CAPÍTULO 3 · ABRIL
El congelador grande se había callado.
Aquello debería haber sido un alivio. Llevaba días haciendo un ruido de viejo con bronquitis, una tos mecánica metida en el almacén, debajo de las cajas de cerveza y de las bolsas de hielo.
Pero cuando abrí la puerta y la linterna marcó el charco negro del suelo, entendí que Lola y Sal había encontrado otra forma de darme los buenos días a las dos y cuarenta y dos de la madrugada.
El congelador, callado, me dio más miedo que cuando tosía.
—No lo abras del todo —dijo Biel a mi espalda.
—Ya está abierto.
—Pues no respires encima.
—Claro. Voy a pedirle perdón por existir.
Me agaché con la linterna en la mano. El haz tembló porque yo tenía los dedos cansados, pegados de tiza, sal y caja.
Dentro, las bolsas de hielo habían empezado a sudar.
Las bandejas de pescado seguían frías, pero menos de lo que deberían.
Las croquetas se habían ablandado por las esquinas.
Las almejas, las malditas almejas de confianza discutible, estaban ahí, en una caja blanca con hielo pobre alrededor, mirándome con la cara de una decisión cara.
Biel metió la mano sin dudar.
—No.
—¿Qué haces?
—Comprobar temperatura.
—Con la mano.
—Con el termómetro que no tenemos, si quieres.
—Voy a comprar un termómetro.
—Mañana.
—Hoy.
—Son casi las tres.
—Internet no duerme.
—El reparto sí.
Oí pasos detrás. Jana apareció en la puerta del almacén con una caja vacía en la cadera y el moño medio vencido.
—¿Por qué el local ha dejado de sonar como un fumador antiguo?
—Congelador —dije.
Jana miró dentro. Luego miró a Biel. Luego a mí.
—Qué ilusión. Otra escena de pareja con electrodoméstico implicado.
—Jana, ahora no.
—Lo respeto. Pero tiene cara de aparato con mala circulación.
Biel sacó una bandeja y la dejó sobre otra caja.
—Hay que mover lo que aguanta a la nevera pequeña y tirar lo dudoso.
Tirar me apretó el estómago.
—No vamos a tirar género sin revisar.
—Lo dudoso no se sirve.
—Lo sé.
—No lo parece.
—Parece que acabo de perder media caja después de perder el cierre del TPV porque tú y yo confundimos barra con motel barato.
Lo dije.
Jana amagó con hablar.
—Uy.
—Tú no estabas aquí —le dije.
—Mi imaginación sí, y está haciendo horas extra.
Biel no se rio. Tenía la mandíbula apretada, tiza en la camiseta y la boca un poco hinchada. Por mi culpa. Por la suya. Por tocarnos justo donde había una caja por cerrar y un comprador esperando mi miedo.
—No metas eso ahora —dijo.
—Ya estaba metido.
—El congelador no se ha parado por eso.
—No. Pero el cierre sí.
Jana levantó la caja vacía.
—Voy a por Tina, que al menos insulta con criterio sanitario.
Se fue.
Biel metió otra vez la mano dentro del congelador. Sacó una bolsa de hielo blando y la dejó en el suelo.
—Esto fuera.
—No tires hielo delante de mí a las tres de la mañana, que tengo instinto de pobre nuevo.
—Abril.
—Lo sé. Lo sé.
No quería saberlo.
El calor del almacén se me pegó a la nuca.
Llevaba la camiseta mal puesta desde antes, un tirante del sujetador torcido y la piel sensible debajo de la ropa.
El deseo, cuando pasa dentro de un chiringuito, no se queda en la piel.
Se mete en la caja, en el hielo, en el ruido del aparato que deja de funcionar justo después de que una se olvide de pensar. Luego cobra intereses.
Tina llegó con una linterna más grande, un cubo y pinta de haber nacido para malas noticias.
—Apartaos.
Nadie discutió. Ni Biel. Eso ya decía mucho.
