CAPÍTULO 6 · BIEL #2
Eso me atravesó antes de que pudiera protegerme.
No lo convertí en descanso. No lo adorné.
Le besé el cuello porque hablar habría sido peligroso y porque su piel estaba caliente, salada, viva.
Abril inclinó la cabeza hacia un lado. Su mano subió a mi nuca.
Me apretó ahí, con una necesidad poco educada.
Yo pasé los dedos por su cintura, bajo el borde de la camiseta, solo piel, sudor y un estremecimiento que ella no intentó esconder del todo.
—Dime que esto no es para no contestar al comprador —dije contra su cuello.
Ahí estuvo la consecuencia real.
No en una puerta abriéndose. No en una bandeja cayendo. En su cuerpo parando bajo mis manos porque la pregunta había dado donde tenía que dar: si aquello era deseo o una forma muy física de no contestar al comprador.
—No lo sé —dijo.
Me aparté.
No mucho. Lo suficiente.
Abril abrió los ojos.
—No digo que sí.
—Pero no puedes decir que no.
Se le humedeció la mirada de rabia. No de lágrimas. Rabia pura, la que sirve para mantenerse de pie cuando algo se te escapa.
—Eres insoportable.
—Sí.
—No me sueltes así.
—Te suelto porque si sigo, mañana vas a llamarlo error por no haber sabido contestar mejor.
—No sabes eso.
—Lo sé lo suficiente.
—No me conoces tanto.
—Te conozco en esto.
Nos miramos con el ruido de las neveras portátiles entre los dos.
Entonces la puerta del almacén se abrió.
Nil apareció con otra bolsa de hielo en brazos.
Se plantó allí.
Vio mi mano aún en la cintura de Abril. Vio la camiseta de ella arrugada. Vio la tiza en mi pecho. Vio más de lo que cualquier hombre que estaba derritiendo hielo para ligar con Jana necesitaba ver.
—Perdón —dijo.
Abril se apartó de golpe.
—Nil.
—Yo solo… Jana ha dicho que trajera esto.
Detrás de él, desde la barra, Jana gritó:
—¡Nil, si te has perdido, grita y fingimos sorpresa!
Nil apretó los párpados un segundo.
—Me voy a morir.
—No aquí —dije—. Tenemos el baño ocupado.
Abril clavó los ojos en mí con ganas de matarme y agradecerme a la vez.
Nil dejó la bolsa donde pudo, casi encima de una caja de servilletas, y salió hacia la barra con la cara de quien acababa de perder una discusión contra el suelo.
Abril se pasó las manos por el pelo.
—Genial.
—Podría haber sido peor.
—Eso aquí no se invoca.
A los tres segundos, Jana apareció en la puerta.
—¿Por qué Nil tiene cara de haber visto santos en ropa interior?
—Jana —dijo Abril.
Jana miró mi camiseta. La marca blanca de su mano. La cintura arrugada de Abril. El hielo mal colocado.
—Ah.
—No —dijo Abril.
—He dicho ah, no sentencia.
—Tu ah tiene subtítulos.
Jana alzó la mirada hacia mí.
—¿Todo consentido, adulto y con posibilidades de arruinar el cierre?
—Jana —dijimos los dos.
—Vale. Pregunta retirada por exceso de verdad. Hay mesa dieciséis esperando bravas y Nil intentando convertirse en mueble. Salid cuando terminéis de no hablar.
Se fue.
Abril se apoyó en la nevera portátil y dejó escapar una risa sin alegría.
—Ya lo sabe.
—Jana lo sabía antes de nacer.
—Nil lo ha visto.
—Nil tiene sus propios problemas.
—El chiste te lo guardas.
—Estoy evitando decir otra cosa.
—¿Qué cosa?
Me mordí la lengua.
Ella tampoco insistió.
Porque lo sabía.
El grupo empezaba a ocupar Lola y Sal con sus grietas, y lo nuestro dejaba manchas: un vídeo, una pizarra, tiza en la camiseta, Jana haciendo bromas para no decir que estaba preocupada.
Abril cogió aire por la nariz. Mal. Cansado.
—Tengo que volver a barra.
—Sí.
—Y tú tienes tiza.
Miré mi pecho.
La marca de su mano blanca sobre la camiseta gris.
—La dejo.
—Biel.
—¿Qué?
—No la uses como prueba.
Me dolió más de lo que debería.
—No soy él.
No hizo falta nombrarlo.
Abril miró al suelo.
—Lo sé.
—No siempre.
—Estoy aprendiendo.
Lo mismo que antes. Pero ahora venía con la boca hinchada y la cintura mal colocada. Aprender estaba empezando a costarnos más que hablar.
Volvimos a la barra separados por un metro y una mentira floja.
Jana no dijo nada.
Aquello fue grave.
Nil sí. Al pasar junto a mí, con una bandeja de vasos sucios en la mano, murmuró:
—No he visto nada.
—No sabes mentir.
—Estoy aprendiendo del entorno.
—Mala escuela.
—Ya.
Jana lo oyó y sonrió hacia la cafetera, no hacia él. Fue un gesto breve y tampoco inocente.
Lola y Sal estaba lleno de comienzos que fingían ser tareas.
A las doce y media, cuando cerramos cocina, Abril y yo quedamos frente a la pizarra.
CIERRE: AbrIL / BIEL.
Ella tenía el trapo en una mano y la tiza en la otra. No sé cuándo la había cogido. Yo tampoco pregunté.
—Voy a quitar mi nombre de apertura mañana —dijo.
—Me vale.
—No me lo adjudiques.
—No he dicho ni una palabra.
—Lo has dicho con la camiseta.
Miré la marca blanca.
—La camiseta no opina.
—Esta sí.
Me acerqué y bajé la voz.
—La próxima vez que pongas cierre conmigo, no lo hagas para castigarte.
Abril ni pestañeó.
—¿Entonces para qué?
Podía haber dicho algo correcto y falso, de esas cosas que arreglan la superficie y pudren lo de debajo. No me salió. Mejor.
—Para quedarte hasta que cierre —dije.
No sonrió.
Tampoco borró el nombre.
Al fondo, el baño volvió a hacer un ruido feo.
Jana gritó:
—¡Responsables de cierre, vuestro hijo azul llama!
Abril entornó los ojos.
—La pasión se nos va de presupuesto.
Cogió el cubo.
Yo cogí la fregona.
Nos fuimos juntos hacia el baño, con nuestros nombres en la pizarra y medio pueblo listo para leerlos al día siguiente. Discretísimo todo. Nuestro, por desgracia.