CAPÍTULO 6 · BIEL
Abril había convertido la pizarra de turnos en una confesión con faltas de ortografía.
No por las letras. Abril escribía bien incluso con tiza rota. Lo malo eran los huecos: los nombres juntos, los separados y las horas donde fingía dejarse ayudar.
A las siete de la tarde, la pizarra estaba junto a la barra, visible para clientes, amigas, proveedores, vecinos y cualquier alma con ganas de opinar sin pagar suplemento.
APERTURA: BIEL / TINA.
COMIDA: AbrIL / JANA.
TARDE: AbrIL / ONA.
CIERRE: AbrIL / BIEL.
Ese cierre parecía escrito más grande. No lo estaba. Lo leía yo con mala intención.
—Mírala —dijo Jana, a mi lado—. Ha puesto cierre con vosotros dos y no ha ardido el local.
—No pongas palabras peligrosas cerca de la freidora.
—Tienes razón. El local ya se basta.
Jana estaba rellenando pajitas, o haciendo ver que rellenaba pajitas mientras Nil Borràs Vidal descargaba una bolsa de hielo junto al almacén.
Nil llevaba diez minutos allí para una tarea de dos.
Jana llevaba diez minutos fingiendo que no se daba cuenta.
La bolsa de hielo se estaba derritiendo por solidaridad con el resto de nosotros.
—¿Vas a decirle que se vaya? —pregunté.
—¿A quién?
—Al señor congelado.
—Nil puede quedarse si quiere.
—Qué generosa.
—No seas vulgar, Biel.
Nil levantó la cabeza.
—Estoy oyendo todo.
—Pues carga más rápido —dijo Jana.
—No sé si esto es coqueteo o explotación.
—En Lola y Sal trabajamos mucho la mezcla —contesté.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada —dijo Jana.
—Eso aquí es aviso de bomba.
—Técnicamente, Nil trae hielo.
—Nil lleva trayendo hielo desde que yo estaba en mesa ocho.
Nil levantó las manos.
—Puedo irme.
Jana se giró hacia él de golpe.
—Nadie te ha echado.
Abril miró a Jana, luego a Nil, luego a mí.
—¿Me he perdido una reunión?
—Varias —dije—. Pero ninguna con acta.
—Gracias por la precisión inútil.
Pasó por tras la barra y dejó la bandeja en el fregadero. Al inclinarse, el nudo de la camiseta subió un poco y enseñó la marca roja de la cintura del pantalón. Aparté la vista. Tarde, como siempre. Abril no lo vio. Jana sí. Jana lo veía todo salvo lo suyo.
—Mesa catorce quiere cambiarse a sombra —dijo Abril.
—La sombra no ha presentado currículum —contesté.
—Biel.
—Voy.
—No, voy yo.
—¿Entonces para qué me lo dices?
—Para que lo sepas.
—Qué intimidad más rara estamos construyendo.
Jana hizo un ruido.
Abril cogió otra bandeja.
—Intimidad y Jana mirando hielo no caben juntas.
Nil se atragantó con nada.
Jana enseñó los dientes.
—Abril se está volviendo útil y mala. Me gusta.
Abril salió a la terraza sin dejar margen a réplica.
La seguí con la mirada.
Tina apareció a mi lado con un plato de pan.
—Baja la cara.
—Estoy trabajando.
—Estás mirando una espalda con excusas.
—Qué fina vienes hoy.
—Estoy cansada. Se me acaba la poesía.
Me puso el plato en las manos.
—Mesa doce.
—Mesa doce debía irse de nuestras vidas después de San Juan.
—La gente sin vergüenza repite.
—Eso explica mucho.
Tina levantó la barbilla.
—No la rompas.
Tina no solía pedir las cosas así.
Me quedé quieto con el plato en las manos.
—No estoy…
—No he dicho que lo estés haciendo adrede.
Aquello empeoraba todo.
—Tina.
