Capítulo 2 KIRILL
La casa de los Mercer tiene verja. Esa debería haber sido mi primera advertencia. Cuando el ama de llaves abre la puerta, estoy convencido de que me he equivocado de dirección.
—Usted debe de ser el Sr. Volkov. —Su sonrisa es cálida—. Soy Rosa. Entre antes de que se congele.
Rosa cae bien enseguida. Me quita el abrigo, me sirve un té que no pedí y me dice que Grant Mercer se ha retrasado por una audiencia. Luego me deja en una habitación forrada de libros, tan grande que mi apartamento cabría varias veces. Elijo la silla más cercana a la puerta.
Costumbre. Unos minutos después, aparece un niño con lo que parece un robot casero sin la mitad de la carcasa. Se detiene al verme.
—¿Quién eres?
—Kirill. Vengo por el trabajo de cuidador.
Su mirada me recorre con una precisión inquietante.
—Pareces joven.
—Y tú muy borde.
Se le tuerce la boca. El robot emite un chirrido electrónico lastimero.
—¿Qué le pasa? —pregunto.
—Se sigue reiniciando.
Empieza a explicarme los circuitos. Entiendo como mucho un veinte por ciento.
—¿Has probado a explicarle el problema a alguien que no sepa nada?
Frunce el ceño.
—¿Y eso de qué serviría?
—Depuración del patito de goma. Los programadores le explican el código a un patito de goma y así se dan cuenta de lo que se les escapó. Yo puedo ser el patito.
Me mira fijamente. Luego se sienta a mi lado. Diez minutos después, se para en mitad de una explicación.
—El consumo de energía.
—Cuac.
Se ríe. Así nos encuentra Grant Mercer. Sé quién es antes de que Rosa diga su nombre. Hay personas que llevan la autoridad como quien lleva ropa cara. Grant viste ambas.
Pelo oscuro. Camisa blanca con las mangas remangadas. Hombros anchos. Expresión controlada.
Sus ojos van de Eli a mí y se afilan.
—Papá —dice Eli—. Kirill lo ha arreglado.
—¿Has arreglado un robot?
—He escuchado mientras Eli lo arreglaba.
Un atisbo de aprobación le cruza el rostro. La entrevista es peor. Mi currículum es un desastre. Restaurante. Heladería. Biblioteca. Sin experiencia en cuidado infantil. Sin título.
—¿Por qué debería contratarlo?
Podría mentir. En cambio, digo:
—Probablemente no debería.
Arquea una ceja.
—Me gustan los niños. Aprendo rápido. Soy responsable. Y cualquiera que le diga que entiende a su hijo tras veinte minutos le está mintiendo.
Grant se queda inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque tiene diez años. Puede que sea brillante, pero sigue siendo una persona, no un problema por resolver.
Silencio. Luego la puerta del despacho se abre y Eli se asoma.
—Papá.
—¿Sí?
—Me cae bien.
Se va otra vez. Grant mira la puerta cerrada. Luego a mí.
—Período de prueba de tres semanas.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Verificación de antecedentes. Certificación de primeros auxilios. Puede usar el cuarto de invitados si lo de vivir aquí funciona. Empieza el lunes.
El salario que menciona me cambia la vida en una frase. Cuando me voy, Eli observa desde la ventana. Levanto una mano. Me devuelve el saludo.