Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2) CAPÍTULO 2 · BIEL
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CAPÍTULO 2 · BIEL

El problema empezó cuando Abril aguantó hasta el cierre.

No cuando abrió sola. No cuando firmó el cuadrante delante de Vega, negoció con Marblava sin morder a nadie y dejó que yo arreglara el toldo sin convertirlo en guerra.

El problema fue verla junto a la barra a la una y diecisiete, descalza otra vez, con el pelo sujeto con un lápiz de Tina y la camiseta pegada, diciendo:

—La mesa doce no existe.

Jana, sentada encima de la nevera de bebidas, alzó una mano.

—La mesa doce existe espiritualmente. Ha consumido, ha sufrido y ha dejado un ticket que no corresponde a nadie.

—Eso en mi sistema se llama fantasma fiscal.

—A mí no me mires —dijo Ona desde una silla, con el móvil girado sobre el muslo—. Yo hoy he sido monja digital.

—Una monja habría fregado más vasos —contestó Tina.

—Una monja no habría aguantado a la mesa de las bravas sin agresividad.

Vega estaba en la mesa que nunca callaba con el libro de incidencias abierto, los ojos rojos y una seriedad que ya no tenía brillo.

—Necesito que alguien me explique por qué hay dos cobros del Club Aleta si el Club Aleta no cena hasta mañana.

Abril plantó las manos sobre la madera.

Jana me señaló con una pajita.

—Ahí tienes. Lenguaje sensual de Vega a la una de la mañana.

Vega no alzó la mirada.

—Jana, si no callas, te pongo a cuadrar tickets.

—Retiro mi cuerpo de la conversación.

Abril giró hacia mí.

—Dime que sabes arreglarlo.

Eso me llegó con cansancio, no con exigencia. Eso cambiaba cosas. La Abril del primer día habría dicho “arréglalo” y luego habría odiado necesitarlo. La de esa noche me miró con las pestañas bajas de sueño, la boca apretada y una mancha de salsa seca cerca del cuello.

—Sé intentarlo —dije.

—No tranquiliza.

—No he venido a tranquilizarte.

—Ya, ya. Tu especialidad es retrasar estupideces dos horas.

—Y a veces evitar sillas.

—No lo conviertas en currículum.

Me puse detrás del TPV.

—No le hables bonito —dijo Abril.

—No he hablado.

—Lo has tocado con paciencia. Eso aquí cuenta como coqueteo.

Jana levantó la cabeza.

—Confirmo.

Tina salió de la cocina con una sartén en la mano.

—Yo también confirmo. Además, si consigue que el TPV obedezca antes que Abril, deberíamos preocuparnos.

Abril apretó la boca. Solo se inclinó sobre la barra para mirar la pantalla. Se inclinó más cerca de lo prudente de mí.

A lo mejor no sobraba tanto.

A lo mejor yo llevaba tres días midiendo su distancia con una precisión enferma.

Olía a sal, fritura, jabón barato y mujer agotada que no subía a dormir por una caja descuadrada. Tenía tiza, tinta y una quemadura roja en la muñeca.

—Te has quemado —dije.

Apartó la mirada.

—No es nada.

—No he preguntado si era una tesis.

Le cogí la muñeca.

No lo pensé. Ese era mi fallo preferido con Abril: llegar tarde a la prudencia.

Ella no retiró la mano.

—Biel —dijo.

—¿Qué?

—Si vas a tocarme para revisar heridas, hazlo con menos cara de estar enfadado conmigo por tener piel.

Dejé escapar una risa corta.

—No estoy enfadado con tu piel.

—Pues lo disimulas fatal.

Detrás, Jana hizo un ruido.

—Voy a salir a respirar porque hay frases que una no debería escuchar con el delantal puesto.

—Llévate basura —dijo Tina.

—Qué poco respeto al erotismo ajeno.

—¿Quieres que me lleve algo más? —preguntó Nil.

—Tu tendencia a aparecer con cajas —contestó Jana.

—Puedo aparecer sin ellas.

