CAPÍTULO 3 · ABRIL #2
Cogí el móvil. Al comprador no le regalé respuesta. Llamé a Vega.
—Documenta todo —me dijo antes de saludar.
—Voy a rechazar ayuda del comprador.
—Hecho.
—Pero necesitamos frío.
—Nil trae neveras portátiles, según Jana. Taller Marí revisa a las nueve. Marblava puede servir hielo seco o bolsas grandes si pagáis parte.
—¿Hielo seco?
—No para manipular sin saber. Bolsas grandes. No hagáis experimentos.
—Vale.
—Y Abril.
—¿Qué?
—No conviertas el orgullo en plan de empresa.
Apreté los párpados un segundo.
—Hoy todas queréis matarme con consejos útiles.
—Alguien tiene que hacerlo.
Colgué.
Escribí al comprador.
Gracias. No aceptaré adelantos ni soluciones vinculadas a condiciones de venta. Resolveremos la avería desde el propio local. Cualquier propuesta de compra, por escrito y después de revisar documentación.
Lo leí dos veces. Luego se lo enseñé a Biel.
—¿Te parece bien?
No debí preguntar. O sí. No lo sé. La madrugada había dejado de tener normas.
Biel miró el mensaje.
—Quita “gracias”.
—No.
—Abril.
—No voy a contestar con ganas de pegarle con una pala.
—Yo sí.
—Por eso tú no escribes.
Jana levantó la mano.
—Como experta en mensajes enviados desde el calentón, apoyo a Abril. El gracias sobra emocionalmente, pero evita captura de pantalla psicópata.
—Gracias, Jana —dije.
—No me acostumbro a esta versión de ti. Me incomoda.
Envié el mensaje.
Biel miró el suelo. Su mano pasó cerca de la mía. No la tocó.
Esa ausencia de contacto me dolió más de lo razonable.
—¿Dónde las pongo?
—Lejos de Jana —dijo Jana.
Nil la miró.
—Me has llamado tú.
—Por el hielo.
—Me has dicho: “ven ya y no preguntes, que hay una tragedia húmeda”.
—Y has venido. Felicidades por seguir instrucciones.
—No me felicites como si fuera un perro.
—Entonces no aparezcas tan contento.
Nil miró a Biel, luego a mí, luego al suelo mojado.
—No estoy contento.
Jana sonrió con todos los dientes.
—Te aguantas.
Tina cogió una bolsa de hielo.
—Vosotros dos podéis tensaros luego. Ahora frío.
Nil asintió tarde para parecer tranquilo. Miró hacia otro lado con una velocidad que no engañó a nadie.
Ona me dio un codazo suave.
—Eso va a ser una desgracia preciosa.
—Preciosa, dentro de este almacén, es delito.
—Vale. Una desgracia con buen ritmo.
A las cuatro y media teníamos el género en frío, las almejas fuera, el suelo medio seco y una lista de daños que parecía parte de guerra doméstica. Solo era temporada.
Jana se fue con Nil a devolver una bolsa vacía al Club Aleta, discutiendo desde la puerta.
—No vengas detrás de mí.
—Tú vas delante porque no sabes dónde está la salida lateral.
—Sé salir de sitios, Nil.
—Eso ya se ve.
Jana se giró.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
—Esa palabra no existe aquí —dijimos Biel y yo a la vez.
Tina hizo un sonido de cansancio absoluto.
—Me voy a lavar las manos antes de que esto se convierta en teatro coral.
Ona apagó una linterna. Vega pidió pruebas por audio y yo obedecí sin discutir. Estaba cansada para defender mi derecho a equivocarme.
—¿Qué haces con eso?
—Estaba en la caja seca. La aparté para que no se mojara.
La cogí.
La libreta pesaba más con la noche encima.
—Gracias.
—De nada.
Abrí la caja para comprobar que no se había mojado.
—Qué pesada era —murmuré.
—De sobra.
—Tú la querías.
—Sí.
Alcé la mirada.
Biel estaba mirando la libreta, no a mí.
—Ella te quería a ti —dije.
—A su manera.
—Su manera era incómoda.
—La tuya también.
Ahí sí lo miré.
—No me compares con mi madre a las cinco menos cuarto de la mañana.
—Es verdad. Ella habría tirado menos género por orgullo.
Le di con la caja metálica en el pecho, suave, hasta que soltó una risa seca.
—Imbécil.
—Dueña.
—No me llames así ahora.
—¿Ahora no?
—Ahora huelo a almeja muerta y derrota contable.
—Te está saliendo la dueña.
Quise reírme. Quise llorar. Hice una tercera cosa: me apoyé en la barra y entorné los ojos.
Biel no me tocó.
Otra forma de tocarme, últimamente.
—Mañana hay cuarenta y dos del Club Aleta —dije.
—Hoy. Son casi las cinco.
—No seas preciso.
—Lo estoy intentando menos.
El móvil vibró otra vez. Lo miré.
Vega: Actividad abierta con carta corta por avería. No mintáis, no improviséis, no sirváis dudas. Y dormid algo, aunque sea mal.
Jana, en el grupo, envió una foto borrosa de Nil cargando una bolsa de hielo con pinta de ofendido.
Jana: El proveedor de frío provisional tiene mal carácter.
Nil: Estoy en el grupo.
Jana: Lo sé.
Ona respondió con tres puntos suspensivos y un “esto no lo subo, pero me lo llevo para vivir”.
Tina escribió: Mañana nadie habla antes del café. Nadie toca al congelador. Nadie toca a nadie en la barra.
Biel leyó por encima de mi hombro.
—Tina manda mucho.
—Tina debería cobrarnos.
—Ya lo hace. En desprecio.
Dejé al comprador sin respuesta.
Dejé el móvil con la pantalla hacia abajo.
—Necesito dormir una hora.
—Sube.
—No me lleves de la mano.
—Sube, por favor. Yo cierro.
—No quiero que cierres solo.
—Entonces quédate sentada mientras cierro y finge que supervisas.
Eso hice.
—La verdad suele hacerlo.
—Eso ha sonado a Vega.
—Estoy agotado. Se me pega cualquier cosa.
Antes de subir, escribí debajo, con tiza blanca:
HOY NO HAY ALMEJAS. TAMPOCO MILAGROS.
Biel lo leyó.
—Te van a pedir milagros.
—Les cobraremos suplemento.
Subí al cuarto de arriba con la libreta de Lola y la caja metálica bajo el brazo.
Abajo, Biel cerró la puerta.
No dormí enseguida.
Pensé en el mensaje que no había aceptado, en el género tirado, en Nil llegando por Jana, en el comprador ofreciendo soluciones con la misma mano que apretaba el precio, en Biel mirando la libreta y diciendo que quería a mi madre sin adornarlo.
A las seis menos diez, cuando por fin el sueño empezaba a empujarme la cabeza contra la almohada, oí el zumbido de una de las neveras portátiles desde abajo.
El congelador grande seguía mudo.
Pero sonaba a algo vivo.
Me agarré al zumbido de la nevera portátil y cerré los ojos. No estaba para fe, pero acepté el ruido.