Quédate hasta que cierre (Lola y Sal 2)
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CAPÍTULO 1 · ABRIL
La temporada empezó con el toldo derecho atascado, Marblava sin contestar y Jana improvisando turnos en una servilleta manchada.
—No es alioli —dijo, al verme mirar la esquina amarilla.
—Entonces no quiero saber qué es.
—Es memoria del negocio.
—Es grasa.
—Las dos cosas pueden convivir. Mira a Biel.
Biel no estaba todavía.
Ese era el primer problema.
El segundo era que yo había abierto sola.
A las siete y veinticuatro había subido el toldo a medias, puesto la pizarra en la entrada y escrito ABIERTO con los dedos blancos de tiza. El TPV pitó dos veces. El congelador volvió a sonar a catarro viejo. Y Noguera dejó pescado con lo que nadie quiere oír antes del café:
—Luego hablamos de lo pendiente.
En Lola y Sal, luego siempre venía con dientes.
Yo quería una cosa concreta aquella mañana: abrir temporada sin que Biel entrara por el almacén y me recolocara la vida con dos cajas en la mano.
A las ocho y quince, Tina llegó con pan del Forn Nuri, una bolsa de hielo apoyada contra la cadera y el pelo recogido de cualquier manera.
—Has abierto —dijo.
—Observación avanzada.
—Sola.
—No estaba sola. Estaba el TPV con ganas de morir.
—¿Dónde está Biel?
—No lo sé.
—Eso te molesta.
—Me molesta que me lo preguntes a los veintisiete segundos.
—No has dicho que no.
Jana levantó la servilleta.
—He puesto que Biel abre con Abril hasta las doce, luego cocina, luego cierre.
—Biel no decide mis turnos.
—No digo que los decida él. Los decido yo, que soy imparcial y tengo un boli rosa.
—Tú no eres imparcial desde que Nil te trae limones sin que los pidas.
Jana bajó el boli.
—Nil trae limones porque es un señor con problemas cítricos.
—Nil trae limones porque te mira como si fueras a morderle.
—Todo el mundo debería mirarme con precaución básica.
Tina cogió la servilleta y la miró.
—Esto no es un cuadrante. Esto es una amenaza con horarios.
—Tiene turnos, nombres y una mancha que puede señalar descanso —defendió Jana.
—¿Descanso? —pregunté.
—No lo he desarrollado.
Ona entró grabando el suelo.
—Solo estoy grabando arena, que no tiene derechos de imagen.
—Ona.
—La terraza vacía, entonces.
—Ona.
Guardó el móvil con un suspiro.
—Qué difícil es vender una temporada sin enseñar que existe.
—No estamos vendiendo la temporada.
—No. Fingimos que abrimos por accidente, con toldos, turnos y una propietaria que ha dormido arriba.
Todas me miraron.
Yo cogí una caja de vasos.
—No he dormido arriba por romanticismo. He dormido arriba porque el Hostal Mar de Fora no tenía habitación y porque bajar de noche a por agua da menos pereza si tu cama está encima de la freidora.
Jana enseñó los dientes.
—Todavía no.
El toldo derecho hizo un ruido seco.
Nos giramos todas.
La lona se había quedado enganchada a medio metro de donde debía, con la cuerda torcida y una arruga fea justo encima de la mesa seis.
—Eso lo arregla Biel —dijo Ona.
—Eso lo arreglo yo.
Tina levantó la barbilla y los brazos.
—No lo hagas por orgullo.
—Lo hago porque es mi toldo.
—Lo que faltaba.
Me subí a una silla.
—Abril —dijo Tina desde la puerta.
—Ni lo intentes.
—No he dicho ni media.
—Lo has pensado en mayúsculas.
Tiré de la cuerda. El toldo no se movió.
Tiré otra vez.
La cuerda me quemó un poco la palma.
—Fenomenal —murmuré.
—Si te caes, lo incluyo en el parte de temporada —dijo Jana.
—No hay parte de temporada.
—Entonces lo inventamos con sangre. Más fundacional no puede ser.
Volví a tirar. La lona cedió medio palmo y luego se encajó con un golpe que me hizo perder equilibrio.
Una mano me agarró del tobillo.
