Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 4 · BIEL #2
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CAPÍTULO 4 · BIEL #2

—Menú cerrado. Bravas al centro, sardinas, ensalada, pan, bebida aparte. No se mueven sillas fuera de la línea de terraza. Si alguien pregunta por almejas, Tina elige el castigo.

Desde la cocina, Tina levantó una espumadera.

—Tengo opciones.

El grupo rio. Bien. Reír antes de sentarse baja reclamaciones un diez por ciento. Ningún manual decía eso, pero lo aprendías con sudor.

Durante una hora, Lola y Sal funcionó.

Mal, claro. Pero funcionó.

Vi el nombre antes de que girara el móvil.

Oriol Vidal Roca.

Vega contestó con una corrección impecable. No me tocaba meterme. En este pueblo cualquier cosa acababa sabiéndose de todos modos. Lo apunté mentalmente y lo dejé allí. Nuestras averías ya ocupaban suficiente sitio.

A las diez y veinte, Abril se equivocó de bandeja y estuvo a punto de servir la mesa de Nil con el pedido de una pareja alemana. Nil la frenó.

—Eso no nos pertenece.

—Ahora mismo nada es de nadie.

—Me refería a los platos.

—Yo también. Más o menos.

Él sonrió. Normal. Amable.

A mí no me gustó.

Abril no lo vio. Jana sí.

Jana vio mi cara, miró a Nil, miró a Abril y se rio sola.

—¿Qué pasa? —dije.

—Nada.

—Esa palabra no existe aquí.

—Estoy saboreando injusticias.

Nil se acercó con una caja vacía.

—¿Dónde la dejo?

—Lejos de tu cara —dijo Jana.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Qué pregunta tan cerca de lo prudente.

—Estoy a dos metros.

—Pues imagina el peligro.

Abril me pasó por delante, rozándome el brazo con una bandeja.

—Biel, caja de cerveza.

—Voy.

—Y no mates a nadie.

—No he dicho que fuera a matar.

—Te lo he visto en la nuca.

Jana levantó las dos manos.

—Necesito un diccionario de vuestras nucas.

Fui al almacén a por cerveza. Abril vino detrás.

—No hacía falta que vinieras.

—La caja pesa.

—Ya.

—Y estás raro.

—Estoy en servicio.

—A eso no le llames personalidad, dijiste una vez.

Me agaché para coger una caja de botellas.

—Me gusta que uses mi material contra mí.

—Está por todas partes. Como tus llaves.

La caja pesaba más por el cansancio que por las botellas. Al levantarla, Abril puso una mano debajo de un lateral para equilibrar. Sus dedos se metieron entre los míos y el plástico. Fue un contacto mínimo. Suficiente.

El almacén seguía oliendo a hielo muerto, cartón y lejía.

—Lo de antes —dije.

—¿Qué antes? Hay muchos antes y casi todos huelen mal.

—Lo de estar guapa.

—No lo arregles.

—No iba a arreglarlo.

—¿Entonces?

—Era verdad.

Abril miró al frente.

Tenía tiza en la mejilla, un mechón pegado al cuello, ojeras, la camiseta manchada y una gota de sudor bajándole por la clavícula. No parecía perfecta. Gracias a Dios. Parecía una mujer sosteniendo un chiringuito roto con las manos sucias. Me gustaba tanto que me cabreaba.

—No me hagas esto durante temporada alta —dijo.

—No sé hacer horarios con lo que quiero.

Me salió torcido. La confesión no cabía en el almacén.

—Biel.

—Ya.

—No podemos abrir una caja cada vez que queramos tocarnos.

—Entonces habrá que no querer.

Se rio sin ganas.

—Suerte.

La caja estaba entre los dos. La dejamos en el suelo al mismo tiempo.

No sé quién se movió primero. Tampoco importaba.

Nos besamos junto a la nevera portátil, con prisa corta, fea, apenas un golpe de boca y dientes.

Nada como la noche anterior. Más peligroso quizá, porque esta vez lo hicimos sabiendo que no había excusa de caja, ni cierre, ni soledad.

Abril me agarró la camiseta con una mano.

—No —susurró contra mi boca.

Me aparté al instante.

—Vale.

—No digo que pares.

—Has dicho no.

—He dicho no así.

—Abril.

Me lanzó una mirada con rabia, deseo y cansancio. Todo junto. La reconocí.

—Odio que seas correcto justo cuando no me conviene.

—Yo odio muchas cosas de mí. Haz cola.

Se rio, baja, con la boca todavía más cerca de lo prudente.

La puerta del almacén se abrió.

Nil apareció con una caja de hielo.

Se plantó allí.

Abril dio un paso atrás.

Yo parpadeé despacio un segundo.

—Perdón —dijo Nil.

—No has visto nada —dijo Abril.

Nil miró la caja en el suelo, mi camiseta arrugada, la tiza de su mejilla, la nevera portátil zumbando y su propia mala suerte.

—Veo fatal con poca luz.

—Bien —dije.

—Pero Jana tiene buena vista.

—Nil —dijo Abril.

—Yo solo aviso.

Desde fuera, Jana gritó:

—¡Nil, si estás molestando, molesta con hielo!

Nil levantó la caja.

—Ella lo sabe todo sin saber nada.

—Bienvenido al club —dije.

Salió rápido.

Abril se pasó las manos por la cara.

—Esto ya no es nuestro.

—No.

—No podemos seguir haciéndolo en los huecos del servicio.

—No.

—Y aun así…

—Sí.

No nos acercamos.

