CAPÍTULO 8 · BIEL
El nombre de uno pesa distinto escrito por la mano de la mujer que se fue.
No queda más bonito. Ni más digno. Ni arregla nada. Pero pesa diferente.
A la mañana siguiente miré la pizarra como un imbécil funcional. CIERRE: AbrIL / BIEL seguía allí, con la be mal hecha y una raya de tiza.
Tina pasó por detrás con una bolsa de pan.
—Si le haces más ojitos al cartel, voy a cobrar entrada.
—Estoy revisando turnos.
—Estás revisando una herida con patas.
—¿Qué desayunas tú?
—Paciencia ajena.
Dejó el pan sobre la mesa del centro y se fue a la cocina.
—Tina está en cocina —le dije.
—Ya.
—La caja pesa.
—Ya.
—Entra antes de que te vea haciendo de estatua y te insulte el doble.
Roc entró.
Tina lo vio desde la puerta.
—No necesito mozos.
—No soy mozo.
—Encima vienes voluntario.
Roc dejó la caja sin discutir.
—Bebed agua.
—Qué agresividad tan seca —murmuró ella.
No le dio las gracias. Miró la caja cinco segundos después de que él se fuera. A Tina las cosas ofrecidas sin factura le daban desconfianza.
Abril con su nombre junto al mío.
Aquello desordenaba la mañana más que cualquier otra cosa.
Llegó a las nueve menos cinco, puntual por desafío: pantalón corto negro, camiseta anudada, pelo recogido con un lápiz robado y dos cafés.
Dejó uno delante de mí.
—Ni una palabra sobre la hora.
—No iba a decirlo.
—Tus cejas habían convocado comité.
—Mis cejas descansan los domingos.
—Hoy es jueves.
—Por eso están trabajando.
Ni sonrió. Tampoco se fue.
Miró la pizarra. Luego el café. Luego a mí.
—¿Lo has borrado?
—No.
—¿Has pensado en borrarlo?
—Sí.
—Gracias por hacer que preguntar sea inútil.
Bebí café. Estaba malo. Azúcar de más. Ella lo sabía. Me lo había traído así para castigarme o porque recordaba una costumbre vieja de cuando yo tomaba café con complejo de postre barato.
—No he borrado nada —dije.
—Bien.
—No porque hayas ganado.
—No había dicho nada.
—Lo has pensado con el café.
Abril cogió el suyo y se apoyó en la barra. La luz de la mañana le caía en el cuello, justo donde el día anterior había tenido tiza. Yo no miré.
O sí.
Lo suficiente.
—El comprador ha contestado —dijo.
Eso metió gravilla en el café.
—Lo imaginaba.
—Dice que hará nueva oferta sin contar contigo.
—Está bien.
—Biel.
—¿Qué?
—No me des bienes falsos.
—No quieres que figure en la oferta.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Pues entonces?
—Entonces me fastidia que necesite rebajarte para sacarme de en medio.
Abril dejó el vaso sobre la barra.
—No eres un recurso.
—Ayer lo fui. En su mensaje, en tu pizarra, en la boca de Pepa, en la mesa doce.
—No metas a Pepa en una crisis de identidad.
—Pepa nació metida.
Abril se frotó la frente.
—Voy a contestarle después de servicio.
—Después de servicio se contestan mal muchas cosas.
—Entonces antes.
—Antes estás enfadada.
—¿Cuándo puedo contestar, según el departamento de Biel Ferrer?
—Cuando no sea para huir ni para demostrarme algo.
Guardó silencio.
Me arrepentí un poco y me lo guardé.
—Tienes una habilidad preciosa para convertir una ayuda en una amenaza —dijo.
—Y tú para convertir cualquier amenaza en un trámite.
—Estoy cansada.
—Yo también.
—No, tú estás orgulloso con sueño. Es distinto.
Jana entró con Nil detrás. Él traía una caja de hielo, claro. Jana llevaba una bolsa de croissants del Forn Nuri y pinta de haber decidido que el mundo merecía provocación.
—Buenos días, responsables escritos —dijo ella.
Nil dejó la caja.
—Por ahí no.
—¿Me estás mandando?
—Estoy suplicando.
—Me gusta más.
Abril cogió un croissant de la bolsa.
—No hagáis ruido con vuestros preliminares de hielo. Tenemos comprador y pizarra.
Nil se atragantó con nada.
Jana lo miró encantada.
—Preliminares de hielo. Me lo quedo.