—Entonces qué aportarías.

—Puedo pensarlo.

—Piénsalo lejos.

Nil sonrió y, por fin, se movió hacia la terraza. Jana salió detrás con una bolsa de basura y más prisa de la que convenía a alguien que no estaba interesada.

Vega cerró la carpeta.

—Yo me voy antes de que esto derive en algo que mañana tenga que ordenar por columnas.

—Cobarde —dijo Abril.

—Correcta. Hay diferencia.

Ona se levantó.

—Yo también. He sido buena y estoy al borde de grabar una silla.

Tina dejó la sartén en el fregadero.

—Yo cierro cocina y subo a lavarme la cara o a meterla en el congelador, lo que tenga menos consecuencias legales.

—Deberíamos cerrar terraza —dijo ella.

—Sí.

No nos movimos.

El TPV cargó el menú principal. Milagro. Toqué la pantalla. Salieron los cobros duplicados.

—Aquí está el error.

Abril se acercó más.

—¿Dónde?

Le señalé la línea. Ella apoyó una mano en la barra, al lado de la mía. Los dedos casi tocaron. Casi. Esa distancia llevaba días cobrándonos de más.

—Hay que anular este cargo y pasar el de mesa ocho al cierre de mañana —dije.

—Hazlo.

—No.

—¿No?

—Hazlo tú.

—Biel, son la una y media.

—Precisamente. Si aprendes solo de día, por la noche te come la máquina.

—La máquina ya me respeta menos que tú.

—Imposible.

Le enseñé. Paso a paso. No con paciencia bonita. Con cansancio, olor a cerveza y los dedos pegajosos de tocar tickets. Abril escuchó. Se equivocó una vez. Me miró esperando el comentario.

No lo hice.

—Qué raro —dijo.

—¿Qué?

—No has aprovechado para decirme que llevo mal la pantalla.

—Llevas mal la pantalla.

—Ah. Ya puedo seguir.

Anuló el cargo. Reasignó mesa. Imprimió cierre parcial. El papel salió sin errores.

Abril lo cogió entre dos dedos y lo miró con pinta de haber pescado algo vivo.

—Lo he hecho.

—Sí.

—Ese bien te lo guardas.

—No iba a decir bien.

—Di otra cosa.

No debería haberla mirado entonces. La luz amarilla le marcaba las ojeras, el pelo mal recogido y la boca reseca. Seguía de pie, aprendiendo a cerrar una caja que no quería pertenecerle.

—Te estás quedando —dije.

La sonrisa se le borró.

—Estoy cerrando.

—Hoy sí.

—No conviertas una noche en sentencia.

—La uso. Claro que la uso. No me pidas nobleza a la una y media.

Abril dejó el ticket sobre la barra.

—Tú ves lo que quieres.

—Ojalá.

No dio un paso.

Ese ojalá sí se me escapó de un sitio tonto.

Ojalá.

Si yo viera lo que quería, habría visto una mujer volviendo sin maleta, sin comprador, sin fecha de salida, sin esa forma de tocar los objetos pidiendo permiso para pertenecer.

Ella bajó la voz.

—No me pongas esa cara ahora.

—¿Qué?

—Mirarme como si te estuviera robando algo.

—A veces lo haces.

—Y tú me cobras cada vez que respiro aquí.

La verdad fea apareció por fin. Me la merecía.

—Sí —dije.

Abril parpadeó. Le fastidiaba cuando yo aceptaba el golpe.

—No sé qué hacer con tus síes.

—Úsalos para no discutir diez minutos.

—No me gusta perder rutinas.

Me reí.

Ella también, apenas. La risa se nos quedó entre tickets y vasos, sin saber dónde sentarse.

Fui a coger la caja de monedas. Ella también. Nuestros dedos chocaron. Esta vez ninguno retiró la mano.

La caja estaba fría.

Sus dedos no.

—Abril —dije.

—No.

Solté su mano.

Ella la cerró alrededor de mis dedos antes de que pudiera apartarme del todo.