Tina miró el interior del congelador, olió una caja, tocó una bandeja, levantó otra, volvió a dejarla y dijo:
—Almejas fuera.
—Tina.
—Fuera.
—Cuestan dinero.
—Una intoxicación también. Y además viene con reseña.
Biel aguantó mi mirada. Sin triunfo. Sin esa cara de “te lo dije” que tanto me apetecía odiarle. Esperó a ver si yo elegía el local o mi pánico.
Asentí sin mirar a nadie.
—Fuera —dije.
Tina asintió una sola vez.
—Bien. Lo que siga duro va a la nevera pequeña. Lo que dude, basura. Y mañana menú reducido.
—Mañana tenemos Club Aleta —dijo Biel.
Se me cerró el estómago.
—Cuarenta y dos.
—Cuarenta y dos —confirmó él.
Jana volvió justo a tiempo de hacer daño.
—Cuarenta y dos personas con piernas, hambre y opinión. La cifra perfecta para una avería nocturna.
—No pueden venir —dije.
—Ya han pagado señal —dijo Biel.
—¿Cuánta?
Me dijo la cantidad.
Me apoyé en una caja de cerveza.
—Claro. Claro que han pagado.
—Ese claro venía con dientes —murmuró él.
—Hoy sí.
Tina empezó a mover cajas.
—Menú frío no. Menú corto. Bravas, pan, ensalada sencilla sin hacerte la fina, sardinas si Noguera trae y pollo si conseguimos nevera prestada hasta mañana.
—No tenemos nevera prestada.
—Pues la conseguimos.
Jana levantó el móvil.
—Nil tiene neveras portátiles del Club Aleta para bebidas.
La miramos las tres.
Jana levantó la barbilla.
—¿Qué?
—Has dicho Nil muy rápido —dijo Tina.
—Nil Borràs Vidal existe en la sociedad y tiene cosas con frío. No es culpa mía que el mundo esté mal repartido.
—Llámalo —dije.
—¿Perdón?
—Llámalo.
Jana dejó de moverse un segundo. Para Jana, quedarse quieta era casi una confesión.
—Puedo escribirle.
—Escribe.
—No me mandes, heredera dos punto cero.
—Entonces hazlo por amor al hielo.
—Eso te lo compro.
Salió al pasillo con el móvil pegado a la oreja, fingiendo que escribía y llamando en cuanto creyó que nadie miraba.
Biel sacó otra caja. El agua le chorreó por el antebrazo hasta el codo. Me dio la bandeja sin mirarme.
—Nevera pequeña.
—Sí, mi sargento.
—No estoy para pullas.
—Yo tampoco, pero es lo único que no se ha descongelado.
Tina soltó una risa mínima.
Bien. Una victoria de mierda.
Durante veinte minutos movimos género y la madrugada siguió sin pagarnos.
A las tres y diez llamé a Taller Marí.
El hombre que contestó no dio su nombre. Mejor. Yo ya tenía demasiadas personas opinando sobre el desastre.
—Si es por el congelador de Lola y Sal, mañana —dijo.
—¿Cómo sabe que es el congelador?
—Porque lleva avisando desde hace dos veranos.
Miré a Biel.
Él cerró un momento los ojos.
—Necesito que venga hoy.
—Hoy ya es mañana.
—Necesito que venga en cuanto abra.
—A las nueve puedo pasar, mirar y decirte que está mal.
—Me sirve menos de lo que cree.
—La pieza no la tengo.
—¿Qué pieza?
—La que se rompe siempre cuando alguien espera milagros.
Jana asomó desde el pasillo.
—Nil viene con dos neveras portátiles, hielo y cara de no saber en qué se ha metido.
—Gracias —le dije.
—A ti no. Al hielo.
Tina señaló el móvil con la barbilla.
—Dile al del taller que a las nueve. Y que traiga lo que tenga.
—A las nueve —dije al teléfono—. Y traiga lo que tenga.
—Eso dicen todos antes de llorar con la factura.
Colgó.
Biel sacó la última bandeja. Le chorreaba agua por los dedos.
