CAPÍTULO 7 · ABRIL
La pizarra amaneció mirando a la calle.
No la había dejado ahí.
Yo recordaba perfectamente haberla apoyado junto a la barra después de limpiar el baño azul, con los dedos arrugados por el agua, la camiseta pegada al cuerpo y la paciencia enterrada debajo de una montaña de vasos.
Recordaba haber pasado el trapo por encima de CIERRE: AbrIL / BIEL sin borrar nada.
Recordaba, sobre todo, haberme ido al Hostal Mar de Fora pensando que por la mañana ya decidiría si aquello seguía escrito.
Por la mañana, alguien la había puesto en la entrada, debajo del cartel desgastado de Lola y Sal, en el punto exacto donde cualquier persona con ojos, hambre o ganas de opinar podía leerla.
APERTURA: BIEL / TINA.
COMIDA: AbrIL / JANA.
TARDE: VEGA / ONA.
CIERRE: AbrIL / BIEL.
La tiza blanca tenía una marca borrosa en la barra de la ele de Biel. Mi mano, seguramente. Discretísimo. Adulto de pena. Poco digno para una mujer que decía tener el control.
Pepa estaba en la puerta del Ultramarinos Pepa, colocando botellas de agua con una lentitud obscena.
—Buenos días, cierre conjunto —dijo.
—Buenos días, Pepa.
—Eso de ponerlo por escrito ayuda a la juventud. Antes nos teníamos que enterar de las cosas por las persianas.
—No hay cosas.
—Y el pueblo lee literatura donde le sale gratis.
Levanté la pizarra para entrarla dentro.
Pesaba poco. Me costó igual. No por el brazo. Por la sensación ridícula de estar cargando un cartel de neón con mi falta de criterio.
Biel apareció por la puerta lateral con una caja de vasos limpios y una camiseta gris que ya traía una mancha en el hombro.
—¿Qué haces?
—Tiene que estar visible.
—Para el Ayuntamiento. No para Pepa, la señora del tercero y media Platja Gran.
Pepa levantó una botella desde la acera.
—Te oigo, nenita.
—Ese es el problema.
Biel dejó la caja junto a la barra. No sonrió. Se acercó a la pizarra, miró los nombres y luego a mí.
—¿La vas a borrar?
—Voy a ajustar.
—Ahí sí suena peligroso.
—No empieces.
—Todavía no he desayunado. Estoy en fase amable.
Cogí la tiza del soporte. Estaba partida por la mitad, con la punta sucia. La pasé por la línea de cierre y empecé a borrar su nombre con el canto de la mano.
Biel me agarró la muñeca.
Con cuidado.
Suficiente.
—Abril.
—Suéltame.
Me soltó.
Otra vez. Siempre rápido cuando se lo pedía y tarde para que mi cuerpo no lo echara en falta.
—No lo borres por él —dijo.
—No lo borro por él.
—Entonces mírame y dilo.
Mala idea.
Biel tenía la pinta de haber dormido poco, una sombra de barba en la mandíbula y esa raya de cansancio entre las cejas que se le marcaba cuando estaba intentando no mandarme. Me dio rabia reconocerle hasta los frenos.
—Lo borro porque no quiero que todo el mundo nos lea —dije.
—Eso es por el pueblo.
—El pueblo está incluido en el paquete de problemas.
—¿Y yo?
—Tú eres el que lleva llaves.
—Respuesta preciosa.
—Es temprano. Mi poesía está en ayunas.
Biel cogió la tiza de mi mano. Me la quitó con cuidado, que fue mucho peor que arrebatármela.
—Tú no tienes que esconder mi nombre para demostrar que decides sola.
—No estoy demostrando nada.
—Llevas una semana demostrando tanto que nos vas a pedir sello.
Le arranqué la tiza.
—Cierre: Abril —escribí.
La be de Abril me salió enorme. El hueco después, peor todavía.
Biel miró la pizarra.
—¿Así mejor?
—Sí.
—Mentira.
—No me hables de mentiras antes del café.
Tina apareció desde la cocina con una bolsa del Forn Nuri debajo del brazo y el pelo recogido con una pinza negra.
—¿Por qué la pizarra parece una pelea con testigos?
—Porque Abril ha desayunado autoridad —dijo Biel.
—Porque Biel se cree parte del mobiliario fijo —dije.
Tina miró la línea de cierre.
—Si cierra solo Abril, yo no limpio luego el desastre emocional.
—Desastre emocional baja mucho el tono de marca —dijo Ona, entrando con una caja de servilletas.
—Tampoco hay marca —dije.
