Quédate conmigo Capítulo 6 KIRILL
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Capítulo 6 KIRILL

La puerta se cierra tras Grant y la humillación me invade al instante. Lo vio todo. Las cicatrices. La herida más reciente.

Lo suficiente para saber que hay una historia bajo mi ropa. Debería haberme puesto una camiseta. La comodidad nos vuelve descuidados. Pero Grant se detuvo cuando se lo pedí.

No exigió respuestas. No me tocó como si la preocupación le diera derecho a hacerlo. Se fue. El respeto básico no debería parecer algo revolucionario.

Con él, lo parece. Mañana tendré que mirarlo a sabiendas de que conoce algo. Bajo la vergüenza hay otro sentimiento.

Alivio.

Eso es más aterrador.

GRANT

A las 3:14 de la madrugada, desisto de dormir. Echo un vistazo a Eli antes de bajar. Está desparramado en diagonal sobre la cama, con una mano bajo la mejilla. Mi hijo está a salvo.

Eso al menos puedo dárselo. En la cocina, Kirill está comiendo tostadas. Pone cara de culpable cuando me ve.

—Perdón. Tenía hambre.

—La comida no tiene horario de oficina. Rosa se ofendería solo de pensarlo.

Se le tuerce la boca. Preparo té. Come demasiado rápido. Antes de pensarlo, digo:

—Nadie te lo va a quitar.

Kirill se queda paralizado. Idiota.

—Lo siento. Ha sido un comentario descuidado.

Afloja la mano con la que sujeta el plato.

—No pasa nada.

Sí pasa. Cambio de tema.

—¿Planes para Navidad?

Se le tensan los hombros de nuevo.

—Ninguno.

—¿Familia?

Otro error. Aparta la mirada.

—No sé dónde están mis padres. No los veo desde los diecisiete. No eran buenas personas.

—Lo siento.

Se encoge de hombros con cansancio.

—No puedo saber exactamente lo que fue aquello —digo—, pero entiendo por qué no quieres hablar de ellos.

Eso parece sorprenderlo. Lo invito a pasar la Navidad con nosotros. Se resiste porque no quiere ser una molestia. Le digo que Eli ya ha preguntado dos veces si se queda.

—Por Eli —dice al fin.

—Por supuesto.

Ambos sabemos que esa no es la única razón por la que me alegro. Hablamos hasta casi las cuatro. Té o café. Malvaviscos en el boniato.

Su odio por las pasas. Novelas policíacas. Su incapacidad para entender el fútbol americano. Durante una hora, es simplemente un chico de veinticuatro años.

Cuando se ríe, se le marca el hoyuelo en la mejilla izquierda. Aparto la mirada antes de hacer alguna estupidez, como quedarme mirándolo. En la puerta, dice:

—¿Grant? Gracias. Por lo de antes.

—No tienes que darme las gracias por respetar un límite.

Que parezca conmovido por esa frase me dice demasiado sobre las personas que hubo antes que yo. Y lo que es peor, me doy cuenta de que me importa. No de forma abstracta. Me importa lo que lo hace reír.

Me importa lo que lo asusta. Me importa si se siente cómodo en mi casa. Eso es un problema.