Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 9 · ABRIL
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CAPÍTULO 9 · ABRIL

La oferta nueva llegó a las diez y tres, justo cuando yo intentaba convencer al TPV de que cobrar una tostada no exigía reflexión espiritual.

El aparato pitó, imprimió medio ticket y se apagó.

Mi móvil vibró encima de la barra.

EL COMPRADOR.

—Si lo miras con esa cara, él gana antes de abrir el archivo —dijo Jana desde la cafetera.

—No es un archivo.

—Más sospechoso. Es un hombre con camisa clara y prisa.

Vega levantó la cabeza desde la mesa de las cinco. Tenía dos carpetas abiertas, una botella de agua sin abrir y la expresión de quien ya había decidido que el día iba a pedirle sangre administrativa.

—Abril, léelo aquí.

—No.

—Léelo con testigos.

—No necesito testigos para abrir un correo.

Tina apareció desde la cocina con un paño en el hombro.

—Necesitas testigos para casi todo. Ayer ibas a contestar con una ampolla, una camiseta ajena y ganas de esconderte debajo de la barra.

—Qué bonito recuerdo.

—Fue ayer. Todavía huele.

Biel estaba junto al almacén, con una caja de vasos bajos apoyada en la cadera.

Él dejó la caja en el suelo.

—Hoy no opino hasta que me arrastren.

—Nadie te va a arrastrar.

A Jana se le escapó una risa.

—En este local arrastramos toldos, cubos, culpa y a veces hombres con llaves. No descartes nada.

Abrí el correo.

El texto era breve y administrativo. Peor: venía con dedos metidos en mi vergüenza.

Nueva cifra.

Más baja.

Sin referencia a Biel. Sin transición. Sin continuidad garantizada. Con respuesta requerida antes de las veinte horas. Y una última línea que me dejó la boca seca, aunque yo no quisiera darle ese poder:

La operación solo se mantiene si la decisión es inmediata y sin condicionantes emocionales sobre terceros.

Terceros.

Biel era un tercero.

Lola y Sal era un activo.

Yo era una firma con calor en la nuca y el sujetador pegado por el sudor antes de las once.

—Dime que no pone lo que parece que pone —dijo Ona, acercándose con el móvil en el bolsillo y las manos visibles, para que nadie la acusara de existir en formato vídeo.

—Pone que quiere respuesta hoy —dije.

—Eso ya lo sabíamos —dijo Vega.

—Y que no haya condicionantes emocionales sobre terceros.

Jana dejó de tocar la cafetera.

Tina murmuró algo feo.

Ese fue el problema.

Si hubiera hecho una broma, yo habría podido atacarlo. Si hubiera insultado al comprador, habría podido pedirle que no se metiera. Si hubiera dado un paso hacia mí, habría tenido una excusa para retroceder.

Pero siguió allí, con la caja a sus pies, las manos sucias de polvo y una calma falsa. Una pared con camiseta.

—Qué considerado —dijo al fin.

Su voz salió seca.

—Biel…

—No he opinado. He leído una línea preciosa sobre terceros.

—No la he escrito yo.

—No.

—Entonces no me la cobres.

Le cambió la cara. Poco. Lo suficiente.

—No te estoy cobrando nada.

—Sí.

—Abril —dijo Vega.

—No. Que lo diga. Que me diga qué parte de esto también es culpa mía.

—No es culpa tuya que ese tío sea un listo —dijo Biel.

—Gracias.

—Es culpa tuya si usas que es un listo para contestar rápido y largarte.

Me había tocado justo la parte blanda.

El dedo justo en la parte blanda.

—No sabes lo que voy a hacer.

—No. Pero sé cómo te colocas cuando estás a punto de hacerte la fría para no hacerte la viva.

—Qué horror.

—Estoy sin café.

—Pues bébete el mío y deja de leerme.

Le empujé el vaso por la barra. El café se movió dentro, peligroso, negro y empalagoso porque aquella mañana yo también había recordado una costumbre vieja y la había usado para castigarlo con azúcar.

