¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

D iana despertó en un dormitorio desconocido, miró alrededor y no reconocía nada de lo que la rodeaba.

Lo único que le era familiar eran los cabellos que le rozaban la piel de la parte baja de su brazo, notaba la respiración del conde en la mano, estaba apoyado sobre ella y el aliento la calentaba. ¿Estaba dormido?

Por un momento, pensó que estaba soñando, trató de moverse y un aguijonazo de dolor la hizo ahogar un grito, la parte alta derecha del pecho le dolía horrores, entonces recordó lo ocurrido, pero...

Ella había visto la sangre en el torso del conde, ¿qué estaba haciendo a su lado si debería estar descansando?

Movió los dedos sobre los que notaba la tibieza de la respiración del conde, y este levantó la cabeza de golpe, sobresaltándola.

—Mi amor, ¿cómo te sientes? —Se veía preocupación en sus ojos; sin embargo, lo que había dicho le había acariciado el corazón, sintió que le calentaba el alma.

—¿Qué está haciendo aquí? ¿Ya lo ha visitado el doctor? —Diana miraba la mancha roja carmesí en la camisa blanca de él.

Fred siguió la mirada de ella.

—Yo no tengo nada, esta sangre es tuya. Tú paraste el golpe, te llevaste lo que iba dirigido a mí. —En ese momento su mirada se volvió dura, y su voz mostró su enfado—. ¿En qué estabas pensando cuando te interpusiste entre Mooney y yo?

Diana sentía que él le acunaba una mano entre las suyas, traspasándole un calor muy agradable.

—No sé lo que me empujó a hacerlo, debería haber dejado que lo atravesara con esa espada —contestó ella de malos modos, imitando el tono de él, no pensaba dejarse amedrentar cuando lo hizo para salvarle la vida.

Si él era tan soberbio como para no agradecérselo lo iba a mandar al infierno—.

Y nadie le ha dado permiso para tutearme.

Ante el estallido de ella, Fred no pudo evitar que una sonrisa le tirara de los labios.

—Te mereces unas palmadas en el culo, pero seré considerado y esperaré a que te recuperes para dártelas.

—Si me pone una mano encima se la corto —lo amenazó ella, lo que le arrancó una carcajada a Fred. Le encantaba ese carácter de ella, siempre debía tener la última palabra.

—¿Me dejarás ganar una de cada tres discusiones cuando estemos casados?

—Nunca me casaré con usted. —Ella seguía poniendo el formalismo como una barrera que lo mantuviera alejado.

Él se levantó de la silla donde había pasado la noche velando el sueño de Diana, se inclinó sobre ella y le capturó los labios en un ardiente beso que la hizo temblar de pies a cabeza.

—No pararé de pedírtelo hasta que me digas que sí. —Fred la miró a los ojos al separarse.

—¿Es una amenaza? —se burló Diana.

—Es una promesa.

Ella se sentía turbada con aquellas palabras.

—¿Dónde están mis tías y mi hermana? No es decente que estemos aquí solos, márchese, no quiero verme en la tesitura de...

Él la interrumpió con otro beso apasionado que le hizo sentir como si mil mariposas estuvieran revoloteando bajo su piel.

Al separarse se quedó mirando aquellos labios jugosos, esperando que volviera a protestar para cerrarle la boca con otro beso.

Ella supo leerle la mirada y cerró la boca con fuerza, dándole a entender que no seguiría concediéndole excusas para que continuara besándola.

Él le sonrió con picardía.

Fred señaló un femenino sofá a los pies de la cama donde Aileen se había quedado dormida.

—A tus tías les han dado otro dormitorio.

—¿Estamos en la mansión de los Donnely?

—Sí, no quise correr el riesgo de trasladarte estando herida.

—¿Cuándo podré volver a mi casa?

—Esta mañana, pero tendrás que cuidarte durante un tiempo. Aunque no dudo que tus tías te mimarán hasta que te recuperes.

«O hasta volverme loca», pensó ella; sobre la piel notaba la suavidad de un camisón y deseó ponerse en pie cuanto antes para que viera que no necesitaría tantos cuidados como imaginaba; no obstante, al tratar de moverse, otro pinchazo le hizo soltar un jadeo.

Ella hizo una mueca, solo de pensar que no podría mantenerse ocupada como era su costumbre la puso de mal humor. Si a eso le sumaba que tendría a sus tías y hermana pendientes de todo lo que hiciera, el asunto se complicaba.

Las voces de ellos al hablar despertaron a Aileen, que aún llevaba el vestido de la fiesta de la noche anterior, se levantó de un salto.

