Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 4 · BIEL
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CAPÍTULO 4 · BIEL

A las nueve y doce, el hombre de Taller Marí confirmó lo evidente: el congelador grande estaba muerto de momento, vivo para cobrar y pendiente de una pieza que no llegaría hasta la tarde siguiente con mucha suerte.

Mucha suerte, en Lola y Sal, significaba nunca antes del primer cliente cabreado.

El técnico no dio su nombre y se lo agradecí por dentro. Miró el aparato, abrió la tapa, tocó un cable, movió otro, escuchó nada durante cinco segundos y dijo:

—Compresor.

Abril estaba detrás de mí, con un café en la mano, el pelo mal recogido, una camiseta de Lola y Sal más grande de la cuenta y la cara de haber dormido una hora encima de una culpa.

—Traducción —pidió.

—Dinero —dije.

El técnico asintió.

—Y espera.

Abril bebió café.

—Me gusta cuando los oficios se entienden.

El técnico la miró con cierto respeto o miedo. En Lola y Sal la diferencia era sutil.

—Puedo dejarlo desconectado, revisar toma, traer pieza si la encuentro y rezar a quien proceda.

—No rece dentro del almacén —dijo Tina desde la cocina—. Aquí las cosas se ofenden y cobran.

—¿Puede aguantar el servicio con las neveras portátiles? —preguntó Abril.

El técnico se encogió de hombros.

—Si no las abrís cada minuto, sí. Menú corto. Nada delicado.

—Nada delicado ya era nuestra identidad —murmuró Jana, entrando con gafas de sol y dos cafés.

Nil venía detrás.

La cara de Jana cambió medio centímetro al saberlo tan cerca. Medio centímetro en Jana era una declaración con banda municipal.

Él cargaba otra bolsa de hielo y una regleta. Llevaba camiseta del Club Aleta, pantalón corto y un gesto de hombre que se había visto metido en un problema ajeno por culpa de una mujer con la boca rápida.

—¿Dónde lo dejo? —preguntó.

—En la nevera portátil de fuera —dije.

—Buenos días a ti también —dijo Jana.

Nil la miró.

—Te he traído hielo.

—No flores.

—Me pediste hielo.

—Podrías haber interpretado el subtexto.

—A las cuatro de la mañana tu subtexto parecía una amenaza.

—Porque escuchas fatal.

Tina apareció en la puerta de la cocina con una bandeja.

—Vosotros dos podéis coquetear con insultos cuando el pollo esté seguro. Ahora hielo.

—No estamos coqueteando —dijo Jana.

Nil dijo lo mismo medio segundo después.

Ona, desde la barra, levantó la cabeza del móvil.

—Qué sincronía tan trágica.

Abril dejó el café en una caja seca.

—Nadie usa la palabra trágica antes de abrir.

—La palabra se ha presentado sola —contestó Ona.

—Necesitamos otro boli —dijo.

—Necesitamos otro congelador —contesté.

—El boli es más barato.

—Empieza por el boli.

Me miró. Tenía ojeras y una marca de la colcha en la mejilla. No debería haberme dado ganas de besarle esa marca. La madrugada anterior ya había demostrado que mi criterio se apagaba antes que algunos electrodomésticos.

—Aparta esa cara —dijo.

—Estoy mirando la factura.

—La factura no está en mi cara.

—Hoy se te nota hasta la factura.

Jana tosió.

—Voy a fingir que no he oído eso porque tengo hielo y necesito autoestima.

Abril apenas sonrió y lo escondió bajo el café. Se había levantado más dueña que nunca y más frágil también. Una combinación peligrosa.

A las once, la pizarra de la entrada decía:

MENÚ REDUCIDO POR AVERÍA DE FRÍO.

PREGUNTAR ANTES DE PEDIR.

NO HAY ALMEJAS. HAY HONESTIDAD RELATIVA.

