¡Qué poco encanto tiene este conde! (Bellesmoke 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

D iana danzaba con todos los hombres que se lo pedían; lord Mooney le había solicitado varios bailes, y ella era consciente de que no estaba bien visto que lo hiciera, a no ser que estuvieran prometidos.

Empezó a darle excusas para no rodar por la pista con él, el hombre la arrimaba a su cuerpo con descaro, ella tenía que estar continuamente en guardia para colocarle la mano en su espalda en lugar de dejar que la bajara hacia su trasero.

Se le estaba haciendo pesado. Además, veía al conde en el lateral de la pista hablando con conocidos, sin perderla de vista; cada vez que ella miraba, sus ojos tropezaban con los de él. Eso la hacía sentir incómoda.

En cuanto la orquesta paró para darles a los bailarines un descanso y que pudieran ir a tomar unos dulces y refrescarse, ella se escaqueó.

La mansión Donnely era muy grande, se fue por un pasillo y asomó la cabeza por una puerta, buscaba un lugar donde poder descansar con tranquilidad, sin nadie que pretendiera darle conversación, necesitaba silencio.

Al abrir y asomar la cabeza, a través de la luz que se colaba por la ventana pudo ver a una pareja que, apoyados encima de un piano, se acariciaban y se besaban con lujuria, volvió a cerrar sin hacer ruido.

En otra puerta, al poner la mano en el pomo, pudo escuchar:

—Así, así, eres como una tigresa, tienes una boca que es como tocar el paraíso. —La voz de un hombre la dejó quieta como una estatua.

Siguió por el pasillo, preguntándose si todas las estancias estarían ocupadas por parejas en posición comprometida. Aquello la hizo pensar en el conde. Él no había ido por voluntad propia a encontrarse con aquella tonta, estos sí que estaban divirtiéndose.

Llegó a lo que le pareció la biblioteca, no se escuchaba ruido alguno y entró cerrando la puerta detrás de sí.

Recorrió la sala para asegurarse de que no había nadie, las estanterías de madera llegaban del suelo al techo, todas llenas de libros, la tenue luz que entraba a través de los visillos no le dejaba leer los títulos, una bella chimenea apagada presidía la estancia y junto a ella había un sofá que resultaba muy acogedor para la lectura.

Segura de que estaba sola, encendió unas velas que había sobre la repisa del hogar, se sentó y se apoyó en varios almohadones que parecieron abrazarla.

Sus ojos se clavaron en una pintura de un caballero con un poblado bigote, con mucho parecido a lord Donnely, bajo el cual había dos espadas de esgrima cruzadas como adorno en la pared de la chimenea.

Sus ojos fueron recorriendo la sala, iban de una sombra a otra, observando lo que la rodeaba, encima de los visillos había unas cortinas de terciopelo granate corridas a los lados; a Diana le pareció una estancia muy elegante y acogedora, debía ser un placer sentarse a leer en invierno con un buen fuego, una taza de chocolate caliente y un libro.

De repente, un ruido en la puerta llamó su atención, se encogió en el sofá pensando que sería una pareja en busca de intimidad.

Bajó la cabeza para que no la vieran, al tiempo que pensaba que sería bochornoso que la descubrieran allí; miró hacia las puertas cristaleras que daban al jardín, estas quedaban muy lejos para salir sin que la vieran.

Cogió aire con fuerza y, aguantando la respiración, sacó un poco la cabeza por encima del respaldo, y los ojos casi se le salieron de las órbitas. Era lord Mooney, que miraba a un lado y a otro, ¿estaba buscándola?

—¿Hay alguien ahí? —El barón entrecerraba los ojos como si estuviese afinando la vista—. ¿Señorita Bellesmoke? ¿Está ahí?

Ella bajó la cabeza, ¿qué se proponía ese hombre?

¿Acaso quería ponerla en un compromiso? ¿Qué pretendía?

En ese momento deseó que hubiese sido una pareja con ganas de magrearse con lujuria.

Tenía el ceño fruncido, si alguien entraba en ese instante estaba en un buen lío.

Se ocultó, bajando del sofá hacia el suelo, escondiéndose en la oscuridad que daba el gran mueble.

Se deslizó hacia el lado contrario del que venía la voz, las faldas se le enredaban en las piernas y le costaba moverse.

Tratando de deslizarse por aquella alfombra su cabeza topó con algo duro.

—Uf —se quejó en voz baja, allí agazapada.