Ona dejó la caja.
—Hay cartel, hay mesa de siempre, hay un baño azul con personalidad y hay dos adultos haciendo teatro con tiza. Eso es marca.
Jana llegó a las ocho y treinta y dos con un café helado, gafas de sol y una camiseta que decía nada porque, según ella, las camisetas con mensaje exigían coherencia.
Detrás de ella entró Nil con dos bolsas de hielo.
Jana no lo miró.
Lo vio entero.
—Has venido otra vez con hielo —dijo.
Nil dejó las bolsas junto al almacén.
—Lo pediste tú.
—Yo pido muchas cosas cuando no quiero acostarme con alguien. No todas se cumplen.
Nil se puso rojo hasta las orejas.
—Jana.
—¿Qué?
—Hay gente.
—Eso en Lola y Sal no ha impedido nada nunca.
Biel tosió. Yo miré la pizarra para no mirar la marca blanca que todavía no estaba en su camiseta, pero que mi cabeza seguía viendo igual.
Nil leyó la línea de cierre.
—¿Solo Abril hoy?
—Sí —dije.
—No —dijo Biel.
—¿Perdón?
—Hoy hay reserva del Club Aleta a última hora, dos mesas de la excursión de la Platja Gran y el baño funcionando con fe. No cierras sola.
—No decidas por mí.
—No te mando. Te digo lo que sabe cualquiera con ojos y un mínimo de respeto por la fontanería.
Jana levantó el café.
—Yo respeto la fontanería. Me da miedo.
—No voy a pasarme todo el verano discutiendo contigo por una pizarra —dije.
—Entonces no uses la pizarra para tener la discusión.
El móvil me vibró en el bolsillo.
No lo miré.
Biel sí miró mi bolsillo. Otra vez. La repetición ya casi tenía horario.
—No empieces —dije.
—No he hecho nada.
—Tu cara ha hecho una comisión de seguimiento.
El móvil volvió a vibrar.
EL COMPRADOR.
Lo supe antes de sacar la pantalla. Lo sabía el cuerpo. El mensaje decía:
No quiero sorpresas.
Qué argumento tan cómodo para alguien que venía a comprarlas rebajadas.
Biel leyó desde donde estaba porque yo no tapé el móvil a tiempo.
—¿Ves? —dije.
—Sí.
—Por eso lo borro.
—No. Por eso contestas que mi nombre no se negocia.
—Ya lo contesté una vez.
—Y lo volverás a contestar si hace falta.
—Qué fácil hablar cuando no eres tú quien tiene que vender.
Lo dije y se quedó pegado a la barra, feo, húmedo, con olor a café recién hecho y turno empezando.
Biel dejó el silencio entre los dos.
Tina dejó la bolsa del Forn Nuri sobre la mesa.
—Voy a abrir cocina antes de que os pongáis a hacer daño con accesorios de papelería.
Ona miró mi móvil.
—No le contestes ahora.
—No me mandes tú también.
—No te mando. Te suplico por mi paz digestiva.
Jana se acercó a Nil, le quitó una de las bolsas de hielo de la mano y la apoyó contra su propia nuca.
—Haz algo útil, Borràs. Mira si la nevera portátil dos sigue respirando.
—¿Por qué me mandas tú sí?
—Porque a ti te gusta.
Nil abrió la boca. La cerró. Se fue hacia el almacén con la bolsa de hielo y los hombros encogidos.
El servicio de comida entró antes de que nadie pudiera arreglar la pizarra, el mensaje o la forma en que Biel había dejado de mirarme.
—No —contesté.
Biel, desde la cafetera, dijo:
La mujer de la mesa doce sonrió con la boca llena de pan.
Le puse la caña con más espuma de la cuenta.
Biel la cambió sin decir nada.
Eso me molestó más que si me hubiera corregido delante de todos.
A las tres y cuarto, el cliente de la mesa catorce se inclinó sobre la barra para pagar. Llevaba camisa abierta, piel de playa, sonrisa de no saber leer la sala y un reloj que probablemente quería conversación.
—Abril, ¿verdad?
—Sí.
—Bonito nombre.
—Es el que había.
Se rio más de la cuenta.
—¿Tú eres la dueña?
—Hoy sí.
—Qué respuesta.
Me alargó la tarjeta, pero en lugar de soltarla, dejó los dedos un segundo más sobre los míos. Un contacto rápido con derecho inventado, de esos que en un bar ocurren cien veces y una aprende a cortar sin montar escena.
La retiré.
Biel lo vio.
Claro que lo vio.
Apareció a mi lado con una caja de vasos bajos.