La última línea la había escrito Jana. Abril quiso borrarla. Dos turistas la fotografiaron y preguntaron si era una broma. Abril los miró, muerta de cansancio.

—Es prevención sanitaria con humor pobre.

Pidieron bravas y dos claras.

Funcionó.

Ona sufría delante de la pizarra como quien ve mancharse un vestido bonito en el cuerpo de otra persona.

—Esto podría funcionar muy bien en redes —dijo.

—No —contestamos Abril, Tina y yo a la vez.

—Solo digo que honestidad relativa tiene gancho.

—Ona —dijo Abril—. Ayer casi nos rebajan una oferta por seis segundos de vídeo detrás de un cañizo. Hoy la avería no se convierte en contenido.

Ona guardó el móvil con la boca apretada.

—Vale.

No lo dijo enfadada. Lo dijo herida, que era más complicado. Ona no intentaba hacer daño; intentaba convertir el desastre en algo que pudiera mirarse sin doler. El problema era que en Lola y Sal todo lo que se hacía bonito acababa usándose en nuestra contra.

—He llamado al Ayuntamiento —dijo.

Abril entornó los ojos.

—Di algo que no me haga querer meterme en la nevera portátil.

—No digo que se cierre. He dicho avería real y actividad mantenida. Fotos, taller, género fuera y nada de hacerse los valientes con comida que suda.

—No tenemos termómetro —dije.

Vega sacó uno de la bolsa.

Jana se llevó la mano al pecho.

—Me excita la gente preparada en un sentido administrativo.

Nil, que estaba enchufando la regleta cerca de la terraza, levantó la cabeza.

—¿A ti qué no te excita?

Jana giró despacio.

—Los hombres que preguntan mucho mientras están de rodillas con una regleta.

Nil miró su propia postura, se levantó de golpe y se golpeó la cabeza con el borde de la mesa.

—Hostia.

Tina soltó una carcajada desde la cocina.

Abril se tapó la boca. Vega intentó seguir seria y falló. Yo agarré una caja de vasos para no mirar a Jana y Nil.

—Termómetro —dijo Vega, recuperando autoridad—. Si eso sube, no se sirve. Punto.

—¿Y los del Club Aleta? —preguntó Abril.

—Menú cerrado adaptado. Que Nil confirme con ellos.

—Nil no trabaja aquí —dijo Jana muy rápido.

—Nil trajo las neveras portátiles —respondió Vega.

—Por culpa de Jana —dijo Nil.

—Por culpa del congelador —corrigió Abril.

—Por culpa del congelador —repetimos todos, agradecidos de tener un enemigo común con enchufe.

—Justamente dice lo contrario.

—Pero las menciona.

Abril miró a la señora con una paciencia de bisturí.

—También se menciona el váter en algunas conversaciones y nadie lo pide de primero.

La señora parpadeó.

Jana, a mi lado, susurró:

—Abril está floreciendo en violencia verbal.

—Retira florecer.

—Abril está sacando espinas cutres.

—Mejor.

Abril me oyó. Claro que me oyó.

—Estoy trabajando.

—Yo también.

—Pues trabaja mirando menos.

—Es difícil si te pones a discutir con señoras por almejas inexistentes.

—Biel.

—Abril.

La señora se fue a pedir bravas. Victoria con daños menores.

Yo miraba a Abril no mirando a Abril.

Eso cansa más que cargar barriles.

De momento.

Ese de momento me atravesaba cada vez que lo pensaba.

A las cuatro, la primera nevera portátil pitó.

Un pitido corto, fino, indecente.

Todos paramos.

—No —dijo Tina.

—Temperatura —dijo Vega.

Abril ya estaba agachada con el termómetro. Jana sujetaba la tapa. Nil miraba el enchufe. Ona tenía una bandeja en la mano y cara de estar dentro de algo que no podía editar.

—Cinco coma ocho —dijo Abril.

Tina parpadeó despacio.

—Joder.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Vega.

—No lo sé.