—He dicho no a que lo digas así.

Me quedé mirándola.

No tenía una decisión clara en la cara. Tenía miedo, sueño, rabia, deseo y una mancha de alioli seca en el pantalón. Mucho más peligroso.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a hacer lo correcto por los dos.

—Porque si no lo intento yo, igual lo hago peor.

—Estoy harta de que alguien decida qué parte de mí conviene salvar.

—No quiero salvarte.

—Bien.

—Quiero tocarte y no utilizar luego los siete años como factura. Y no sé si me sale.

Abril no apartó la mano.

Yo seguía con las monedas clavándome en la palma y una estupidez adulta en la boca.

Abril tragó saliva.

—No sé darte eso.

—Ya.

—Pero ahora mismo sé decirte que no te apartes.

Me faltó algo vulgar que decir. Me quedó el cuerpo.

—Dilo claro —pedí.

No como orden. Aunque seguramente sonó a orden, porque con Abril el cuidado me llegaba tarde y con botas.

Ella soltó la caja de monedas.

—No te apartes.

Me acerqué.

No la besé rápido. Esa noche nada soportaba rapidez. Le toqué primero la mandíbula con dos dedos, donde tenía una línea de sudor y cansancio. Abril apretó los párpados medio segundo y los abrió enseguida, como si rendirse del todo le pareciera de mala educación.

—Si quieres parar, paras —dije.

—Si quiero parar, te empujo contra el TPV.

—Funciona fatal bajo presión.

—Tú también y aquí seguimos.

La besé.

La barra se me clavó en la cadera. Abril soltó un sonido ahogado, de cuerpo que por fin deja de negociar una parte.

Tenía la boca seca al principio, luego caliente, con sabor a limón, café frío y una rabia que nos conocía por nombre.

Me agarró la camiseta con los dedos manchados de tiza y tiró de mí hacia ella.

El TPV protestó.

—Ni se te ocurra —murmuró contra mi boca.

No supe si se lo decía a la máquina o a mí.

La levanté y la senté en el borde interior de la barra, entre la caja de monedas y un montón de tickets. Abril dejó escapar una risa baja cuando una moneda se le pegó al muslo.

—Esto es muy poco digno.

—Es Lola y Sal.

—Argumento aceptado.

Me besó ella.

Fuerte.

Con hambre vieja y mala leche nueva. Me mordió el labio. No estaba ganando nada. Yo apoyé una mano en su cintura, bajo la camiseta, donde la piel estaba húmeda de calor. Ella tensó el vientre y no se apartó.

—¿Sí? —pregunté.

—Sí.

La toqué más despacio de lo que mi cuerpo quería. La camiseta se le subió bajo mi mano, el cierre del pantalón me raspó los nudillos y Abril soltó el aire, contra mi mejilla.

—No conviertas esto en premio por quedarme hasta el cierre —dijo.

Me detuve.

La miré.

—No lo es.

—Ni una forma de cobrarme la salida.

—Tampoco.

—Ni…

—Abril.

—¿Qué?

—Estoy intentando besarte sin pasarle recibo a nadie. Voy regular.

Luego se rio.

Con la frente contra mi barbilla, baja, cansada, real.

—Qué cosa tan fea.

—Me he esforzado.

—Se nota.

Volvió a besarme. Esta vez más lenta. Mal asunto.

Porque la rabia daba excusas y aquello no tenía tantas.

Mis dedos subieron por su espalda, bajo la camiseta, notando la piel sudada, el borde del sujetador, un temblor mínimo cuando mis pulgares se quedaron en sus costillas.

Abril me agarró la nuca, me atrajo hacia ella y abrió las piernas para hacerme sitio entre la barra, el calor y todos los vasos sucios.

No estaba tocando un recuerdo. Estaba tocando a la mujer que quería vender el sitio donde yo había aprendido a quedarme.

La puerta lateral golpeó.

Los dos nos quedamos quietos.

Abril bajó la frente contra mi hombro.

—Me cago en todo.

—Resumen técnico correcto.