—Hermana, ¿cómo estás?

—Fastidiada.

—Espera, le diré a la doncella que te traiga un té y te tomas lo que dejó el doctor por si tenías dolores. —Aileen iba a salir, cuando la voz de Diana la detuvo.

—No lo hagas.

—¿No me acabas de decir que te duele? —Una soñolienta Aileen se frotó los ojos ante la contradicción de su gemela.

Fred aguantaba una risa al darse cuenta.

—Yo no he dicho eso, me siento fastidiada, estaré un tiempo sin poder hacer mi vida normal.

—Deberías estar contenta, ese tarado podría haberte matado —reflexionó Aileen.

—Tú también, no, ¿eh?

Aileen frunció el ceño, miró al conde.

—Ya la he reñido yo.

—Oh, sí. Me ha dicho que cuando me recupere me calentará el culo con una azotaina. —Por alguna razón que Diana no comprendió, su hermana mostró una cara satisfecha—. Se supone que siendo hermanas deberías estar dándole patadas, defendiéndome.

—Creo recordar que en una ocasión que me hacía pasar por ti, ya le causé moratones suficientes en las piernas, lo estuve pisando durante un baile. Digamos que se lo hice pagar por adelantado. —Fred y Aileen rieron ante el recordatorio.

—Ya me imaginé que lo hacías a propósito —afirmó él.

—Aileen, ¿le has dado permiso para que te tutee?

Esta los miró a los dos y luego soltó una risita, no le molestaba que hubiese dejado el formalismo de lado, había vislumbrado el enfado y la preocupación en los ojos negros del conde.

La inquietud al ver que Diana no despertaba, la ansiedad al culparse por lo sucedido.

El duque y Arthur habían estado a punto de liarse a tortazos con él para hacerle ver que no era culpable de nada, que el único era Mooney, al que el conde le dio una paliza mientras el doctor estuvo atendiendo a Diana.

No esperaban ver a ese personaje en mucho tiempo.

Además, todos los asistentes estuvieron indignados al enterarse de que había planeado poner en un compromiso a la señorita Bellesmoke y que terminó hiriéndola de gravedad.

Los miembros de la alta sociedad le cerrarían todas las puertas cuando se enteraran de lo ocurrido.

—¿Por qué no iba a tutearme? Tengo la sensación de que seremos parientes muy pronto.

—¿Qué esperabas para decirme que pensabas casarte con él? —habló Diana con el ceño arrugado.

Los otros dos que estaban en el dormitorio estallaron en carcajadas, y Fred no se cortó un pelo en acercar la cara a la de ella, y susurrarle:

—Lo haremos tú y yo. —Y volvió a besarla con una pasión que la recorrió de arriba abajo.

***

Unas horas más tarde, el carruaje del vizconde llegaba a la mansión de Piccadilly, con las tías y las hermanas.

Todas ellas se desvivían para que Diana se acomodase: la acompañaron hasta su dormitorio; Jane, la doncella, la ayudó a ponerse un camisón y la aposentó en su cama, sobre los suaves almohadones de plumas que tanto le gustaban.

Aileen se quedó con ella, pero fue como estar sola, se durmió sentada en un sillón al lado de Diana. Esta se la quedó mirando, suponía que se habrían llevado un buen susto la noche anterior y que apenas habrían descansado.

En la quietud de la habitación pudo pensar en lo ocurrido y en los comentarios de su familia al volver a casa.

El conde se había ganado la simpatía de todas las mujeres Bellesmoke, había dicho que se iba a casar con ella y todas se sentían contentas, encantadas con el anuncio. ¿Lo estaba ella?, se preguntó.

Con el rostro hacia el sol que entraba por la ventana de su dormitorio, cerró los ojos y su mente recordó los momentos que habían pasado juntos, los besos compartidos, los brazos del conde rodeándola al bailar, guiándola con maestría por entre los demás bailarines; y aquella tarde en casa de su abuela, cuando con sus caricias la había llevado a recorrer las nubes y las estrellas, y le dijo que podía llegar a ser mejor, no se lo podía creer, ¿a qué se referiría?

Al pensar en él, notó que su corazón se aceleraba, lo sentía como un tambor dentro de su pecho, como si pretendiera llamarle la atención, diciéndole que no lo dejara escapar, que había encontrado al amor de su vida.

Un placentero calorcito la recorrió entera, haciéndole sentir los toques de las alas de mariposas por toda la piel, y saboreó sus besos en la boca como si lo tuviera allí con ella. Se durmió y soñó con él.