—¿La habéis abierto mucho?

Jana y Nil dijeron “no” a la vez. Luego se miraron.

—Tú la has abierto para meter hielo —dijo Jana.

—Tú la has abierto para mirar si el hielo seguía siendo hielo.

—Porque me fío poco de los hombres y de las neveras portátiles.

—El hielo no cambia por mi género.

—No te pongas científico, que estás muy guapo callado.

Nil se calló.

Jana también, al darse cuenta de lo que había dicho.

Ona abrió mucho los ojos.

Vega señaló la nevera portátil.

—Lo que supere seguridad, fuera de servicio.

Abril asintió.

—Fuera.

—Abril —dije.

—Fuera. Si dudamos, fuera.

Su voz no tembló. Sus manos sí un poco cuando sacó una caja de pollo que había costado un dineral. Me acerqué para quitársela, pero me detuve antes de tocarla.

Ella lo notó.

—Cógela —dijo.

La cogí.

—No iba a hacerlo sin que…

—Ya.

Lo dije bajo. Sin rabia. Sin explicaciones.

Ese «lo sé» valía más que una reconciliación. Era práctico, metido en una caja de pollo que no íbamos a servir. Nos pegaba.

Perdimos más género. Menos que de madrugada. Suficiente para que la caja del día naciera coja.

A las seis, Club Aleta confirmó que venían a las nueve. Cuarenta y dos personas. Menú adaptado aceptado. Bebida aparte. Nil colgó y miró el móvil como si hubiera firmado una condena.

—Dicen que vale —dijo.

—Bien —contestó Abril.

—También dicen que si no hay almejas les da igual.

—Me caen mejor.

—No te emociones —dijo Jana—. En grupo son insoportables.

—Tú también y aquí estamos —contestó Nil.

A Jana se le torció la boca.

—Vas aprendiendo.

Tina golpeó una sartén contra la plancha.

—A las nueve nadie aprende. A las nueve se sirve.

A las ocho y media, Lola y Sal ya sudaba por las paredes.

El toldo viejo se atascó a mitad y tuve que subirme a una silla para soltarlo.

Abril sujetó la silla sin que se lo pidiera.

Noté sus dedos en el respaldo, cerca de mi pantorrilla.

No me tocó. La presencia de su mano fue suficiente para que una parte muy poco útil de mí se acordara de la barra, de su boca, de la caja sin cerrar.

—No te caigas —dijo.

—¿Es una orden?

—Es logística emocional barata.

—Me vale.

Bajé. Quedamos más cerca de lo prudente. Otra vez. Siempre había una caja, una silla, un toldo o una desgracia obligándonos a compartir el mismo aire con pinta de adultos responsables.

—Tienes tiza en la mejilla —dije.

—No me la quites.

Levanté las manos.

—No he hecho nada.

—Lo estabas pensando.

—Pienso muchas cosas.

—Ese es el problema.

—Uno de ellos.

Abril se pasó el dorso de la mano por la mejilla y se dejó más tiza.

—Fatal —dije.

—No necesito evaluación estética.

—Estás guapa para una mujer que huele a hielo, café y pollo retirado.

Lo dije sin adornarlo. Error. Acertar a veces era más peligroso que pasarse.

—Eso durante servicio no se suelta —contestó.

—¿Cuándo las digo?

—Nunca sería práctico.

—Aquí nada es práctico y seguimos abriendo.

Jana apareció con una caja de vasos.

—Dejad de tensar el toldo, que vienen cuarenta y dos personas y yo no voy depilada emocionalmente.

Abril se apartó.

Yo miré el suelo porque mirar a Jana era perder.

A las nueve entró Club Aleta.

No entró. Invadió.

Entraron con camisetas deportivas, sal en la piel, mochilas, chanclas, hambre y la certeza de que una señal daba derecho a mover mesas. Nil intentó ordenar; Jana intentó no mirarlo. Fracasó. Abril se plantó junto a la pizarra.