Biel lo miró.

No lo cogió.

Eso me molestó más de lo razonable.

Vega cerró una de las carpetas.

—Abril, hay que contestar por escrito. Nada de llamadas. Nada de audios. Nada de quedar a solas.

—No soy una niña.

—No. Eres una mujer agotada, heredera de un sitio que se cae y con un hombre que te desordena la caja torácica, aunque no quieras admitirlo. Y te fastidia.

—Vega.

—Lo he dicho muy técnico.

—Lo has dicho fatal.

Jana levantó un dedo.

—Yo habría dicho “te pone nerviosa hasta cuando respira”, pero respeto que Vega use vocabulario con sujetador bueno.

—Jana —dijimos todos menos Biel.

Biel sí cogió entonces el café.

Bebió.

Hizo una mueca.

—Esto está dulce.

—Sobrevive.

—Estoy intentándolo.

Lo dije sin cuchillo. Lo empeoró.

El primer cliente entró a las once menos cuarto, preguntando si teníamos bocadillos calientes y sombra.

Lola y Sal no permitía crisis privadas largas. Te daba un correo que te bajaba el precio y luego te pedía cortar pan.

Guardé el móvil en el bolsillo trasero.

—No contesto ahora.

—Bien —dijo Biel.

—No porque me mandes.

—Ya.

—No me tires el ya encima.

—Lo he dicho con respeto mínimo.

—Tu respeto mínimo tiene cara de superioridad.

—Mi cara está trabajando sin deuda emocional.

Jana se llevó una mano al pecho.

—Qué guapo cuando se pone insoportable.

—Mesa uno —dijo Tina.

—Voy.

Jana se fue con dos cartas y una cadera indecente para un turno de mañana.

Cuando volvió, traía los ojos más brillantes y un papel doblado dentro del bolso.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí.

—Tu sí está fatal.

—Me lo habéis pegado.

No insistí.

A las dos y veinte, el calor era una cosa con patas. Me dolía la ampolla. La camiseta se me pegaba debajo del pecho. El correo del comprador seguía en el bolsillo; Biel, al otro lado de la barra, me pesaba más.

Le odiaba un poco por seguir allí.

Le odiaba más por no aprovecharlo.

Después del primer servicio, cuando la terraza bajó de ruido y la cocina respiró sin insultos durante cinco minutos, subí a la habitación de arriba con el móvil.

No avisé.

Error.

Biel subió tres minutos después.

—No —dije antes de verlo entero.

—Te traigo agua.

—No necesito agua.

Levantó la botella.

—Entonces úsala para tirármela.

Estaba en el umbral, sin entrar. El gesto era suyo: estar justo en el sitio donde no podía decir que invadía, pero tampoco podía fingir que se iba.

—He dicho que no quería público.

—Y no lo tienes. Solo a mí.

—Eso a veces cuenta doble.

Biel dejó la botella en el suelo, junto a la caja de Lola donde estaba la libreta de Lola.

—Entonces bajo.

Se giró.

—Espera.

No sé por qué lo dije.

Mentira.

Sí lo sabía.

Porque si se iba, yo iba a abrir el correo otra vez.

Biel se detuvo.

—¿Qué?

Me senté en el suelo, contra la pared, con el móvil en la mano y una caja de servilletas por abrir junto a la rodilla.

—Dime qué harías tú.

No entró.

—No quieres saber eso.

—Hoy sí.

—Hoy lo usarás contra ti.

—Probablemente. Tengo talento.

Biel apoyó el hombro en el marco.

—Yo no vendería hoy.

—Eso ya.

—No vendería con ese precio.

—También contaba.

—No vendería a alguien que necesita que yo desaparezca para comprarte mejor.

Se me revolvió el estómago al oír comprarte.

—No me compra a mí.

—Ya.

—Biel.

—Está comprando el sitio donde estás intentando decidir si todavía cabes. No es lo mismo, pero se parece lo suficiente para que dé asco.