—No te quedes nada que luego haga falta devolver —murmuró Abril.
La mañana arrancó mal y siguió con una disciplina admirable.
A las doce, Abril contestó al comprador.
Lo hizo junto a la barra, de pie, con el móvil apoyado sobre una caja de servilletas y Vega a medio metro.
Biel Ferrer Sintes no firmará continuidad ni compromiso personal. Lola y Sal se valorará por su actividad, estado y documentación. Cualquier oferta que use vínculos personales como rebaja no será considerada.
La leí porque me la enseñó.
Esa vez sí.
—¿Así? —preguntó.
No había ironía. Tampoco permiso. Había algo de confianza a medio hacer, y eso raspaba.
—Así.
La envió.
Luego el TPV escupió un ticket en blanco.
Jana alzó una mano.
—El aparato ha sentido una emoción.
Abril cogió el ticket y lo rompió.
—El aparato se controla.
—Qué peligroso —dijo Vega.
A las dos, el local estaba lleno y el comprador no contestaba. Abril trabajaba con el teléfono girado junto a la caja; cada vez que pasaba cerca lo miraba de reojo. Yo también.
La mesa cinco quiso cambiarse por el sol. La ocho quería pagar por separado. La diez decía haber reservado sombra completa. Abril gestionó las tres sin romper nada visible.
Luego llegó Oriol.
—Vega —dijo.
—Oriol.
Jana apareció a mi lado con una bandeja.
—Uy.
—No.
—He dicho uy muy bajo.
—Se te oye desde Port Saurí.
Abril, que estaba sirviendo dos claras, miró a Vega. Luego se volvió hacia mí.
—El grupo se está descompensando.
—Lola y Sal hace eso.
—No le eches la culpa al local de todas las hormonas pendientes.
—No sabría dónde meterlas.
Abril bufó una risa.
Me hizo bien. Me cabreó.
Porque todavía podía pasar en mitad de cualquier cosa: una risa y mi cuerpo recordando que llevaba una semana deseándola con la misma falta de educación con la que el baño se atascaba.
A media tarde, cuando la presión bajó un poco, Abril entró en el almacén con una caja de servilletas.
Yo estaba revisando neveras portátiles. En realidad, estaba revisando el móvil de reojo cada vez que vibraba en el exterior. El suyo, no el mío. El sonido ya me había educado.
—Ha contestado —dijo.
No me giré enseguida.
—¿Y?
—Oferta revisada mañana. Sin tu continuidad. Más baja.
Asentí.
—Vale.
—No me des un vale seco.
—No sé qué quieres que diga.
—Algo que no suene a que te da igual.
Cerré la tapa de la nevera de un golpe seco.
—No me da igual.
—Pues dilo así.
Me giré.
El almacén estaba caliente.
—Me jode —dije.
—Lo sé.
—No porque me quite de la oferta. Porque te baja el precio cada vez que decides no venderle una parte de ti.
La caja se le movió en las manos.
—No sé si eso ha sido bonito o asqueroso.
—Tampoco.
—Biel.
—¿Qué?
—Ayer, cuando me apartaste…
—No empieces desde ahí si hay caja entre nosotros.
Miró la caja. La dejó sobre una pila de botellas de agua.
—Ya está.
—Perfecto.
—¿Por qué?
—Porque ahora no hay nada entre nosotros.
Sí lo había.
Mucho.
Todo eso estaba entre nosotros.
Abril dio un paso.
—No quiero usarte para no pensar.
—Bien.
—Tampoco quiero fingir que no pienso en tocarte cada vez que pasas detrás de mí.
Aquello sí me dejó quieto.
La claridad, en Abril, siempre venía despeinada.
—Dilo sin estar peleando —pedí.
—Estoy peleando un poco.
—Inténtalo.
Respiró por la nariz. Tenía las mejillas rojas de calor, una mancha de café en la camiseta y tiza en el pulgar. Se miró el dedo, molesta, y luego a mí.
—Quiero tocarte —dijo—. No para huir. No para responderle a él. No para borrar la oferta. Porque llevo todo el día con tu nombre escrito al lado del mío y me dan ganas de tocarte y de darte una patada. Las dos. No sé ordenarlo mejor.
No tenía que ordenarlo mejor.
Me acerqué despacio.
—Si quieres que pare, me lo dices.
—Si paras sin que te lo diga, te tiro una caja.
—Consentimiento con amenaza logística. Te pega.