—¿Qué está haciendo ahí abajo? —Su voz sonó sorprendida, y ante ella vio un par de botas relucientes de caballero.

Ella fue levantando los ojos, recorriendo las piernas, el cuerpo y llegando a esa cara con pequeños ojillos de gato que hicieron que fuera atravesada por un escalofrío.

Él se inclinó con la mano extendida, para ayudarla a levantarse—. ¿Se ha caído?

«Diana, piensa rápido en la forma de no quedar como una estúpida», se preocupó.

—He perdido un pendiente —soltó lo primero que le vino a la cabeza, esperando que ese hombre no se fijara en que los llevaba los dos.

—La ayudaré a buscarlo. —Se ofreció él agachándose junto a ella.

Cuando ella notó que no dejaba espacio entre ambos, que estaban tan juntos que podía oler el aroma rancio de su perfume, supo que se proponía ponerla en un aprieto. Se tiró para atrás, y él la siguió.

—Ay, boba de mí, si lo llevo puesto, escuché que algo caía y pensé que se trataba de mi pendiente. —Se levantó del suelo ligera, quería alejarse de ese tipo, cuanto antes mejor. Dio dos pasos atrás, separándose de él, lo miró con una ceja alzada y preguntó—: ¿Qué está usted haciendo aquí?

—La estaba buscando.

—¿Por qué? —Al hablar iba retrocediendo, no le hacía ninguna gracia estar allí a solas con él.

—Para hablarle de matrimonio, por supuesto. —Él se puso tieso como un pavo al decirlo—. Me ha estado mandando señales toda la noche.

—Señor, ha malinterpretado lo que sea que haya tomado como indicio. Yo no deseo casarme con usted —replicó ella intentando que ese tipo aceptara con elegancia que no había tratado de atraerlo.

—¡Mientes! —Su voz había subido, y ella recordó lo ocurrido al conde con la señorita Capell. «Vaya por Dios», ahora era ella la que se encontraba con una trampa semejante. Ese hombre quería llamar la atención de otros invitados para comprometerla.

—Lo siento si le he dado esa impresión, pero le aseguro que no era mi intención. —Al decirlo trató de pasar a su lado para salir de la biblioteca, pero él se lo impidió cogiéndola del brazo—. Déjeme ahora mismo.

Él soltó una risa cascada.

—¿O qué? ¿Te pondrás a gritar, encanto? —Le dedicó una sonrisa torcida—. Hazlo, así será más rápido, te hallarás camino del altar en menos de lo que canta un gallo.

Diana se sentía atrapada, él sonreía como un demonio.

—Es usted un majadero, nunca me casaré con usted, si tengo que marcharme del país lo haré, pero jamás seré suya. —El ruido metálico de la cerradura la interrumpió, ambos giraron la cabeza hacia la puerta y el conde Wrigh estaba allí, con los ojos clavados en ese tipejo que la retenía.

—Suéltala, Mooney —habló con un tono que no admitía réplica.

—¿Qué estás haciendo aquí? —El tipo parecía preguntarlo por simple curiosidad, no se había alterado ni la soltaba.

Fred había estado toda la noche pendiente de Diana, la vio alejarse del salón de baile y la siguió, la vio asomar en varias puertas y al final entrar en la biblioteca, en ningún momento pensó que hubiese concertado una cita clandestina allí; sin embargo, al ver a Mooney que hacia su mismo recorrido llegó a dudar, pero no se quedaría con lo que se imaginaba, sabía lo que ocurría allí dentro.

Al saberla en un aprieto, no dudó ni un segundo en sacarla de allí.

—Sabes que puedo hacerte la misma pregunta.

—Mi respuesta es muy sencilla, pretendo casarme con esta señorita. —Diana se estaba enfureciendo, eso ya lo había dicho antes y no le había hecho ninguna gracia. Se removió para liberar su brazo—. Quieta, no seas tan revoltosa.

Ella, al no conseguir que la soltara, no lo pensó y le dio una patada en la espinilla, lo que lo hizo doblarse, y como no la soltó, ella era zarandeada como una muñeca de trapo.

—Suélteme, no quiero saber nada de usted. —Sin pretenderlo habló en voz alta, luego se dio cuenta de ello, y como no quería llamar la atención de los demás invitados, optó por arañarle la cara.

—¡Serás zorra! —exclamó Mooney, en ese instante la soltó para ponerse la mano en la mejilla raspada. Iba a ir detrás de ella, que corría hacia el conde—. Quédate con esta, como están repetidas me llevaré a la hermana —dijo con desprecio.