—Ella se rompe sola, sí. Tú también. Un panorama precioso. Pero si vais a usar el cierre juntos para haceros daño con más privacidad, avisad y nosotras ponemos casco.
—No va a pasar nada en el cierre.
Tina miró la pizarra.
—Claro.
No me gustó que me devolviera el claro.
No me gustó más que tuviera razón.
El servicio de tarde empezó con ese cansancio que no es sueño sino acumulación de molestias: arena dentro de las zapatillas, sal en la piel, clientes que te llaman «jefe», vasos calientes, aunque acabes de sacarlos, una gota bajando por la espalda cuando tienes las dos manos ocupadas.
Abril se movía de mesa en mesa con una eficacia enfadada.
No sonreía de más. Tampoco se escondía. Eso la hacía visible de otra forma.
La pizarra también la hacía visible.
Cada vez que preguntaban quién cobraba o decidía, Abril miraba el cartel de responsable y contestaba ella. Si preguntaban por Biel, apretaba la mandíbula antes de decir:
—Está dentro.
Dentro.
No suyo. No mío. Dentro.
Me conformé con eso durante aproximadamente cuatro minutos.
—No lo toques —dije.
—Lo estoy mirando.
—Tu mirada pulsa botones.
—Mi mirada tiene mejores cosas que hacer.
El padre de la familia, rojo de sol y sangría, dijo:
—¿Hay problema?
—El TPV está pensando —contestó Abril.
—¿Otra vez? —preguntó Jana desde el otro lado.
—Aquí todos pensamos tarde —dije.
Abril se agachó bajo la barra antes de que yo pudiera hacerlo. Naturalmente. Porque prefería pelearse con cables que admitir que estaba a punto de pedir ayuda.
Me agaché detrás.
—Apártate un poco.
—No cabemos los dos.
—Eso no nos ha impedido cometer errores antes.
Su hombro chocó con mi pecho.
—Los archivos sentimentales, debajo de la barra no.
—Es donde mejor se conservan.
Había cuatro cables, una regleta con polvo, una pinza de pelo que nadie reclamaba y el calor encerrado de una tarde entera.
Abril estaba de rodillas, con la camiseta pegada a la espalda y el pelo cayéndose del moño.
Yo tenía una mano apoyada en la madera para no tocarle la cintura. Eso también era un trabajo.
—Ese no —dije.
—Estoy siguiendo el cable.
—Estás siguiendo la cafetera.
—La cafetera y yo tenemos una relación más estable que nosotros.
El cliente preguntó desde arriba:
—¿Todo bien?
Jana contestó:
—Están reconciliando tecnología y rencor.
Abril dejó escapar una risa. Se le escapó contra la barra, cerca de mi antebrazo.
Esa risa me pegó peor que cualquier reproche.
—Aquí —dije, y metí la mano por encima de la suya.
Nuestros dedos quedaron enredados entre cables durante un segundo. No había forma elegante de sacarlos. Tampoco hice mucho por encontrarla.
Abril bajó la voz.
—Biel.
—Dime que quite la mano y la quito.
La pantalla del TPV volvió a encenderse arriba con un pitido idiota.
Todo el mundo celebró la máquina.
Nosotros no nos movimos.
—La mano —susurró ella.
La quité.
No rápido. Quería que notara que obedecía porque me lo había pedido, no porque quisiera.
—Voy a por agua.
Mentira.
Todos lo supimos.
Se fue hacia el almacén.
No la seguí.
Durante seis segundos.
Jana volvió la cara hacia mí.
—Si vas a ir, ve. Si vas a hacerte el digno, ponte a fregar. Ambas cosas ocupan manos.
—Tienes una vida propia que arruinar.
—La estoy sembrando con hielo. No me interrumpas.
Nil, detrás de ella, levantó una ceja.
—¿Eso va por mí?
—Eso va por quien se dé por congelado.
Me fui antes de reírme.