—Cállate.
La besé.
O me besó ella.
A esas alturas la autoría importaba poco y la consecuencia, mucho.
Abril me agarró de la camiseta con las dos manos y tiró de mí con una prisa que no pedía perdón.
La nevera portátil vibraba contra mi cadera.
Ella sabía a café frío y a día largo. Yo sabía a cerveza y a malas decisiones pospuestas.
Su boca se abrió bajo la mía y el sonido que soltó me obligó a sujetarla por la cintura para no apretarla de cualquier manera.
La espalda le tocó la estantería. Algo cayó detrás: servilletas, quizá. No me importó. A ella tampoco.
Le pasé la mano por debajo de la camiseta, despacio, por la piel caliente del costado. Abril se arqueó un poco y me mordió el labio.
—No me trates como cristal —dijo.
—No te trato como cristal.
—Me estás pidiendo permiso hasta para respirar.
—Porque si luego dices que he ocupado sitio, quiero haber dejado acta.
Se rio contra mi boca. Mal. Sin alegría. Con ganas.
—Idiota.
—Sí.
Me agarró la mano y la subió hasta debajo de su pecho, sobre la tela del sujetador. No más. Hasta ahí. Ella marcó el límite con una precisión que me encendió más que si no hubiera habido ninguno.
—Aquí —dijo.
—Aquí.
La besé en el cuello. Tenía sal en la piel. Sudor. Un olor de barra, café, protección solar vieja y ella. Abril parpadeó despacio, pero no miró la puerta. Esta vez no.
Eso me llegó antes que su cuerpo.
Mi pulgar rozó el borde del sujetador. Ella exhaló contra mi boca y me apretó la nuca. Yo bajé la otra mano a su cadera, al hueco donde la camiseta se había subido, y la atraje. No llegué a perder la cabeza, pero supe que la estábamos perdiendo por partes.
—Biel.
—Dime.
—No puedo hacerlo aquí.
Paré.
Paré entero. Mal. Con todo el cuerpo protestando.
Abril abrió los ojos.
—No he dicho que no quiera.
—Lo tengo claro.
—He dicho aquí.
—Lo he oído.
—No me sueltes con pinta de castigo.
No la solté. Apoyé la frente junto a la suya, contra la estantería, sin aplastarla, sin convertir la parada en reproche.
—Estoy intentando no ser un imbécil.
—Se te nota el esfuerzo.
—Cállate.
—No puedo hacerlo en el almacén mientras fuera está Jana, Nil y medio menú esperando bravas.
—Entendido.
—Y no porque me dé vergüenza quererte tocar.
Lo dijo. Se le escapó, por un lado.
Quererte tocar.
No quererme. No quedarse. Nada que pudiera ordenar.
Tocar.
Suficiente para hacer daño.
—Vale —dije.
—Ese vale no vale.
—No tengo una palabra que no estorbe.
Entonces se abrió la puerta del almacén.
Ona apareció con una pila de carteles en la mano, miró al frente, vio mi mano todavía bajo la camiseta de Abril, vio a Abril con la boca hinchada y la espalda contra la estantería, vio varias cosas que no necesitaban interpretación, y cerró los ojos.
—Me voy a tirar al baño azul.
Abril me empujó.
Con cuidado.
Con vergüenza.
—Ona.
—No. No. Todo bien. Yo venía a preguntar si ponía “solo efectivo si el TPV se muere” o eso suena más de la cuenta a Lola y Sal ardiendo, pero veo que el departamento de comunicación interna está ocupado.
—Ona —dije.
—Sí. Me voy. No he grabado. Lo digo antes de que alguien me exilie.
La puerta se cerró.
Abril se tapó la cara con las manos.
—Otra vez no.
—No ha sido Nil.
—Qué consuelo tan específico.
Fuera, Jana gritó:
—¡Ona, no corras, que aquí solo huye Abril y tiene el cupo lleno!
Abril bajó las manos.
—La mato.
—Hazlo después del servicio. Tenemos reserva.
No apartó los ojos.
Y se rio.
Esta vez sí. Una risa breve, vergonzosa, viva. La clase de risa que volvía menos elegante todo, más peligroso y más difícil de vender.
Salimos del almacén separados por una distancia prudente y una indecencia evidente.
Jana nos miró desde la cafetera.
Nil no. Nil miraba la caja de hielo con devoción religiosa.