—La tarjeta en el datáfono —dijo.
El cliente lo miró.
—Ya me estaba atendiendo ella.
—Y ahora le falta sitio para seguir haciéndolo.
—Tranquilo, hombre.
—Estoy tranquilísimo.
Jana pasó por detrás y murmuró:
—Eso ha sido falso hasta para el datáfono.
El cliente pagó. Se fue con una propina ridícula y una mirada de esas que hacen que una quiera ducharse sin haber sudado.
Biel siguió colocando vasos.
Yo seguí quieta.
—No necesito que hagas eso —dije.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
—Necesitaba hacerlo yo.
Era lo mismo que había dicho en L’Estaca.
—No lo convierte en bueno.
—No.
—Tampoco en tuyo.
Ahí sí levantó la cabeza.
—Lo sé.
No fue una bronca. Fue aprendizaje, que en Biel casi siempre venía con mala cara.
Me giré hacia el TPV porque necesitaba una pantalla para no mirarle la boca.
El aparato pitó.
—Comentario cero —le dije.
—Todavía no he dicho nada.
—La has cerrado con celos.
—Puede.
Me quedé con el dedo suspendido sobre la pantalla.
—¿Puede?
—Estoy en turno de sinceridad incómoda.
Jana soltó un silbido desde la cafetera.
—Avisa antes, que algunas somos impresionables.
No supe qué hacer con aquello: Biel admitiendo algo sin castigo, mi nombre borrado a medias de una pizarra y su nombre convertido en problema de venta.
A las cinco, contesté al comprador.
Biel estaba en el almacén.
Escribí:
Biel Ferrer Sintes no forma parte de ninguna garantía de venta.
Vega leyó por encima.
—Vale.
—No suenes orgullosa.
—Estoy reventada y esto me afecta.
Lo envié.
Sentí alivio durante seis segundos.
Luego miré la pizarra.
CIERRE: AbrIL.
Soltera, valiente, absurda y preparada para morir debajo del toldo izquierdo si hacía falta.
El grupo estaba ocupando Lola y Sal a bocados.
A mí me gustaba menos de lo que debería.
También más.
A las once y cuarenta, la última mesa se fue dejando arena en las sillas y dos servilletas con números de teléfono para Jana. Ella las guardó.
—¿No las tiras? —preguntó Nil, que seguía allí por razones que nadie necesitaba fingir técnicas.
—Estoy reciclando autoestima ajena.
—Qué ecológico.
—Tú trae hielo y no opines.
Nil sonrió sin querer.
Jana también, pero hacia otro lado.
Yo limpié la barra con movimientos cortos. Me dolían los pies. Me dolía el brazo derecho. Me dolía la pizarra.
Biel se acercó cuando el local quedó casi vacío.
—No puedes cerrar sola.
—Ya lo he hecho otras veces.
—No aquí.
—Biel.
—Hoy no es para demostrar nada.
—Siempre dices eso cuando estás a punto de demostrarlo tú.
Me quitó el trapo de la mano.
—Entonces no cerremos desde la pelea.
Era feo y útil. Le salía de dentro.
Me senté en la silla coja detrás de la barra porque las piernas me dieron un aviso que no quise debatir.
El móvil vibró.
EL COMPRADOR: Recibido. Entonces revisaré oferta sin Biel por escrito. Será otra cifra.
Le enseñé la pantalla a Biel.
El permiso no era lo que buscaba.
Por no esconderla.
Él la leyó. Luego miró la pizarra, donde solo quedaba mi nombre en cierre.
—Pues al menos que no te compre también el miedo —dijo.
Me levanté.
Cogí la tiza.
Borré CIERRE: AbrIL.
Escribí despacio, con la mano peor que por la mañana:
CIERRE: AbrIL / BIEL.
—No lo hago por él —dije.
—Ya.
—Ni por ti.
—Ya.
—Lo hago porque si mañana tengo que decidir algo, prefiero hacerlo habiendo cerrado bien hoy.
Biel miró mi letra.
—La be me ha salido fatal.
—¿Eso es lo que sacas de todo?
—Estoy eligiendo sobrevivir.
Casi reí.
No me dio tiempo.
Desde el baño llegó un golpe seco y el ruido de algo cayendo al cubo.
Tina gritó desde la cocina:
—¡Como sea el cartel nuevo, abandono la civilización!
Biel cogió la fregona.
Yo cogí el cubo.
Otra vez juntos.
Otra vez por escrito.
Aquella noche ya no pude fingir que no lo había elegido un poco. Me habría venido bien fingir; siempre deja menos manchas.