CAPÍTULO 5 · ABRIL
La comprobación municipal llegó doce minutos antes y me pilló con una pinza de ropa en la boca.
La imagen no ayudaba a vender autoridad: carpeta de Vega bajo el brazo, pizarra en la cadera, camiseta manchada de tomate y pinza mordida mientras colgaba un cartel junto al baño.
La mujer miró la pinza.
Yo la saqué de la boca.
—Buenos días.
—¿Abril Rovira Mas?
—Sí.
—Vengo por la comprobación.
Detrás de mí, el baño hizo un ruido breve, muy oportuno, como un viejo riéndose dentro de una tubería.
Tina, desde la cocina, dijo:
—No ha sido él. Ha sido el local saludando.
La mujer no sonrió. Yo tampoco. Había días en los que Lola y Sal abría la puerta y enseñaba todas sus vergüenzas con una alegría que no se merecía.
Me coloqué la carpeta contra el pecho.
—Estamos preparados.
Jana soltó un ruido desde la cafetera.
—Preparados es generoso.
—Jana.
—Quiero decir emocionalmente vivos.
—Jana.
La mujer lo miró.
—Usted es Biel Ferrer Sintes.
Él se limpió las manos en el pantalón.
—Sí.
—Figura en la documentación provisional como apoyo de apertura y cierre.
Me tensé antes que él.
Biel mantuvo la vista en otra parte. Buena señal o señal horrible. En Cala Saurina ambas cosas solían parecerse.
—Estoy aquí mientras Abril termina de ordenar el cambio —dijo.
Mientras yo terminaba.
Yo no tenía que cargar con eso. Biel tampoco podía hacerlo en mi lugar. Solo a mi lado.
Apenas cambió el tono. A mí me entró como una astilla bajo la uña.
La mujer hizo una anotación.
—Necesito comprobar tres cosas: responsable visible, estado de conservación y condiciones de terraza.
—Claro —dije.
Jana, desde la cafetera:
—Lo de visible nos viene fatal. Este grupo trabaja mejor en la negación.
Vega apareció por la puerta lateral con una carpeta, gafas de sol en la cabeza y pinta de haber aparcado mal, dormido peor y decidido que aun así iba a ganar.
—Buenos días. Soy Vega Miralles Quer. La documentación está ordenada.
—No soy su abogada —añadí.
—No me provoques, Abril.
La mujer miró de una a otra.
—Empezamos por la terraza.
Salimos.
El sol todavía no estaba arriba del todo, pero ya se había metido bajo los toldos con intención de quedarse a vivir.
La Platja Gran tenía ese movimiento de mañana de temporada: turistas cargando sombrillas, niños llenos de arena antes incluso de tocar la playa, señores mirando la carta con expresión de haber descubierto el Mediterráneo esa semana.
Pepa estaba en la puerta del ultramarinos, fingiendo recolocar botellas de agua para poder verlo todo.
Perfecto.
Público local antes del café.
—Tiene truco —dijo él.
—Todo aquí tiene truco —murmuré.
—Ni se te ocurra meter eso en el informe —dijo Jana desde dentro.
La mujer tomó nota. Yo decidí no mirar el boli.
—El cartel de responsable debe estar visible durante la actividad —dijo.
—Lo tenemos.
Le enseñé la pizarra pequeña que había preparado Ona esa mañana, después de que yo rechazara su primera versión.
La primera versión decía: BAÑO AL FONDO. SÉ VALIENTE.
La segunda decía: RESPONSABLE DE TURNO: AbrIL ROVIRA MAS.
Más aburrida. Más útil. Menos demandable.
La mujer asintió.
—Falta horario.
—Lo añado ahora.
Cogí la tiza. Me tembló un poco la mano. No de emoción. De cansancio, café y el hecho menor de que medio pueblo estaba mirando cómo escribía mi nombre debajo del cartel de mi madre.
Biel se acercó para sujetar la pizarra.
—La tengo —dije.
—Se está cayendo.
—Porque respira cerca.
—¿La pizarra?
—El local.
—Bonita excusa para no aceptar dos dedos.
La mujer alzó la mirada.
Yo escribí más rápido.