Ona estaba en la terraza, roja hasta el cuello, colocando un cartel que decía: SI EL TPV FALLA, RESPIRAD. Parecía un comunicado de emergencia escrito en rotulador.
Tina apareció desde cocina.
—¿Por qué habéis tardado con las servilletas?
Abril levantó una pila.
—Inventario emocional.
Tina nos miró a los dos.
—No quiero saberlo.
—Bien —dijimos a la vez.
Eso hizo sonreír a Jana.
Mal asunto.
El resto de la tarde fue un ejercicio de no mirarnos donde quemaba.
Abril pasó detrás de mí tres veces sin tocarme.
Ona nos evitó con culpa. Vega guardó un papel en el bolso.
Tina bebió el agua que Roc le había traído.
Jana llamó a Nil «hombre de hielo» y Nil fingió ofenderse.
El servicio siguió, con gente de sobra y cosas sin decir.
A las once y media, la respuesta nueva del comprador llegó.
Abril estaba cerrando caja. Yo bajaba el toldo derecho, que decidió atascarse en el punto exacto de siempre. El móvil vibró sobre la barra. Nadie habló. Ella lo cogió y leyó.
Me lo enseñó.
EL COMPRADOR: Nueva cifra mañana por la mañana. Sin Biel. Sin transición. Pero necesito respuesta el mismo día.
Sin Biel.
Qué forma tan educada de borrarme.
Abril miró la pizarra.
CIERRE: AbrIL / BIEL.
Luego volvió a mí.
—No voy a contestar desde el almacén —dijo.
—Como quieras.
—Ni desde la vergüenza.
—Mejor.
—Ni desde tu cara de hombre borrado.
Ahí sí me moví.
—Abril.
—¿Qué?
—No me pongas en el centro si luego vas a decir que ocupo sitio.
Le dolió. Lo vi.
También era verdad.
La barra quedó con los vasos sucios, la caja abierta, una servilleta pegada al grifo y la pizarra mirando hacia la calle. El local entero estaba cansado. Nosotros más.
Abril cogió la tiza.
Pensé que iba a borrar mi nombre.
Se contuvo.
Debajo de CIERRE: AbrIL / BIEL escribió:
DECISIONES: MAÑANA, SIN PRISA Y SIN PÚBLICO.
Jana leyó desde la cafetera.
—Eso es mentira. Aquí siempre hay público.
—Pues mañana cobramos entrada —dijo Abril.
Aquello no arreglaba nada; apenas dejaba la escena un poco menos torcida.
Ni una promesa.
Tampoco era una huida.
El TPV escupió un papel en blanco. Oportunidad pésima, muy de Lola y Sal.
Abril cogió el ticket, lo dobló y lo metió en el bote de propinas.
—Que aporte algo.
Después cerramos.
Juntos.
Con una oferta nueva esperando, mi nombre fuera de la venta, mi mano todavía recordando su piel y Ona evitando el almacén con miedo de sanción municipal.
Al apagar la luz de la barra, Abril se llevó la pizarra hacia dentro.
—¿Ahora la escondes? —pregunté.
—No. La guardo para que mañana no la lea Pepa antes que yo.
—Pepa ya lo sabe.
—Pepa sabe hasta cosas que no han pasado.
La ayudé a apoyarla contra la pared, al otro lado de la barra.
Nuestros hombros se tocaron.
Ninguno se apartó.
Desde el baño llegó un goteo lento.
Abril suspiró.
—Mañana compramos otro cubo.
—Mañana decides una oferta.
—También.
—Y no desde el almacén.
Me miró de lado.
—No me organices.
—No te estoy mandando.
—Ya.
—Te estoy recordando dónde casi pierdes el juicio.
—Me resuelve la vida.
—Soy apoyo de apertura y cierre.
—Eres una molestia con llaves.
—Lo pondré en la pizarra.
Salimos por la puerta lateral. La calle estaba caliente todavía, con olor a basura esperando recogida y pan cerrado. Cala Saurina fingía dormir. Mal, como todo el pueblo.
Abril cerró la puerta con mi llave porque la suya volvía a atascarse.
La llave giró a la primera.
La observó en la mano.
—Silencio —avisó.
—Literalmente no he hablado.
—Te callas de una forma insoportable.
—Estoy aprendiendo del entorno.
Me devolvió la llave.
Nuestros dedos se tocaron.
Esta vez ocurrió a propósito.
Tampoco fue suficiente.
Lo peligroso no era el gesto. Era lo fácil que me salió dejarlo pasar.