Miré el móvil.

La pantalla estaba negra. Me vi reflejada en ella: moño torcido, mejillas rojas, cuello manchado de tiza antigua, una mujer que había vuelto para cerrar y ahora preguntaba al hombre del que huyó cómo no venderse barata.

—Si no acepto, igual se va.

—Sí.

—Y si se va, sigo aquí.

—Sí.

—Qué útil eres cuando no intentas tranquilizar.

—No te sale bien que te tranquilicen.

No.

Me daban ganas de morder.

—No quiero que te quedes por obligación —dije.

—No lo estoy haciendo.

—Tampoco quiero que te borren por mí.

—Eso no lo decides tú del todo.

Levanté la mirada.

—¿Perdón?

—Si yo quiero irme, me voy. Si quiero quedarme hasta cierre, me quedo. No me metas en tu lista de daños para sentirte culpable con orden.

—Me cuesta no hacer listas.

—Me he enterado.

—No me vengas con que lo sabes.

—Vale. Lo sospecho con pruebas.

Se me escapó una risa.

Breve, cansada, casi a pesar mío.

Biel también sonrió, apenas.

La habitación seguía siendo horrible. Caliente, baja, llena de papeles, con un ventilador muerto y olor a cartón. Aun así, me dieron ganas de pedirle que entrara. No para hablar. Hablar lo estropeaba casi todo.

Él lo vio.

Claro que lo vio.

—Si estás decidiendo una oferta, mírame menos —dijo.

—¿Así cómo?

—Con ganas de equivocarte en otra cosa.

—No soy la única.

—No.

—Entonces no te pongas digno.

—No estoy digno. Estoy agarrado al marco de una puerta para no hacer una estupidez con consecuencias.

Abajo, Jana gritó:

—¡Abril! ¡Hay una señora preguntando si el alioli lleva ajo!

—Dile que no, que lleva filosofía.

—¡No me hagas mentir tan fuerte!

Biel dejó escapar una risa baja.

La risa me rozó más que sus manos.

Abrí el correo, escribí sin pensarlo más de la cuenta y se lo enseñé antes de enviarlo.

No acepto la cifra ni condiciones que utilicen asuntos personales como rebaja.

Biel leyó.

—Bien.

—No por darte la razón.

—No iba a decirlo.

—Lo has pensado con alivio.

—No puedo controlar toda la cara.

Envié el mensaje.

El aviso de salida apenas sonó. Ridículo para algo que podía cambiarme el verano.

Biel se apartó del marco.

—Bajamos.

—Sí.

No me ofreció la mano.

Lo agradecí.

También me molestó.

Al bajar, Jana estaba en medio de la barra con una bandeja vacía y los labios apretados para no preguntar.

—¿Tenemos sentencia?

—Tenemos respuesta —dije.

—Más cruel. La sentencia al menos trae toga.

Tina levantó la barbilla desde cocina.

—¿Has aceptado?

—No.

Ona dejó de limpiar una mesa.

Vega volvió del Camí de les Figueres justo a tiempo para oírlo.

—¿No?

—No esa cifra. No esas condiciones. He pedido propuesta formal y cuarenta y ocho horas.

Durante dos segundos, Lola y Sal pareció quedarse quieto.

Luego sonó el TPV.

—Eso es apoyo técnico —dijo Jana.

Tina levantó una sartén.

—O amenaza.

El móvil vibró a los veinte minutos.

EL COMPRADOR: Tomo nota. La cifra puede empeorar si se pierde oportunidad.

Le enseñé el mensaje a Vega.

Ella lo leyó, levantó una ceja y dijo:

—Está apretando.

—Qué novedad —dijo Biel.

Le enseñé el móvil también, porque ya no tenía sentido fingir que las decisiones no tenían público. No en Lola y Sal. No con ellas. No con él.

Biel lo leyó.

—No contestes.

—No voy a contestar.

Él guardó silencio.

Esa era la diferencia.