Abril estaba en el almacén, frente a las neveras portátiles. No bebía agua. Tenía las manos apoyadas en la tapa de una de ellas y la cabeza baja. La luz era mala. El espacio, peor. Lola y Sal seguía eligiendo rincones estrechos para decisiones que necesitaban sitio.
—No he venido a mandarte nada —dije.
—Me parece sospechoso.
—He venido a no tocarte.
Levantó la cabeza.
—Eso es peor.
—Ya.
Abril se giró.
—No puedo estar todo el rato pendiente de dónde estás.
—Entonces no lo estés.
—Qué solución tan brillante.
—Funciona fatal. Pero es corta.
—Biel.
—¿Qué?
—Cuando estoy contigo, se me olvida que hay que decidir cosas.
Tragué.
No respondí enseguida. Algunas cosas de Abril venían sin defensa y había que tratarlas con cuidado, aunque uno tuviera las manos sucias.
—Pues acuérdate —dije.
Me miró con pinta de haber recibido un empujón.
—Gracias.
—No voy a ser tu sitio para no pensar.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho con toda la boca.
—Eso era mío.
—La dejaste encima de la barra.
Se rio sin ganas y se tapó la cara con las manos.
—Te odio un poco.
—Eso también lo haces mal.
—No me provoques.
—No me uses para descansar de ti.
Bajó las manos.
Se le borró la réplica.
—¿Entonces qué quieres?
Era una pregunta sencilla.
Por eso casi no pude contestarla.
Quería cerrar el almacén y besarla hasta que dejara de mirar la puerta.
Quería que no vendiera. Quería que vendiera si era lo que quería, pero no barata, no por vergüenza, no con mi nombre metido en una rebaja.
Quería que me eligiera sin deberme nada.
Quería dejar de querer con tanta mala educación.
No dije todo eso.
—Que cuando me toques sea porque quieres tocarme, no porque no soportas otra cosa.
Abril amagó con hablar.
No salió nada.
Luego dio un paso.
Yo no me moví.
—Ahora quiero tocarte —dijo.
Se me tensó la mandíbula.
—Dilo sin enfadarte.
—No sé.
—Inténtalo.
Se acercó otro paso. Tenía tiza en los dedos, una marca roja en el brazo de la bandeja, la boca seca de tarde larga y una sombra debajo de los ojos que no le quitaba nada. Le añadía verdad.
—Quiero tocarte —dijo—. Y también estoy enfadada. Las dos cosas. Mala suerte.
Aquello era Abril.
Adultamente torpe. Orgullosa. Honesta a golpes.
—Vale —dije.
—¿Vale?
—Vale.
No la besé aún.
La dejé llegar.
Abril apoyó una mano en mi pecho. La tiza me manchó la camiseta. Miró la marca blanca que acababa de dejar.
—Te he ensuciado.
—Llevas una semana.
Me golpeó suave con la palma.
Entonces sí la agarré por la cintura.
Sin fuerza. Distinto al almacén, cuando todo había sido casi y orgullo. Esta vez la sujeté y esperé.
—Si quieres que pare, lo dices —dije.
—No pares todavía.
Todavía.
La besé.
Salió torcido. Nada en Lola y Sal salía bien a la primera.
Su boca tenía sal, agua y café. La mía, probablemente, cerveza sin querer y cansancio.
Abril se agarró a mi camiseta con los dedos manchados de tiza y me acercó con una prisa que no intentó disimular.
Le mordí el labio inferior y soltó un sonido enfadado que me bajó directo a la mano que tenía en su cintura.
—Biel…
—Estoy aquí.
—Eso lo tengo claro.
—Entonces no mires la puerta.
Me besó más fuerte.
Ahí estuvo la respuesta.
La empujé despacio contra la nevera portátil cerrada. Cómodo, poco. Tampoco tenía que serlo. La tapa se movió bajo su cadera y ella soltó una risa breve contra mi boca.
—La elegancia nos desborda.
—Tenías opciones. Elegiste almacén.
—Te elegí a ti. El almacén venía pegado.