Capítulo 41
C uando Diana despertó, el sol ya no entraba en su dormitorio, sentía un vacío en la barriga.
—Aileen, ¿puedes decirle a Everly que tengo hambre, que me prepare algo para comer?
—Eso es bueno. —No era la voz de su hermana, sino la del conde, giró la cara de repente para encontrarse con aquellos ojos negros que la miraban desde el sillón donde había visto dormir a su hermana.
—¡¿Qué está haciendo aquí?! —Con aquel excitante sueño aún fresco en la memoria, abrir los ojos y encontrárselo a su lado fue como si se hiciera realidad. El corazón le dio un vuelco, y le faltó el aliento.
Él lo notó y le sonrió.
—Acompañarte, asegurarme de que estás bien. —La mirada de ella lo recorrió de arriba abajo, él se había cambiado de ropa, ya no llevaba la camisa manchada con su sangre.
Fred sintió aquel repaso a su cuerpo como una caricia, fue como si las suaves manos de Diana lo recorrieran, era excitante aquella mirada plateada posada en su persona.
—Estoy bien, ya puede irse.
Aquellas palabras de ella le arrancaron una carcajada.
—Me encanta tu sentido del humor.
—No estoy bromeando.
El conde se levantó del sillón, sus movimientos lentos parecían los de un gato a punto de zamparse a un ratón.
Los ojos de ambos estaban enganchados, ninguno de los dos intentaba separarlos.
Él se inclinó sobre ella, paró un segundo, admirando el brillo de aquella mirada, que se volvía más reluciente ante la expectativa de ser besada.
La boca del conde se apoderó de los labios femeninos; el ardor y la pasión chisporroteaban a su alrededor, envolviéndolos en una nube de placer que los excitó en pocos segundos. Él notó que ella se removía y supo que ambos estaban sintiendo lo mismo.
Diana advirtió que una mano del conde le apretaba la cadera a través de la ropa de cama, y de allí se paseó hasta la unión de sus muslos, donde la calentura la invadía como si un fuego se hubiese prendido dentro de su cuerpo y aquella caricia lo alimentaba lanzándole chispas de arriba abajo.
Fred se separó un suspiro de aquellos labios que lo enloquecían, para susurrar:
—Ahora mismo te sientes caliente, ardorosa, y si me pusiera en tu cama no te negarías, aceptarías las caricias que estoy deseando darte, las que te harían gritar de placer.
Las que nos unirían hasta más allá del día que abandonemos este mundo.
Sé que me acompañarás en todas las vidas que tengamos la suerte de vivir.
Estamos hechos el uno para el otro. ¡¡¡TE AMO! !! Ahora, mañana y toda la eternidad.
Diana se daba cuenta de que él había descrito los sentimientos que se habían despertado en ella.
Se había enamorado de ese hombre que se desvivía por ella, y no pensaba dejarlo escapar.
Estar enfadada con él era una pérdida de tiempo; además, debía reconocer que la irritación que había vivido en los últimos días fue porque Fred le había capturado el corazón, le importaba mucho.
Ese pensamiento le hizo reconocer que ella también lo estimaba, no le había dado nombre a sus sentimientos hasta ese momento.
Como él había dicho, estaba muy dispuesta a pasar el resto de sus días con él, incluso en otra vida, siempre lo amaría.
La mano sana rodeó el cuello del conde, lo acercó a su boca y lo besó como si el mundo fuera a terminarse de un momento a otro, debían aprovechar cada segundo que la providencia les regalara. Cuando lo soltó para coger aliento, susurró:
—Lo amo...
Fred le puso una mano sobre los labios.
—¿No crees que puedes empezar a tutearme?
Ella sonrió con aquel encanto que hacía que las piernas de él temblaran.
—Te amo, te amo, te amo...
—Eso está mucho mejor —dijo él con una sonrisa antes de volver a capturarle los labios y recrearse en aquella boca, en esa lengua que le devolvía el beso con una pasión abrasadora.
Largo rato después, cuando ambos estaban sin aliento y muy excitados, él se separó y se sentó en la cama al lado de Diana, con una mano en la cadera de ella, no podía dejar de tocarla.
—Hablaré con tu hermano para hacer los preparativos de la boda.
—Espera un poco, sabes que Aileen y yo estamos muy unidas, no quisiera que se sintiera mal, que piense que voy a abandonarla.
—Nunca te pediría que lo hicieras.
—Entonces... ¿esperarías a que ella encuentre a un hombre que la ame?
Fred comprendía la tesitura en la que se encontraba Diana, lo único que quería era que su hermana fuera feliz, y él estaba para cumplir todos sus deseos.
—Lo que tú quieras, amor mío.
Ver que estaba dispuesto a esperar por ella hizo que el corazón de Diana se le derritiera, se desbordara de amor.
—¿Cómo me ha costado tanto ver al gran hombre que se esconde dentro de ti?
—Lo he mantenido bien guardado bajo siete llaves.
Diana sonrió a Fred con el amor reluciéndole en los ojos.
—¿Me darás esas llaves? —preguntó, coqueta.
—Desde luego, tú eres la dueña de ellas.
La tomó en sus brazos, y la abrazó con una ternura que la abrumó, Diana se arrebujó contra el duro pecho de él, aspirando el agradable perfume fresco que usaba. Había encontrado al amor de su vida. ¡¡¡QUÉ FELICIDAD!!!