Nada elegante. Práctico, sí. Un poco vergonzoso también. Dedos firmes sobre mi piel, por encima de la zapatilla, sujetándome antes de que la silla hiciera lo que todas sabíamos que iba a hacer.
Miré hacia abajo.
Biel estaba allí, con una caja de cerveza apoyada en la cadera y la expresión de quien acababa de encontrarme haciendo exactamente lo que él habría dicho que no hiciera.
—Buenos días —dijo.
—No me agarres el tobillo.
—No te caigas encima de mi caja.
Me soltó cuando notó que la silla ya no se movía. A la velocidad cobarde de siempre. El tobillo me quedó tonto, caliente, con la marca de sus dedos, y yo hice como si todavía mandara sobre algo.
—Has llegado tarde —dije.
Biel dejó la caja en el suelo.
—Has abierto antes.
—Era el objetivo.
—Ya lo he visto.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de que estás orgulloso y enfadado a la vez.
—Es mi cara normal desde que has vuelto.
Jana asomó por la puerta.
—Cuadrante: Biel y Abril, discusión inicial de ocho veinte a ocho treinta. Vamos bien.
—Jana —dijimos los dos.
—Me emociona cuando coordináis.
Biel alzó la mirada hacia el toldo.
—La polea está mordida.
—Qué imagen tan técnica.
—Si tiras otra vez así, partes la cuerda.
—He tirado perfectamente.
—Has peleado con el toldo, que no es lo mismo.
—La caja también empezó con la cicatriz, según tú.
No quería reírme. Lo hice por la nariz. Poco. Mal. Él lo vio.
Biel subió a la silla sin avisar, levantó el brazo y recolocó la cuerda con dos movimientos secos. La camiseta se le subió, por un lado. No mucho. Lo suficiente para que yo viera una línea de piel, el borde del pantalón, el músculo tensarse bajo el brazo.
Aparté la vista al cartel.
Aparté la vista como una adolescente con nómina.
El cartel tampoco ayudaba.
—Ya está —dijo.
El toldo bajó de golpe, soltando polvo, arena y una brida vieja sobre mi hombro.
—Perfecto —dije, escupiendo polvo.
Biel bajó de la silla.
—La próxima vez me llamas.
—La próxima vez lo arreglo sin público.
—No cambia la cuerda.
—Pero mejora mi autoestima.
—Tu autoestima amenaza infraestructuras.
—Tu paciencia amenaza mi sistema nervioso.
Aguantó mi mirada.
Tenía ojeras, la camiseta arrugada, la mano marcada por una caja y el pelo húmedo de sudor antes de las nueve. Intentaba dejarme hacer, pero el cuerpo se le inclinaba hacia mí por costumbre.
Eso me fastidiaba más de lo que quería admitir.
Tina rompió el momento desde dentro.
—Marblava ha llamado.
Entré antes que Biel, solo por demostrar algo inútil.
—¿Qué pasa?
—Traen la mitad del pedido. El resto, cuando entre transferencia.
—La transferencia sale hoy.
—Ellos dicen que la ven mañana.
—Claro. Los bancos siempre tienen sensibilidad dramática.
Biel dejó la caja de cerveza junto al almacén.
—¿Qué falta?
Tina leyó la nota.
—Vasos bajos, servilletas, aceite extra y detergente.
—Todo lo que se rompe, se mancha o se acaba —dijo Jana.
—Lola y Sal resumido —contestó Biel.
Cogí el móvil.
—Llamo.
Biel siguió mirándome.
—No llames atacando.
—No me hables con ese aire de mando.
—No he dicho no llames. He dicho no entres con cuchillo.
—No tengo cuchillo.
Tina levantó uno desde la cocina.
—Hay disponibilidad.
—La continuidad está registrada en el Ayuntamiento —dije.
Biel levantó las cejas.
—La actividad está abierta, el pago sale hoy y el pedido parcial no cubre el servicio de esta noche. Si no pueden traerlo todo, necesito al menos aceite y detergente.
El encargado contestó algo sobre política interna.
—Su política interna no friega mi cocina.
Jana levantó los pulgares.
Biel bajó la cabeza. Creo que sonrió.
Conseguí aceite y detergente. Perdí vasos bajos y una parte de la mañana.