RESPONSABLE DE TURNO: AbrIL ROVIRA MAS.
APERTURA Y CIERRE: AbrIL / BIEL.
La tiza chirrió en la última letra.
No debería haber pasado nada. Eran nombres en una pizarra. Dos nombres, una barra, un horario. Pero verlos juntos, allí, delante de la puerta, me dio una punzada incómoda en algún lugar poco administrativo.
Biel también lo vio.
No respondió.
Pepa sí, claro.
—Poner nombres juntos no os casa, nenes.
Jana asomó desde dentro con una cafetera en la mano.
—Gracias, Pepa. Lo anoto para cuando abramos registro civil con bravas.
La mujer del Ayuntamiento preguntó:
—¿Hay algún problema?
—Familiar —dijo Tina desde la cocina.
—No familiar —contesté.
—De pueblo —dijo Ona, que apareció con un rotulador en la mano y culpa pendiente desde el vídeo.
—Tampoco.
Biel murmuró:
—De nombres.
Lo miré.
—No ayudes.
—No estaba ayudando.
—Se nota.
Lo técnico pasó rápido. Mi cabeza solo guardó lo práctico cuando me empujó contra Biel, contra la pizarra y contra nuestros nombres escritos juntos.
Cuando la mujer preguntó quién estaría presente en los cierres, yo contesté antes que Biel.
—Yo.
Él giró la cabeza.
—Y yo —añadió.
—He dicho yo.
—Y yo he dicho y yo.
La mujer miró de nuevo el papel.
—Lo ideal es que no cierre una sola persona si hay incidencia de baño, caja o terraza.
—Perfecto —dijo Jana—. Nos casamos todas con la fregona.
Vega le pisó el pie.
Jana sonrió con los dientes juntos.
La comprobación terminó a las doce y cuarenta y ocho. Sin sanción. Con observaciones. Con el baño en cuarentena moral. Y con algo clavado:
—Mantengan responsables visibles y eviten cambios improvisados hasta nueva revisión.
Cambios improvisados.
Cala Saurina entera debería llevar eso tatuado en la frente.
Cuando la mujer se fue, yo solté la carpeta sobre la mesa de siempre y respiré mal.
—Ha ido bien —dijo Ona.
—Ha ido sin multa —corrigió Vega.
—Eso en mi escala es bien —dijo Jana.
Tina salió con una bandeja de vasos.
—El baño no ha vomitado durante autoridad. Yo propongo celebrarlo con arroz blanco y reposo.
—No hay reposo —dije.
—Claro que no.
—No sigas.
—No he abierto la boca.
—La has cerrado con superioridad.
—Es una técnica de ahorro.
Cogí la pizarra de turnos junto a la barra. Me arrepentí al segundo: mi cuerpo necesitaba sentarse y mi orgullo, una pelea.
—Vamos a organizar turnos de verdad.
Vega asintió como si acabaran de regalarle una mañana de formularios.
—Sí.
—No con “ya voy yo”, “ya lo hace Biel”, “que Tina aguante cocina” y “Jana distrae a señores con chanclas”.
—Oye —dijo Jana—. Mi talento social ha sostenido imperios menores.
—Turnos —repetí.
Biel apoyó una cadera en la barra.
—Abril.
Ese tono.
Mi nombre con freno.
—¿Qué?
—Acabamos de pasar una comprobación. Si haces una pizarra ahora, la vas a hacer desde el susto.
—La haré con tiza, que es el material disponible.
—Me entiendes.
—Te entiendo más de la cuenta, que también cansa.
Puse mi nombre en apertura.
Biel cogió un trapo.
Puse mi nombre en comida.
Jana dejó de beber café.
Puse mi nombre en tarde.
Tina dijo:
—Abril.
Puse mi nombre en cierre.
Biel cruzó la barra y me quitó la tiza de la mano.
Sin fuerza.
Con cuidado.
—No.
Yo estiré la mano.
—Dámela.
—No.
—No me des órdenes.
—No te estoy mandando. Te estoy quitando un arma blanca con polvo.
Jana murmuró:
—Imagen exacta.
—Cállate —dijimos Biel y yo a la vez.
Me acerqué a Biel.
