Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 2 · BIEL #2
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CAPÍTULO 2 · BIEL #2

—Mi frustración genital no admite chistes.

La puerta volvió a sonar.

—¿Biel? —era Nil.

Abril abrió los ojos.

—No.

—¿He dejado la caja vacía dentro? Jana dice que si la dejo otra vez me la mete en el coche por el parabrisas.

Detrás de Nil se oyó la voz de Jana.

—No he dicho parabrisas. He dicho dignidad. Pero el parabrisas me vale.

Abril se bajó de la barra tan rápido que casi tiró la caja de monedas. La sujeté por la cintura. Ella tenía la camiseta levantada; yo, el labio mordido y ninguna inteligencia disponible.

—Un segundo —dije.

Mi voz salió grave.

Abril clavó los ojos en mí.

Se llevó una mano a la boca para no reírse.

—No te rías.

—No puedo respetar esto.

—Abril.

—Es que has dicho un segundo como si fueras a inaugurar una guerra.

—Me estás ayudando cero.

—Te estoy humanizando.

Nil llamó otra vez.

—¿Todo bien?

Jana, desde fuera:

—Como respondan los dos a la vez, me voy.

Abril se colocó la camiseta, el pelo, la cara. Fracasó en las tres. Yo abrí la puerta lateral una rendija.

Nil estaba con la caja vacía en una mano y cara de intentar no mirar detrás de mí. Jana estaba a su lado, cruzada de brazos, disfrutando de todo y odiando que Nil pudiera disfrutarlo también.

—La caja está en el almacén —dije.

—Ya —dijo Nil.

Su mirada se movió un segundo hacia mi boca.

Jana lo vio.

—No está en el almacén —dijo ella—. Estaba en la terraza. Solo quería comprobar una cosa.

Abril apareció detrás de mí.

—Jana.

—Comprobada.

—Jana.

—El local tiene mucha actividad de cierre. Me alegra por la licencia.

Nil tosió.

Yo pensé en meterme en el congelador.

Abril abrió más la puerta.

—Fuera.

—Ya estamos fuera —dijo Jana.

—Más fuera.

Jana miró a Nil.

Nil levantó la caja vacía.

—Buenas noches.

—Buenas noches no se dice con esa cara —le soltó Jana.

—¿Qué cara?

—La de haber visto una cosa y estar intentando ser decente.

—Estoy siendo decente.

—Pues se te da fatal.

Se fueron discutiendo hacia la calle. La tensión entre los dos quedó flotando en la terraza, distinta a la nuestra, más nueva, con menos ruina, pero muchas ganas de complicarse.

Cerré la puerta.

Abril se apoyó contra la barra.

Durante dos segundos guardó silencio.

Luego señaló el TPV.

—Dime que el cierre está guardado.

Miré la pantalla.

La pantalla estaba negra.

Negra del todo.

—Biel.

Toqué el botón.

Nada.

—Biel.

—No me gusta cuando repites mi nombre en escalera.

—Dime que no acabamos de perder el cierre porque estabas metiéndome mano junto a la caja.

—Técnicamente tú estabas sentada encima de parte de la caja.

—Biel.

—Estoy intentando que vuelva.

El TPV no volvió.

Abril se tapó la cara con las dos manos.

—Vega nos mata.

—Primero cuadramos a mano.

—Luego nos mata.

—Luego sí.

Se quitó las manos de la cara. Tenía los ojos brillantes, pero esta vez no solo de rabia. De risa contenida, vergüenza, deseo mal aparcado y una pizca de miedo.

—Esto es exactamente lo que no podía pasar.

—No. Exactamente habría incluido que entrara Tina.

—No lo invoques.

—Tienes razón.

Nos pusimos a cuadrar a mano.

Quince minutos después, la caja faltaba por once euros y sobraba por seis en una columna que no tenía sentido ni para mí. Abril escribía números en una libreta con el labio hinchado de mi boca y cara de querer despedirme de un local que no era mío.

—Aparta los ojos —dijo.

—Hay una moneda en tu cuello.

—¿Qué?

Le quité una moneda pequeña pegada junto al cuello de la camiseta. Se la enseñé.

Abril la observó.

Después se rio.

Se rio de verdad. Con la cabeza baja, una mano apoyada en la barra, los hombros temblando de cansancio.

—Somos lamentables.

—De sobra.

—Y mañana hay cuarenta y dos del Club Aleta.

—Cuarenta y dos y una caja sin cerrar.

—Y Jana sabe.

—Jana sospechaba desde que teníamos veinte.

—Nil sabe.

—Nil no sabe dónde meterse.

—Jana lo va a matar por verlo.

—Jana quería comprobar una cosa.

Abril me miró.

—¿Te das cuenta de que esto ya afecta a los demás?

—Sí.

—Entonces no podemos hacer como que es nuestro y ya.

—No.

La respuesta salió fácil porque era verdad.

Abril dejó el boli.

—No sé hacerlo sin mancharlo.

—Aquí todo mancha.

—No metas al chiringuito a hacerte de coartada.

—No lo hago.

—Un poco.

—Un poco sí. Soy cobarde cuando me conviene.

Nos miramos.

Esta vez no nos acercamos.

Hicimos lo más adulto y menos satisfactorio: seguimos contando.

A las dos y veintiséis, conseguimos dejar la caja con una diferencia aceptable de tres euros y una nota para Vega que decía: TPV reiniciado mal durante cierre. Revisar.

Abril quiso añadir “sin preguntar”. No la dejé.

A las dos y treinta y nueve, cuando por fin apagamos luces, el móvil de Abril vibró sobre la barra.

EL COMPRADOR: Si cambia el local, hablamos esta semana.

Abril leyó el mensaje.

Luego lo dejó boca abajo.

—No contestes —dije.

—Eso ha sonado a orden.

—Lo tengo claro.

—Pues rectifica.

Respiré.

—No contestes si lo único que quieres es tapar lo que acaba de pasar.

—Mejor.

Se guardó la respuesta.

Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.

Abril la leyó en el reflejo del cristal.

—Tu madre tenía mala leche —dije.

—Y puntería.

Apagué la luz de barra.

Entonces el congelador grande dejó de hacer ruido.

Los dos giramos la cabeza hacia el almacén.

El local, sin ese zumbido enfermo, quedó raro. Más caro.

Abril agarró la linterna antes que yo.

—Ni una palabra.

—No he abierto la boca.

—Lo estabas pensando con toda la cara.

—Estaba pensando que la temporada acaba de empezar.

Ella encendió la linterna. La luz le marcó la boca hinchada, la tiza en los dedos, la camiseta mal puesta y esa expresión de mujer que no había venido a quedarse, pero ya sabía dónde estaba la llave de paso.

—Pues abre el almacén —dijo.

Lo abrí con la única mano que no goteaba, casi una falta de respeto al estado general de mi vida.