Fred le pasó un brazo alrededor para protegerla de aquel energúmeno.

—Ni se le ocurra acercarse a ella, miserable sinvergüenza. —A Diana se le salían los ojos de las cuencas al escucharlo hablar de ellas como si fueran yeguas.

—No podrás hacer nada para impedirlo —chuleó Mooney.

Diana temblaba contra el cuerpo del conde, este lo notó y se enfureció.

—Ella no, pero yo sí. —La voz de Fred sonó alta y firme.

Al zopenco aquel se le dibujó una mueca burlona en la cara.

—¿Me vas a decir que con una no tienes suficiente? No me seas pretencioso.

—No puedo permitirlo —razonó Wrigh apretando a Diana contra él, no quería que se lanzara hacia ese impresentable—. Esta señorita va a ser mi esposa, está muy unida a su hermana y la acongojaría mucho que terminara en los brazos de un estúpido como tú. No puedo consentir que se aflija por ello.

Mooney soltó una carcajada falta de humor, canallesca.

—¿Y cómo piensas impedirlo?

—Cortándote la cabeza si es necesario. —Aquella amenaza hizo que el tipo frunciera el ceño, se enojara y empezara a soltar maldiciones.

—¿Quién demonios te crees que eres? ¿Piensas que porque tienes un título más elevado que el mío puedes dar órdenes y que los demás debemos obedecerlas?

—En este caso, sí. —La firmeza con la que hablaba le daba confianza a Diana.

—Entonces no me queda otro remedio que sacarte de en medio. —Mooney se lanzó contra la repisa de la chimenea donde estaban las espadas colgadas y arrancó una de la pared, cogiéndola por la empuñadura señaló a Fred, quien apartó a Diana de él, empujándola hacia las estanterías de madera.

Ella contuvo el aliento al ver lo que se disponía a hacer ese tarado.

Se puso los puños cerrados delante de la boca, con los ojos llenos de terror.

Desde donde estaba, apreciaba que ese hombre se acercaba al conde espada en mano, con intenciones asesinas.

¿Qué podía hacer ella para evitar aquel desastroso final?

No se daba cuenta de que estaba rezando al Altísimo para que protegiera al conde.

Fred buscaba lo que fuera que le sirviera para protegerse, le tiró varios pesados libros a la cabeza y aquel los esquivaba, sin bajar la punta de la espada que lo apuntaba; poco a poco fue moviéndose hacia donde estaba la otra espada, si había llegado su hora, moriría luchando.

Pensó en mandar a Diana en busca de los anfitriones, entonces recordó que había cerrado la puerta con llave y que se la había guardado en el bolsillo para que nadie pudiera entrar o salir de la estancia.

Cuando llegó a la chimenea arrancó la espada de la pared y en un segundo estaba apuntando a Mooney y haciéndolo recular.

Por el rabillo del ojo veía a Diana, que el miedo había hecho que el color le abandonara la cara.

Se dijo que podía estar tranquilo, ella no estaba llamando la atención de ese miserable, eso le daba calma para ocuparse de él.

Al estar ambos frente a frente, empezaron a dar golpes una espada contra la otra, Fred avanzaba hacia Mooney, este retrocedía; luego, al contrario; parecía que estuvieran bailando una danza macabra.

Ella temblaba de puro horror, veía que ambos se volvían más atrevidos, parecía que cogían confianza y eso la aterraba, se estaban confiando, y eso era lo que más miedo le daba.

Cada vez que Mooney se acercaba al conde contenía el aliento, le faltaba la respiración; sin embargo, veía como repelía el ataque de aquel insensato.

En uno de esos momentos, Mooney desarmó al conde de un golpe seco de su hoja, y antes de que este pudiera recuperar su arma, se lanzó contra él con la punta de su espada apuntando a su pecho.

El terror de Diana se disparó y, sin pensar en lo que hacía, se lanzó a ponerse delante de él para protegerlo con su cuerpo.

El tiempo pareció detenerse dentro de la biblioteca; Mooney, al ver lo que había hecho, retiró la espada y la tiró al suelo con el rostro desencajado.

Diana se separó un poco del pecho de Fred y vio la sangre que lo cubría.

—No he llegado a tiempo, no te mueras, todo esto es culpa mía. —Después de aquellas palabras, perdió el sentido y el conde la cogió en brazos.