A media tarde, no responder empezó a dolerme en los dedos. Quería explicar, ordenar, justificar. En lugar de eso, serví cañas, cobré una mesa y discutí con un turista que quería pagar una parte “mañana”.

—Mañana no le conoce nadie —dije.

El turista se rio.

Yo no.

Biel me oyó desde la cocina y sonrió de lado.

Lo vi.

No debía mirarlo tanto.

A las siete, Nil apareció con otra caja de hielo.

—Esto no lo hemos pedido —dijo Jana sin esperar ni un respiro.

—Ya.

—¿Entonces?

—Ayer os faltó.

—Qué memoria tan práctica.

—La tuya es más creativa.

—La mía tiene mejores piernas.

Nil bajó la cabeza.

Subió a toda prisa.

A Jana se le torció la boca.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada. Te has puesto tímido por debajo del cuello.

—No existe eso.

—Sí. Acaba de pasar.

—Voy a dejar el hielo.

—Quédate y aprende a fingir mejor.

Nil entró en el almacén con la caja.

A las nueve, el comprador mandó otro mensaje.

EL COMPRADOR: Mañana doce. Última cifra. Sin más negociación.

Lo leí en la barra.

Biel estaba a mi lado, abriendo una botella de agua con los dientes porque tenía las manos mojadas. Me quitó la botella antes de que pudiera protestar, la abrió bien y me la devolvió.

—No hace falta que abras cosas con los dientes —dije.

—Algunas, sí.

Le enseñé el móvil.

Leyó.

—Mañana doce.

—Sí.

—¿Vas a venir a las ocho y media?

—Voy a venir cuando me dé la gana.

—Entonces a las ocho cuarenta.

—Ocho cincuenta, por castigarte.

Se bebió un trago de agua y me pasó la botella.

—Acepto.

Bebí donde él había bebido.

Lo hice sin pensar.

Luego pensé.

Biel también.

La botella quedó entre los dos, húmeda, vulgar, peligrosa.

—Abril —dijo.

—No.

—No he dicho nada.

—Pero lo vas a decir con la botella.

—La botella está siendo muy elocuente.

Jana apareció de golpe por el lateral.

—¿Por qué hay tensión con agua mineral? Sois agotadores.

Le di la botella.

—Bebe.

—No quiero participar en fluidos narrativos.

—Jana.

—Vale. Agua. Soy una profesional.

Biel y yo cerramos barra sin hablar mucho.

La pizarra seguía dentro, apoyada junto al cajón de las servilletas.

DECISIONES: MAÑANA, SIN PRISA Y SIN PÚBLICO.

Le añadí debajo, con tiza:

Y SIN COBARDÍA BARATA.

Biel lo leyó.

—Eso no entra en ningún cuadrante.

—Por eso va en la pizarra.

—Pepa lo va a leer.

—Pepa ya lo sabe.

Yo estaba muy cansada.

También muy despierta en los lugares equivocados.

—Mañana a las doce —dijo Biel.

—Mañana a las doce.

—No contestes sola.

—No me ordenes cómo contestar.

—No lo hago.

—Sí.

—Te lo pido.

Eso me dejó quieta.

Biel no pedía casi nunca. Abría, cargaba, discutía, anticipaba, castigaba con silencios. Pedir se le daba fatal porque dejaba ver el hueco.

—Vale —dije.

No añadí nada.

Él tampoco.

La confianza no llegó de golpe.

Llegó algo peor: la necesidad de verme llevar aquello encima sin obedecerlo.

Al cerrar la puerta, la llave volvió a atascarse.

—Levanta un poco —dijo Biel detrás.

La levanté.

Giró.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Tus cejas han sacado confeti.

—Buenas noches, Abril.

—Buenas noches, molestia con llaves.

Caminé hacia el Hostal Mar de Fora con arena en los tobillos, olor a fritanga en el pelo y la oferta de mañana latiendo en el bolsillo.

Por primera vez, no sentí que el móvil pesara más que yo.

No salí corriendo. Tampoco le pedí que corriera detrás.