi mano.
La quité.
Abril la cogió y volvió a ponérsela encima.
—He dicho conciencia, no manos.
El cuerpo tiene una parte muy pobre. Oír algo así te deja sin programa, sin pasado y sin la lista de cosas que había que arreglar antes de las doce y media.
Me incliné hacia ella. O me incliné yo. Da igual.
La besé en el cuello, debajo de la mandíbula, donde tenía sal y sudor y una vida entera sin pedirme permiso.
Abril dejó salir el aire.
No gemido de película. Aire. Corto. Sucio. Real.
—Biel.
—Dime que pare.
—No.
Le metí las manos bajo la camiseta, despacio esta vez. Piel caliente, vientre tenso, una cicatriz que no recordaba junto a la cadera. No pregunté. No todavía. No con ella arqueándose apenas, clavándome los dedos en los hombros.
—No te escondas —dije.
—Estoy en un almacén.
—No ahí.
Me empujó el pecho.
—No hables tanto.
—Tú antes te quejabas de lo contrario.
—He cambiado de opinión.
Me besó para cortarme.
La puerta tembló con un golpe.
Los dos nos quedamos quietos.
—¿Habéis visto las servilletas grandes? —gritó Jana desde fuera—. Y si estáis haciendo una estupidez, necesito saber si se sirve pan mientras tanto.
Abril apoyó la frente en mi pecho.
Yo cerré los ojos.
—No la mates —murmuré.
—Hoy no prometo milagros.
—¡Os oigo respirar raro! —gritó Jana.
—¡Busca debajo de la barra! —contestó Abril, con una voz que habría engañado a alguien que no la conociera.
—¡Ahí no están!
—¡Pues inventa servilletas emocionales!
Jana guardó silencio dos segundos.
—Eso me ha gustado. Luego volvemos a este tema.
Sus pasos se alejaron.
Abril levantó la cabeza. Tenía los labios hinchados, el pelo suelto, por un lado, la camiseta arrugada hasta la cintura. Yo debía de estar igual de poco presentable. Peor, porque tenía el corazón en la garganta y la mano todavía bajo su camiseta.
La quité.
Ella no protestó.
Eso dolió un poco.
—No quiero que esto sea respuesta a una oferta —dije.
—No lo es.
—Abril.
—No del todo.
—No ayudas.
Se apartó medio paso, recogió el móvil de la caja y lo miró boca abajo, sin desbloquearlo.
—Nada ayuda hoy.
—Yo tampoco.
—Tú menos.
Lo dije con humor débil. No con daño. Aun así, me lo guardé donde no tocaba.
—Entonces salimos —dije.
—Sí.
—Y contestas después de servicio.
—No me marques el siguiente paso.
—No iba como orden.
—¿Entonces?
—Una súplica mal vestida.
Abril plantó los pies.
Yo no suplicaba. Se notó en cómo me miró y en las ganas que me entraron de esconderme detrás de las cajas.
—Biel.
—¿Qué?
—No sé qué hacer.
—Hoy no aceptes.
—No has respondido.
—Es lo único que tengo sin mentirte.
Asintió.
Se acomodó la camiseta. Yo recogí la caja de vasos del suelo con una lentitud ridícula, más por darme algo que hacer que por orden.