—Vas a tener que avisar a Vega.
—La voy a despertar.
—Vega duerme con notificaciones activadas para sufrir mejor.
Escribí.
Congelador grande parado. Almejas fuera. Menú reducido mañana. Taller Marí a las 9. ¿Nos cae otra encima o podemos dormir tres horas sin arruinarnos más?
La respuesta tardó menos de un minuto.
Vega: Nada dudoso. Fotos. Taller. Género fuera. Menú corto y sin heroicidades. Y no tomes decisiones con Biel dentro del almacén.
Miré la última línea.
Biel me quitó el móvil de la mano con dos dedos.
—Eh.
Leyó.
—Vega tiene reflejos.
—Devuélvemelo.
Me lo devolvió.
—Tiene razón.
—¿En lo de documentar?
—En lo otro.
Tina cogió la caja de almejas condenadas.
—Discutid después. Ahora esto hay que sacarlo antes de que huela a biografía no autorizada.
Biel la ayudó. Jana apareció con bolsas dobles. Ona bajó en pijama desde la habitación de arriba porque, por lo visto, se había quedado dormida revisando fotos y culpa.
—¿Ha muerto algo?
—Mi paciencia —dije.
—Eso lo mataste antes de venir.
Ona miró el congelador abierto y se le cambió la cara.
—¿Puedo hacer fotos para registro?
—Para registro sí —dijo Vega por audio desde mi móvil, porque había llamado sin avisar y la tenía en manos libres—. Sin filtros, sin comentarios, sin nada bonito.
Ona tragó.
—Qué ataque tan específico.
—Es amor con expediente —dijo Jana.
A las tres y media, el almacén parecía una lonja después de una pelea.
—Eso lo pago yo —dijo.
—No.
—Sí.
—Biel.
—Lo metí yo en pedido.
—Lo acepté yo.
—No sabías que el congelador iba a apagarse.
—Tú tampoco.
—Yo sabía que podía pasar.
Volvía lo que él había sostenido, lo que había sabido y lo que no había conseguido arreglar por falta de dinero, tiempo o porque Lola y Sal funcionaba con parches y orgullo.
Me agaché, cogí la libreta y escribí: Pérdida almejas. Asumir local. No Biel.
Él leyó por encima de mi hombro.
—No me borres para sentirte justa.
—No te estoy borrando. Te estoy quitando de la cuenta que no te toca.
—Eso decides tú.
—Soy la dueña, ¿no?
Me salió con filo. Del malo. Del que corta también al que lo dice.
Biel se guardó la respuesta.
Tina sí.
—A ver si vais a descubrir ahora que mandar también escuece.
El móvil volvió a vibrar en la caja seca.
EL COMPRADOR.
Todos lo vimos. Claro.
Mensaje.
Si la avería complica la actividad, puedo adelantar parte de señal y ayudarte a resolver frío si retomamos condiciones esta semana.
La oferta parecía inofensiva en la pantalla. Señal. Ayuda. Resolver. Frío. Términos prácticos para quien estaba rodeada de hielo muerto a las tres y cuarenta de la madrugada.
Biel permaneció ahí.
Dolió más que un grito.
Jana susurró:
—Qué oportuno el señor ambientador caro.
Tina dejó la caja de almejas.
—No contestes ahora.
Ona bajó el móvil.
—Ni le des visto.
—Ya lo he visto —dije.
—Pues desvístelo mentalmente —dijo Jana—. O lo que sea que se haga con los vistos.
Biel dejó escapar una risa seca. Una sola.
—¿Qué?
—Nada.
—Ahora conmigo no.
—No he hecho nada.
—Te acabas de reír como si yo fuera a venderle el congelador, el local y tu pierna izquierda por una nevera portátil.
—No.
—Lo has pensado con toda la cara.
Él siguió mirándome.
Cansado. Mojado. Con las manos frías y el cuello tenso.
—He pensado que ese hombre sabe esperar a que algo se rompa.
—Pues aquí se va a aburrir. Se rompe algo cada veinte minutos.
—Abril.