Al colgar, tenía la oreja caliente y una línea de sudor bajándome por la espalda.
—Bien —dijo Biel.
—No es por ti.
—No he dicho que fuera por mí.
—Lo has pensado con postura de tutor.
—Mi postura está cargando cajas.
Vega llegó a las diez y doce con una carpeta, gafas de sol y una botella de agua grande.
—Necesito que nadie me mienta.
—Buenos días, Vega —dijo Ona.
—No empieces con suavidad. El Ayuntamiento ha pedido que el cuadrante visible esté actualizado y que haya libro de incidencias de terraza desde hoy.
Jana levantó la servilleta.
—Tenemos cuadrante.
Vega la miró.
—Eso tiene alioli.
—Dijimos que no era alioli.
—No arregla nada.
Vega sacó folios limpios. Folios. Limpios. En Lola y Sal parecían animales exóticos.
—Abril, tienes que firmar responsable de turno. Biel puede figurar como apoyo operativo, pero no como sostén informal. Hay que dejar claro quién decide qué.
La barra se quedó en silencio.
Biel metió las manos en los bolsillos.
Yo cogí el boli.
—Firmo yo.
—Eso ya lo sé —dijo Vega—. Lo que necesito es que no lo digas como si firmar fuera ganar una pelea.
—A veces lo es.
—Y a veces es pagar cuando algo sale mal.
Firmé.
Abril Rovira Mas.
La mano ya no me tembló. Me sudaba.
Biel no miró la firma. Miró mi mano.
—¿Qué? —dije.
—Nada.
—Aquí no existe nada.
—Tienes tiza en los dedos.
Miré. La tiza de ABIERTO seguía en las yemas, mezclada con tinta azul.
Me froté contra el pantalón.
—Claro.
—No la quites —dijo.
Lo dijo sin mirarme.
No debía significar nada. Era tiza, porquería de pizarra. Pero su voz me entró debajo de la camiseta, donde el sudor ya había decidido quedarse.
—Biel —dije.
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Soltar algo y esconder la mano.
Durante un segundo pareció que iba a contestar.
El TPV pitó.
Nos salvó de una forma muy poco elegante.
Yo quería controlar el local.
El local no había recibido la información.
—Mesa cuatro quiere bravas sin picante —dijo Jana.
—Entonces quiere patatas.
—Mesa cuatro dice que quiere bravas, pero sin agresividad.
—Somos todos mesa cuatro por dentro —murmuró Ona.
Tina sacó la cabeza por la cocina.
—Si alguien me pide una brava sin agresividad, le doy una patata hervida y una decepción.
Biel pasó detrás de mí con una caja de cerveza.
—Mesa ocho lleva quince minutos esperando.
—Mesa ocho acaba de sentarse.
—No. Esa es mesa nueve. Mesa ocho se ha cambiado porque decía que bajo el toldo olía raro.
—Todo huele raro.
—Eso he dicho.
—No les digas eso a los clientes.
—Lo he dicho con sonrisa.
—No tienes sonrisa de atención al cliente.
—Tú tampoco, y aquí estamos.
Me giré muy deprisa y casi choqué con él.
La caja quedó entre los dos, una barrera de botellas frías contra mi estómago.
Él no se apartó enseguida. Yo tampoco. Había ruido alrededor, platos, turistas, Jana cantando una comanda con tono de entierro, Vega discutiendo con el libro de incidencias, pero durante ese segundo solo noté la caja fría, su antebrazo junto al mío y el calor de mi propia camiseta pegada a la piel.
—Déjame pasar —dije.
—Muévete.
—Estás en mi barra.
—Tu barra está en medio.
—Qué concepto tan tuyo.
Sus ojos bajaron a mi boca una vez.
Contó una pila.
Bastó para que la jornada entera perdiera media vuelta de tornillo.
—Abril —dijo Vega desde la mesa de las cinco.
Me aparté.
Biel dejó la caja.
—Luego.
No lo dije como promesa ni amenaza. Lo dejé caer entre vasos, aceite y turno.
La odié.
La guardé.
Jana dejó de moverse con una bandeja en la mano.
—No.