—Dame la tiza.
—No vas a ponerte en todos los huecos para demostrar que no necesitas a nadie.
—Soy la responsable.
—Eres una persona con dos piernas, una ampolla, ojeras y tendencia a usar la palabra responsable cuando quieres decir “no me toquéis”.
—No me desnudes delante de todos.
—Pues no te castigues delante de todos.
No me avergonzaba haberlo hecho. Me avergonzaba el público, que era peor.
Bajé la voz.
—No tienes derecho.
—A la tiza, sí. La compré yo.
Jana se tapó la boca con la mano.
Yo quise matarlo un poco. Poco. Con una herramienta ligera.
—Biel.
—Abril.
—Dámela.
Me la tendió.
No me esperaba eso.
Apreté la tiza hasta partirla. Una mitad cayó al suelo. La otra me dejó los dedos blancos.
Un cliente de la mesa dos dijo:
—Perdón, ¿se puede pedir ya?
—Sí —contestó Tina—. Y pueden elegir mesa lejos de la pizarra si tienen instinto de supervivencia.
No hubo forma de separarlos sin que se notara.
A las dos, Lola y Sal estaba lleno. Lleno incómodo: mesa cinco robando sombra, mesa ocho pidiendo pan, adolescentes fotografiando el cartel y un señor preguntando si el baño estaba “mejor que ayer”.
Nil Borràs Vidal apareció a las tres con dos bolsas de hielo.
Jana, que estaba sirviendo una clara, se le paró el cuerpo que casi derramó medio vaso.
—¿Y tú?
Nil levantó las bolsas.
—Hielo.
—Veo el hielo. Pregunto por la intención.
—Me lo pidió Biel.
—Ah. Tráfico masculino de agua congelada. Fascinante.
Nil miró a Biel.
—¿Siempre habla así?
—Peor cuando le gustas —dijo Biel.
Jana dejó la clara sobre la barra de un golpe.
—Yo no he autorizado análisis de mi carácter con hielo presente.
—No hace falta autorizarlo —dije, pasando detrás de ella—. Grita solo.
Nil enseñó apenas los dientes.
Jana lo vio.
Fue breve, pero no inocente. Nada en Lola y Sal estaba siendo inocente aquella semana. Ni los limones. Ni las pizarras. Ni las bolsas de hielo.
Vega recibió una llamada a las cuatro menos diez. Miró la pantalla, se le tensó la boca y salió al Camí de les Figueres sin decir quién era.
—Oriol —dijo Ona, sin mirar.
—No sabes eso —contestó Jana.
—Lo sé por cómo camina con culpa en los hombros.
—Qué bonito sería que usaras tu don para cosas útiles.
—Estoy intentando no grabar a nadie. Bastante hago.
Tina, en la cocina, pidió una mano.
Yo fui.
Biel también.
Nos chocamos en la puerta.
—Puedo yo —dije.
—También puedo yo.
—Hay mucho «yo» en tu boca hoy.
—Y muchas tuyas con “puedo”.
La cocina era pequeña, caliente y mala consejera. Tina nos puso una bandeja de bravas a cada uno y nos señaló la salida.
—Fuera. Si vais a pelearos, al menos repartid comida.
Salimos con las bandejas. La mía iba temblando un poco. Biel lo vio. No respondió. Me puso una mano bajo la bandeja, apenas, sin tocarme los dedos.
—La tengo —dije.
—Lo sé de sobra.
—¿Entonces?
—La mesa está torcida.
Mentiroso.
La mesa no estaba torcida. O sí. En Lola y Sal casi todo tenía coartada.
A media tarde, la mujer del Ayuntamiento llamó: no había sanción. Solo una nota en un sitio donde las notas crecían solas.
—Bien —dijo.
—No cantes victoria hasta verlo escrito —contesté.
—Abril, hoy no ha habido sanción.
Jana levantó un vaso.
—A la ausencia de multas.
—Y a la ausencia de vídeos —añadió Ona.
—Y a que el baño no haya declarado independencia —dijo Tina.
Biel no brindó. Estaba mirando la pizarra de turnos.
Mi nombre seguía en todas partes.