Esa fue la parte difícil. La que no tenía premio.

Cogimos la caja de cerveza y volvimos a la terraza.

Jana nos miró al entrar. Nil estaba a su lado, estudiando una bolsa de hielo con una concentración bastante sospechosa. Jana sonrió despacio.

—¿Qué?

—Nada —dije.

—Esa palabra la inventaron los culpables.

Abril dejó la caja en barra.

—Cobra mesa dieciséis.

—Abril mandando para no ruborizarse. Me gusta esta temporada.

—Jana.

—Voy.

Abril se puso al frente de la caja.

—Una cuenta por mesa. Luego os peleáis entre vosotros en la playa.

—Pero somos grupo —dijo uno.

—Yo también tengo grupo y mira qué bien nos va.

Pagaron.

Me quedé a su lado, sin tocar el TPV ni corregirle la mano. Solo pasé tickets, saqué cambio y la vi decidir en voz alta. Aquello pareció orgullo. Lo odié un poco.

A las doce y veinte, la última mesa de Club Aleta se fue. Nil se puso a ayudar con la recogida. Jana fingió no agradecerlo y le dio una caja de vasos sucios.

—Esto no significa nada.

—Es una caja, Jana.

—Las cajas aquí significan cosas. Pregunta a cualquiera.

Nil me observó.

—Prefiero no.

—Buena decisión —dije.

A la una, cerramos cocina. A la una y media, apagamos parte de la terraza. A la una y cuarenta, Vega puso la carpeta sobre la mesa de siempre y dijo:

—Ayuntamiento viene mañana.

Abril, que estaba bebiendo agua directamente de una botella, se atragantó.

—¿Qué?

—Comprobación. No sanción. Quieren ver que la avería no se ha convertido en una ruleta rusa con alioli.

—Mañana —repitió Abril.

—Doce y media.

Tina dejó caer un trapo sobre la barra.

—A esa hora el baño suele elegir espectáculo.

—Pues que elija otro día —dijo Abril.

—El baño no acepta agenda —dije.

Abril no apartó los ojos de mí.

La tiza seguía en su mejilla. No se la había quitado. Yo tampoco.

—Mañana no podemos fallar —dijo.

—Mañana vamos a fallar en algo.

—Biel.

—Pero no en lo que importe.

Vega cerró la carpeta.

—No me tranquiliza.

—No venía con esa función.

Ona alzó una mano desde una silla.

—Yo puedo hacer carteles claros para mañana. Sin subirlos. Sin hacerlo bonito. Solo claros.

Abril la miró.

—De acuerdo.

Ona abrió los ojos.

—¿Vale?

—Vale. Pero si pones “experiencia honesta mediterránea” te tiro a la ducha exterior.

—Justo eso no, porque es horrible.

—Entendido.

Jana apareció detrás de Nil, que cargaba la última nevera portátil.

—Nil deja esto y se va.

—Nil puede hablar solo —dijo él.

—Nil está cansado y se equivoca cuando habla.

—Nil está aquí mismo.

—Lo sé. Por eso aviso.

A Abril se le escapó una risa breve. Yo también.

Vega no. Vega miraba el móvil. Otra llamada perdida de Oriol. La ignoró y guardó el teléfono.

Las grietas del grupo seguían abriéndose por las costuras. Aún no crujían del todo. Pero crujirían.

Cuando todos se fueron, Abril y yo nos quedamos con la pizarra, dos neveras zumbando como moscas caras y una visita del Ayuntamiento a doce horas vista.

—No me toques —dijo ella sin mirarme.

—No iba a hacerlo.

—Lo digo porque quiero que lo hagas.

Me apoyé en la madera.

—Gracias por la claridad.

—Estoy practicando.

—Se nota. Duele más.

Miró hacia el almacén.

—Nil nos ha visto.

—Poco.

—Suficiente.

—Sí.

—Jana lo va a saber.

—Jana nació sabiendo.

—Y mañana viene el Ayuntamiento.

—Sí.

—Y el comprador sigue escribiendo.

—Sí.

Se giró hacia mí. Tenía la cara agotada, la boca seria, el cuerpo vencido de servicio y una mancha de salsa en el muslo.

—Esto no se puede esconder mucho más.

No pregunté qué. No hacía falta.

—No.

—Y no sé qué hacer con eso.

—Hoy nada.

—¿Mañana?

—Mañana no fallar en lo que importe.

La sonrisa amagó y se quedó corta.

—Te copias a ti mismo.

—Es temporada alta. Reutilizo material.

Abril se acercó, se puso de puntillas y me quitó la tiza de la mejilla con el pulgar.

Me quedé quieto.

—La tenía yo —dije.

—También tenías un poco tú.

Me enseñó el dedo blanco.

Aquello no necesitó ser un beso para dejarme peor.

El móvil de Abril vibró sobre la barra.

EL COMPRADOR: Si mañana la comprobación sale mal, mi oferta puede ser la única salida rápida.

Abril leyó.

Luego apagó la pantalla.

—Qué bonito es el optimismo ajeno —dijo.

—¿Contestamos?

—No.

—Bien.

—No porque tú lo digas.

—Ya.

—Porque mañana no fallamos en lo que importe.

Cogió la carpeta de Vega, la libreta de Lola y el termómetro. Se lo llevó todo a aquella mesa.

Yo apagué la luz del almacén. El congelador grande siguió mudo. Las neveras portátiles zumbaban mal, pero zumbaban.

Lola y Sal aguantó con máquinas prestadas.

Abril y yo no hablamos de nosotros. Seguimos moviendo cajas.