Nil, que era moreno, alto y tenía esa cara de hombre que no sabe si sonreír o quitarse de en medio, dejó las cajas en el suelo.
—Buenos días también.
—No son buenos si vienes con limones.
—Te faltaban ayer.
—Ayer me faltaba paciencia y no has venido en caja.
—Puedo volver a intentarlo.
Ona se llevó el móvil al pecho.
—Esto me duele no grabarlo.
—Ni se te ocurra —dijo Jana sin mirar.
Nil sonrió. Se notó que Jana le gustaba. Se notó más que él intentaba que no se notara tanto.
—Biel me dijo que os faltaba hielo.
Yo miré a Biel.
Él levantó una ceja.
—Nos falta hielo.
—Nos faltan muchas cosas y no todas vienen con Nil —dijo Jana.
—Qué pena —contestó Nil.
Tina, desde cocina:
—Si vais a flirtear, hacedlo cargando cajas.
Nil cogió la caja de hielo.
Jana apretó la caja de limones contra la cadera.
—No flirteo.
—Estás usando más dientes que con los clientes —dije.
—Abril, tú hoy no tienes autoridad moral sobre dientes.
Biel tosió.
Me giré hacia él.
—¿Perdón?
—Nada.
—Lo has dicho con toda la garganta.
—Tengo polvo.
—Por supuesto.
—Ese claro sobra.
—No me robes eso.
Nil, cargando hielo hacia el almacén, miró de Biel a mí y luego a Jana.
—¿Aquí se cobra entrada por conversación?
—Aquí se cobra por sobrevivir —dijo Jana.
Me lo apunté como madurez.
—Progreso —dijo Jana.
—Cállate.
—Progreso con insulto. Más creíble.
El primer día de temporada no terminó a las once.
Nunca terminaba cuando una lo necesitaba.
A medianoche quedaban tres mesas, una caja descuadrada y una reserva del Club Aleta que había pasado de treinta a cuarenta y dos personas.
—Cuarenta y dos —dije, mirando el mensaje.
Biel estaba a mi lado, apoyado en la barra.
—No caben.
—Si reducimos terraza normal, sí.
—Si reducimos terraza normal, perdemos rotación.
—Si decimos que no, perdemos caja.
—Si decimos que sí, Tina nos mata.
Tina asomó por la cocina con una espátula.
—Os oigo.
—Por eso lo digo con respeto —contestó Biel.
El cuerpo me pedía subir a la habitación de arriba, cerrar la puerta y no escuchar a nadie durante seis horas.
La caja pedía otra cosa.
—Me quedo a revisar aforo y mesas —dije.
Biel tardó en responder.
—No tienes que hacerlo hoy.
—Sí.
—Estás reventada.
—Bienvenida a Lola y Sal, creo que dijo alguien muy desagradable.
—Ese alguien tenía razón y un carácter de mierda.
—Ese alguien sigue aquí.
No apartó los ojos.
Las últimas mesas quedaban lejos. La barra nos dejaba la piel cansada. Yo llevaba tiza, grasa y sudor; él, lo mismo con más costumbre. Solo estábamos allí, con el TPV parpadeando y Biel tan quieto que mi respiración empezó a tropezar.
—Quédate hasta que cierre —dijo.
Lo dijo bajo.
Mi estómago hizo una cosa torpe.
—¿Eso es una orden?
—Es una mala idea con horario. Haz lo que quieras.
Jana, desde la mesa del centro, levantó la cabeza.
—Yo he oído problemas.
—Tú has oído trabajo —contesté.
—Qué decepción tan constante.
Me quedé.
Al menos, eso decidí creer.
Eso me repetí mientras cerrábamos, Vega guardaba incidencias, Ona apagaba la terraza, Tina soltaba la espátula en el fregadero y Jana discutía con Nil por una caja vacía.
Me quedé porque al día siguiente venían cuarenta y dos personas del Club Aleta, porque mi nombre estaba en el cuadrante, porque el toldo se atascaba y porque la deuda seguía allí. Cerrar no arreglaba ninguna de esas cosas.
También porque Biel había dicho cierre.
Aquella noche no tuve respuesta rápida. Tuve el tobillo caliente, la camiseta pegada y unas ganas feas de que volviera a mirarme.