A las seis, cuando el servicio aflojó, me encerré en el almacén con la pizarra para corregirla sin audiencia. Mala idea. En Lola y Sal no existía eso.
Biel entró dos minutos después.
—Sabía que estarías aquí.
—Qué pena que no uses ese talento para la lotería.
—Dame la pizarra.
—No.
—Abril.
—No estoy salvándote. Estoy intentando que no conviertas cada casilla en una disculpa.
La luz del almacén hacía lo que podía. Las neveras zumbaban. El congelador seguía mudo. Olía a cartón, cerveza, lejía floja y calor encerrado. Yo tenía ganas ridículas de llorar por una tabla de horarios.
—No sé hacerlo de otra manera —dije.
Biel no cedió espacio.
—Pues di eso abajo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo, todas van a mirarme como si… —me mordí antes de terminar.
Como sí.
No.
—Van a mirarte porque te quieren —dijo él.
—No siempre ayuda.
—Ya.
Él dio un paso y frenó a medio metro. No podía tocarme desde allí, pero mi cuerpo dejó de comportarse.
—No pongas mi nombre para tapar huecos —dijo.
—No lo he hecho.
—Lo has puesto en apertura y cierre porque sabes que si estoy ahí no te caes del todo.
—Qué ego.
—Qué poca mentira.
La pizarra pesaba. O mis brazos. O lo que acababa de decir.
—Y tú quieres que lo quite para poder enfadarte porque no cuento contigo.
Biel apretó la mandíbula.
—También.
La honestidad tuvo mal sabor. La suya y la mía.
—Entonces estamos igual de imbéciles —dije.
—De sobra.
Me reí. Poco. Mal.
Biel miró mi mano. A la tiza rota entre mis dedos. Luego volvió a mi cara.
—Si pones mi nombre al lado del tuyo, mírame cuando lo hagas.
Eso me descolocó.
—No tiene sentido.
—Lo tiene para mí.
—Biel…
—No soy una casilla para no sentir culpa. Ni una salida. Ni una condena. Ni el tío que abre y cierra cuando tú decides que te ahogas.
Me dio donde tenía que dar.
—Lo tengo presente.
—No siempre.
—Estoy aprendiendo.
—Lo sé.
—Ese ya te lo guardas.
—Lo digo porque si digo otra cosa, te beso.
Ahí se acabó la pizarra, el Ayuntamiento, la tiza, el calor y mi intento de ser una mujer con agenda.
No me besó.
La que se torció fui yo.
No se movió, mirándome, dejándome el sitio exacto para echarle la culpa si daba un paso o para odiarlo si no lo daba.
—No deberíamos —dije.
—Hoy no he preguntado eso.
—¿Qué has preguntado?
—Nada.
—Cobarde.
—Experimentado.
La voz me salió más baja.
—Quédate quieto.
Levanté la mano y le borré con el pulgar la raya de tiza del pómulo. La misma que llevaba toda la mañana. La tiza se deshizo bajo mi dedo. Su piel estaba caliente. Él cerró los ojos un segundo y ese segundo me hizo más daño que si me hubiera agarrado.
—Ya está —dije.
—No.
Tenía razón.
No estaba.
Pero Tina golpeó la puerta del almacén con los nudillos.
—Os recuerdo que hay gente pagando fuera y que la pizarra no se escribe con tensión sexual.
Aparté la mano.
Biel abrió los ojos.
—Tina siempre llega tarde o pronto —dijo.
—Tina llega con razón —contestó ella desde fuera.
Salí con la pizarra, los dedos blancos y el pómulo de Biel limpio porque alguna parte de mí no sabía dejar las cosas quietas.
Rehíce los turnos delante de todos.
Quité mi nombre de dos cierres.
Dejé uno con Biel.
Jana lo vio.
—Responsable compartido. Uy.
—No es romántico —dije.
—Nadie ha dicho romántico.
—Tu cara lo ha dicho.
—Mi cara es literatura popular.
Biel se apoyó en la barra, con el pómulo ya sin tiza, y no sonrió.
Pero cuando escribí su nombre junto al mío, esta vez lo miré.
Se notó. Claro que se notó. En este pueblo hasta una silla movida tarde hace declaración.